Archivos de la categoría ‘BOTANDO PIEDRA...’

DÍAS ASÍ EN EL EDIFICIO…

Julio 10, 2009

TIPO CALIENTE

   Lo único bueno…

   Sales en la mañana a la carrera porque, de alguna manera, siempre se te hace tarde ahora. Qué flojera. Mientras tomabas el café y escuchabas a la Colomina desgranar cada patraña gubernamental, sorprendiéndote y arrechándote de las maquinaciones torpes del Gobierno, te dices que te sientes mal. No sabe qué tienes, pero estás mal. ¡No irás a trabajar! Tampoco es tan grave, la oficina trabaja con o sin ti. Llama, inventas algo y ya. Pero no lo haces. Y a última hora sales, diciéndote “mejor no invento, no vaya a necesitar ese día después”. Y corres. Bajas la escalera para encontrarte que, por fin, cambiaron el cilindro de la cerradura de la reja del pasillo. Qué bien… pero tu copia no abre. Le das y le das, arrecho, deseando que se parta, y rogando que no. Botas aire. Esperas que alguien pase porque olvidaste la dichosa llave magnética del ascensor, el cual no sabes si funciona. Nadie llega. Eso vive abierto, la gente entra y sale de la residencia como si del boulevard de Sabana Grande se tratara… pero no en ese momento que necesitas de alguien, de quien seas. Subes a la carrera los tres tramos de escaleras, por la maldita llave magnética. Y claro, sudas. Hace calor a toda hora en Caracas. El frío de marzo dio pasó, casi súbitamente, a un calor infernal.

   Bajas en el ascensor, que por un milagro (que vayas a trabajar) funciona; y ves a la conserje trapeando las escaleras… con la reja del pasillo abierta. Pero no hay tiempo para más arrecheras, hay que correr porque vas tarde. El día es largo, tedioso. Nadie fue amable en toda la jornada. Regresas agotado, pegajoso dentro de tu traje por el calor… y el ascensor no funciona. Está apagado. Botas aire. Al menos la reja del pasillo está abierta, debe ser para que el hipotético y temido malandro que cazará a la gente dentro del edificio, entre. Subes. Te cambias. Tomas un café aunque no deberías, seguidamente leche fría para el ardor de estómago, y refresco de uva o colita si no tienes una cerveza. Haces tiempo para que el cuerpo se calme y pida comida. Vas al baño y compruebas que te molestan las plantas de los pies. Te bañas pensando en hacer esto y aquello, incluso ordenar los bauches viejos de pago.

   Claro, después no haces nada; te arrastras hasta el microondas, calientas algo agradeciéndole a la señora Benita que siempre deje algo, y te arrastras más lento todavía hasta el televisor. Ya no harás nada más. Sólo quedarte ahí, sentado, hasta que llaman, como a las ocho de la noche, a la puerta. Molesto ladras, ¿quién es? “Estoy cobrando el condominio”, te contesta la voz que viene a ver sí pagas algo. ¡Ah, esa gente!, el cilindro del pasillo, el ascensor; quieres decirles unas cuentas vainas pero te encuentras con un muchacho de voz fuerte, agradable, de buen cuerpo, casi fornido, con el cabello corto y una sombra de barba, que gana una pequeña comisión si logra cobrarle a alguien, por lo que imaginas que nada gana. Y se ve bien el pavito, por lo que eres menos agresivo a la hora de decirle:”no, nene, ven después…”. Y medio sonríe, eso anima la noche.

Julio César.

UNA TARDE EN EL MINISTERIO

Octubre 3, 2008

   -Ponme aceitito, pana…

 

   El día ha sido largo, hace calor, y tú sabes, no sospechas, ¡lo sabes de cierto!, que tu trabajo es una mierda que no sirve para nada. ¿A quién le interesa realmente que se llenen esas casillas de encuestas que nadie lee jamás? Nadie las revisa, ni las interpreta. Nadie saca conclusiones a partir de ellas para resolver o paliar nada. Sólo joden. Eso les encanta. Pero como te pagan, lo haces. La corbata te ahoga, el traje te quema, el aire acondicionado no sirve. La gente vino como más torpe ese día, casi te sorprende que puedan caminar hacia delante. Les indicas a dónde tiene que ir o por quién preguntar para resolver tal o cual trámite y te miran con ojos extrañados, perdidos, como si les hablaras en ruso, y demasiado rápido para colmo. Debes detenerte, no quieres hacerlo porque es descortés, grosero, ofensivo, pero les dices, “escucha con atención y concéntrate”, y repites todo con ese aire machacón, condescendiente y horrible de quien habla con un retrazado mental o un niño no muy inteligente. Y callan, te miran con el odio que mereces y se van, molestos… para regresar a los cinco minutos diciéndote que el portero les dijo que eso no era así. Y claro, uno calla un ¿y para qué coño me pregunta si va a salir a preguntarle a todo el mundo sin hacer lo que le digo?

 

   Pero te controlas. Eres un empleado público, no estás enchufado con la revolución, estás consiente de que te miran con desconfianza porque te saben opositor, un escuálido en tierra bárbara. No puedes mandar a la gente a lavarse ese culo simplemente. Tomas aire y les dices que el portero es una buena persona, pero que él no está ahí para indicar nada, que si desea resolver su peo (no con esa palabra aunque te quema la lengua) que suba y haga lo que se le dijo, y que si no quiere resolverlo, que se meta en cualquier lado pero que no regrese porque… (y apartas la taza de café y el periódico sobre la mesa) estás muy ocupado. ¿Por qué eso nunca queda bien cuando se dice? Puedes tener mucho trabajo, pero cuando la ocasión reclama la frase, sólo falta que tengas los pies sobre la mesa y te estés rascando las bolas. Y se van. No convencidos todavía. Resentidos. Pero a menos encaminados.

 

   De una manera vaga y lejana puedes sentir que hiciste algo. Tal vez resuelva su problema. Tal vez no, ahí nada funciona, nadie sirve para nada. La parálisis que va minando poco a poco el funcionamiento de la maquinaria pública está muy avanzada, y eso que nunca fue muy buena, pero ahora parece ir oxidándose, deteriorándose más aceleradamente. Ya no servimos. Esta gente no sirve. El Estado, lo que es como conjunto, está pudriéndose al sol, bajo la lluvia y al sereno de la noche. Dios, qué se puede hacer con este Gobierno, este público, esta vida; por suerte por ahí pasa Jairo Requena, el carajo de contabilidad, y te lo imaginas en una playa, en tanguita, untándose aceite, y tú ayudándolo porque no llega a la espalda y bajas bastante esa mano hasta el borde de la prendita rica preguntándote por qué no usa un hilo dental bien clavado entre esas nalgotas que sueñas. Eso te anima un poco, aunque lo tratas con la fría condescendencia de quien lleva muchos años ahí y eres mejor que él, quien aún te sonríe como un tonto sin imaginar lo que quieres hacerle en ese momento.

 

Julio César.