LUCHAS INTERNAS… (8)

Julio 10, 2009 by jcqt1213

EL HOMBRE DE LA CONSTRUCCION

   El chico entró, lo encontró y enloqueció…

……

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

   El dedo entra y sale, cogiéndolo con ganas. Lucas jadea, y cuando Pepe se alza otra vez, su boca atrapa una de sus sonrosadas tetillas, lamiéndola, chupándola como un becerro. Esa tetilla crece más, palpita y se calienta. Pepe siente que se muere de gusto. Lucas lo mira fijamente, sus manos caen en los hombros de él, empujándolo por su cuerpo. Pepe sabe lo que quiere de él, y lo hará. Su rostro baja por ese cuerpo poderoso, mordisquea y lame una tetilla mientras baja. Su rostro queda frente al titánico tolete. Lo mira fascinado. La roja lengua emerge de sus labios y le da unos leves lengüetazos en la base, allí donde se empalma de las enormes bolas.

   Lucas chilla ante la rica caricia. Siente como las bolas se le encogen. Esa lengua recorre la gran vena, sintiendo el güevo palpitante, caliente, que se estremece. Lo encuentra suave, caliente y rico. Su boca cae sobre la hinchada cabezota lisa, brillante de líquido pre-eyacular. Lo encuentra sabroso, agridulce. Lo traga con una buena cantidad de saliva. Su boca rodea como puede la enorme cabeza, chupándola. Lo mama y comienza a bajar, pero jadea y se ahoga. ¡Es muy grande!

   Lucas se siente fascinado. Esa boquita sube y baja hasta medio tolete, no puede más. Pero lamía con ganas. Con una mano lo aferra masturbándolo, mientras le pega una buena mamada. Lo chupa, su lengua y su saliva, que corren por el tronco, lo estimulan más. Pepe gime, degustándolo, ese güevo sabe distinto a otros que ha mamado antes. La boca sube y baja, mamando y chupando el güevo del otro que jadea y le dice que sí, que siga mamando, que lo mame bien, que le saque toda la leche. Ahora el hombre sube y baja un poco sus caderas, su güevo va y viene contra esa boca ávida. Pepe siente que se ahoga cuando el tolete entra, atragantándolo por momentos. Siente que no puede respirar con la tranca clavada en la  garganta, pero su lengua aún se las ingenia para moverse y lamer más.

   -Oh, bebé, no aguanto más… -jadea Lucas caliente, bajando una mano y sobándole los cabellos al muchacho.

   Tiembla y se estremece todo, mientras su güevo escupe una abundante ración de esperma que el joven se traga como puede, pero es mucha y el semen corre por sus labios y barbilla. Lo traga con ganas, lamiendo aún la babeante cabeza. Lo encuentra agrio, como un rico yogur, que al bajarle por la garganta lo llena de más ganas de sexo. Se miran agitados.

   -Cógeme… -le pide como avergonzado.

   -No hay nada que quisiera más, Pepito, que tu culito estrecho; pero tengo una reunión de negocios. Tal vez más tarde… -le sonríe.

   No puede faltar a la reunión con los socios, pero le pesa un poco notar la mirada dolida de frustración del muchacho. Lo había mamado bien y merecía una recompensa. Lo tendería en el sofá y le mamaría también el güevo, y tal vez le lamiera también el culito. Debía tenerlo rico y una probadita nunca estaba de más…

                                                                ………………..

   Frank Caracciolo mira con ojos críticos la amplia, soleada y hermosa oficina que Aníbal López le ofrece. El hombre le hace una relación de todos los casos pendientes. También él calla lo de William Bandre; no le dirá nada hasta que sepa lo que está pasando. Frank parece no oírlo, mira los cuadros, las alfombras, los equipos de sonido y video, y no parece estar muy impresionado. Aníbal lo nota y calla, quitándose los lentes que usa para leer las tarjetas en su mano. Espera a que el otro le preste atención. Frank parece notar su silencio censurador, y cayendo sobre el sillón, le sonríe en forma algo ampulosa.

   -Está bien, te estoy oyendo. Pero debo decirte que esta oficina no me gusta. Voy a hacer muchos cambios aquí.

   -Lo imagino. -es frío. Frank lo mira fijamente.

   -¿Qué te pareció lo junta?

   -Desagradable, como era de esperar. Pero no tan mala. Al menos la sangre no llegó al río.

   -Eric parecía muy molesto contigo. -sonríe ampliamente. Aníbal hace una leve mueca.

   -Diría más bien… herido.

   -Siempre fue un imbécil sentimental. Tal vez pensó que eras su amigo y que lo que hiciste fue una traición. -casi ríe. Aníbal no. ¿Qué piensa?, es difícil saberlo. Su rostro es granítico.- ¿Averiguaste sobre lo otro? -parece muy ansioso. Aníbal asiente, pero duda. Finalmente habla.

   -Sí. A Eric Roche le atraen los hombres y mucho. -Frank se pone de pie y grita salvaje.

   -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es un maricón! -se ve feliz.- Pero, ¿estás completamente seguro?

   -Se hizo una comprobación de campo.

   -Eres maligno y peligroso. -ríe en forma cruel.- Lo vamos a exponer ante todos. Ya quiero verle la cara cuando le grite maricón delante de todo el mundo. Ya quiero verle la cara al viejo Germán y a la vieja puta de Norma. -es soez. Aníbal bota aire muy suavemente. Censurador.

   -Te recomiendo que te muevas con cuidado. No manejas aún la firma. Sí cometes un error… sí te excedes y todos consideran que puedes llegar a ser un problema, te sacaran de aquí. No sólo los Roche, sino hasta tu padre. -le advierte. Frank se altera. No quiere esperar, quiere herir ya.

   -A mí nadie me dice cómo actuar.

   -Haz lo que quieras. -suena amenazante. Frank lo mira inquieto.

   -Está bien. Esperaré hasta tener algo que mostrar. Pero Eric tiene que irse de aquí. Eso de ser príncipe partícipe no me gusta. Quiero ser yo quien controle la firma.

   -Hay otro asunto del que quiero hablarte un momento… -dice frío, leyendo algo en una tarjeta.- Se trata de tu asistente. Hay un joven al que… -lo interrumpe.

   -Ah, no. Nada de un asistente. No quiero a un carajo molestándome por aquí. Búscame una nena toda llena de curvas, bonchona, reilona y putona. No importa que no sepa nada de nada.

   -Necesitas un asistente. -es frío.- Y este joven es uno de los recomendados de Germán. Ya sabes que le gusta ayudar a los hijos de los antiguos empleados, igual que a tu padre. La vieja puta de Norma, lo pidió como un favor especial. -lo dice mirándolo con elocuencia. Frank sonríe tenso, acusando el golpe por lo dicho a la mujer.

   -Está bien. Está bien, lamento haberla llamado así. Pero ya sabes como es esa mujer… -se incómoda.

   -Creo que por ahora sería apropiado llevarte bien con ellos. -es frío.- El joven es un mecanógrafo experto, sabe de contabilidad y de archi… -lo interrumpe.

   -Si. Está bien, es todo un oficinista. Pero yo no lo quiero conmigo. ¿Por qué no lo envías con Eric? Tal vez él y ese carajo… encontrarían intereses comunes de culos. -es grosero y ofensivo como un niño malcriado.- No me gusta que me impongan nada, Aníbal… -lo mira fríamente.- Ni siquiera a un asistente…

   -A muchos, no nos gustan muchas cosas, Frank. -responde exactamente igual.

   Frank nada replica. Aníbal parece creer que el asunto está zanjado, pero él no. Odia sentir que lo obligan a algo, que le imponen las cosas. Y más viniendo de los Roche. Ya llegará la hora de ajustarle las cuentas a Norma. Mira a Aníbal rencoroso; y a él, se dice; aunque no todavía. Su naturaleza salvaje y voluntariosa tenía que imponerse siempre; siempre fue así y no quería cambiar. Ni creía que cambiara nunca; lo que probaba que el hombre proponía y Dios disponía…

……

     Eric no puede quitarse de la cabeza la idea de que La Torre se estaba metiendo en problemas muy delicados. La compañía siempre había bordeado el límite de lo poco elegante en cuestión de clientes y causas, eso podía entenderlo, pero siempre cuidando el buen nombre de la firma y los socios. Los casos, aunque discutibles, podían ser tratados. Estos clientes, Guzmán Rojas y el general Bittar, eran harina de otro costal. Eran gente… claramente maleante. No existía un término menos malos para gente como ellos. Por eso aprovechó la hora del mediodía para ir a la casona Roche. Tenía que hablar con su padre de ellos. Su carro entra en esos momentos a los estacionamientos. Distraídamente nota que no está el carro de su madre. Mejor. Lo que tiene que hablar con su padre era delicado, mientras menos gente oyera, mejor.  Sobretodo su madre.

   Recordar a su madre, y su carro, lo hizo pensar en Pedro Correa y en su amante homosexual. Sonríe algo picado por la curiosidad, ¿qué habrían terminado haciendo? Seguro que Pancho lo cabalgó toda la noche sobre la cama. Pedro parecía más que dispuesto a entregarle el culo. Mira hacia la pieza del joven y nota un movimiento, como si alguien estuviera allí, revisando algo en un cajón. ¿Quién podría ser? ¿Se habría metido alguien a la propiedad? Podría ser Pancho, pero, ¿sin Pedro allí? El abogado es un hombre de decisiones rápidas. Se dirige hacia la pieza. Oye una radio con poco volumen y a alguien que se mueve. Toma el picaporte y abre bruscamente. Frente a él se encuentra Pedro, desnudo, con una toalla en el hombro, con la que se frota y seca el áspero cabello. Eric se impacta y Pedro igual. El joven baja la toalla y se cubre las bolas con ella, no cubriéndose las caderas, sino el frente, como si lo hiciera con una mano, moviendo la boca sin palabras. Salía de la ducha.

   -Doctor Roche, ¿qué pasa? -pregunta alarmado el joven.

    Eric va a disculparse cuando mira a las espaldas del otro. Hay un escaparate (¡un escaparate en esta época!), con un espejo de cuerpo entero en la puerta. Allí se refleja la musculosa espalda de Pedro, así como sus nalgas firmes, paraditas y musculosas, con la franja más clara del bronceado en su piel canela clara. Esas nalgas atraen la mirada del abogado.

   -Disculpa, Pedro. Oí ruidos y como vi que no estaba el carro de mamá… no pensé que fueras tú, sino que alguien había entrado a la propiedad. -responde ronco sintiéndose idiota.

   No quiere, pero su mirada cae una y otra vez sobre esas nalgas; imagina lo tibia que debe estar la raja, y lo aún más caliente que debía estar ese culito fresco y recién lavado. Eric sintió como su güevo hormigueaba bajo el traje, palpitándole, pidiéndole ese culo.

   -Ah, eso. Lo que pasa es… -se ve tenso y luego ríe.- Un momento, ¿sí? -se inclina un poco y toma algo de la cama.

    Es un calzoncillo tipo tanga, de una tela anaranjada. Se ve suave. Erótica. El joven mete sus piernas en ella y la sube, cubriéndose el tolete que abulta con descuido. Eric siente la boca más seca. El chofer tiene un cuerpo delgado pero esbelto, con unos buenos pectorales de pezones desafiantes, propios para ser atrapados por una boca ávida. Su abdomen era plano. Y la tanguita resaltaba sobre su cuerpo bronceado. A Eric le encantaba ver carajos adultos, grandes, viriles y machos, así, enfundados en pequeños bikinis que ocultaban y ofrecían deliciosos y secretos placeres al paladar.

   -¿Pasó algo con mamá? -pregunta ronco, intentando no mirar el pequeño bikini.

   -Si. Me despidió. -suspira desalentado. Eric lo mira asombrado.

   -¿Mamá te botó? ¿Por qué? -el joven duda mucho. Mira a Eric y parece medir lo que dirá.

   -Digamos que a su mamá no le agradaban… mis amistades. -dice evasivo. Eric arruga la frente, irónico.

   -No irás a decirme que te encontró en la cama siendo enculado por Pancho, ¿verdad? -lo desconcierta.

   -¿Cómo sa…? Es decir, yo no… -se turba. Eric sonríe en forma divertida.

   -Los vi ayer cuando… te daba masaje en el culo. -dice con voz agresiva y alegre; no puede evitar sentirse algo caliente. Pedro sonríe leve.

   -Bien. Ahí lo tiene.

   -¿Y te botó por eso? Creo que a nadie pueden botarlo por… -duda.

   -No me botó. Me dijo: renuncia o le digo a Germán. Y yo realmente prefiero irme a sentir que don Germán se siente… defraudado de mí. Prometió  que me ayudaría a encontrar algo fuera de aquí. -Eric asiente. Así era Norma, no daba chances ni canales de escape.

   -Lo siento. Espero que te vaya bien. -dice como despidiéndose. Pedro lo mira de arriba abajo, como descubriendo que es un carajo guapo.

   -Espere, doctor Roche, ¿no va a preguntarme como me fue ayer con Pancho? -pregunta ronco, sonriendo como desafiante. Eric nota como el tolete se mueve un poco dentro de la tanga. Debería irse. Eso era muy  peligroso. El espejo muestra las nalgas paraditas  semicubiertas por la tanga, y se ven acariciables.

   -¿Fue bueno? -pregunta ronco, deteniéndose en medio de la pequeña pieza.

   -Hummm, fue rico. -dice mórbido, con ojos nublados, el tolete abultándole poco a poco.- Siempre pensé que eso podría ser sucio, o doloroso… pero fue muy delicioso. Sentí que cada parte de mi gritaba y pedía más. Pancho me cabalgó durante casi toda la noche. No se cansaba el muy caballo.

   -Parece que tienes un culo muy hambriento, amigo… -traga saliva, ronco, sorprendido él mismo de decirlo.

   -Y caliente. Eso dijo Pancho. ¿Sabe como comenzó todo? -dice mirándolo a los ojos.

   -¿Te pidió el culo?

   -Es un cerdo, quería que lo trabajara un poco antes así… -le sonríe con ojos brillantes.

   El joven cae de rodillas frente a Eric, mirándolo con ojos húmedos de lujuria y deseo. Sus manos caen en las caderas del abogado, el cual se siente excitadísimo, sintiéndose agarrado por ese joven y atractivo carajo en tanga, cuyo tolete intenta escapar. Con un gemido de deseo, la boca de Pedro cae sobre su pantalón, atrapándole la cabeza al güevo bajo la tela. Eric casi grita, esa boca es cálida, y mordisquea y chupa sabroso, produciéndole cosquillas y placer sobre la dura barra. Esa boca lame la tela, la muerde, chupa la figura dura y palpitante. Una mancha de saliva se dibuja en la prenda de vestir.

   Pedro se revuelve con ansiedad. Su boca atrapa ese güevo una y otra vez. Su mano lo atrapa, apretándolo fuerte. Eric siente que se muere. No puede pensar. Todo le da vueltas, está en la casa de sus padres dejando que otro carajo lo sobe. Con manos febriles, Pedro le abre la correa y el pantalón, bajándolo. El calzoncillo blanco, no tan chico, deja ver la enorme figura que levanta la tela. Esa boca cae hambrienta, mamándola y chupándola. Las manos de Pedro le atrapan las nalgas mientras su boca desesperada sigue mamándolo sobre la telita.

   -Hummm, si chúpala. Anda. Chúpala. Cómetela. -jadea ronco Eric, mirándolo casi mareado.- Trágatela, mamagüevo…

   -Te voy a sacar la leche, papito. -le sonríe Pedro con un aire totalmente putón, caliente.

   Las manos de Pedro le bajan el calzoncillo y el güevote, largo, grueso, rojiblanco y erecto sale disparado, golpeándolo en el rostro. El tolete está muy rígido y caliente. Pedro jadea excitado y lo atrapa con una mano trémula, masturbándolo, sintiendo su dureza, su tamaño. Eric casi se desmaya, siete como las piernas le tiemblan. Esa mano sube y baja, cubriendo y despejando la roja cabezota. Pedro la mira fascinado. Su boca va hacia ella, saca la lengua y le da lentas y profundas lamidas, como quien saborea una chupeta. Eso provoca oleadas de placer que recorren a Eric de arriba abajo, haciéndolo jadear.

   -Trágatela, güevón. Quiero ver como te la comes. Trágatela toda… -jadea ronco.

   Pedro, a sus pies, arrodillado y sometido, le sonríe con placer, con deseo. Su boca se abre y rodea la roja cabeza, cubriéndola, mamándola, chupándola larga y ruidosamente. Eric grita ahogado. Lo mira como asustado, pero es deseo. Esa boca baja sobre la rígida y nervuda tranca. Mamándola centímetro a centímetro. De la boca caliente y húmeda de Pedro sólo escapan ahogados ‘hummm’ de placer. Pedro nota como ese güevo, que se traga casi todo, sintiendo como le baja por la garganta, ahogándolo, crece más y palpita con un calor horrible. Percibe como el dulce néctar del macho le baja por la lengua, haciéndolo gemir y desear más. Quiere más. Quiere que ese güevo le de gusto. Todo él responde a la rica tranca. Su cuerpo se tensa, caliente. Su güevo y su culo palpitan, mientras su boca va y viene, mamándolo con fuerza, manando saliva.

   Eric jadea agónico, mirando a ese hombre joven que lo mama con ganas. Ve que le gusta, que le gusta mucho. Y el tolete responde. Su güevo está más caliente que nunca. Ya había sido mamado antes (chicas), pero nunca así. Lo siente como si fuera la primera vez que lo chuparan. Ver al joven subir y bajar sobre su güevo, lo excita mucho. Se miran. La mano de Eric baja y atrapa la nuca del chofer, está sudado. Le acaricia la mejilla y siente la sombra de la barba del otro. ¡Otro hombre le estaba mamando el güevo! Cerrando los ojos, Pedro sube y baja con ganas sobre el tolete. Su cuerpo va y viene. Suda a mares. El chico atrapa el tolete; lo lame con la lengua, de punta a base y nota como se estremece. El joven mira las bolas y las lame con furia. Atrapa una dentro de su boca cálida, como quien come uvas. Desde allí mira a Eric, con el otro testículo en su mejilla y el tolete cayéndole sobre el rostro. Lo atrapa y se da golpecitos con él sobre los labios y las mejillas.

   -Tienes un güevo rico.

   -Eres un gran maricón.

   Nuevamente se lo mete en la boca. Cerrando los ojos, Pedro recuerda todas las veces que iba al gimnasio que estaba cerca de su casa y miraba a los físicoculturistas. Echones, tetones, culones. Todos en sus tanguitas. Cuantas veces quiso caer así, mamándolos, comiéndose sus güevos, mientras ellos lo rodeaban. Todos muy viriles y grandes, todos con sus güevos erectos frotándolos contra él. Esa fantasía hace que su boca se llene más de saliva, que rueda sobre la dura tranca. Imagina a tres, cuatro o cinco carajos, todos con las trancas duras, calientes, dándole en la cara, esperando que los mame. Los imagina a uno y otro dándose sobos de tetas o dándose latazos, todos excitados mientras él los mamaba.

   Una mano de Eric baja por la espalda del otro. Siente la piel recia, musculosa, viril. Está sudada y caliente. Siente esa piel deliciosa al tacto, la piel ardiente de otro macho. Palpa cada músculo de esa espalda. Era un carajo, un carajo al que podía tocar, sobar, sentir… y que le estaba dando una buena mamada a su güevo. Oye como Pedro se ahoga, con la boca llena de saliva y tolete, que le baja por la ardiente garganta, mientras le hala y soba las bolas. Eric se inclina sobre él, atrapándole la nuca entre las caderas y el abdomen, le mira la espalda fascinado.

   La mano del abogado baja por el centro de la espalda, acariciando, palpándolo. Esa mano baja más y cae sobre la tanga, sobando con fuerza, con ganas, esas nalgas cubiertas. Pedro gime, putón, sintiendo rico la caricia. La mano palpa esas firmes carnes, cálidas. Siente la depresión de la raja. La mano se mete ahí, con furia. Hunde la telita y Eric juraría que el culito se estremecía. La mano soba la raja interglútea, y hunde más y más la tela, queriendo metérsela por el culo. La mano se mete dentro de la tanga, y Eric jadea, siente que esa piel quema. La mano baja por la raja, sus dedos frotan la hendidura  lampiña. Vaya, Pedro se rasuraba el culo, piensa caliente. Sus dedos llegan al ojito del culo, lo frota debajo de la telita. El agujerito tiembla y palpita, como una virgen temerosa y deseosa del asalto del bárbaro con su manduco erecto. Eric tiene la boca seca, cuántas noches soñó con hacer esto… El dedo medio se hunde dentro del culo, con suavidad, con ganas, con deseo. El dedo entra y Pedro chilla sacándose el güevo de la boca, sus  labios, mejillas y barbilla chorrean saliva y sudor. Está excitadísimo.

   El joven casi tiene que sostenerse de las piernas de Eric, como para no caer, mientras la mano en sus nalgas sigue agitándose, con lentitud pero con fuerza. El dedo de Eric entra hondo, palpándolo, sintiendo el culito que quema y se cierra palpitante sobre él. El dedo entra y sale, cogiéndolo. Pedro jadea y eleva el rostro. Eric se calienta más al verlo tan lujurioso, tan cachondo, tan deseoso de que otro macho le ponga preparo. El culito ahora sube y baja como buscando ese dedo.

   -¿Quieres… cogerme? -le pregunta con un jadeo Pedro, con rostro contraído de deseo y ansiedad. Le soba el güevote.- Entiérramelo todo en el culo…

……

     Frank, en cuanto conoció a Nicolás Medina, lo odió. Cosa que no era rara, le desagradaba casi todo el mundo. La gente era tan torpe, tan poca cosa para alguien como él. Y este insignificante tipo le era impuesto por gente a la que despreciaba, semejante aval era suficiente para desear destruirlo. Pero fuera de eso, no le agradó, había algo en él que se le hizo… desagradable.

   Nicolás era un joven entrando en los veinte, no podía tener más de veintitrés, se dice Frank, quien siempre ha considerado a la gente (a los hombres, claro), menores de treinta, unos idiotas sin cerebros. Las mujeres eran otra cosa. Mientras más jóvenes, más apretados tenían el culito. El joven era alto, no tanto como él, delgado, del tipo esbelto. El cabello era castaño y parecía muy fino. Pronto sería pelón, se dijo con sombría satisfacción el abogado. Los ojos eran castaños amarillento. De rostro franco, buena gente y atractivo.

   Pero esa boca algo torcida, y esos ojos que lo miraban en forma despectiva, lo molestaron. Frank sintió rabia dentro de sí, al parecer al señorito Medina él, Franklin Caracciolo,  no le caía bien. Y aunque Frank era un cerdo, un ser detestable y despreciable, nunca parecía entender por qué había gente a la que no le agradaba. Le pasó con Eric casi desde que se conocieron hace una pila de años. También con Sam. Sam siempre lo… despreció, se dice con rabia. Y ahora este mequetrefe lo miraba como si fuera alguien inferior. Nota que lleva un traje algo grande, como si fuera prestado. ¡Un pobre muerto de hambre!

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para… -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

   -Intentaré… intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño’e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo… gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y… -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

   -Pero, doctor… -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota… -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía.

CONTINUARÁ…

Julio César.

ADIOS A LOS QUE SE FUERON

Julio 10, 2009 by jcqt1213

MARI TRINI

   El inicio de este año fue dolorosamente movido, referido a gente conocida. No por mí, sé que jamás vi personalmente a ninguna de estas personas, pero sí significaron algo. Creo que el santoral de penas lo comenzó la artista Mari Trini, cantante de voz algo ronquita que siempre me pareció hermosa. Juraba yo que la mujer era italiana, pero no, era española, nacida en un lugar llamado Caravaca de la Cruz, Murcia, pasando luego a Madrid y finalmente a Francia. De ella era muy conocido “Escúchame” y “Yo no soy esa”; pero yo la recuerdo es por “Ayúdala”. Siendo yo un niño de unos seis años, era cuidado por una tía joven que me lleva diez años. Y yo la adoraba. Jugaba conmigo como una niña más, pero ella veía novelas. Recuerdo que por esa época transmitían una llamada “Elizabeth”, y en el capítulo final, mientras ella va muriéndose de una extraña enfermedad, su rival en la trama le canta esa canción al galán “Ayúdala, no le lleves la contraría, pon un sol en su ventana…”, y mi tía lloraba toda emocionada. Siempre asocié ese enamoramiento por mi tía, con Elizabeth y la canción de Mari Trini que era tema de la novela. Cada vez que la escucho, cualquier cosa de su repertorio, evoco aquello. Y me gusta.

BETTY WHITE

   Con la segunda pérdida puede aplicarse aquello que un hermano mío, Joseiño, dijo una vez de una conocida cuando le informé que había muerto: “¿Qué, todavía estaba viva? Yo creí que se había muerto hace tiempo”. Se trata de la muy viejita Betty Marion White, la eterna “Rose” de la serie “Los años dorados”. Me encantaban esas viejas solteras llevando sol en Miami. Ella era la despistada, la dulce, la buena. Recuerdo que cuando una hermana de la que era toda atacona apareció necesitando un riñón para un transplante, Rose, con rostro confuso preguntaba “¿Un riñón, para qué quiere un riñón?”, y la más seca le replicó: “Para su gato, Rose”. Así eran. Por mucho tiempo le perdí la pista, hasta verla como analista en Alli McBeal, encarando a una vieja desagradable… totalmente adorable. Hace poco apareció en la serie Mi Nombre es Earl, encarnando a una vieja malvada que quiere desquitarse de todos los que la llamaron el algún momento de su vida, bruja. Los sedaba, metía en un saco, los arrojaba por las escaleras y ataba a grilletes. Fue genial. Dígame cuando Eral le pregunta por qué los mete en el saco si los seda. “Porque es más dramático”. Estuvo increíble. Fue triste saber que se había ido.

JOSE ANGEL CILIBERTO

   Después partió un venezolano de vida dilatada, aguerrida y hasta polémica, José Ángel Ciliberto. De joven combativo adeco en los cuarenta, enfrentó la dictadura de Pérez Jiménez, siendo encarcelado desde 1952 al 55. Siempre ocupó altos cargos en los gobiernos de Acción Democrática, ya desde los tiempos de Rómulo Gallegos (quien fue adeco). Durante el gobierno de Jaime Lusinchi le tocó ser ministro del Interior, cuando estos no se dedicaban a gritar insultos por televisión y mucho menos a perseguir a sus enemigos personales. Sin embargo fue allí donde recibió el peor de los pagos: nuevamente la cárcel. Fue con el caso que se llamó los Jeeps de Ciliberto. Estando Acción Democrática en campaña electoral para que se eligiera Carlos Andrés Pérez la segunda vez, crimen histórico del que Acción Democrática y Venezuela todavía no se recuperan, el hombre puso unos Jeeps de la nación a favor de la campaña. Que es delito, por más que ahora el Presidente le envíe helicópteros y camiones a sus amiguitos fueras de la frontera sin que nadie se inmute. Más tarde Carlos Andrés lo hizo saber para perjudicar a Jaime Lusinchi (el Diablo siempre paga así), y Ciliberto cayó. Pagó su culpa y volvió a la vida pública, para, como el anciano cardenal Castillo Lara, combatir los viejos los demonios de su juventud: el autoritarismo y el militarismo abusador. Murió enfrentando a esta gente en todos los frentes. Se fue de forma sorpresiva, callada. Su voz hace falta.

PEDRO INFANTE JR

   El siguiente era un hombre, lo confieso, sin cara. Era tan sólo un nombre: Pedro Infante Jr., el hijo de Pedro Infante. Así lo conocía. ¡El hijo de Pedro Infante! El hombre murió de una neumonía que se complicó y no le dio paz. Como hijo de gato, también él cazó ratón. Era cantante y actor. ¿Era bueno en ello? A los hijos de los famosos, sobretodo los de figuras legendarias como su padre, les cuesta demostrarlo. A mí me dolió un poco por eso, porque se había muerto el hijo del recordado y eterno Pedro Infante, el Martín Corona de siempre. De niño vi muchas de sus películas, siendo mis favoritas “Los hijos de María Morales”, “Dos tipos de cuidado” y “Escuela de vagabundos”. Su “Quién será la que me quiere a mí”, es una de las versiones más hermosas que existe de esta canción. ¿Quién no lo oye al sentarse con las panas a tomar cervezas y hablar tonterías? Ese era Pedro Infante para uno, y por cariño y reconocimiento a él, se le apreciaba al hijo. Paz a sus restos.

   Y esto fue apenas comenzando el año, sí sumamos los de ahora…

Julio César.

AMIGUITO PILLADO

Julio 10, 2009 by jcqt1213

MACHOS HOT

   Se retorcía y chillaba como puta.

   Al final del taller los encuentras. Allí está tu mejor amigo, tu pana, compañero de farras, gimiendo y estremeciéndose mientras el ingeniero le mete ese güevote de burro que tiene por el culo. Y no sabes cuál sorpresa es mayor, ver al carajo nalguearlo, gruñéndole “muévelo así, putica rica”, o escuchar a tu panita gimiendo que sí, que se lo meta todo, que le destroces el culo, mientras se aferra a los tubos, subiendo y bajando sus nalgas sobre la pelvis del otro. Por suerte no hay prisa para decidir, tienes tiempo para mirar, y hasta para una paja rica, y saber qué te extraña más.

Julio César.

EL HIJO DEL JEFE

Julio 10, 2009 by jcqt1213

MACHO HOT

   El niño estaba como le daba la gana.

   Ese bebito dorado me miraba fijamente, con picardía, subiendo y bajando sus cacheticos, girándolos a veces, abriéndolos. Qué locura, estaba allí llevado por su papá para que revisara la cañería de la parte trasera de la casa y me topo con ese manjar. Bueno, a eso vine, me dije agachándome y dándole cálidos besitos en esas turgentes, lisitas y firmes mejillas. El niño era medio caprichoso, noté por su mirada traviesa que me daría problemas (“sí, pero mejor no”), así que metí mi dedo índice, mi llave mágica, la que abría todas las puertas. Y lo logré, lo supe por su gemido y sus nalgas echadas más hacia atrás, buscando el dedo. Claro que yo pensaba darle mucho más. Pero, ¿y si el jefe llegaba?, me inquieté… mientras me desnudaba.

Julio César.

PSICOPARA AMERICANO

Julio 10, 2009 by jcqt1213

PSICOPATA AMERICANO

   Con lo bueno que resultó Christian Bale como actor, PSICÓPATA AMERICANO fue fatal. Era una película absurda, de donde lo único que se podría rescatar era la forma de pensar de un demente, de alguien que intenta ser y mostrarse mejor de lo que es, cuando no cree merecerlo ni servir para ello en su fuero interno. Sus obsesiones por ser notado por los socios, su hambre sexual casi predadora y sus crímenes no son ni buenos ni malos, sólo lo hacen tolerable (aunque uno siente deseos de que termine pronto), pero la escena donde persigue a la mujer y le arroja la cierra eléctrica que la mata, es tan insoportable como sus escenas narcisistas. Christian tiene un gran cuerpo, es verdad, pero caía mal verlo recrearse al mirarse desnudo. Se puede decir que eso era lo que se buscaba, él era el villano, el antihéroe, pero estando centrada la película únicamente en su persona, era de suponer que muchos que pondrían de su parte deseando que no lo atraparan. Pero no fue así, me molestó como resultó todo más bien.

   Si embargo la cinta tuvo una escena realmente memorable, que imagino debe haber despertado oscuras fantasías en muchos carajos a la hora de apagar el televisor después de verla, provocando calorcitos y urgencias. Fue aquella en el restorán, cuando celoso del carajo que va a casarse con una prima, un catirito barrigón de apariencia blanda y mediocre que él ataca y ridiculiza verbalmente, va al baño. Él lo sigue con la sana intensión de matarlo, es verdad. Lo mira al fondo, lavándose las manos. Lo mira con odio, se coloca sus guantes negros, parecen de cuero, y va tras él, mirándolo fijamente, buscando rodearle el cuello. Es el momento cuando el otro se vuelve y lo mira, desconcertándolo, con la inercia sus manos caen en ese cuello blando, y el otro se parte todo, como galleta de soda, diciéndole que jamás lo imaginó, que siempre había soñado con él, con ese momento. El gordito pensó que el psicópata buscaba un cercamiento gay. La escena fue memorable, chistosa y caliente, el tipo le atrapó las manos y comenzó a besarle los guantes, diciéndole lo mucho que le gustaba. ¡Y el otro no lo alejó!, no lo atacó, parecía desconcertado, totalmente incapaz de reaccionar, y si uno se pone a revisar toda su actuación narcisista, así como su relación con las mujeres, algo de eso parecía haber. Fue una tremenda escena que él cortó diciendo que tenía que irse, y el otro le insistía que lo llamara, casi comprometiéndolo.

   Esa toma, como dije, se prestaba a fantasías, porque fue poderosa. Ese gordito pudo haber bajando una mano y manosearlo sobre el pantalón, y seguramente se habría encontrado con una enorme sorpresa, logrado que el otro jadeara, (como lo hacía en ese momento en la cinta, pero por la sorpresa), alejándose un poco. Pero el gordito no lo dejaría escapar, intentando besarlo. El psicópata parecía congelado, tal vez habría tenido suerte, y Christian Bale habría correspondido dándole un besito, o uno más grande. La escena toda, incluso el que estuvieran en el baño, se prestaba para una caída en rodillas, una cara que se pegaba y… bueno, mucho más.

   ¿Y cómo no iba a enloquecer el catirito? Porque hay que reconocer que ese sujeto tiene su pinta y una fuerza sensual intensa. Allí no lució tanto, pero en EQUILIBRIO, su escena con la prisionera, cuando ella toma la pluma e intenta matarlo, y él la domina, cayendo sobre ella, estaba cargada de una gran belleza erótica increíble, sin serlo. Ese tipo transmite mucho, como lo sabemos los que vimos BATMAN GEGINS, aunque, como imaginarán, en esta nueva entrega, THE DARK KNIGHT, aposté por el Guasón, como dije en su momento, por Heath, el querido chico australiano.

Julio César.

EL COBRADOR COBRA EN VERDAD

Julio 10, 2009 by jcqt1213

NIÑO GOLOSO

   Cobraba con cambures… y de los gruesos.

   A Vitico no le iba bien cobrando las cuentas morosas del condominio en ese edificio. Quien no le gritaba, con malas caras, lo ignoraba feo. Aunque de tarde en tarde, uno de los inquilinos lo recorría con la vista de arriba abajo, miraba al pasillo, y si la familia había salido lo invitaba a entrar a hablarlo. Sentadito aceptaba un café o un vinito mientras revisaban las cuentas, tan sólo para descubrir que al carajo no le interesaba nada de eso, estaba solo, aburrido, y quería algo de acción para pasar el rato. Y Vitico, gritando de sorpresa, mientras sube y baja, se dice que en esos casos, al menos no se va con las manos vacías. O el culo. Y malo no era. Ya tenía “clientes” que parecían esperarlo con ansiedad cada martes.

Julio César.

DÍAS ASÍ EN EL EDIFICIO…

Julio 10, 2009 by jcqt1213

TIPO CALIENTE

   Lo único bueno…

   Sales en la mañana a la carrera porque, de alguna manera, siempre se te hace tarde ahora. Qué flojera. Mientras tomabas el café y escuchabas a la Colomina desgranar cada patraña gubernamental, sorprendiéndote y arrechándote de las maquinaciones torpes del Gobierno, te dices que te sientes mal. No sabe qué tienes, pero estás mal. ¡No irás a trabajar! Tampoco es tan grave, la oficina trabaja con o sin ti. Llama, inventas algo y ya. Pero no lo haces. Y a última hora sales, diciéndote “mejor no invento, no vaya a necesitar ese día después”. Y corres. Bajas la escalera para encontrarte que, por fin, cambiaron el cilindro de la cerradura de la reja del pasillo. Qué bien… pero tu copia no abre. Le das y le das, arrecho, deseando que se parta, y rogando que no. Botas aire. Esperas que alguien pase porque olvidaste la dichosa llave magnética del ascensor, el cual no sabes si funciona. Nadie llega. Eso vive abierto, la gente entra y sale de la residencia como si del boulevard de Sabana Grande se tratara… pero no en ese momento que necesitas de alguien, de quien seas. Subes a la carrera los tres tramos de escaleras, por la maldita llave magnética. Y claro, sudas. Hace calor a toda hora en Caracas. El frío de marzo dio pasó, casi súbitamente, a un calor infernal.

   Bajas en el ascensor, que por un milagro (que vayas a trabajar) funciona; y ves a la conserje trapeando las escaleras… con la reja del pasillo abierta. Pero no hay tiempo para más arrecheras, hay que correr porque vas tarde. El día es largo, tedioso. Nadie fue amable en toda la jornada. Regresas agotado, pegajoso dentro de tu traje por el calor… y el ascensor no funciona. Está apagado. Botas aire. Al menos la reja del pasillo está abierta, debe ser para que el hipotético y temido malandro que cazará a la gente dentro del edificio, entre. Subes. Te cambias. Tomas un café aunque no deberías, seguidamente leche fría para el ardor de estómago, y refresco de uva o colita si no tienes una cerveza. Haces tiempo para que el cuerpo se calme y pida comida. Vas al baño y compruebas que te molestan las plantas de los pies. Te bañas pensando en hacer esto y aquello, incluso ordenar los bauches viejos de pago.

   Claro, después no haces nada; te arrastras hasta el microondas, calientas algo agradeciéndole a la señora Benita que siempre deje algo, y te arrastras más lento todavía hasta el televisor. Ya no harás nada más. Sólo quedarte ahí, sentado, hasta que llaman, como a las ocho de la noche, a la puerta. Molesto ladras, ¿quién es? “Estoy cobrando el condominio”, te contesta la voz que viene a ver sí pagas algo. ¡Ah, esa gente!, el cilindro del pasillo, el ascensor; quieres decirles unas cuentas vainas pero te encuentras con un muchacho de voz fuerte, agradable, de buen cuerpo, casi fornido, con el cabello corto y una sombra de barba, que gana una pequeña comisión si logra cobrarle a alguien, por lo que imaginas que nada gana. Y se ve bien el pavito, por lo que eres menos agresivo a la hora de decirle:”no, nene, ven después…”. Y medio sonríe, eso anima la noche.

Julio César.

ESTOS DESGRACIADOS… (4)

Julio 8, 2009 by jcqt1213

MACHO HOT

   Ardientes y sucios secretos de machos…

……

   -Esto ya va a estar listo. –sonríe pomposo, Larry Marcano, acentuando su bien parecido rostro.

   Está contento, a la parrillada en la piscina de su casa, para despedir esa tarde del domingo, había asistido mucha gente. No todos los que deberían pero sí buena parte de ella. Algunos nadan y toman algo, otros hablan y ríen. Él viste con informalidad, pantalón y franela manga larga, sabe que así se ve delgado, musculoso, alto y llamativo. Sabe que Sandra, su mujer, lo mira con inquietud cada vez que una de las otras mujeres, algo tomadas, se le acercaba a decirle algo. Y esos celos le alegraban. Qué bien se sentía.

   Y justo en ese momento vibra su celular en el bolsillo del pantalón (no el de atrás, él hace chistes sobre eso). Sonriendo todavía de algunas bromas de quienes lo aprecian, desean un poco y envidian mucho, mira el identificador. Su sonrisa se congela, ahora es una mueca mientras le indica a un amigo que vigile la parrilla.

   -¿Ocurre algo, catire? –le pregunta Santana, jefe de su mujer (es pediatra), un carajo que no le agrada.

   Larry sospecha que el sujeto quería algo con Sandra, y peor, que ese tipo lo tenía por un farsante. Un día casi lo oyó decirle a la mujer: “pierdes tu tiempo con ese carajo, no sirve para nada”. De todos los presentes, era al único que en verdad detestaba.

   -No, nada, yo… -se aleja un poco de la gente, la música y el bullicio en general. Su corazón late con miedo, mucho miedo y…

   -¿Qué? –grazna bajito, temeroso.

   -Estoy en la esquina, estacionado. –oye la fría voz masculina, demandante, cruel.

   -Oye, no puedo dejar la reunión, Sandra y yo…

   -Que vengas, maldita sea. Y… -se hace un silencio que obliga a Larry a cerrar los ojos, más inquieto.- …ponte la pantaletica amarilla. Sabes cuál. Te espero. –demanda y cuelga. Él bota aire, jadeando, atormentado…

   -No puedo… -todavía se resiste.

   -Ven acá, maldito sucio, o me presentó allá. –amenaza, y eso casi hace gemir a Larry, de puro miedo. ¿Qué podía hacer? Nada. Rendirse. Estaba en las manos de ese desgraciado.

   El hombre joven, con paso lento, cruza la verja. Al final de la calle, bajo la sombra de unas acacias, está la camioneta tipo van, estacionada. Dios, cómo odiaba a ese maldito coño’e su madre, se dice mientras se acerca, vacilante. Un rostro de piel canela, cabello negro muy corto, estilo militar, con un bigotillo y barbita, aparece por la ventana del pasajero, burlón. Cruel.

   -¿Traes la pantaletica puesta? –le pregunta, gozoso, recorriendo el buen cuerpo del catire, quien asiente, tragando saliva, humillado.- Deja esa cara de dolor de cuca, que no tienes; esa pantaleta se la compraste a tu mujer porque era sexy y sucia, ¿no? A mí también me gusta… cuando la usas. Sube, quiero que me la enseñes…

   -¿Aquí? No creo…

   -Qué subas, carajo, o te bajo los pantalones allí afuera. –amenaza algo molesto de tener que hablarle tanto. Larry estaba muy desobediente, pronto debería darle un recordatorio de cuál era su lugar.

   Y mientras regresa a su asiento, Larry, como quien entra a una cueva llena de alacranes por todas partes, sube, sentándose a su lado. Odia al sujeto y esa mirada burlona y sádica que brilla en sus ojos. Con manos lentas y torpes abre su correa, botón y bragueta. No sabe sí imaginó la mirada curiosa de Sandra, su mujer, mientras dejó la reunión y entró a la vivienda a colocarse la prendita, pero eso le asusta. Como le asusta que alguien sepa en qué se ha convertido. Tomando aire sube los faldones de su franela manga larga y baja los pantalones hasta los tobillos, respirando agitado. Sus muslos, lampiños y musculosos, donde provoca meter una mano y acariciarlos, adorándolo, dan paso en sus caderas a una levísima tirita de color amarillo, así como a un pequeño triangulo de tela sobre su pubis, donde medio abulta el bojote, no por excitación sino por lo breve de la tela.

   La mirada del otro brilla, cruel. Si Larry lo odiaba, él despreciaba al catire. Y mucho.

   -Eres un cabrón calienta braguetas… -le gruñe ronco, y Larry sabe lo que viene, aunque no quiere.

   -Debo volver a casa y…

   -Cállate, puta. –le gruñe, y un leve bofetón, más para humillar y dar a entender quien manda, se estrella en el bonito rostro del otro, que enrojece y calla. Sumiso.

   Tal vez lo despreciara, pero cuando el sujeto atrapa con su mano izquierda la nuca de Larry, por su costado derecho, halándolo sobre sí, apoderándose de su boca, goloso, abriéndole los labios y metiendo su lengua caliente, ávida, viciosa, ya está muy excitado. Ese catire le calentaba hasta las cejas. Y Larry gime, con repulsa, sintiendo esa lengua lamiéndolo, esos dientes atrapando la suya y halándola, mientras la otra mano del carajo baja por su costado, acariciándolo, hacia sus nalgas, dos masas redondas, firmes, lampiñas totalmente, donde la pequeña pantaleta cubre muy poco, algo metida entre las nalgas ya. Es un espectáculo hermoso y excitante el del catire en pantaletas. Esa mano soba los glúteos sobre la tenue prenda, con lujuria, con codicia. La mano entra cuando Larry gime, restregándose del otro, con su lengua respondiendo al beso, sintiendo la caliente mano tocándolo… deseándola ahora.

   Era increíble, en un auto estacionado en plena calle, aquellos dos carajos jadean mientras se tragan en tremendo jamón, las lenguas salen, se unen, se lamen, mientras uno de ellos, un catire con los pantalones bajo, usando lo que evidentemente es una pantaleta bikini de mujer, es manoseando sobre ella por el otro, a quien parece encantarle tocarlo así. Y esa mano grande se mete dentro del bikini y los dos se estremecen; recorre la piel turgente, cálida, vital. Los dedos, viciosos ruedan hacia la raja entre las nalgas, más caliente, más lisa, medio cerrada por lo firme de los glúteos. Y la yema llega al botoncito cerrado del culo, tocándolo una y otra ver en frotes circulares, sin metérsele. Y mientras el carajo siente que se corre de gusto con solo hacerle eso, Larry gime putonamente, tenso, deseando que ese dedo le entre de una buena vez. Lo odia, no le gusta eso (se dice) pero arde y desea que el dedo lo coja.

   -¡Coño! –se oye la exclamación de sorpresa que viene de afuera.

   La pareja deja de besarse, y aunque el moreno lo toma con calma, sin retirar sus dedos de esa raja que va al culo, Larry chilla asustado, pálido como la cera. Allí afuera, mirándolo con sádica diversión, estaba Santana, un carajo que lo odiaba… y era el jefe de Sandra, su mujer, en la clínica…

……

   Por una larga carretera, solitaria a esas horas, un pequeño carro gris sale del asfalto y toma por un camino de tierra seca, que se eleva en polvareda. Escapa. Escapa de la guardia nacional que viene siguiéndolos desde un puesto de peaje. El conductor mira, con impasibilidad como la patrulla se mete en su nube de tierra. Sonriendo. Bien, con algo de suerte caería en el cráter que estaba más adelante, un hueco erosivo capar de engullir una pala mecánica con todo y pluma. Era bueno saber de esos trucos, se dice, cuando se traficaba con drogas.

……

   -Hummm… -no pudo evitar Martín que saliera de su boca, no quería pero…

   Sentado, muy abierto de piernas (Valente le subió los pies al mueble abriéndolo más), estaban mamándole el culo. Esa lengua le subía y bajaba por la raja, se detenía en su ojete y lo azotaba con rapidez titilante. Y era tan extraña esa caricia, como estimulante. Pero se estremecía en verdad cuando la boca de Valente se cerraba sobre el huequito, besándoselo, chupándolo, metiéndole literalmente la lengua y cogiéndolo con ella. No podía evitar esos gemiditos… que le apenaban. Esa caricia era tan maricona que no debería disfrutarla, pero… de su güevo mana otro chorro de líquido pre-eyacular, de lo caliente que está.

   Valente sabe que no aguantará mucho, y con un leve gruñido de pesar separa su boca del delicioso y tembloroso culo (con un poco más de trabajo le entraría un vainero), tragándose nuevamente el enorme y rojizo güevo, saladito y dulce de esos jugos que ya escapaban. Lo traga lentamente, centímetro a centímetro, de arriba abajo, dejando la nariz pegada de los recortados pelos púbicos de Martín, y con su garganta sigue mamando y mamando, apretándoselo. Hasta que el joven grita como un poseso, temblando todo, aflojándose, momento que Valente (subiendo un tanto su boca sobre el falo para recibir la rica leche sobre su lengua y paladearla), aprovecha para apoyar la yema de su pulgar de ese culito que se agita, empujando leve, sin entrar, sin frotar, pero ahí. Y Martín se corre y se corre entre temblores convulsos; su mente queda en blanco, su cuerpo gime y goza, le parece que nada es tan rico como eso (hasta él nota su semen increíblemente ardiente al manar), mientras le llena la boca a ese carajo de leche. Y Valente, cerrando los ojos, la paladea; los chorros le pegan en la garganta, pero la saborea y traga, reconociendo como siempre, que no había nada que supiera mejor que el esperma caliente de otro carajo.

   Una vez agotado el chorro, Martín se siente mal. Molesto. Culpable. Valente lo sabe y le deja el güevo, dándole un último mamón, quedando sentado de culo en el suelo. Tembloroso el joven se pone de pie y sube sus ropas como puede. Ahora sólo quiere salir de ahí. Y Valente, sonriente, lo sabe.

   -¿Te gustó? –lo provoca.

   -¡Sucio marica! –es casi un escupitajo, de rabia ante lo que hizo. Valente le sonríe irónico, todavía sentado sobre el piso.

   -¿Sí? ¡Y mira que lo gozaste! –reta, y encara su mirada de odio.- Una cosa debo advertirte, Martín… no me molesta mamártelo de tarde en tarde, siempre estaré a la orden para ordeñarte ese rico güevo… pero si le cuentas alguna cosa a alguien, hablo de ese lunar que tienes cerquita del hueco del culo, y de cómo te lo tape con un güevo. –lo ve palidecer.- Yo no digo nada, si tú no cuentas nada.

   -¡Marica! –le repite, incapaz de pensar en nada más y sale casi a la carrera… olvidando sobre el sofá el boxer que fue a buscar.

   Tanto mejor, se dice Valente, poniéndose de pie, mojada su pelvis de sus propios jugos. Debía hacerse una paja ya o reventaba. Fue cuando sonó el teléfono. Con un bufido lo toma, ¿sería su mamá?

   -¿Aló? –es impersonal.

   -Hola, tío Valente. –escucha una muy joven voz, y el hombre arruga la cara.

   -Hola, Matías… ¿Dime?

   -Oye, suenas como si no te alegra oír de tu sobrino. –suena irónico y desenfadado.- Mira, necesito un favor, ¿puedo pasar por tu casa? Si quieres me puedes chupar el culo como tanto te gusta hacer…

   Vaya, vaya, parece que la afición de Valente Fernández por mamar culos es conocida por muchos, ¿pero a su sobrino? ¿Y qué clase de sobrino es este que se expresa así? Por otro lado, ¿qué será de Larry ahora que fue descubierto por el jefe de su mujer, un tipo que lo desprecia, dándose tremendo jamón con otro hombre mientras le sobaban el culo? ¿Y ese carro que huye con drogas que significa?

CONTINUARÁ…

Julio César.

CARLOS ESCARRÁ, MANUEL ZELAYA Y ANTONIO LEDEZMA

Julio 8, 2009 by jcqt1213

BULGE MEN

   Dejó caer esa bomba que lo enloquecía…

……

   Hay gente a la que deberían levantarle una estatua bien alta, como en el chiste de Joselo, no para dar ejemplo, sino para que no bajen. Una de esas figuras es la de este hombre deteriorado físicamente por sus faltas morales, el diputado Carlos Escarrá, una inteligencia sin probidad. En uno de esos programas oficialistas, los únicos a donde se atreven a ir y declaran porque saben que no les preguntarán nada (y después se extrañan de que nadie lea VEA o mire VTV, prefiriendo GLOBOVISIÓN), Carlos Escarrá dejó salir toda su bajeza con un cinismo que daba escalofrío. Defendiendo la posición de Manuel Zelaya en Honduras, habló de que en dicho país la soberanía residía en el pueblo, y que esta se manifestaba a través del voto, que Zelaya era la expresión física de ese voto e ir contra él era un crimen contra del pueblo y del orden constitucional, y que toda forma de gobierno que se levante a partir de allí era ilegitimo. Usurpador, dijo, sin que le temblara la voz.

   Entonces, señor Carlos Escarrá, ¿qué pasa con Antonio Ledezma, alcalde metropolitano elegido por el pueblo a través del voto popular para que lo representara? ¿Acaso Hugo Chávez no dio un golpe de estado cuando lo despojó de la autoridad que le confirió el pueblo de Caracas a través del voto? ¿Habla de usurpadores teniendo a Jacqueline Farías al lado? ¿De qué habla, en nombre de Dios? Claro, enfrentado a las preguntas se salen por la tangente, que sí el Parlamento creo esto y aquello, cosa que legitima sus delitos, como si no notaran que dejan la puerta abierta para que se diga: Sí, Zelaya llegó por lo votos, como el mismo Chávez, pero el Congreso (o Parlamento) puede tumbarlo. Pero el cinismo llegó a momentos cubres cuando, intentando parecer sarcástico, hablo de “gorilas”, como si no fuera él un representante del gobierno de Hugo Chávez, ex golpista y gorila que intentó derrocar un gobierno legítimamente electo en 1992. Es que a veces parece que no pensaran.

Julio César.

ESTOS DESGRACIADOS… (3)

Julio 4, 2009 by jcqt1213

MACHO HOT

   Sabía que una lengua caliente en el culo abría todas las puertas…

……

   Confuso, Martín Serrano lo ve abrir la puerta que da a su dormitorio, y enrojece al verlo tomar la prendita de su cama, y amasarla en su puño, viéndola sonriente. ¡Qué cochino!, se dijo. Pero soportó su mirada mientras regresaba.

   -Es la que usabas cuando jugabas, ¿verdad? Huele a macho de acción. –dice, lento, sorpresivo, sin dejar de mirarlo, sonriente al acercarse a prendita al rostro y darle una larga y sonora olfateada.

   -¡Deja eso, maricón! –ladró incapaz de contenerse, Martín, estremeciéndose ante el grotesco espectáculo.- ¿Cómo puedes hacer esa vaina?

   -Oye… oye… cuidadito con el lenguaje, muchachito. –advierte, medio serio, volviendo la mirada nuevamente al boxer, olfateándolo otra vez.- A ti te gusta el físico culturismo, eso lo saben todos, y eso le parece grotesco a muchos. Ver tipotes en tanguitas calientes, untados de aceites y…

   -¡No lo hago por eso! Yo practico a levantar pesas. –se defiende rápido, temeroso como todo heterosexual de que se confundiera lo que hace.

   -Y lo haces porque te gusta. A mí me gusta este olor, y olfatearlo. –explica.- Llegarme a esos vestuarios donde todos se duchan y tomar los calzoncillos y olerlos. Paso horas ricas haciéndolo. A veces debo robarme alguna, sobretodo las más chicas y putonas, imaginando que su dueño la tiene puesta mientras la levo a mi cara. –lo mira fijamente, viéndolo desconcertado.- Tengo un amigo que practica lucha olímpica, y cada vez que compite se excita y se corre todo; descubrí que deja sus suspensorios todo llenos de leche caliente y olorosa. Y a mí me encanta… y este tuyo huele casi tan rico. –y da un paso hacia él, sonriente, con el güevo tieso bajo el short.- ¿Alguna vez alguien te ha abierto el cierre del pantalón y ha olfateado lo rico entre tus piernas?

   -¡No! –está todo rojo.

   -No lo entiendo, ¡un carajote bello como tú! Creí que todos esos tipos que jugaban contigo allá afuera, al terminar se metían entre dos autos y te lo mamaban. ¿No te atrae esa idea? ¿A uno de esos carajos a tus pies, mamándotelo sabroso, con hambre, allá afuera entre dos autos? ¿Te has preguntado que sentirías ante una mamada caliente dada por otro, mirándolo subir y bajar como un becerrito hambriento? –se juega el todo por el todo, y el otro lo mira muy serio, casi furioso.- A mí me encanta mamar, no paro hasta que la leche me baña la cara…

   -¡Eres un sucio! –jadeó ronco Martín, sintiéndose desagradablemente fascinado ante ese carajo alto y musculoso, atractivo y viril… que habla de mamar güevos. Que le dice, casi, que le quiere mamar el güevo. Y su güevo…

   -Te repito, así como a ti te gustan tus cosas, a mí las mías. Y me encanta mamar vergas duras y calientes, y oler calzoncillos usados, y beber leche cuando chupo una y el carajo se retuerce y bota semen en cantidades. –aclara, sereno, sabiendo que forza la mano.

   A Martín la garganta se le seca. Qué tipo tan sucio. ¡Qué marica! Pero le inquieta.

   Lo imagina, tan grande y macho, de rodillas, con la boca llena de güevo… y eso le produce unas cosquillas traidoras en sus bolas. Desea irse, pero… el tolete se le abulta un poquito. Anda caliente por la falta de sexo, su mujer lleva días fueras. Y las pajas no eran lo mismo. Y en todo ese tiempo Valente saca sus cuentas, sonriendo leve, seguro de tener puntos a su favor.

   -¿Te vas o te quedas? –le pregunta dando medio paso, bajando la mano, como si tal cosa, atrapando la silueta del tolete bajo las ropas, apretándolo.

   -¡No! –jadea dando un paso atrás, todo rojo.

   -Bueno… -sentencia el otro, mirándolo debatirse consigo mismos.

   Martín quiere irse, eso era sucio, asqueroso, él jamás habría pensando en… pero la misma sorpresa, y lo sucio, le parecía extrañamente excitante. Era un hombre, carajo. Y Valente, perro viejo, lo sabe. Las mujeres lo ignoraban, pero al hombre se le atrapaba apretándole el güevo.

   -Eres un niño tonto. –gruñe Valente como si tal cosa, cayendo de rodillas frente al joven, atrapándola le cintura con sus manotas y atrayéndolo, frotando vigorosamente su cara caliente de ese pubis, de la silueta del tolete que se siente suave pero consistente.

   Frota sus mejillas, su nariz mientras olfatea, sus labios se abren y cierran sobre él, provocándole escalofríos de repulsa al otro, pero también ricos corrientazos eléctricos que lo desconciertan. Bueno, no tanto… ¡quiere que se lo mamen! Desea que alguien, quien fuera, le diera una buena mamada, que le tragara sabroso el güevo hasta sacarle la leche. Así de simple era la mente masculina.

  Valente lo sabe, y mirándolo fijamente, abre su boca y atrapa el tolete, mordisqueándolo, sobándolo de un lado a otro, cerrando sus labios, chupándolo sobre la tela del short. ¡Que asco, Dios mío!, pensaba, estremeciéndose, Martín. Esas manos grandes en sus caderas se cierran con fuerza mientras su tranca abultaba al fin bajo la tela, y esa lengua viciosa, lenta, la recorre sobre las ropas, con la mirada de Valente clavada en la suya en todo momento. Cuánto vicio y placer se leía en ella. Esa boca se cierra sobre la cabeza, mordisqueándola, y los temblores y calambrazos que Martín siente, lo entregan finalmente al otro.

   Soltándolo, las manos de Valente van abriéndole el botón de latón, así como el velcro tipo cerradura mágica de aquella bragueta. El güevo emerge empujando un boxer rojo, corto. Se nota semi parado ya. La golosa boca del otro carajo se hace agua como la de cualquiera ante tan tentadora fruta, y va a la punta, tragándola, lamiéndola sólo allí, succionando sobre el boxer. Y Martín siente que se muere.

   -Eres un marica… -lo acusa, ronco.

   Valente nada responde, tan sólo baja el boxer y el güevo blanco, todavía no tieso, cae. Lo mira sonriente, atrapándolo por la base y manoseándolo. Todavía no estaba a punto, pero él sabía bien como trabajar un güevo para que se pusiera bien duro. Su boca de labios rojos se abre, la enfila sobre el tolete, y con un “hummm” de gusto, se lo traga. Todo. Pegando sus labios del pubis dentro de la bragueta, resollándole ahí. Y Martín contiene un jadeo.

   Esa boca está caliente, mojada, esas mejillas lo aprisionan, esa lengua se le pega, quemándolo, lamiéndolo, y esa garganta chupa sin moverse. Lo atrapa y hala, aprisionándole cada pedacito que responde ardiente, endureciéndose. Cuando esa boca se retira hasta medio güevo, dejándolo ver duro y nervudo ya, brillante de saliva, Martín siente que esa succión lo deja sin fuerzas. Y Valente lo traga otra vez, apretándolo más. Su boca sube y baja lentamente sobre el ahora duro palo, rojo como el fuego, lleno de ganas. Ese güevo gozaba cada halón, lamida y apretada que esa boca viciosa de hombre le daba.

   Mareado, Martín separa las piernas, sintiéndose débil, cerrando los ojos y elevando el rostro tenso. Esa mamada era rica, esa boca golosa parecía ir tragándolo pedazo a pedazo, chupando más cada vez, provocándole ganas de mear, de soltarlo todo. Valente lo mama expertamente, unas veces sólo traga el glande, mamándolo y lengüeteándolo sin sacarlo de sus labios, otras lo tragaba duro hasta la mitad, y otras, lentamente, lo engullía todo. Fue en una de esas mamadas a fondo, donde sus manos terminan de bajarle el short a Martín, quien inconcientemente continúa con los ojos cerrados (todo “hétero” que disfrutaba semejantes mamadas, parecía incapaz de mirar), pero al quedar desnudo de la cintura para abajo, se despabila.

   Y cuando se miran, Martín podría jurar que sonríe, atrapándole duro con la garganta el tolete, masajeándolo como si fuera a arrancárselo, y Martín grita bajito. ¡Qué rico era eso, qué delicioso era esa mamada dada por otro hombre! Se medio mueve, sus piernas se acalambran. Pero si Martín goza, Valente está en la gloria mientras su boca sube y baja, con hambre, sobre el rico güevo que suelta calor, dureza, palpitaciones y juguitos que traga con avidez. Mamar era tan rico que no puede pensar en nada más, como no sea recordar cuando tenía trece años e iba a la piscina del centro comunitario para aprender a nadar y se quedaba lelo mirando a esos hombres grandes, machos y viriles, exhibiéndose unos a otros en tanguitas, con sus bultos resaltando contra la suave tela mojada, y él con esas ganas de mamarlos aunque aún no lo sabía, como había visto a una tipa hacer en una revista de su papá.

   -Ahhh… exclama desfallecido, Martín, y cae, culo pelado, sobre un sillón.

   Valente le abre las piernas, halándolo por la cintura, medio recostándolo mientras le sonríe sacando la lengua y dándole pequeños azotes al ojete del glande, haciéndolo gritar agudo, para luego bajar la viciosa lengua por todo el palo que se estremece, como si degustara un helado. Ya casi lo tenía, piensa el mamador, recordando todavía sus trece años, flaquito, sin muchos músculos, pequeño, pero ávido de machos ya, acorralando al amigo de un hermano en los vestuarios de la piscina, quien casi le corría sospechándole algo, pero atrapándolo al fin bajo las duchas al caer de rodillas y atrapar su güevo también joven que se puso duro a todo mecha, tragándolo, mamándoselo rico, allí donde pudieron ser pillados. Fue su primera mamada, y la hizo a fondo, sintiendo que se moría de puro placer subiendo y bajando su carita aniñada sobre ese tolete caliente y duro, mientras el otro joven gemía contenido, sorprendido todavía de eso, hasta que con un grito de “tómatela todo, mariconcito” le había dejado la boca llena de una leche caliente, algo aguada, y no mucha tampoco. Es no le gustó mucho, aunque después le pareció mejor, y mientras fue mamando güevos y mas güevos, fue gustándole todavía más… como sospecha que terminará gustándole a Martín.

   Ahora, mientras le lame las bolas una a una, chupándolas, al tiempo que le masturba el cálido y babeante güevo con una mano y con la otra le soba de arriba abajo uno de sus muslos duros y firmes, Valente piensa que la vida era rica, y ahora venía lo mejor de todo y la prueba de fuego. Sube y le da otras cuatro o cinco mamadas al güevo, baja la lengua por el falo, lame otra vez las bolas… y bajando más, titila con su lengua en la raja que va al culito joven…

   -Epa… -brama, sobresaltado, Martín, pero ¿qué tramaba ese marica?

……

   -Esto ya va a estar listo. –sonríe pomposo, Larry Marcano, acentuando su bien parecido rostro.

   Está contento, a la parrillada en la piscina de su casa, para despedir esa tarde del domingo, había asistido mucha gente. No todos los que deberían pero sí buena parte de ella. Algunos nadan y toman algo, otros hablan y ríen. Él viste con informalidad, pantalón y franela manga larga, sabe que así se ve delgado, musculoso, alto y llamativo. Sabe que Sandra, su mujer, lo mira con inquietud cada vez que una de las otras mujeres, algo tomadas, se le acercaba a decirle algo. Y esos celos le alegraban. Qué bien se sentía.

   Y justo en ese momento vibra su celular en el bolsillo del pantalón (no el de atrás, él hace chistes sobre eso). Sonriendo todavía de algunas bromas de quienes lo aprecian, desean un poco y envidian mucho, mira el identificador. Su sonrisa se congela, ahora es una mueca mientras le indica a un amigo que vigile la parrilla.

   -¿Ocurre algo, catire? –le pregunta Santana, jefe de su mujer (es pediatra), un carajo que no le agrada.

   Larry sospecha que el sujeto quería algo con Sandra, y peor, que ese tipo lo tenía por un farsante. Un día casi lo oyó decirle a la mujer: “pierdes tu tiempo con ese carajo, no sirve para nada”. De todos los presentes, era al único que en verdad detestaba.

   -No, nada, yo… -se aleja un poco de la gente, la música y el bullicio en general. Su corazón late con miedo, mucho miedo y…

   -¿Qué? –grazna bajito, temeroso.

   -Estoy en la esquina, estacionado. –oye la fría voz masculina, demandante, cruel.

   -Oye, no puedo dejar la reunión, Sandra y yo…

   -Que vengas, maldita sea. Y… -se hace un silencio que obliga a Larry a cerrar los ojos, más inquieto.- …ponte la pantaletica amarilla. Sabes cuál. Te espero. –demanda y cuelga. Él bota aire, jadeando, atormentado…

   Pero bueno, ¿qué es esto? ¿Quién le ordena a este carajo que se ponga una pantaleta y vaya a verlo? ¿Lo hará el tal Larry? ¿Qué piensa hacerle Valente a su vecinito, el machito hétero que ya tiene una lengua lamiéndole el culo? Pronto lo sabremos…

CONTINUARÁ…

Julio César.