
No podía dejar de saborear… el momento.
Se hunde en él, se atraganta, lo atrapa y chupa con sus mejillas y lenguas, y la verga del macho lo recompensa, con calor, palpitando, soltando esos juguitos que eran la cosa más deliciosa del mundo. No puede parar, sube y baja una y otra vez.
-¡Dios!, es tan rica, tan gorda y dura, y es para mí… -y la atrapó otra vez, soltando ahogados sollozos de placer.
-Y suelta leche también. –le recordó, divertido, el maestro de su hijo, pensando que ya llevaban quince minuto buscando el proyector para la charla de padres y representantes que estaba reunida en el salón de al lado. Pero él era un buen profesor, y disfrutaba atendiendo a cada padre como se merecía. Y este era voluntarioso, brioso… y loco por los güevos en su boca, aunque no lo sabía hasta ese momento cuando el maestro le enseñó.
Julio César.
