ADIOS, AMIGO MIO…

agosto 21, 2009

   Esta es una historia publicada el cuatro de mayo del dos mil seis, no sé bien si en el blog EL PUTO JACK TWIST, o en A RAS DEL SUELO, o en UN ANGEL. No estoy seguro. Sólo sé que fue increíblemente buena. Curiosamente, mientras lo releía y lo medio adaptaba a la forma en que veo el mundo (y que me perdone el autor de tan maravillosa historia), me fui encariñando con Ennis del Mar, un tipo al que nunca le he tenido mucha paciencia. Sin embargo, el cuento, me hizo verlo bajo una luz nueva. Y vamos a estar claros, los que vimos la película y nos enamoramos de Jack Twist, debemos entender que para este tipo debió ser el infierno conocerlo, tenerlo, amarlo y perderlo. Por ello me costó incluirlo aquí, perder a Ennis también duele; realmente pensar en eso, me llenó de nostalgia y tristeza. En fin, aquí va el relato; a propósito, en un comentario enviado por el cuento, alguien también hizo una bonita aportación que incluyo aquí.

ENNIS DEL MAR HA MUERTO

AMOR, AMOR

   Al fin la paz…

   Cuando abrí los ojos no sabía lo que había ocurrido, o que hubiera ocurrido algo, simplemente me sentía diferente. Mejor que siempre, mucho mejor a decir verdad: podía erguir la espalda, la pierna dejó de molestarme, la mirada estaba mejor enfocada y sentía la mente despejada, clara, como hacía mucho tiempo que no la tenía. Mi boca estaba limpia, sin el agrio regusto a cerveza o vomito de la noche anterior. Intenté concentrarme porque todo me parecía extraño, no era como despertar de un sueño de repente, o soñar que se está despierto. Ahí estaba yo, de pie, erguido, vestido y mirando al suelo, pero sin saber cómo había hecho todo eso. ¿Desperté en medio de la noche mientras dormía?

   Lo más curioso es que llevaba mi viejo y apolillado sombrero calado en la frente, uno que tenía años de años sin ponerme. De hecho… creía haberlo perdido, porque la última vez que lo usé sobre mi cabeza, de cierto y lo recuerdo bien, el frío y poderoso viento del Oeste barría unas montañas altas, y alguien, de voz riente, había gritado que tuviera cuidado que el sombrero se me iba. ¡Magia! El sombrero había regresado por arte de magia, y yo creo en ella; en esas montañas hubo un ser de esos, mágico, que hizo de ellas y de mi vida, por un tiempo, un Paraíso en la tierra…

   “¿De dónde saliste, viejo sombrero?”, me pregunté, quitándomelo de la cabeza y sosteniéndolo contra mi pecho. Por alguna razón mi corazón latía con más fuerza, y eso fue antes de darme cuenta finalmente de la camisa que llevaba puesta. Allí estaban esas conocidas manchas secas, oscuras, de sangre. A mis ojos volvieron las viejas y familiares sensaciones, era como si alguien hubiera dejado caer vinagre en cada una de mis pupilas. Las lágrimas acudieron, como siempre, como años atrás, cuando ella me dijo por teléfono… (¡y aún no cumplía cuarenta años!). El mundo perdió firmeza, volviéndose borroso a mi alrededor, cubierto por ese llanto que volvía con la misma fuerza de siempre, como si el dolor fuera nuevo, como si el dolor acabara de llegar y no pensara marcharse jamás: murió… murió en un estúpido accidente.

   Estuve un rato así, cubriéndome el rostro con las manos intentando contener todo aquel llanto. ¿Fue un accidente realmente? ¿Sólo eso, amigo mío? ¿O te vigilaban? ¿Sabían ellos de ti, ojos azueles, y te despreciaban demasiado? ¿Te golpeó una palanca en un tonto accidente? ¿O te siguieron a través del campo, con risas, con odio, hacia una cañada, siempre hacia la maldita cañada? ¿Pensaste en mí en ese momento? ¿Sonreías todavía, como siempre hiciste, aún cuando sufrías? No, no debía seguir así, ¿por qué me hacía esto? ¿Por qué me torturaba así? ¿Hasta cuándo duraría esto? Pero no había respuestas. Nunca las había para mí.

   Al fin me serené un poco y recorrí todo dentro del trailer con mis nuevos y nítidos ojos. Joder, parecía que llevaba años deshabitado. Nadie se había molestado en sacudir todo el polvo y la arena que el viento del desierto colaba a través de cada rendija. Para colmo de males, la ventanilla de la cocinita estaba abierta de par en par y la arena entraba a mares a través de las cortinas que revoloteaban. Poco a poco la arena lo cubría todo, el suelo, los rincones, los muebles, la cama…

   “La cama… ¡Santo Dios!”

   Bajo aquella colcha de cuadros, vieja, había un bulto cubierto hasta el cuello, un cuerpo humano con el aspecto delgado y despatarrado de un muñeco roto y abandonado. ¡Soy yo! Si, estaba convencido, pero no sentí tristeza, ni pena, sólo… desconcierto y sorpresa, mucho más de lo que había sentido en los últimos años. Sin duda estaba muerto, la piel tenía un color extraño y parecía haberse encogido en torno a las mandíbulas, mostrando los pocos dientes que me quedaban. Por si aún quedara alguna duda por desvanecer, una mosca grande, azulada, voló irrespetuosamente y se posó en mis labios abiertos, luego sobre mi afilada nariz, donde comenzó a frotarse las patas, divertida, sin que aquel Ennis del Mar hiciera el menor gesto por quitársela de encima.

   “No hay duda, estoy bien muerto”, me dije sin pasión, sin interés; sin embargo, una poderosa oleada de autocompasión se hizo presente, de forma avasalladora. Allí estaba yo, muerto, solo y abandonado a merced de los insectos. ¿Cuánto tiempo llevaba allí, así? ¿Es qué nadie me había echado de menos en la taberna o en el viejo rancho? ¿Ni siquiera mi hija Alma? ¿Se iba a convertir el maldito trailer en mi gran ataúd metálico por los siglos de los siglos? Y de pronto sentí miedo, ¿y si debía quedarme allí, mirándome abandonado para siempre en ese trailer cerrado… como un castigo? Porque así había vivido mi vida durante las últimas décadas. Solo, siempre solo, sin que me importara nadie más, encerrado en mí mismo con la única compañía de mis recuerdos, unos pocos alegres, muchos no. Viví encerrado dentro de mi dolor, mi tristeza, mis nostalgias por todo el tiempo que perdí durante los mejores veinte años de mi vida. Mi Dios, ¿esta sería mi penitencia por haberme alejado de todos, aún de mi pequeña Alma y de Francine? ¿O era mi castigo por haberlo amado tanto a él, por haberme muerto con él ese día en ese camino?

   “Que final tan triste, Ennis del Mar. Ni siquiera al final supiste morir con algo de dignidad. Dejaste que toda tu vida pasara y no enmendaste tus errores. No supiste buscarlo y decirle que lo amabas. No te disculpaste con Alma, la que fue tu mujer. No les dijiste a tus hijas cuánto las querías, aunque no pudiste amarlas más o ser un buen abuelo, o uno más feliz, porque estabas triste porque él murió un día en un camino, y estaba solo cuando pasó. No le dije a mi gente que no pude vivir, que no tenía fuerzas para seguir, porque sólo podía llorar al que se fue. Se te fue la vida y no hiciste nada por pactar con el dolor, con la soledad, con la vida. Pudiste seguir queriéndolo, llamándolo cada noche, mojando con tu llanto de viejo tonto y ridículo tu almohada, agradeciéndole a su recuerdo el materializarse como una sombra en los rincones, pero también disfrutar de tu familia, de tus nietos. Pero ahora es tarde”.

   Esta vez no lloré como un momento antes, tan sólo volví a cerrar los ojos y me pregunte: “¿ahora qué? ¿Debo sentarme y ver pasar la eternidad? ¿Es mi castigo, Dios, por todo lo que lo quise? ¿Ahora debo pagar todavía más por aquel pecado infame? Sí es así, perdóname, Señor, pero tampoco Tú me la hiciste nunca fácil. ¿Puedo pensar en los tiempos felices a su lado, Señor? ¿Me quedarán esos recuerdos por lo menos?”

   Descubrí, en ese instante, que el tiempo no transcurre igual cuando uno está muerto, porque aunque me había parecido sólo un parpadeo, de pronto la mortecina luz que entraba por el ventanal había desaparecido. Todo estaba a oscuras, había anochecido. Me pareció mejor, la cruda realidad se difuminaba en sombras difíciles de reconocer, y una suave luz plateada que supuse provenía de la Luna hacía parecer todo más hermoso.

   -Sal fuera, Ennis del Mar. –me sobresaltó un susurro que venía de mi interior, pero también parecía provenir de todas partes. Por un momento pensé que era mi propia voz, aunque no lo creí del todo, porque el tono era mucho más amable y amigable del que suelo emplear conmigo mismo.

   Creí percibir un poco de cariño y afecto en aquellas palabras, como si alguien muy bondadoso comprendiese en toda su extensión mi agonía, y mi temor ante un castigo más allá de mi muerte. Esa voz parecía indicarme que era el momento al fin de curar tantas heridas, de encontrar paz, de descansar. Me fue imposible negarme a obedecer aquella suave orden y casi sin mover los pies llegué hasta la puerta, la abría sin ruido y salí al exterior.

   “Ay, Dios, yo conozco este lugar”, pensé. El suave aroma de los pinos y el aire fresco de la noche golpearon mi rostro de una forma tan real que me resultó difícil aceptar que realmente estaba muerto.

   -¿Ves la luz, Ennis? Camina hacia la luz.

   “Mierda”, pensé. “¿Así que todo es así, como lo describen en los programas de la tele? ¿Algunos recuerdos del pasado, un túnel oscuro y un viaje siguiendo la luz? No, coño, no quiero ir hacia la puta luz. No quiero encontrarme con Dios. ¿Qué quiere Dios de mí? ¿Pretende que le confiese mis culpas, mis pecados? ¿No los conoce ya? ¿Qué quiere que diga? ¿Qué pida perdón por aquel a quien amé tanto, o que le de las gracias por este amor, o quiere decirme que todo fue sólo mi culpa? Si le pregunto por su muerte, ¿me dirá por qué coño tuvo que irse así, dejándome atrás para llorarlo cada noche? No, no quiero decirle nada. No quiero asistir a mi juicio; no será justo, Dios no fue justo nunca conmigo. Debo alejarme de aquí. Debo alejarme de la maldita luz”. Todo eso lo pensé con miedo, con rabia, con otro temor aleteando en mi mente: “¿y si en la luz están mamá y papá y me preguntaban qué cochinada hice de mi vida?” Hubo un largo silencio.

   -Joder, hijo de puta, camina hacia la luz. –rugio una voz, una con un tono nuevo, uno diferente, pero familiar. La verdad y la comprensión por fin estallaron en mi cabeza, y fue como una explosión de luz blanca y pura.

   -No… no puede ser… -fue todo lo que pude susurrar.

   Con la respiración agitada, busqué. Miré de un lado a otro hasta encontrarlo: un tenue resplandor anaranjado entre las ramas de los árboles. ¡La luz! Y eché a correr hacia ella como un loco, con miedo de estarme engañando, con miedo de que fuera sólo otra ilusión, una prueba más. El corazón lo tenía en la garganta, impidiéndome respirar, palpitando con fuerza, y las lágrimas, otra vez las malditas lágrimas, me corrían a mares por las mejillas, mientras gimoteaba como un niño que sale de un bosque oscuro donde se creía perdido y condenado para siempre y de pronto ve una vereda y al final de ella a una persona amada esperando, llamándolo a la vida nuevamente. La amargura de tantos años, las penas, las noches de desvelo viendo pasar los fantasmas parecían irse diluyendo, quedando atrás, se me olvidaban. Salí a un claro y me detuve en seco, sin aliento.

   Vi una tosca construcción tipo un techo sobre cuatro maderos que servían de pilares, donde dos caballos parecían dormitar sobre el heno. Vi una rústica cabaña levantada en medio del claro. Frente a la vivienda había una hoguera que chisporreaba con fuerza. Y allí estaba alguien agachado metiendo leña al fuego, un carajo de espaldas anchas, de camisa azul, con un sombrero tejano. Sentí temblores por todo mi cuerpo porque yo conocía bien aquellos hombros que había tocado a placer, reconocía el lustroso cabello negro que asomaba bajo el sombrero, en una nuca en la que había enterrado mi rostro muchas noches al dormir, en otra vida. Ese sujeto se volvió y vi unos ojos que iluminaron la noche toda y que me miraban con franca sorpresa, con alegría intensa.

   -Por fin has legado, Ennis del Mar. Ya tenía el culo helado de tanto esperar por ti, vaquero. –sonrió, poniéndose de pie. Joven como lo fue cuando lo conocí. Magnífico como lo fue siempre en mis recuerdos.

   -¡Jack…! Puto Jack Twist… -sólo pude gruñir, corriendo hacia él, con la mirada difusa otra vez, bañando el camino con mis lágrimas.

   Lo abracé con fuerza, como jamás creí que podría abrazarlo otra vez. Mis brazos rodearon sus costados, mis manos atraparon su espalda y lo atraje. Nuestras frentes chocaron mientras decíamos mil vainas, y reíamos, y llorábamos. Ahora podía llorar ante él, ya no había miedo, ni al mundo, ni a mí mismo. Enterré mi cara en su hombro, en su cuello, y lloré todavía más, abrazándolo con desesperación, sintiendo su calor, su fuerza. Era el viejo aroma, el aroma que a veces me parecía imaginado y que me esforzaba por recordar. Pero no, era su olor, mis labios podían percibir su sabor. Dios mío, ¡era el Cielo!, ¡estaba en el Cielo! Dios había permitido que llegara, me habían franqueado la entrada. Estaba allí…

   Y nuevamente me asusté, porque sentí como Jack se movía y temí que se alejara, pero no, sólo buscaba mi boca con la suya. Boca a cuyo encuentro corrí, hundiéndome en ella, sin aliento, sin fuerzas, pero sintiéndome vivo y poderoso al mismo tiempo; notando mis carnes dura, la piel caliente, las ganas a flor de piel. Y entre besos mordelones, miradas y caricias, choques de frentes, narices y de manos que tocaban, Jack me fue contando su historia, y fui enamorándome todavía más, maravillándome de que tal cosa fuera posible; pero claro, ¡estaba el Cielo…!

   Él se había estado preparando desde cierto tiempo atrás para mi llegada, sabía que pronto estaría ahí y quería estar listo. Estuvo dormido, no recordaba más, despertó y encontró ese paraje hermoso. Y algo le dijo que debía construir un hogar. Desde ese día se dedicó a eso, a nuestra casa, una cabaña humilde pero cómoda, con una chimenea y un gran mueble acogedor, al frente. En los estantes de la cocina no había frijoles. Un solo dormitorio fue levantado, con una gran cama, solo una, donde dos personas podían descansar, pero sobretodo buscar compañía, amor y satisfacción. Era una cama donde yo podría dormir abrazado a él durante toda la eternidad, oliéndolo, tocándolo, besándolo, y cada día sería como el anterior, sin cambios, sin sorpresas, sin sobresaltos, quietos en la tierra de no pasa nada, y el Paraíso duraría para siempre. Los dos caballos habían pasado por ahí, y ahí se quedaron, y él les hizo un cobertizo primitivo, con heno, agua y todo. La cabaña estaba cerca de un cristalino y ancho arroyo, que cantarino, se mostraba lleno de truchas. Había árboles y montañas, coyotes y búhos, praderas, flores y cielos azules e inmensos, pero no hacía frío. Esta vez sin frío, por fin un lugar cálido para vivir juntos.

   -La espera ha sido larga, vaquero, pero ha valido la pena. –me dijo al final, mirándome con sus ojos grandes, llenos de amor, de picardía, de deseos.- Ven, Ennis, dame esos besos con los que tanto hemos soñado. Tócame como le has pedido al Cielo poder hacer cada noche desde que me fui. Estoy aquí, Ennis, soy yo, tu Jack, el puto Jack Twist…

Julio César.

……….

   La historia termina casi con una posdata del autor, y una exhortación final que habla del gran cariño que también él siente por los dos hombres de la historia; aquí la transcribo literalmente: No sé si Dios me fulminará con un rayo divino por esta imagen del Paraíso, porque en este punto en el que acaba el cuento Ennis y Jack están a punto de hacer el amor frente a ese fuego. Pero sí creo que Dios representa precisamente ese Amor, debo creer que todo ocurre de este modo, y que los dos vaqueros al fin juntos se aman por toda una eternidad (o dos, porque tratándose de Amor con mayúscula a veces una eternidad no es suficiente), de manera que… Que Dios los bendiga por siempre…

NOTA: Esta adaptación la hice en mi otro blog el año pasado, mucho antes del mal momento de la muerte del chico australiano. Este cuento me gusta, como me gustan CABALGATA, FRONTERAS, ANTES DE LA DESPEDIDA Y UN DÍA, MUCHOS AÑOS DESPUÉS, pero ahora me parece más intenso. Debe ser por su partida.

ME DESPIDO A LA LLANERA

agosto 21, 2009

YO EN TODA MI GLORIA

…aunque despedirme no quisiera.

   Como dice la canción: todo tiene su final. Llevo casi un año escribiendo aquí. Parece más tiempo. Quise expresar algo, y saber si ese algo era de interés. Afortunadamente supe que sí lo era, al menos para tres o cuatro personas. Gracias a todas ellas. En todo este tiempo he recibido agradables comentarios que dejaron en claro que puedo escribir más o menos bien una oración larga. A pesar de eso, y aunque me gusta escribir, he sopesado si vale la pena o no continuar con este espacio, y creo que no lo vale.

   Casi nadie lee aquí, y sentarme, aunque es fácil decir groserías, me lleva tiempo. A veces tengo que pensar hasta media hora por una entrada. Las serias, claro. Y ando deprimido, las cosas que pasan en mi país pesan, duelen. Arrechan. Y eso no me deja sentarme a disfrutar el escribir como antes.

   Fue divertido mientras duró. Ya no. Adiós, amigos…

Julio César.

SEGÚN TAREK AL AISSAIME, HAY INSEGURIDAD PORQUE LO MENCIONAN EN LA PRENSA

agosto 13, 2009

MUCHACHO EN TANGA

   Quiere meter un paquete chileno.

   Hay gente que queda mejor callada. Uno de ellos es el ministro del Interior y Justicia, Tarek Al Aissaime, un carajo joven que ha demostrado que eso de la generación de relevo no sirve para un coño. Este hombre, responsable de la seguridad de los venezolanos, en lugar de intentar algo, cualquier cosa (una bailoterapia, una cadena de oración o un mister malandro para ver si agarra juntos a un poco de ellos), para hacer decender los índices de muertes violentas (vamos camino a los seis mil muertos en lo que va de año), se sacude su responsabilidad y culpa a los medios de comunicación de tal situación. Es hasta de admirar tanto cinismo. Según él, los medios, malos como ellos solos, exacerban la información sobre muertes, violaciones y secuestros cada semana para… desprestigiar los planes de seguridad del Gobierno. Y debo confesarle, ministro, que lo logran. Aunque eso de “planes del Gobierno” suena a etéreo, de quien quiere cobijarse repartiendo culpas. No, este es su fracaso; y no es manía de nadie, es que no sirve para ese cargo. Mientras el hampa hiere y mata, usted persigue a dueños de medios y a estudiantes. El incompetente es usted.

Julio César.

CONSEJERO JUVENIL

agosto 13, 2009

NIÑOS HOT

   Para los muchachos todo es descubrimiento…

   El consejero del campamento tan sólo debía enseñar cómo enterraba la estaca para que los muchachos gritaran de gusto. Era bastante trabajo, porque después de que le encontraban el sabor, una y otra vez, o la estaca estaba bien enterrada, hasta el fondo, esos muchachos querían hacerlo a cada rato. Era grato ver a esos jovencitos todos enrojecidos y mojados mientras trabajaban al aire libre. Aunque a decir verdad, un buen palo enloquecía a cualquiera.

Julio César.

ESOS RUTINARIOS

agosto 13, 2009

ENCULADO

   Cada día se sentía mejor…

   Hay personas que cada día se repiten sin reparar ya en sus pasos, actos o palabras. Cada día igual al anterior, y terminan moviéndose mecánicamente. Por costumbre. Eso le pasa al joven amigo, el cual cae en cuenta mientras el jefe, un tipejo grandote y machote, lo batuquea contra el asiento, que:

   “Coño, hoy no tenía que venir a trabajar. ¡Salí de vacaciones ayer!”.

   Pero el jefe lo tenía bien cebaito. Y aceitadito también, lo que era bueno por la forma en que lo trabajaba… psicológicamente.

Julio César.

¡LANCE ARMSTRONG ¿FUE A LA LUNA?!

agosto 13, 2009

LANCE ARMSTRONG

   Aunque no lo crean, cuando se discutía sobre los cincuenta años del alunizaje, había quienes confundían a Neil Armstrong, el astronauta heroico, con el también legendario ciclista, Lance. No niego que siento debilidad por este señor, y no por la pinta que tiene, ojo, sino por lo que ha sido su vida. Este tejano (debe ser hasta reaccionario como todos ellos) es considerado uno de los mejores ciclistas del mundo y de la historia misma, y se transformó en leyenda a fuerza de tesón y lucha cuando tras superar un doloroso cáncer volvió a subir a su bicicleta completando siete victorias en el Tours de Francia, consecutivos, hazaña que no ha logrado ningún otro; teniendo en todo momento a la odiosa prensa europea detrás, acosándolo, en particular la francesa (el diario L’Equipe fue particularmente sucio y ruin). Vez tras vez lo señalaban de tramposo, de doparse, y vez tras vez les echó en cara las pruebas de su inocencia.

TOUR DE FRANCIA

   Dicen que es algo insoportable de carácter, pero, en su caso, tiene razones para la descortesía, no es un hombre, es un fenómeno. Recuerdo siempre las palabras del periodista venezolano, Pedro Penzini, refiriendo su último Tour, no el de ahora; cuando más ‘viejo’ que el resto, aún recuperándose de sus dolorosos tratamientos, con la prensa europea en su contra, montó en su bicicleta y venció toda adversidad. Contó Pedro que lloró emocionado al verlo cruzar la meta. Una vez se dijo que Jake Gyllenhaal estaba preparándose para protagonizar el filme que se haría sobre su vida, pero al final no se hizo; una lástima, habría sido algo increíble. Dicen que fue el actorcito ese que siempre anda sin camisa (y que a mí no me cae bien), Matthew Conaughey, quien la protagonizó o protagonizaría. No se si se hizo la película. Yo habría ido a verla, a pesar del Conaughey. Por cierto, de la amistad que nació entre el ciclista y el actor, se corrieron muchos chismes picantes en las revistas algo ligeras de farándula. Siempre andaban juntos, trotando sin camisas, o en la playa. Hablaban de una breve aventura gay que excitaba a todo el mundo, pero que en verdad nadie creyó.

LANCE Y MATTHEW

   Pero a decir verdad, el muchacho tiene con qué. No el actor.

LANCE ARMSTRONG SEXY

LANCE ARMSTRONG HOT

Julio César.

DEUDAS DE HONOR

agosto 13, 2009

NEGOCIANDO DEUDAS

   La expresión “mámate un güevo”, se cumplía…

   …En aquellos que perdían. Dos hombres luchaban como gladiadores en el mundo empresarial, desando triunfar, pero también venciendo a su oponente. En este caso en particular, Jacinto siempre perdía frente a Tomás, quien riendo le gritaba: “en tu cara, mamagüevo, en tu cara ten vencí. Abre es boca y paga”. Y Jacinto pagaba, de rodillas en la oficina de Tomás, o en la suya, o en los sanitarios o en el cuarto del café, el cual endulzaba con leche. Y Tomás, sonriendo meneaba sus caderas, cogiéndole la boca, llamándolo perdedor. Parecía no notar que con él, Jacinto perdía siempre, ¿por qué? Tan sólo Jacinto sabía:

  “Hummm… pero que güevo más sabroso”.

Julio César.

¿CULTURISTAS? ¡ZAPE!

agosto 13, 2009

TIPOS MASOCOTUDOS

   -Mi mami no quiere que practique con ustedes.

   -Qué necia… oye, acéitame aquí…

……

   ¿Qué puedo decir? Me disgustan.

Julio César.

LOS TRES REYES MAGOS VIENEN DEL ORIENTE…

agosto 13, 2009

LOS REYES MAGOS

   …Y entregan al niño Jesús, sus presentes…

   ¿Quién no conoce la historia de los reyes magos, los hombres viejos y sabios, llamados magos por su saber, que vienen de tres reinos distintos siguiendo una estrella, seguros de ser guiados ante un nuevo portento? La tradición los recoge a estos venerables maestros entre los primeros en ver a Jesús al poco tiempo del nacimiento en Belén (después de los pastores y Abigail, claro). Conocemos sus nombres, Melchor, Gaspar y Baltazar, y los esperamos cada año portando sus presentes.

   Es una tradición de fiesta donde se acostumbra regalar algo a los niños. En Venezuela se suele decir: Me lo trajeron los reyes magos. Sin embargo, de dónde vienen y aún cuantos eran, así cómo sus nombres, son motivos de controversia. La historia asegura que no eran reyes, que no se presentaron a finales de diciembre, y que por lo que se sabía podían ser aún más de quince en número.

   Aparentemente la tradición de los magos obsequiosos llevando presentes a los niños, es una estratagema cristiana para acabar con la festividad pagana de las saturnaliae. Es decir, es un derivado de los aguinaldos que se distribuían en el mundo antiguo a finales de año y como prenda de felicidad para el año nuevo. Y aunque aquí lo conmemoramos el seis de enero, en Francia por ejemplo, lo celebran el día primero.

   En el Nuevo Testamento cristiano, (mateo 2:1), la palabra griega Magoi, derivada de Magu, nombre que recibían los sacerdotes persas de la religión Zoroástrica, se latinizó en Magi, y de allí a Mago era un paso lógico. Un sacerdote podía ser un erudito del pasado, observador de las estrellas y la naturaleza (una especie lejana de ‘científico’), pero a nosotros nos llegan como magos, seres con magia.

   En lo que todos parecen estar de acuerdo es en la realidad de su existencia. Los reyes magos fueron reales. Según la tradición medieval, Elena, madre del emperador Constantino I, llevó sus cuerpos a Constantinopla, de allí pasaron a Milán, Italia, hasta llegar a Colonia, en Alemania, donde reposan, según, sus cuerpos. Pero… habían tantos cuentos en el medioevo; que sí los templarios y su secreto, el santo grial, que luego ya no era una copa sino la mujer de Jesús; que sí el santo sudario; que sí la lanza del romano que provocó la herida al costado de Jesús…

   La Biblia no les dedica mucho espacio al trío, aparecieron a lomo de camellos (o así los vemos en la tradición), llegaron ante el niño, dejaron sus presentes y se marcharon desapareciendo para siempre de la historia. En el Jesús de Nazaret, de Franco Zefirelli, son los magos y no una intervención divina, quien le señala a José el peligro de permanecer en Belén, pues Herodes el Grande lo buscará para lastimarlo. Y aquí caemos en la desvirtuación de las fechas, lo que hoy celebramos haciendo bromas, aún pesadas, y que llamamos el día de los inocentes, se basa en el espantoso asesinato de todo niño varón de menos de dos años de edad nacido en Belén. La denominación exacta es: Día de los Santos Inocentes. Ese herodes no se andaba con cuentos…

   Sin embargo, una de las mejores narraciones que jamás he leído sobre los magos, fue en la novela Ben-Hur. La primera parte trata sobre ellos, los tres sabios que se encuentran y discuten entre sí qué significan todos esos portentos en el Cielo y la Tierra. Recuerdo que en la parte donde hablan de la crucifixión, Melchor, el último que queda, es testigo y gime algo como: “Feliz Gaspar, feliz Baltazar que no han tenido que vivir para ver este crimen”.

   Como sea, es una grata tradición, esperar los regalos de año nuevo el seis de enero; encontrar algo bonito y decir: fueron los reyes magos.

 Julio César.

FORZA

agosto 13, 2009

TIO EN TANGA

   -No se moleste conmigo, Coronel, por favor. Haré todo lo que usted quiera para que me perdone…

Julio César.


Seguir

Recibe cada nueva publicación en tu buzón de correo electrónico.