Archivos de la categoría ‘HISTORIAS Y RELATOS GAY’

EL BUEN VECINO

Junio 13, 2009

HILO DENTAL DE HOMBRE

   Mirarlo tentaba a cualquiera, ¿o no?

   -Ahí va ese pajuo. –gruñó despectivamente, Gabriel, mirando rencoroso a nuestro vecino, Héctor Martínez.

   Le tenía arrechera porque había pillado a su mujer, Susana, hablando con Leticia sobre Héctor, diciéndole que había fantaseado con él. Hombre al fin, con nuestra lógica, en lugar de formarle un peo a Susana, transfirió su malestar al vecino, quien en verdad era un tipo llamativo y algo pretencioso. Era alto y medio atlético, sin caer en la exageración, pero lo más distintivo era su cabello lisito, algo largo, amarillento, así como sus ojos color miel. A mí también me molestaba porque supe que una vez comentó que no sabía cómo yo había logrado conquistar a una mujer como Leticia.

   -Es un güevón. –gruñí, pero fijándome en su pinta, una camiseta azul que dejaba ver sus pectorales, un short largo que permitía ver sus piernas velluditas de amarillo, así como unos zapatos de goma sin medias. Estaba despidiendo a su mujer, una catira que parecía una modelo de La Polar, toda tetas y curvas. Cuando ella partió, se volvió hacia nosotros.

   -Hola vecinos… -saludo, dirigiéndose a su casa.

   -Hola, vecino… -respondió Gabriel, gruñendo un bajito.- ¡Maricón!

   -Hola, vecino… -hasta sonreí yo, reconociendo que el mamagüevo se veía bonito.- Un recontra marico, eso es lo que es. –terminé de acotar, volviendo al trabajo, cortar las rama de la acacia que se había extendido mucho. Soltaba demasiadas hojas, y era delicado tenerla allí con todas sus ramas, alguien podría saltar usándolo y entrar a la casa, pero no deseaba podarlo del todo, era un árbol que había tardado mucho en crecer y ¡tenía sus derechos, coño!

   Mientras Gabriel cortaba las ramas más altas, parece un gato trepando, también tenía su buen cuerpo, yo me inclinaba en la verja que separaba las dos casas, la de Héctor y la mía, pero cuidando que no cayeran chamizas en su jardín; sin embargo algunas cayeron y salté para recogerlas. Allí agachado oí un lamento sofocado. Coño, ¡algo le pasaba a ese carajo! Curioso me asomé por una de las ventanas… y me quedé frío. La ventana daba al dormitorio matrimonial, grande, acogedor, y sobre una camota, una realmente king, Héctor jadeaba acostadote. Ese carajo se revolvía levemente en su cama, con los ojos cerrados, vistiendo únicamente una tanguita mínima, blanca eléctrica, que casi no podía contenerle el bojote del güevo que iba creciéndole.

   Era increíble ver a ese tipote, bronceado y semi musculado, usando esa breve, putona y sensual prendita con la dos tiritas que subían por sus caderas. Asentando los pies sobre la cama, jadeando contenido, con los ojos cerrados, Héctor levantó un poco las caderas, mientras se sobaba el bojote con una mano, y con la otra se recorría esos pectorales hermosos, pellizcándose de una tetilla paradita a la otra. Mi mirada estaba clavada en su entre piernas, donde la telita blanca se clavaba entre sus nalgas. Era un hilito dental, y yo estaba duro, caliente, medio sudado y babeándome un poco el tieso güevo. ¡Qué carajote!

   Casi gemí al verlo enderezarse un poco, sacando algo de una gaveta cerrada con una llavecita. De allí saca un enorme, grueso y rojo vibrador. El botón en la base, amarillo, quedó oculto en su mano. ¡Iba a enterrarse eso por el culo! Pero lo dejó en la cama, volviéndose de espaldas, quedando con el rostro en las almohadas pero alzando su culo al hincar las rodillas. Dios, esas nalgas eran redondas, firmes, bronceadas… y la blanca tirita cruzaba entre ellas, mínima, ensanchándose abajo en las bolas. Era enloquecedor mirarlo así, con una mano se sobaba las nalgas, recorriéndolas mientras contenía sus jadeos de gozo. A estas alturas yo, con la boca abierta, le hacia señas a Gabriel de que se acercara, siseándole que en silencio.

   Curioso, tal vez pensando en pillar a Héctor inyectándose droga o aspirando coca, bajó casi a la carrera, asomándose a mi lado, y casi gritando. Una manota de Héctor continuaba sobándose una nalga, hasta meterse dentro de la tirita, apartándola, enseñándonos un culito redondo, lisito, lampiño, que titilaba salvajemente. Esos dedos acariciaban la entrada, el índice comenzó a presionar, entrando lentamente, mientras el bello majo gemía con los ojos cerrados y la boca muy abierta. ¡Se clavó ese dedo y chilló! Luego tomó el consolador, y mientras se mete el dedo una y otra vez, sin abrir los ojos, comienza a mamar el aparato, con ‘hummm’ de placer.

   -Verga, chamo… -jadeo bajito Gabriel.- ¡Qué puto…! ¡Voy a reventar!

   Qué vaina, qué escena. Algo febril toqué la ventana y esta se abrió por el centro, en dos hojas. Gabriel y yo nos miramos, y en silencio, determinado, entré. Él me siguió. Fuimos hacia la cama y Héctor ni cuenta se había dado, ocupado como estaba intentado meterse dos dedos en su adorable culito, ya tenía los labios pegados a la base de ese vibrador. Me dejé caer en la cama, a su lado. Gimió, todo rojo de vergüenza y miedo se volvió a mirarnos con los ojos muy abiertos y la boca ocupada por el vibrador que parecía un chupón.

   -Hola, vecino… -le sonreí, ronco.

   Era ahora o nunca. Con manos firmes aparté la suya de sus nalgas, atrapándolas, qué duras y tibias; con mi pulgar aparté el hilo, me acerqué a su huequito de culo y sope suave, viéndolo temblar. Con ansiedad caí sobre él, pegándole mi lengua caliente y babosa. Lo oí casi gritar a pesar del vibrador, y noté que Gabriel me miraba asombrado. Pero se lo lamí, lo chupé, se lo recorrí con la lengua. Ese culito temblaba sabroso bajo mi lengua, le metí un dedo, hondo, rudo, moviéndolo dentro de él, mientras besaba y mordisqueaba esas nalgas. Le metí dos dedos, cogiéndolo duro y rápido, viéndolo retorcerse. Cuando miré, Gabriel se había quitada las ropas, enseñando un cuerpote, y los rojos labios de Héctor ya subían y bajaban, golosos y hambrientos, sobre su güevote enorme, negro y nervudo. Y mientras becerreaba a Gabriel, el cual estaba sentado sobre sus almohadas, le metí el vibrador hondo, encendiéndolo, metiéndoselo y sacándolo, sabiendo que las oleadas de placer lo aloquecían más.

   Su culito se abría deliciosamente mientras cada palmo del aparato entraba y salía. Luego fui yo, teniéndolo en cuatro patas, comiéndose ese güevote jugoso que no deseba abandonar; apoyé mi glande en su entradita roja, metiéndosela, forzándolo. Y lo clavé hondo, duro, oyéndolo gemir y estremecerse; su culo apretaba rico mi tolete, halándomelo. Aferré sus caderas y lo enculé, entrando y saliendo duro. Mi güevo salía casi hasta el glande para luego enterrarse hasta los pelos. Lo estremecía con mis embestidas, y él gemía totalmente entregado al placer. Cogí y cogí, y cuando Gabriel le llenó la boca de leche, y él mojaba su bikini con la suya, yo le enterré el tolete hasta las entrañas, temblando todo, sintiéndome alzado a las alturas gloriosas del clímax, eyaculando salvajemente, llenándole esas entrañas con mi semen caliente.

   Minutos después, Gabriel se lo pegaba, acostándolo de espaldas, deseando mirarle la bonita cara que se retorcía, enrojecía y alzaba mientras él, arrodillado entre sus piernas, le clavaba una y otra vez, duro, su titánico miembro. Se lo metía todo y Héctor gruñía por más; sentado junto a ellos le tomé el rostro y lo obligué a mamármelo, deseaba que su boquita rica me lo tragara. En verdad deseaba verlo becerrearme porque eso lo hacia mío, también quería llenarle de leche de macho la boca a ese carajo tan pretencioso.

   -Hola, vecino… -dijo Héctor cuando el carro de su mujer se alejó.

   -Hola, vecino… -respondió falsamente afable Gabriel, gruñendo un bajito.- ¡Maricón! –y me miró.- ¿Qué tienes? Estás todo rojo y tienes… ¡ese güevo paradote! ¡Apunta para allá! –se escandalizó y rió.

   -Es… es que… la mujer de Héctor esta buenísima. –gemí agotado.

Julio César.

TRIBULACIONES DE MANOLITO CHOCRÓN

Abril 18, 2009

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   Sin vuelta atrás, pero sí por atrás…

 

   El muchacho, a sus diecinueve años era un amante ciertamente bien considerado por las pocas chicas que lo habían catado. Hablaba, escuchaba, era tierno, considerado y nunca iba directo al punto. Le gustaba tocar. Podía pasar largos ratos tocando los tacones, acariciando una pierna enfundada en una suave medias de seda. Sus manos se cerraban alrededor de senos en sus sostenes, antes de meterse. Sus dedos podían jugar durante instantes que lograban poner frenéticas a sus amantes, sobre la suave tela de sus pantaletas sobre la entrada misma a la femineidad. Por todos esos detalles era bien tenido en cuenta por ellas… No tanto por los carajos que oían esos cuentos cuando estas lo comparaban con él, dentro de la universidad.   

 

   Manuel Chocrón, nuestro héroe Manolito, era él mismo bien parecido, no muy alto, delgado pero fibroso, de cabello negro muy suave que a las chicas les gustaba acariciar, de ojos marrones claros, de sonrisa amable y rostro lampiño, como su pecho, algo que a ellas si no les gustaba tanto. Por la edad querían al macho salvaje y primitivo, aunque los detallitos las enloquecieran también. En fin, era un carajo afable, sin muchas amistades, viviendo en una pensión al haber venido de Mérida a estudiar. No era muy dado a los deportes, pero le gustaba ver a otros jugando básquet y cosas así; allí conocido a Sergio Sanabria, un carajo alto y musculoso (salía con Anita, chica con la que Manolito también se acostó), riente, guapo como él sentía no ser, preferido de las féminas, que jugaba sin camisa, tetón, con una suave pelambre, de cabellos castaños y piel cobriza. Manolito no era gay, pero Sergio le parecía atractivo… y deseaba ser como él. Sergio, jugando, se pavoneaba sudado, respirando agitado, con el short algo bajo, divertido ante las miradas que caían como dardos sobre su cuerpo. De una forma inesperada, que a Manolito le agradó, Sergio quiso ser su amigo. Lo llamaba en algunas clases para que se acercara a compartir, le presentaba chicas y hasta lo invitaba a jugar una que otra partida.   

 

   Para el fin de año escolar se había decretado una gran fiesta de disfraces. Manolito no quería, pero Sergio lo convenció de que sí, de que pasara por su casa, conociera a sus padres y se disfrazarían, él de pirata y Manolito de astronauta, e irían a la fiesta. Manolito aceptó porque era más fácil hacerlo que negase ante la alegre insistencia del otro. Nada salió según el plan, al llegar a la bonita quinta, Sergio le dijo que sus padres habían salido, así como su hermanito menor, de quince años, Vicente. Llevaba puesto un traje de pirata, ceñido, que le quedaba de espanto, pero parecía preocupado.   

 

   -Coño, pana, tu disfraz no llegó, creo que se confundieron. –lo mira inquieto, llevándolo a su recamara, grande, espaciosa, mostrándole sobre la cama un conjunto de prendas.   

 

   -¿Qué carajo…? -se turbó Manolito, enrojeciendo mirando todo aquello. Había un vestido rojo, corto, tipo minifalda. Unas medias de seda, un conjunto de sostén y pantaletica hilo dental, rojos, descansaban sobre el colchón. Unos tacones negros completaban el atuendo.- No pensarás que voy a ponerme esa vaina… -jadeó ronco, mirando las suaves prendas.   

 

   -No es mi culpa, es lo que mandaron. –dijo mortificado tomando la pantaletica.- ¿Puedes imaginar algo más putón que esto? –y la estira, para pasarle los dedos, acariciante, llevándola luego a su nariz.- ¿Te imaginas si oliera a hembra…?   

 

   -Si, es algo… -se sentía inquieto.   

 

   -¿Imaginas ponerte una vaina así? –ríe, mirando la prenda con ojos perdidos. Manolito se preguntaba eso también. Se miran.- ¡Pruébatelo!   

 

   -¡¿Qué…?! No voy a salir de aquí…   

 

   -Dije que te lo probaras, no que iríamos así. –aclara, tendiéndole la pantaletica.   

 

   -Yo… bueno, pero rápido, tenemos que irnos. Y sal de aquí. –remacha, como si todo fuera una broma que era mejor apurar, pero temblando al tomar la prendita.   

 

   Sergio medio ríe travieso y sale. Manolito mira esas ropas mientras se desviste totalmente. De culo pelado cae en la cama, toma las medias negras, a medio muslo y lentamente las sube por sus piernas. El roce es electrizante, erótico. Se siente agitado, estimulado. La presión, la suavidad lo enloquecen. Meter los pies enmediados dentro de la pantaleta, y subirla por sus piernas y muslos, sentirla entrar entre sus nalgas jóvenes y firmes, así como apresar sus bolas en un saquito y atraparle el güevo medio morcillón, lo hizo gemir. De pie, tomando las tiritas de las caderas la sube más, y la franjita en su raja interglútea aprieta sabroso. Dios, que bien se sentía, tuvo que reconocer. Tomando el sostén se lo puso, buscando con la mirada. En una gaveta encontró medias y pañuelos, fuera de calzoncillos bóxer, bikinis y tangas también. Rellenó. Su mirada cayó sobre su imagen en el espejo, estremeciéndose. Esas prendas lo enloquecían. Todo le daba vueltas cuando se puso el vestido, con el que luchó un poco por falta de práctica. Se mira, es extraño verse así, un carajo joven y atractivo dentro de esas ropas. Llaman a la puerta, y dudando, autoriza la entrada. Sonriente, Sergio entra y se impacta al mirarlo. Sus ojos lo recorren con fijación.   

 

   -Te ves rebuena, mami… -le suelta. Manolito siente un hormigueo.   

 

   -Déjate de vainas. Me quito esto y…   

 

   -Oye, espera. Se oye música y estoy con una jevota, hay que bailar al menos una. –le sonríe, tendiéndole las manos. Se miran; Manolito sabe que no debe, pero accede.   

 

   La música es rápida, un merengue, y lo bailan. Ríen. Manolito está rojo, nervioso, haciendo malabares en sus tacones. La música cambia a un bolero. Se miran; sorprendido Manolito nota como Sergio lo hala contra sí, estrechándolo, rodeándole la cintura con sus brazos, con las manotas calientes sobre su espalda. Manolito está todo cortado, pero eleva sus brazos al cuello del otro. Se mesen, muy cerca. Muy calientes, rozando, sintiendo cada uno la respiración del otro. Y Manolito abre mucho los ojos cuando la boca de Sergio cae en su cuello, mordiendo, y como el güevo le abulta feo contra su pelvis. Manolito se siente mareado mientras el otro abraza, frota su güevo, le besa el cuello y le dice en la oreja que es una mamita rica, que lo tiene mal, que lo tiene caliente, que es toda una hembra.   

 

   Debían detenerse, piensa Manolito, pero las manos del otro caen en sus nalgas, aprietan, soban. Cuando esa boca atrapa la suya, metiéndole la lengua hasta la garganta, atrapando la suya, halándola, mordiéndola, chupándola, tomándose su saliva, a Manolito todo le da vueltas vertiginosamente. Y esas manos soban, amasan, aprietan, una baja más y se mete por debajo de la faldita, acariciando nalga desnuda, tibia, redonda y firme. Manolito gime, chilla de gusto, caliente y sin control, frotándose de ese carajo, mientras esos dedos van a su raja interglútea, acariciando, metiéndose, recorriéndola sobre la tirita del hilo, deteniéndose sobre el botoncito del culo, flotándolo en forma circular, con fuerza y rapidez pero sin penetrarlo, haciéndolo gritar más, incapaz de controlarse. El dedo empuja un poco, penetra medio centímetro.   

 

   -¿Te gusta, mami? ¿Te gusta que juegue con tu cosita? ¿Quieres que te lo meta? ¿Deseas darme tu virguito y que yo sea el primero en tu vida?   

 

   -¡Ahhh… si, métemelo…! -gimió rojo de vergüenza. Sorprendiéndose feamente cuando Sergio comienza a reír, burlón, alejándolo de un empujón, tanto que casi cae por los tacones.   

 

   -Grandísimo marica. Ya lo sabía. –acusa salvaje.- ¿No se los dije? –parece decirle a alguien, mirando a la puerta que daba al baño, entreabierta, de donde salen cuatro carrizos más, todos riendo, los amigos de Sergio, los que jugaban a básquet con él. Con un alarido, Manolito intenta cubrirse, bajar la falda y huir, pero Sergio lo atrapa rudo por un brazo, mirándolo con desprecio insólito.   

 

   -Quieta ahí, puta… ¿no te lo dije? Necesito una putica que haga ciertos trabajos para mí. Y ahora esa putica eres tú. Se acabó tu vida como Manuel, ahora eres Manolita y yo tu papi; eres mi hembra para lo que salga… -sentencia terrible, riendo, coreado por los otros, ante un Manuel que gimotea, cubriéndose.- Y si no cumples, si no obedeces, todos sabrán la gran puta que eres… comenzando por tus papitos en Mérida… ¿entendido? –ladra feroz, inmisericorde al llanto del otro.- ¿Entendiste, maldita puta? –repite y abofetea.   

 

   -Si… -gime bajito. Otro bofetón, fuerte, y un grito feo.   

 

   -¿Si, qué?   

 

   -Si, papi…   

 

   Las tribulaciones apenas comienzan para Manuel… ahora Manolita. 

 

Julio César.

 

NOTA: Es de mi otro blog.

EN EL ASCENSOR

Marzo 31, 2009

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   Haré lo que diga, señor…

 

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño’e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía.

 

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto.

 

   -¡Jefe…! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé.

 

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan… macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma… debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero.

 

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado… mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite.

 

   Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho.

 

   Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis.

 

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos.

 

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina… y depíleselo antes. –ordenó.

 

   -Si, señor Morean… -gemí casi al borde del desmayo.

 

   -¿Qué haces, Germán…? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado.

 

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera…

 

Julio César.

 

NOTA: Pequeña historia de mi otro blog.

DISCIPLINA CON AMOR…

Septiembre 22, 2008

   Ahora debía usar suspensorios…

 

   Tony era un muchacho típico de clase media alta, a sus diecinueve años fingía estudiar en una universidad paga, teniendo todos sus gastos cubiertos por unos padres divorciados que se sentían culpables al no estar juntos. El muchacho parrandeaba, se drogaba, preñó a dos amigas a las que hubo que ‘sacar del problema’, no estudiaba ni hacía nada en la casa. Su madre lo consentía mucho y le daba todo, su nuevo marido, Armando, un ex militar dedicado a la seguridad personal, lo miraba feo, pero ella no dejaba que lo tocara.

 

   En un viaje que la mujer hizo fuera de Caracas, el joven se fue a casa de su padre, Héctor, para no tener que calarse a Armando. Cuando este salió a trabajar hizo una fiesta que casi destruyó el edificio, fuera de un conato de incendio que costó un realero en las áreas comunes. Héctor tuvo que ir a buscarlo a la comisaría. Lo regañó pero entendió que Tony no le paraba media bola. Angustiado llamó a Amando y le contó todo, no sabía qué hacer. Este llegó casi en seguida.

 

   -Mira, tu hijo está fuera de control y terminará mal. Puedo corregirlo pero debes dejarme hacerlo a mi manera, sin interferir, y obedeciéndome cuanto le ordene algo. –habla fuerte, golpeado y decidido.

 

   Nervioso, Héctor asiente y se sienta a esperar. Oyen un alegre silbido, es Tony quien duchadito, vistiendo de jeans y franela, se dispone a salir como si nada hubiera pasado. El joven se sorprende al ver a los dos hombres allí. Mira a Armando con resentimiento, altanero, sentado en uno de los pocos sillones que no fue dañado durante la fiesta.

 

   -¿Qué haces aquí? ¿Papa te fue con el cuento?

 

   -Está vez te pasaste, Tony, y vas a recibir una lección. –es tajante.- Bájate los pantalones y móntate aquí… voy a darte la tunda que mereces. –un silencio glaciar cae en la sala. Héctor se revuelve inquieto, pero un leve parpadeo de Armando le indica que calle.

 

   -¿Qué? ¡Te volviste loco, pila de mierda! –casi le grita.

 

   -Bájate el pantalón… quiero ese culo aquí… -ordena señalándose entre las piernas.

 

   -¡Maricón…! -sentencia como si se fuera a marchar.

 

   -Si no haces lo que te digo ya, y si sales por esa puerta, no volverás a entrar, ni aquí ni a mi casa. Te quitaremos la moto, el carro, las tarjetas, tu mesada, el celular y los reales de la universidad. Ni una camisa, una media o un zapato que no hallas comprado con tu plata saldrá de aquí o de allá. –es tajante.- Vas a quedarte sin nada… y no busques ayuda en Héctor, ya lo cansaste con tus mariqueras.

 

   -¡No pueden hacerme esto! –grita alarmado, luego eleva el mentón.- Está bien, quédense con todo. Cuando mamá regrese…

 

   -Regresará hasta dentro de diez días, y nadie sabe exactamente dónde está; y en el pasillo está mi amigo el inspector González para regresarte a una celda por lo del vandalismo. No moveremos un dedo para ayudarte… Y créeme, aunque salgas mañana o pasado, esta noche no la olvidarás por el resto de tu vida, y ten siempre presente que tú te lo buscaste. Serás la perra de muchos, ojala no te marquen la cara de una navajazo, la tienes muy bonita… -es burlón, sonriendo seco al verlo palidecer y gemir.

 

   -No, Armando… yo… -suplicante mira a Héctor.- Papá, ayúdame. No dejes que…

 

   -Está cansado de ti. –interrumpe el otro. – Ya esto tardó demasiado, me cansé. No quisiste recibir tu tunda, bien, ahora llamo a González para que…

 

   -¡No! No, espera… -jadea asustado, rojo de vergüenza, humillación y confusión al verse expuesto así.

 

   Abre su pantalón y Héctor siente vergüenza por su hijo. El muchacho, de buena estampa, lleva un bóxer blanco, no muy largo, algo enrollado en sus muslos marcándole las nalgas y el paquete. Todavía mira suplicante a Armando, luego a su padre, y no ve piedad. Casi como si subiera al caldazo, dudando todavía, va hacia el padrastro y cae de panza sobre sus piernas. Héctor, al frente, mira el extraño cuadro que conforma su joven hijo en piernas del otro sujeto.

 

   -Bonitas nalgas, muchacho. –sonríe Armando, mirando los musculosos glúteos que tragan tela. Su mano sube y baja. PLAS. Y el muchacho se estremece, enrojece y aprieta los labios, eso duele y pica. La mano sube y baja, sube y baja dura, con fuerza. PLAS. PLAS, se oyen las secas palmadas.- Si que son duritas, Héctor. Tu hijo tiene buenas nalgas. Seguro que habrían estado de fiesta en la cárcel. –y la mano sube y baja, azotándolo. La enorme palma cae, abierta, sobre el redondo trasero.

 

   El muchacho quiso resistir pero dolía, dolía y ardía mucho, se le empañó la vista, meneaba las nalgas y jadeaba. Armando lo azotaba, mirándole el rostro, gruñéndole una y otra vez “chico malo”. Y Héctor quería morirse, un calor extraño lo envolvía y tuvo que cruzar sus piernas. Ver a su joven y musculoso muchacho así, sobre las piernas de Armando, un carajo fornido y bien parecido, que lo azotaba con su manota abierta, lo estaba excitando. En un momento dado, Tony intentó zafarse, pero con una mano, Armando lo retiene, mientras le sube la franela, mostrando esa espalda ancha, bajándole el bóxer, y Héctor contiene un jadeo ante esas nalgas turgentes, redonditas, casi lampiñas, que muestran las marcas enrojecidas de una palma con sus dedos.

 

   Esa mano sube y baja duro, y Tony gime y llora, con la cara bañada en lágrimas de dolor. Armando lo nalguea y le dice que eso le duele también a él, pero que era un chico malo y debía aprender. La mano sube y baja, PLAS, y se queda allí sintiendo ese calor, esa carne joven. Héctor tiene la boca abierta, muy seca, y el güevo erecto y muy mojado. Mira esas nalgas, esa raja donde cae la palmada que castiga pero que también soba. Le parece que mientras le dice chico malo, que debe portarse bien, la punta de un dedo se mete más en la raja interglútea, acariciando. La mano sube y baja, lenta pero fuerte. Tony llora a moco tendido que se va a portar bien. Pero Armando sigue y sigue. Ese agitar de cuerpo que se estremece, el llanto, las nalgas… todo eso marea a Héctor. Armando se detiene, jadeando levemente. Con la mano sobre esas nalgas abiertas, con las puntas de dos de sus dedos sobre el culito tierno.

 

   -Has hecho sufrir mucho a tu papá con tu conducta, muchacho. Le debes una satisfacción. –le dice como un padre amoroso, indicándole que se pare, cosa que hace, enrojecido, lloroso, avergonzado, con el pantalón bajando más. Mira a Héctor.- Dale unas nalgadas. –le ordena.

 

   -¿Qué…? No, no sé sí… -jadea ronco Héctor, sintiéndose morir de algo poderoso que lo recorre todo.

 

   -Es necesario, por su bien, o no aprenderá nada. Todavía puede desoírnos.

 

   Tony gime que no, que se portará bien, pero Armando se pone de pie y Héctor repara en su erección, granítica, enorme, que babea un poco bajo la tela del pantalón. Tomando  a Tony de una oreja lo lleva hacia su padre. Y Tony lloroso se tiende sobre las piernas del otro. Héctor lo siente pesado, caliente, joven. Y su güevo se estremece. Mira esas nalgas. Su mano sube y baja. Casi jadea ante el contacto eléctrico y erótico. Sube y baja, azotando más fuerte que Armando, mientras Tony se revuelve, llora, suplica y se frota, dándole un placer increíble sobre su güevo erecto. Nalguea, soba, acaricia, mete los dedos en la raja interglútea, nalguea más… hasta que jadea ahogado, sintiéndose morir, corriéndose allí mismo. Ahora está mal, pero oye a Armando cuando le dice a Tony, quien se pone de pie y se viste, que de ahora en adelante se portará bien o será estrella del Internet… y en el celular le muestra a Tony una fotografía, son su cara llorosa y suplicante, y sus nalgas azotadas. Es todo lo que se ve. Que estudiará y trabajará para pagar lo que dañó. Y que debe obedecer siempre a su padre. El chico lloros asiente y sale. Héctor no puede moverse. Armando lo mira burlón.

 

   -De nada.

 

   Al día siguiente, Tony fue a estudiar, pasó en la tarde por la oficina de Armando y consiguió un trabajo de medio tiempo. Se le pincho una llanta y llegó pasada la hora de llegada impuesta por los otros dos, ganándose un regaño de Héctor quien no lo dejó explicarse, sentándose en uno de los sillones.

 

   -Bájate el pantalón y ven aquí. Voy a enseñarte a ser puntual. –lo miró duro; Tony quería discutir, pelear, gritar que era injusto, pero ya medio lloriqueaba al bajarse el pantalón… instante en el cual Héctor obtuvo la más grande, dolorosa y sabrosa erección de toda su vida.

 

Julio César.

A PELO…

Septiembre 3, 2008

   Ayudándolo a encontrarse… con el bate…

 

   Silvio, con su maleta de trabajo, su bermudas largo, zapatos de goma y franela blanca que parece muy grande para él ya que es delgado casi flaco, se detiene frente a la tercera puerta a la que llama. Había descartado las dos primeras porque los carajos que habían abierto no llenaban los requisitos. No puede pensar en nada más que ‘eso’. La puerta al abrirse muestra a un tipo enorme, de piel muy bronceada, brazos de oso… cubiertos de una pelambre negra abundante. Con la camisa medio abierta mostraba dos cosas, unos pectorales grandes, y más pelambre… algo que hizo que el joven enrojeciera y se estremeciera, lujurioso. ¡Cuánto pelo…!

 

   -¿Qué quieres, muchacho? –pregunta aquel tipo, no molesto pero sí enérgico, macho, algo amoscado ante el lampiño catirito de pinta amariconada.

 

   El joven, todo turbado le dice que representa a un SPA que abre pronto y están ofreciendo masajes de prueba, que si tiene tiempo se lo demuestra. El carajo ruge que no está interesado. Pero el joven casi gime que debe hacerlo porque luego averiguan y no le dan el trabajo, y que es un estudiante que vino de Mérida y tiene que pagarse libros, escuela y alojamiento, y… El tipo, como obstinado le dice que está bien, que no entiende qué ganan porque la vaina es gratis, pero que pase, que está solo porque su mujer salió de compras. El joven entra, la casa es pulcra, mira el ancho sofá y le dice que tiene que quitarse la camisa y el pantalón. El sujeto ruge un qué, y parece que todo acaba, pero el muchacho gimotea nuevamente, que tiene que ser así, que él es un profesional y todo eso. Al carajo le parece, cada vez más, que sólo es un marica que quiere sobarlo, pero es tan macho, tan grande y masculino, tan seguro de sí que puede permitírselo. Sabe que muchos carajitos fantasean con él, por su porte imponente y su cuerpo velludo. Se quita la franela y el corazón del joven casi se detiene. Al caer zapatos y pantalones, quedándose con un ajustado bóxer negro, mínimo casi enrollado alrededor del bulto únicamente, se siente morir. Qué cuerpo, cuanto vello…

 

   Sonriendo el tipo se acuesta boca abajo como le indican. Silvio mira esa espaldota y jadea. Tiene una erección granítica. Del maletín saca un aceite, se embarra las manos, deja caer chorritos sobre el otro, que gime que está frió. Esas manos delicadas, estrechas, lo recorren. La piel es firme, dura, masculina y el joven está en el séptimo cielo. Toca, soba, y el carajo se va amodorrando, se sentía tan bien. Esas manos en sus muslos sobando, apretando, mimando, eran… extrañas. Cuando le indican que se vuelva, se sonroja un poco, el bulto le abulta un poquito, pero lo atribuye al… toque. El chico lo mira a los ojos, aplica aceite, las manos soban los pectorales firmes, los pelos se pegan de sus dedos. Las manos bajan y suben, el tipo cierra los ojos, inquieto, algo achispado. Esas manos eran… ¡Dios!, casi gimió, el chico le atrapó los pezones y los frotó entre sus índices y pulgares, antes de abrir las manos y casi clavarle los dedos en los pectorales. El carajo quería parecer de roca, pero cuando una mano le sobaba una teta y la otra un muslo eso lo puso mal, no podía disimular el bulto entre sus piernas, ni el ardor de su piel o la pesadez de su respiración; pero en fin, si el chico quería güevo…

 

   A la indicación de que se vuelva, el hombre jadea, cae de panza, cierra los ojos, estar así aprisiona rico su verga contra el mueble, y esas manos lo debilitaban. Sin quitarle los ojos de encima, atrapándolo de costado al centro de la espalda, las flacas manos aprietan y bajan, bajan a la cintura, Los dedos rozan el calzón y el carajo suelta aire, casi quiere que… Esas manos se meten bajo la prenda y el chico jadea. Esas nalgas duras se estremecen al tacto de sus manos. ¡Cuánto pelo!, piensa asombrado, quiere verlo ya… y soba y soban rumbo a la raja interglútea. Lo oye respirar entrecortado, lanzar aire y medio agitar las nalgas. Eso le da el permiso que necesita. Con una sonrisa dice que no puede trabajar así, y con mano firme comienza a bajarle el calzón. El tipo, enrojecido bajo el bronceado, no lo mira pero sube sus nalgas y se lo quitan. Esos glúteos redondos, grandes y firmes están cubiertas de vellos por todos lados. El aceite vuelve a las manos, cae en las nalgas, en la raja y el tipo cierra los ojos. Las manos soban, aprietan, pellizcan, los dedos se clavan con esfuerzo en la firme piel. Los pulgares comienzan a separar las nalgas, allí estaba el arrugado culito, totalmente rodeado de pelos negros. El chico bota aire, que al estar algo cerca cae ahí, quemándolo, y el tipo gime; era extraño sentir ese aliento allí. Los pulgares abren, soban, bajan y frotan el esfínter, alisándolo, moviéndolo. El tipo siente calambres, no puede estarse quieto y agita las nalgas, subiéndolas y bajándolas, ofreciendo sin saberlo su cuevita rica. Y grita un ronco ‘ahhh’ cuando el primer engrasado dedo se mete, lentamente, pero hasta el fondo…

 

   No podía creerlo, él tan grande, macho y peludo estaba dejándose meter el dedo así y ese dedo largo y fino entraba, salía, lo cogía y lo calentaba más, tanto que no se dio cuenta cuando comenzó a jadear, a gruñir que sí que se lo metiera bien, babeando y agitando el culo de arriba bajo, buscándolo, apretándolo. A Silvio le encantaba eso, ver a ese carajote tan caliente, y mientras lo cogía saca su güevo largo y delgado, rojo totalmente. El tipo, como trastornado, pero consiente vagamente de que su mujer ya llevaba hora y media fuera de la casa se volvió a verlo, con ojos brillantes.

 

   -¿Qué esperas, güevón? Cógeme ya… no aguanto…

 

   -Voltéate, quiero verte a los ojos cuando te culee… -le ordenó.

 

   Y el tipo obedeció, atrapado por esa fiebre que padecía. De espaldas, alzo una pierna sobre el respaldo del mueble, la otra fue atrapa por el chico que estaba semi sentado entre ellas, apuntando su güevo hacia su culo engrasado y alineado. Notar la suave cabeza, sentirlo entrar lo hizo gritar y estremecerse, echando la cabeza atrás. Cada pedazo que entraba le despertaba más y más ganas de ser poseído, cogido por ese carajito. Eso lo frotaba por dentro y lo hacía sentirse vivo, caliente, con ganas de agitarse, de apretar con el culo, con ganas de más y más sexo duro, babeante y ardiente. Y el chico comienza a cabalgarlo, expertamente, ¡lo que tenía de joven lo tenía de experimentado! Eran muchos los sujetos como ese, velludos y viriles a quienes había convertido en sus hembras. Se lo metía y sacaba casi todo, hasta la roja cabezota antes de enterrárselo otra vez, haciéndolo gritar y estremecerse sobre el sofá.

 

   Ese culo apretaba y quemaba. Su güevo entraba, cogía, lo llenaba y salía haciéndolo querer otro pedazo. Silvio lo miraba, grande, velludo, macho, y al mismo tiempo agitado, sudoroso, con ojos entrecerrados, meciendo el culo de arriba abajo contra sus caderas. El redondo agujero, rodeado de crespos pelos, se abría y recibía el cilíndrico tolete, que lo enculaba duramente. A Silvio sólo le gustaban así, ya sobre la treintena, grandes, masculinos, velludos y con complejos de héteros, engañándose a sí mismos, casados, con tipas por ahí, pero buscando eso, un güevo caliente que los pusiera en orbita alrededor de la tierra de los toletes duros, babeantes y siempre dispuestos para satisfacer las necesidades de esos medios machos… Ese era su gusto, sus profesores habían caído víctimas de él, también uno que otro padre de sus amigos. Ver a un tipo velludo, de cuerpo masculino hecho por los años, lo excitaba al punto de que se obsesionaba… y era de los que si quería algo, lo buscaba y no paraba hasta tenerlo… clavado sobre su tranca.

 

Julio César.