
Iba a demostrar qué tanto podía ofrecer…
……
El corazón le palpitaba violentamente, casi tanto como todo lo demás. Su jefe, ese tipo alto, vigoroso, musculoso y enérgico estaba llegando. De mal humor, como siempre que su mujer se ausentaba de la ciudad. Y ya llevaba dos días sin ella.
-Hola, jefecito, ¿Quiere un café o puedo ofrecerle algo más? –propuso, sonreído y enrojecido, inclinándose un poco… hacia las tazas.
-Claro, muchacho, vamos a mi oficina. –dijo ronco y con ojos brillantes, dándole de paso una sobadita… amistosa.- Trae sólo el café, allá te doy leche. Tengo bastante. Y debe estar bien caliente.
Julio César.








