A PELO…

   Ayudándolo a encontrarse… con el bate…

 

   Silvio, con su maleta de trabajo, su bermudas largo, zapatos de goma y franela blanca que parece muy grande para él ya que es delgado casi flaco, se detiene frente a la tercera puerta a la que llama. Había descartado las dos primeras porque los carajos que habían abierto no llenaban los requisitos. No puede pensar en nada más que ‘eso’. La puerta al abrirse muestra a un tipo enorme, de piel muy bronceada, brazos de oso… cubiertos de una pelambre negra abundante. Con la camisa medio abierta mostraba dos cosas, unos pectorales grandes, y más pelambre… algo que hizo que el joven enrojeciera y se estremeciera, lujurioso. ¡Cuánto pelo…!

 

   -¿Qué quieres, muchacho? –pregunta aquel tipo, no molesto pero sí enérgico, macho, algo amoscado ante el lampiño catirito de pinta amariconada.

 

   El joven, todo turbado le dice que representa a un SPA que abre pronto y están ofreciendo masajes de prueba, que si tiene tiempo se lo demuestra. El carajo ruge que no está interesado. Pero el joven casi gime que debe hacerlo porque luego averiguan y no le dan el trabajo, y que es un estudiante que vino de Mérida y tiene que pagarse libros, escuela y alojamiento, y… El tipo, como obstinado le dice que está bien, que no entiende qué ganan porque la vaina es gratis, pero que pase, que está solo porque su mujer salió de compras. El joven entra, la casa es pulcra, mira el ancho sofá y le dice que tiene que quitarse la camisa y el pantalón. El sujeto ruge un qué, y parece que todo acaba, pero el muchacho gimotea nuevamente, que tiene que ser así, que él es un profesional y todo eso. Al carajo le parece, cada vez más, que sólo es un marica que quiere sobarlo, pero es tan macho, tan grande y masculino, tan seguro de sí que puede permitírselo. Sabe que muchos carajitos fantasean con él, por su porte imponente y su cuerpo velludo. Se quita la franela y el corazón del joven casi se detiene. Al caer zapatos y pantalones, quedándose con un ajustado bóxer negro, mínimo casi enrollado alrededor del bulto únicamente, se siente morir. Qué cuerpo, cuanto vello…

 

   Sonriendo el tipo se acuesta boca abajo como le indican. Silvio mira esa espaldota y jadea. Tiene una erección granítica. Del maletín saca un aceite, se embarra las manos, deja caer chorritos sobre el otro, que gime que está frió. Esas manos delicadas, estrechas, lo recorren. La piel es firme, dura, masculina y el joven está en el séptimo cielo. Toca, soba, y el carajo se va amodorrando, se sentía tan bien. Esas manos en sus muslos sobando, apretando, mimando, eran… extrañas. Cuando le indican que se vuelva, se sonroja un poco, el bulto le abulta un poquito, pero lo atribuye al… toque. El chico lo mira a los ojos, aplica aceite, las manos soban los pectorales firmes, los pelos se pegan de sus dedos. Las manos bajan y suben, el tipo cierra los ojos, inquieto, algo achispado. Esas manos eran… ¡Dios!, casi gimió, el chico le atrapó los pezones y los frotó entre sus índices y pulgares, antes de abrir las manos y casi clavarle los dedos en los pectorales. El carajo quería parecer de roca, pero cuando una mano le sobaba una teta y la otra un muslo eso lo puso mal, no podía disimular el bulto entre sus piernas, ni el ardor de su piel o la pesadez de su respiración; pero en fin, si el chico quería güevo…

 

   A la indicación de que se vuelva, el hombre jadea, cae de panza, cierra los ojos, estar así aprisiona rico su verga contra el mueble, y esas manos lo debilitaban. Sin quitarle los ojos de encima, atrapándolo de costado al centro de la espalda, las flacas manos aprietan y bajan, bajan a la cintura, Los dedos rozan el calzón y el carajo suelta aire, casi quiere que… Esas manos se meten bajo la prenda y el chico jadea. Esas nalgas duras se estremecen al tacto de sus manos. ¡Cuánto pelo!, piensa asombrado, quiere verlo ya… y soba y soban rumbo a la raja interglútea. Lo oye respirar entrecortado, lanzar aire y medio agitar las nalgas. Eso le da el permiso que necesita. Con una sonrisa dice que no puede trabajar así, y con mano firme comienza a bajarle el calzón. El tipo, enrojecido bajo el bronceado, no lo mira pero sube sus nalgas y se lo quitan. Esos glúteos redondos, grandes y firmes están cubiertas de vellos por todos lados. El aceite vuelve a las manos, cae en las nalgas, en la raja y el tipo cierra los ojos. Las manos soban, aprietan, pellizcan, los dedos se clavan con esfuerzo en la firme piel. Los pulgares comienzan a separar las nalgas, allí estaba el arrugado culito, totalmente rodeado de pelos negros. El chico bota aire, que al estar algo cerca cae ahí, quemándolo, y el tipo gime; era extraño sentir ese aliento allí. Los pulgares abren, soban, bajan y frotan el esfínter, alisándolo, moviéndolo. El tipo siente calambres, no puede estarse quieto y agita las nalgas, subiéndolas y bajándolas, ofreciendo sin saberlo su cuevita rica. Y grita un ronco ‘ahhh’ cuando el primer engrasado dedo se mete, lentamente, pero hasta el fondo…

 

   No podía creerlo, él tan grande, macho y peludo estaba dejándose meter el dedo así y ese dedo largo y fino entraba, salía, lo cogía y lo calentaba más, tanto que no se dio cuenta cuando comenzó a jadear, a gruñir que sí que se lo metiera bien, babeando y agitando el culo de arriba bajo, buscándolo, apretándolo. A Silvio le encantaba eso, ver a ese carajote tan caliente, y mientras lo cogía saca su güevo largo y delgado, rojo totalmente. El tipo, como trastornado, pero consiente vagamente de que su mujer ya llevaba hora y media fuera de la casa se volvió a verlo, con ojos brillantes.

 

   -¿Qué esperas, güevón? Cógeme ya… no aguanto…

 

   -Voltéate, quiero verte a los ojos cuando te culee… -le ordenó.

 

   Y el tipo obedeció, atrapado por esa fiebre que padecía. De espaldas, alzo una pierna sobre el respaldo del mueble, la otra fue atrapa por el chico que estaba semi sentado entre ellas, apuntando su güevo hacia su culo engrasado y alineado. Notar la suave cabeza, sentirlo entrar lo hizo gritar y estremecerse, echando la cabeza atrás. Cada pedazo que entraba le despertaba más y más ganas de ser poseído, cogido por ese carajito. Eso lo frotaba por dentro y lo hacía sentirse vivo, caliente, con ganas de agitarse, de apretar con el culo, con ganas de más y más sexo duro, babeante y ardiente. Y el chico comienza a cabalgarlo, expertamente, ¡lo que tenía de joven lo tenía de experimentado! Eran muchos los sujetos como ese, velludos y viriles a quienes había convertido en sus hembras. Se lo metía y sacaba casi todo, hasta la roja cabezota antes de enterrárselo otra vez, haciéndolo gritar y estremecerse sobre el sofá.

 

   Ese culo apretaba y quemaba. Su güevo entraba, cogía, lo llenaba y salía haciéndolo querer otro pedazo. Silvio lo miraba, grande, velludo, macho, y al mismo tiempo agitado, sudoroso, con ojos entrecerrados, meciendo el culo de arriba abajo contra sus caderas. El redondo agujero, rodeado de crespos pelos, se abría y recibía el cilíndrico tolete, que lo enculaba duramente. A Silvio sólo le gustaban así, ya sobre la treintena, grandes, masculinos, velludos y con complejos de héteros, engañándose a sí mismos, casados, con tipas por ahí, pero buscando eso, un güevo caliente que los pusiera en orbita alrededor de la tierra de los toletes duros, babeantes y siempre dispuestos para satisfacer las necesidades de esos medios machos… Ese era su gusto, sus profesores habían caído víctimas de él, también uno que otro padre de sus amigos. Ver a un tipo velludo, de cuerpo masculino hecho por los años, lo excitaba al punto de que se obsesionaba… y era de los que si quería algo, lo buscaba y no paraba hasta tenerlo… clavado sobre su tranca.

 

Julio César.

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2 comentarios to “A PELO…”

  1. JAIME Says:

    HOLA ME ENCANTAN ESTOS RELATOS QUE ME PONEN A MIL, PERO ME GUSTARIA LEER EL DEL “SUEGRO LO ENVICIA” UN RELATO DONDE EL YERNO HAGA SUFRIR DE CELOS A SU SUEGRO

    • jcqt1213 Says:

      Épale, Jaime, gracias por la parte que me toca. En ese relato, hasta donde recuerdo, no ocurre eso, pero digamos que puede terminar así, el suegro celoso de su propio hijo quien termina enamorando a Bobby. Podría ser.

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