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LUCHAS INTERNAS… (8)

Julio 10, 2009

EL HOMBRE DE LA CONSTRUCCION

   El chico entró, lo encontró y enloqueció…

……

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

   El dedo entra y sale, cogiéndolo con ganas. Lucas jadea, y cuando Pepe se alza otra vez, su boca atrapa una de sus sonrosadas tetillas, lamiéndola, chupándola como un becerro. Esa tetilla crece más, palpita y se calienta. Pepe siente que se muere de gusto. Lucas lo mira fijamente, sus manos caen en los hombros de él, empujándolo por su cuerpo. Pepe sabe lo que quiere de él, y lo hará. Su rostro baja por ese cuerpo poderoso, mordisquea y lame una tetilla mientras baja. Su rostro queda frente al titánico tolete. Lo mira fascinado. La roja lengua emerge de sus labios y le da unos leves lengüetazos en la base, allí donde se empalma de las enormes bolas.

   Lucas chilla ante la rica caricia. Siente como las bolas se le encogen. Esa lengua recorre la gran vena, sintiendo el güevo palpitante, caliente, que se estremece. Lo encuentra suave, caliente y rico. Su boca cae sobre la hinchada cabezota lisa, brillante de líquido pre-eyacular. Lo encuentra sabroso, agridulce. Lo traga con una buena cantidad de saliva. Su boca rodea como puede la enorme cabeza, chupándola. Lo mama y comienza a bajar, pero jadea y se ahoga. ¡Es muy grande!

   Lucas se siente fascinado. Esa boquita sube y baja hasta medio tolete, no puede más. Pero lamía con ganas. Con una mano lo aferra masturbándolo, mientras le pega una buena mamada. Lo chupa, su lengua y su saliva, que corren por el tronco, lo estimulan más. Pepe gime, degustándolo, ese güevo sabe distinto a otros que ha mamado antes. La boca sube y baja, mamando y chupando el güevo del otro que jadea y le dice que sí, que siga mamando, que lo mame bien, que le saque toda la leche. Ahora el hombre sube y baja un poco sus caderas, su güevo va y viene contra esa boca ávida. Pepe siente que se ahoga cuando el tolete entra, atragantándolo por momentos. Siente que no puede respirar con la tranca clavada en la  garganta, pero su lengua aún se las ingenia para moverse y lamer más.

   -Oh, bebé, no aguanto más… -jadea Lucas caliente, bajando una mano y sobándole los cabellos al muchacho.

   Tiembla y se estremece todo, mientras su güevo escupe una abundante ración de esperma que el joven se traga como puede, pero es mucha y el semen corre por sus labios y barbilla. Lo traga con ganas, lamiendo aún la babeante cabeza. Lo encuentra agrio, como un rico yogur, que al bajarle por la garganta lo llena de más ganas de sexo. Se miran agitados.

   -Cógeme… -le pide como avergonzado.

   -No hay nada que quisiera más, Pepito, que tu culito estrecho; pero tengo una reunión de negocios. Tal vez más tarde… -le sonríe.

   No puede faltar a la reunión con los socios, pero le pesa un poco notar la mirada dolida de frustración del muchacho. Lo había mamado bien y merecía una recompensa. Lo tendería en el sofá y le mamaría también el güevo, y tal vez le lamiera también el culito. Debía tenerlo rico y una probadita nunca estaba de más…

                                                                ………………..

   Frank Caracciolo mira con ojos críticos la amplia, soleada y hermosa oficina que Aníbal López le ofrece. El hombre le hace una relación de todos los casos pendientes. También él calla lo de William Bandre; no le dirá nada hasta que sepa lo que está pasando. Frank parece no oírlo, mira los cuadros, las alfombras, los equipos de sonido y video, y no parece estar muy impresionado. Aníbal lo nota y calla, quitándose los lentes que usa para leer las tarjetas en su mano. Espera a que el otro le preste atención. Frank parece notar su silencio censurador, y cayendo sobre el sillón, le sonríe en forma algo ampulosa.

   -Está bien, te estoy oyendo. Pero debo decirte que esta oficina no me gusta. Voy a hacer muchos cambios aquí.

   -Lo imagino. -es frío. Frank lo mira fijamente.

   -¿Qué te pareció lo junta?

   -Desagradable, como era de esperar. Pero no tan mala. Al menos la sangre no llegó al río.

   -Eric parecía muy molesto contigo. -sonríe ampliamente. Aníbal hace una leve mueca.

   -Diría más bien… herido.

   -Siempre fue un imbécil sentimental. Tal vez pensó que eras su amigo y que lo que hiciste fue una traición. -casi ríe. Aníbal no. ¿Qué piensa?, es difícil saberlo. Su rostro es granítico.- ¿Averiguaste sobre lo otro? -parece muy ansioso. Aníbal asiente, pero duda. Finalmente habla.

   -Sí. A Eric Roche le atraen los hombres y mucho. -Frank se pone de pie y grita salvaje.

   -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es un maricón! -se ve feliz.- Pero, ¿estás completamente seguro?

   -Se hizo una comprobación de campo.

   -Eres maligno y peligroso. -ríe en forma cruel.- Lo vamos a exponer ante todos. Ya quiero verle la cara cuando le grite maricón delante de todo el mundo. Ya quiero verle la cara al viejo Germán y a la vieja puta de Norma. -es soez. Aníbal bota aire muy suavemente. Censurador.

   -Te recomiendo que te muevas con cuidado. No manejas aún la firma. Sí cometes un error… sí te excedes y todos consideran que puedes llegar a ser un problema, te sacaran de aquí. No sólo los Roche, sino hasta tu padre. -le advierte. Frank se altera. No quiere esperar, quiere herir ya.

   -A mí nadie me dice cómo actuar.

   -Haz lo que quieras. -suena amenazante. Frank lo mira inquieto.

   -Está bien. Esperaré hasta tener algo que mostrar. Pero Eric tiene que irse de aquí. Eso de ser príncipe partícipe no me gusta. Quiero ser yo quien controle la firma.

   -Hay otro asunto del que quiero hablarte un momento… -dice frío, leyendo algo en una tarjeta.- Se trata de tu asistente. Hay un joven al que… -lo interrumpe.

   -Ah, no. Nada de un asistente. No quiero a un carajo molestándome por aquí. Búscame una nena toda llena de curvas, bonchona, reilona y putona. No importa que no sepa nada de nada.

   -Necesitas un asistente. -es frío.- Y este joven es uno de los recomendados de Germán. Ya sabes que le gusta ayudar a los hijos de los antiguos empleados, igual que a tu padre. La vieja puta de Norma, lo pidió como un favor especial. -lo dice mirándolo con elocuencia. Frank sonríe tenso, acusando el golpe por lo dicho a la mujer.

   -Está bien. Está bien, lamento haberla llamado así. Pero ya sabes como es esa mujer… -se incómoda.

   -Creo que por ahora sería apropiado llevarte bien con ellos. -es frío.- El joven es un mecanógrafo experto, sabe de contabilidad y de archi… -lo interrumpe.

   -Si. Está bien, es todo un oficinista. Pero yo no lo quiero conmigo. ¿Por qué no lo envías con Eric? Tal vez él y ese carajo… encontrarían intereses comunes de culos. -es grosero y ofensivo como un niño malcriado.- No me gusta que me impongan nada, Aníbal… -lo mira fríamente.- Ni siquiera a un asistente…

   -A muchos, no nos gustan muchas cosas, Frank. -responde exactamente igual.

   Frank nada replica. Aníbal parece creer que el asunto está zanjado, pero él no. Odia sentir que lo obligan a algo, que le imponen las cosas. Y más viniendo de los Roche. Ya llegará la hora de ajustarle las cuentas a Norma. Mira a Aníbal rencoroso; y a él, se dice; aunque no todavía. Su naturaleza salvaje y voluntariosa tenía que imponerse siempre; siempre fue así y no quería cambiar. Ni creía que cambiara nunca; lo que probaba que el hombre proponía y Dios disponía…

……

     Eric no puede quitarse de la cabeza la idea de que La Torre se estaba metiendo en problemas muy delicados. La compañía siempre había bordeado el límite de lo poco elegante en cuestión de clientes y causas, eso podía entenderlo, pero siempre cuidando el buen nombre de la firma y los socios. Los casos, aunque discutibles, podían ser tratados. Estos clientes, Guzmán Rojas y el general Bittar, eran harina de otro costal. Eran gente… claramente maleante. No existía un término menos malos para gente como ellos. Por eso aprovechó la hora del mediodía para ir a la casona Roche. Tenía que hablar con su padre de ellos. Su carro entra en esos momentos a los estacionamientos. Distraídamente nota que no está el carro de su madre. Mejor. Lo que tiene que hablar con su padre era delicado, mientras menos gente oyera, mejor.  Sobretodo su madre.

   Recordar a su madre, y su carro, lo hizo pensar en Pedro Correa y en su amante homosexual. Sonríe algo picado por la curiosidad, ¿qué habrían terminado haciendo? Seguro que Pancho lo cabalgó toda la noche sobre la cama. Pedro parecía más que dispuesto a entregarle el culo. Mira hacia la pieza del joven y nota un movimiento, como si alguien estuviera allí, revisando algo en un cajón. ¿Quién podría ser? ¿Se habría metido alguien a la propiedad? Podría ser Pancho, pero, ¿sin Pedro allí? El abogado es un hombre de decisiones rápidas. Se dirige hacia la pieza. Oye una radio con poco volumen y a alguien que se mueve. Toma el picaporte y abre bruscamente. Frente a él se encuentra Pedro, desnudo, con una toalla en el hombro, con la que se frota y seca el áspero cabello. Eric se impacta y Pedro igual. El joven baja la toalla y se cubre las bolas con ella, no cubriéndose las caderas, sino el frente, como si lo hiciera con una mano, moviendo la boca sin palabras. Salía de la ducha.

   -Doctor Roche, ¿qué pasa? -pregunta alarmado el joven.

    Eric va a disculparse cuando mira a las espaldas del otro. Hay un escaparate (¡un escaparate en esta época!), con un espejo de cuerpo entero en la puerta. Allí se refleja la musculosa espalda de Pedro, así como sus nalgas firmes, paraditas y musculosas, con la franja más clara del bronceado en su piel canela clara. Esas nalgas atraen la mirada del abogado.

   -Disculpa, Pedro. Oí ruidos y como vi que no estaba el carro de mamá… no pensé que fueras tú, sino que alguien había entrado a la propiedad. -responde ronco sintiéndose idiota.

   No quiere, pero su mirada cae una y otra vez sobre esas nalgas; imagina lo tibia que debe estar la raja, y lo aún más caliente que debía estar ese culito fresco y recién lavado. Eric sintió como su güevo hormigueaba bajo el traje, palpitándole, pidiéndole ese culo.

   -Ah, eso. Lo que pasa es… -se ve tenso y luego ríe.- Un momento, ¿sí? -se inclina un poco y toma algo de la cama.

    Es un calzoncillo tipo tanga, de una tela anaranjada. Se ve suave. Erótica. El joven mete sus piernas en ella y la sube, cubriéndose el tolete que abulta con descuido. Eric siente la boca más seca. El chofer tiene un cuerpo delgado pero esbelto, con unos buenos pectorales de pezones desafiantes, propios para ser atrapados por una boca ávida. Su abdomen era plano. Y la tanguita resaltaba sobre su cuerpo bronceado. A Eric le encantaba ver carajos adultos, grandes, viriles y machos, así, enfundados en pequeños bikinis que ocultaban y ofrecían deliciosos y secretos placeres al paladar.

   -¿Pasó algo con mamá? -pregunta ronco, intentando no mirar el pequeño bikini.

   -Si. Me despidió. -suspira desalentado. Eric lo mira asombrado.

   -¿Mamá te botó? ¿Por qué? -el joven duda mucho. Mira a Eric y parece medir lo que dirá.

   -Digamos que a su mamá no le agradaban… mis amistades. -dice evasivo. Eric arruga la frente, irónico.

   -No irás a decirme que te encontró en la cama siendo enculado por Pancho, ¿verdad? -lo desconcierta.

   -¿Cómo sa…? Es decir, yo no… -se turba. Eric sonríe en forma divertida.

   -Los vi ayer cuando… te daba masaje en el culo. -dice con voz agresiva y alegre; no puede evitar sentirse algo caliente. Pedro sonríe leve.

   -Bien. Ahí lo tiene.

   -¿Y te botó por eso? Creo que a nadie pueden botarlo por… -duda.

   -No me botó. Me dijo: renuncia o le digo a Germán. Y yo realmente prefiero irme a sentir que don Germán se siente… defraudado de mí. Prometió  que me ayudaría a encontrar algo fuera de aquí. -Eric asiente. Así era Norma, no daba chances ni canales de escape.

   -Lo siento. Espero que te vaya bien. -dice como despidiéndose. Pedro lo mira de arriba abajo, como descubriendo que es un carajo guapo.

   -Espere, doctor Roche, ¿no va a preguntarme como me fue ayer con Pancho? -pregunta ronco, sonriendo como desafiante. Eric nota como el tolete se mueve un poco dentro de la tanga. Debería irse. Eso era muy  peligroso. El espejo muestra las nalgas paraditas  semicubiertas por la tanga, y se ven acariciables.

   -¿Fue bueno? -pregunta ronco, deteniéndose en medio de la pequeña pieza.

   -Hummm, fue rico. -dice mórbido, con ojos nublados, el tolete abultándole poco a poco.- Siempre pensé que eso podría ser sucio, o doloroso… pero fue muy delicioso. Sentí que cada parte de mi gritaba y pedía más. Pancho me cabalgó durante casi toda la noche. No se cansaba el muy caballo.

   -Parece que tienes un culo muy hambriento, amigo… -traga saliva, ronco, sorprendido él mismo de decirlo.

   -Y caliente. Eso dijo Pancho. ¿Sabe como comenzó todo? -dice mirándolo a los ojos.

   -¿Te pidió el culo?

   -Es un cerdo, quería que lo trabajara un poco antes así… -le sonríe con ojos brillantes.

   El joven cae de rodillas frente a Eric, mirándolo con ojos húmedos de lujuria y deseo. Sus manos caen en las caderas del abogado, el cual se siente excitadísimo, sintiéndose agarrado por ese joven y atractivo carajo en tanga, cuyo tolete intenta escapar. Con un gemido de deseo, la boca de Pedro cae sobre su pantalón, atrapándole la cabeza al güevo bajo la tela. Eric casi grita, esa boca es cálida, y mordisquea y chupa sabroso, produciéndole cosquillas y placer sobre la dura barra. Esa boca lame la tela, la muerde, chupa la figura dura y palpitante. Una mancha de saliva se dibuja en la prenda de vestir.

   Pedro se revuelve con ansiedad. Su boca atrapa ese güevo una y otra vez. Su mano lo atrapa, apretándolo fuerte. Eric siente que se muere. No puede pensar. Todo le da vueltas, está en la casa de sus padres dejando que otro carajo lo sobe. Con manos febriles, Pedro le abre la correa y el pantalón, bajándolo. El calzoncillo blanco, no tan chico, deja ver la enorme figura que levanta la tela. Esa boca cae hambrienta, mamándola y chupándola. Las manos de Pedro le atrapan las nalgas mientras su boca desesperada sigue mamándolo sobre la telita.

   -Hummm, si chúpala. Anda. Chúpala. Cómetela. -jadea ronco Eric, mirándolo casi mareado.- Trágatela, mamagüevo…

   -Te voy a sacar la leche, papito. -le sonríe Pedro con un aire totalmente putón, caliente.

   Las manos de Pedro le bajan el calzoncillo y el güevote, largo, grueso, rojiblanco y erecto sale disparado, golpeándolo en el rostro. El tolete está muy rígido y caliente. Pedro jadea excitado y lo atrapa con una mano trémula, masturbándolo, sintiendo su dureza, su tamaño. Eric casi se desmaya, siete como las piernas le tiemblan. Esa mano sube y baja, cubriendo y despejando la roja cabezota. Pedro la mira fascinado. Su boca va hacia ella, saca la lengua y le da lentas y profundas lamidas, como quien saborea una chupeta. Eso provoca oleadas de placer que recorren a Eric de arriba abajo, haciéndolo jadear.

   -Trágatela, güevón. Quiero ver como te la comes. Trágatela toda… -jadea ronco.

   Pedro, a sus pies, arrodillado y sometido, le sonríe con placer, con deseo. Su boca se abre y rodea la roja cabeza, cubriéndola, mamándola, chupándola larga y ruidosamente. Eric grita ahogado. Lo mira como asustado, pero es deseo. Esa boca baja sobre la rígida y nervuda tranca. Mamándola centímetro a centímetro. De la boca caliente y húmeda de Pedro sólo escapan ahogados ‘hummm’ de placer. Pedro nota como ese güevo, que se traga casi todo, sintiendo como le baja por la garganta, ahogándolo, crece más y palpita con un calor horrible. Percibe como el dulce néctar del macho le baja por la lengua, haciéndolo gemir y desear más. Quiere más. Quiere que ese güevo le de gusto. Todo él responde a la rica tranca. Su cuerpo se tensa, caliente. Su güevo y su culo palpitan, mientras su boca va y viene, mamándolo con fuerza, manando saliva.

   Eric jadea agónico, mirando a ese hombre joven que lo mama con ganas. Ve que le gusta, que le gusta mucho. Y el tolete responde. Su güevo está más caliente que nunca. Ya había sido mamado antes (chicas), pero nunca así. Lo siente como si fuera la primera vez que lo chuparan. Ver al joven subir y bajar sobre su güevo, lo excita mucho. Se miran. La mano de Eric baja y atrapa la nuca del chofer, está sudado. Le acaricia la mejilla y siente la sombra de la barba del otro. ¡Otro hombre le estaba mamando el güevo! Cerrando los ojos, Pedro sube y baja con ganas sobre el tolete. Su cuerpo va y viene. Suda a mares. El chico atrapa el tolete; lo lame con la lengua, de punta a base y nota como se estremece. El joven mira las bolas y las lame con furia. Atrapa una dentro de su boca cálida, como quien come uvas. Desde allí mira a Eric, con el otro testículo en su mejilla y el tolete cayéndole sobre el rostro. Lo atrapa y se da golpecitos con él sobre los labios y las mejillas.

   -Tienes un güevo rico.

   -Eres un gran maricón.

   Nuevamente se lo mete en la boca. Cerrando los ojos, Pedro recuerda todas las veces que iba al gimnasio que estaba cerca de su casa y miraba a los físicoculturistas. Echones, tetones, culones. Todos en sus tanguitas. Cuantas veces quiso caer así, mamándolos, comiéndose sus güevos, mientras ellos lo rodeaban. Todos muy viriles y grandes, todos con sus güevos erectos frotándolos contra él. Esa fantasía hace que su boca se llene más de saliva, que rueda sobre la dura tranca. Imagina a tres, cuatro o cinco carajos, todos con las trancas duras, calientes, dándole en la cara, esperando que los mame. Los imagina a uno y otro dándose sobos de tetas o dándose latazos, todos excitados mientras él los mamaba.

   Una mano de Eric baja por la espalda del otro. Siente la piel recia, musculosa, viril. Está sudada y caliente. Siente esa piel deliciosa al tacto, la piel ardiente de otro macho. Palpa cada músculo de esa espalda. Era un carajo, un carajo al que podía tocar, sobar, sentir… y que le estaba dando una buena mamada a su güevo. Oye como Pedro se ahoga, con la boca llena de saliva y tolete, que le baja por la ardiente garganta, mientras le hala y soba las bolas. Eric se inclina sobre él, atrapándole la nuca entre las caderas y el abdomen, le mira la espalda fascinado.

   La mano del abogado baja por el centro de la espalda, acariciando, palpándolo. Esa mano baja más y cae sobre la tanga, sobando con fuerza, con ganas, esas nalgas cubiertas. Pedro gime, putón, sintiendo rico la caricia. La mano palpa esas firmes carnes, cálidas. Siente la depresión de la raja. La mano se mete ahí, con furia. Hunde la telita y Eric juraría que el culito se estremecía. La mano soba la raja interglútea, y hunde más y más la tela, queriendo metérsela por el culo. La mano se mete dentro de la tanga, y Eric jadea, siente que esa piel quema. La mano baja por la raja, sus dedos frotan la hendidura  lampiña. Vaya, Pedro se rasuraba el culo, piensa caliente. Sus dedos llegan al ojito del culo, lo frota debajo de la telita. El agujerito tiembla y palpita, como una virgen temerosa y deseosa del asalto del bárbaro con su manduco erecto. Eric tiene la boca seca, cuántas noches soñó con hacer esto… El dedo medio se hunde dentro del culo, con suavidad, con ganas, con deseo. El dedo entra y Pedro chilla sacándose el güevo de la boca, sus  labios, mejillas y barbilla chorrean saliva y sudor. Está excitadísimo.

   El joven casi tiene que sostenerse de las piernas de Eric, como para no caer, mientras la mano en sus nalgas sigue agitándose, con lentitud pero con fuerza. El dedo de Eric entra hondo, palpándolo, sintiendo el culito que quema y se cierra palpitante sobre él. El dedo entra y sale, cogiéndolo. Pedro jadea y eleva el rostro. Eric se calienta más al verlo tan lujurioso, tan cachondo, tan deseoso de que otro macho le ponga preparo. El culito ahora sube y baja como buscando ese dedo.

   -¿Quieres… cogerme? -le pregunta con un jadeo Pedro, con rostro contraído de deseo y ansiedad. Le soba el güevote.- Entiérramelo todo en el culo…

……

     Frank, en cuanto conoció a Nicolás Medina, lo odió. Cosa que no era rara, le desagradaba casi todo el mundo. La gente era tan torpe, tan poca cosa para alguien como él. Y este insignificante tipo le era impuesto por gente a la que despreciaba, semejante aval era suficiente para desear destruirlo. Pero fuera de eso, no le agradó, había algo en él que se le hizo… desagradable.

   Nicolás era un joven entrando en los veinte, no podía tener más de veintitrés, se dice Frank, quien siempre ha considerado a la gente (a los hombres, claro), menores de treinta, unos idiotas sin cerebros. Las mujeres eran otra cosa. Mientras más jóvenes, más apretados tenían el culito. El joven era alto, no tanto como él, delgado, del tipo esbelto. El cabello era castaño y parecía muy fino. Pronto sería pelón, se dijo con sombría satisfacción el abogado. Los ojos eran castaños amarillento. De rostro franco, buena gente y atractivo.

   Pero esa boca algo torcida, y esos ojos que lo miraban en forma despectiva, lo molestaron. Frank sintió rabia dentro de sí, al parecer al señorito Medina él, Franklin Caracciolo,  no le caía bien. Y aunque Frank era un cerdo, un ser detestable y despreciable, nunca parecía entender por qué había gente a la que no le agradaba. Le pasó con Eric casi desde que se conocieron hace una pila de años. También con Sam. Sam siempre lo… despreció, se dice con rabia. Y ahora este mequetrefe lo miraba como si fuera alguien inferior. Nota que lleva un traje algo grande, como si fuera prestado. ¡Un pobre muerto de hambre!

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para… -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

   -Intentaré… intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño’e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo… gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y… -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

   -Pero, doctor… -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota… -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía.

CONTINUARÁ…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (7)

Mayo 11, 2009

PEPITO

   El casi ahijadito tenía su encanto, ¿verdad?

……

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen.

   Con un gemido, Eric se aleja un poco de él. ¿Qué coño hizo? ¿Se estaba volviendo loco? Había tenido sexo con otro carajo en un baño de la firma donde trabajaba. Cualquiera pudo entrar y encontrarlos así. Siente asco y rabia. Ahora José sabía, y lo peor es que era alguien a quien tendría que ver muy seguido. A menos de que lo botara. Lo mira fríamente. Siente rabia y unas ganas locas de golpearlo y echarlo de allí.

   -José… sí le cuentas a alguien… -gruñe ronco, alejándose de él y caminando hacia uno de los lavabos,  aseándose las manos.

   -No se preocupe, jefecito. Las cosas ricas no se cuentan o no se repiten. -sonríe.

   -¡No se repetirá! -es tajante. José va a su lado, aún frotándose la leche, que parece una crema facial. Eric se pregunta sí el otro habría bebido eso alguna vez.

   -Vamos, jefe. Sé como es esto. Ahora se siente mal por lo que pasó. Piensa que fue algo sucio y malo. Pero no es así. Hay cosas que uno quiere, y tiene que darse gusto, ¿no? ¿Qué tiene de malo sí uno quiere… mamarse un güevo y hay uno cerca? Nada. Cuando se le pase el susto y la rabia, sólo va a recordar lo sabroso que fue. Y volverá a querer más. Los hombres siempre queremos más y más sexo. Es tan rico y divertido… -suspira, cerrando los ojos en una mueca libidinosa. Eric se siente peor.

    -Esto no volverá a pasar. ¿Me entiendes? -casi le grita, saliendo a paso vivo, después de medio lavarse el tolete, no quiere heder en plena junta.

   José sonríe satisfecho. Ya sospechaba algo del jefe. Y que bueno, porque el carajo era bonito, para ser hombre claro está. Él tiraba desde los catorce años, comenzó pronto, y sabía cuando una muchacha o un muchacho, querían. Y Eric quería eso. Quién sabe desde cuando. Se lava la cara y piensa que hay carajos que se mueren por morder una buena tranca y pasan toda la vida sin darse el gusto, por miedo. Pero el jefe aprendía rápido. Ojalá se acordara de él cuando se decidiera a mamar güevos y a dar culo.

…..

   Si la junta anterior había sido inamistosa, esta sería francamente hostil, piensa Eric entrando retardado a la sala, donde ya se encuentran todos, incluyendo a Cecilio Linares. Todos lo miran. Frank, sentado como un rey al lado de Aníbal, mira elocuentemente su reloj para indicarle que llega tarde. Eric, pasándose una mano por  los cabellos, se disculpa y va a sentarse junto a Sam. Con esa mano sobó el güevo de José Serrano, piensa distraídamente; mientras Sam, en un susurro le pregunta dónde coño estaba. Él niega con la cabeza en el momento en que Aníbal se pone de pie, mirándolo con expresión afable, pero Eric sabía de su dureza. Es él, cosa que desconcierta a Eric, quien hace la presentación de Franklin, como otro socio del bufete, hijo de Manuel Caracciolo, cofundador de La Torre. Hace un resumen de los títulos, estudios y logros de Frank. No son pocos. Frank toma la palabra y agradece el recibimiento, dice que pondrá todo de su parte para resolver los muchos problemas que hay. Es pedante y desagradable. Sus palabras no caen bien dentro de muchos en la sala. Sam piensa que es un detestable hijo de puta.

   -Los problemas son muchos, pero todos corregibles. -dice Ricardo Gotta, mirando a Eric.- Creo que lo más prudente sería que… contáramos con dos presidentes… -es sumamente irónico.

   -Eso no es procedente, Ricardo. -estalla Sam.- Las complicaciones legales, así como de simple funcionamiento interno serían… -Eric mira a Aníbal y monta una mano en el brazo de Sam.

   -Déjalo así, Sam. Es evidente que ya Aníbal y Ricardo lo han decidido. Ir a una votación de la propuesta sólo sería un trámite ya resuelto entre ellos. -suena dolido. Traicionado. Frank sonríe, notándolo. Aníbal suspira cansino, severo.

   -No lo tomes como algo personal, Eric, sabes que… -comienza. El joven lo mira feamente y el otro se interrumpe, incómodo.

   -Es personal, Aníbal. Sólo espero que sepas lo que haces, y que no tengas que llegar a arrepentirte un día de esto. -bota aire.- Que sea como la junta quiere… -finaliza la cuestión, agrio.

   Frank sonríe y agradece. Mira duramente a Eric; sólo era un cobarde llorón. Ni siquiera intentó luchar. Se dejó vencer. La reunión continúa con una presentación de socios y casos, se le da importancia a aquellos donde hay mayores problemas. Sam se inclina hacia Eric que parece ausente y le susurra que no nombran a William Bandre y que minimizan los casos que lleva. Eric le sisea que calle, no quiere que se trate eso en este momento, y menos delante de Frank. No quiere que vaya a creer que la cosa está peor de lo que parecía. Aunque es posible que esté muchísimo peor, rumia para sí, el abogado.

   El joven debía darse por bien librado al no ser expulsado de la presidencia. En otras circunstancias la copresidencia sería un desastre, una ofensa terrible, pero en los actuales momentos… era casi un escape. La junta no lo descabezó. Pero eso era sólo por encima; todo  había sido doloroso, humillante y horrible. La junta había sentenciado que no servía para dirigir La Torre. Mira con odio a Frank, el cual escucha con atención, mucha a decir verdad, algo que Aníbal le cuenta. Nota que el malparido ese oye con respeto al negro, y que no lo trata con ese aire condescendiente con el cual trataba a todos. Igualmente observa que Ricardo hacía intentos por hablar con él, por llamar su atención sobre algo; pero que Frank, invariablemente, lo desairaba. Sólo oía a Aníbal. Ricardo parecía molesto por eso. La junta termina poco después y todo el mundo habla en grupos. Eric, con mala cara y dolor de cabeza, va hacia la cafetera y se sirve un poco. Frank va a su lado.

   -Lamento que la junta te halla tratado así. Me dolió. -se burla a su lado.

   -Vete a joder al coño. -susurra Eric.

   -Alégrate. Voy a resolver el problema que causaste. -Eric lo mira fijamente.

   -Frank, ¿qué has hecho en tu vida que se pueda decir que fue un éxito personal? Sólo has vivido a la sombra de tu padre. -es incisivo, sabe cuanto odia Frank ser comparado con el viejo.

   -Ya verás lo que soy capaz de lograr, cucaracha inútil, mientras vayas camino a la salida de la firma. -se sirve café.- Por cierto, ¿te gustó mi regalito? Lo vi y me dije… esto es lo de Eric. Seguro que lo hará muy feliz. -Eric siente una rabia fría, pero sonríe neutro.

   -En verdad no lo he visto. Con la desagradable sorpresa de verte anoche, lo olvidé en casa de Irene. -lo ve tensarse.- Pero no te preocupes, le dije que era algo que tú habías traído. -sonríe falsamente, alejándose. Siente el placer de verlo desconcertado por un momento.

…..

   En la California Norte, en medio de un solar a semiconstruir, tiene su negocio Lucas Rondón. Al hombre le ofrecieron el levantamiento de un minicentro empresarial. Sería una edificación más ancha que alta. La construcción debía ser sólida ya que una parte sería utilizada en laboratorios de rayos X, odontología y especialidades médicas variadas. A Lucas no se le ocurrió ni por un momento contravenir las especificaciones, el violar las normas en cuanto a materiales o medidas, o comprar materiales de segunda. Como un hombre hecho por sí mismo, sabía lo peligroso que podía ser para obreros, y más tarde, usuarios del centro si había fallas. Había visto demasiados accidentes por negligencia y rapiña de los contratistas. Jamás le haría eso a alguien como él, a un pobre diablo que estuviera de visita en el momento en que una obra colapsara.

   Ahorraba, claro está, en personal. Nada como esos jóvenes colombianitos a los que se les podía explotar al no contar con papeles o permisos. Era una práctica común, a pesar del sindicato. Y vaya que el sindicato era poderoso en esos momentos. El hombre, recién duchado vistiendo una camiseta y un short bermudas, mira todo. Ya cae la tarde y la gente se va yendo. Él también,  tenía una cita con los socios. Seguramente no les gustaría lo que tenía que decirles, sobre todo a ese tacaño de Néstor Lobo y al protestón de Alirio Fuentes. Con Sam y Eric no habría problemas, tampoco con Renato Mijares. Bota aire, con una mezcla de orgullo y pesar en su interior. ¡Su compañía!, esa era su compañía al fin. Tenía socios, claro, pero era él quien mandaba. Era suyo. Pero había problemas, el mercado de la construcción, siempre crítico por los precios y presupuestos, vivía su peor momento de los últimos años. Nada se hacía. Nada se construía… más bien parecía que las cosas iban para atrás en el país. ¡Cuanto daño podían hacer ignorantes y ladrones! Y sin embargo, Venezuela nunca aprendía…

   Entra en el trailer metálico que le servía de oficina y lugar de descanso en la obra. Se echa sobre un mullido sofá, algo ancho, al que todos llamaban el chinchorro. Era muy cómodo e invitaba a descansar y dormir. El carajo se tiende con las manos bajo la nuca. Sus ojos se cierran un poco, aunque no quiere dormir, y al ir deslizándose hacia el sueño, recuerda el duro camino que ha recorrido desde su Barlovento natal, hasta aquí. Siempre ha trabajado muy duro por tener lo que quiere. Pero el trabajo nunca lo asustó, su padre y su madre fueron personas que trabajaron siempre, y que hasta quisieron que él estudiara. Pero la vida era dura entonces y había que salir a ganarse la arepa, la propia, pero también la de los hermanos menores, y pensar más tarde en el reposo y descanso de los viejos.

   A Lucas le gustaba la buena vida ahora y podía dársela, le gustaba comer bien, vestirse, tener su casa, proteger a su familia, cuidar a sus hijos, darles estudios. Le gustaban sus dos casas, una de ellas en La Floresta, la otra en Higuerote; le gustaban sus dos carros, y pronto Josefa necesitaría otro, al iniciar la universidad. El orgullo lo ahoga por un momento. Sus tres hijos habían heredado su energía, las ganas de seguir, de alcanzar sus metas; no eran gente conformista, ni necios. Sus muchachos sí podían pensar, y hacer una relación directa entre un mal gerente y una mala administración. Josefa, por ejemplo, era furibunda enemiga del régimen, tanto que a él le asustaba a veces, porque veía angustia en sus ojos jóvenes y bonitos. Cada vez que había una marcha o una concentración, ella iba con sus amigas, y a él el corazón y las bolas se le encogían, sobretodo después de La Masacre de El Silencio, ese abril pasado. Pero Josefa era apasionada, y odiaba a los que, según ella, habían entregado el país, sin pelear al viejo y sanguinario dictador antillano, y a los que se llamaban neutrales, gritándoles cobardes; cosa que también él pensaba.

   En Barlovento todos lo llamaban negro pretencioso porque había conseguido cosas y  estaba orgulloso de ello. Lucas nunca entendió que alguien no quisiera trabajar y pretendiera tener cosas, como comida por ejemplo. Que alguien pretendiera o creyera que las cosas le caerían del cielo o de una mata. A su pueblito le faltaba tesón, ganas de luchar y vencer. Los muchachos se pasaban el tiempo pajareando sin trabajar, pisando la delgada línea de lo que podía ser ilegal. Era gente incapaz hasta de sembrar lo que más tarde necesitarían para comer. Y en una tierra próspera, donde si se sembraba una piedra nacían piedritas, nadie la trabajaba. Era mucho más fácil esperar que el vecino cosechara para robarlo. La excusa era siempre la misma, monstruosa e irresponsable: se metió a robar porque tenía hambre. Casi cayendo en el sueño, Lucas hace una mueca ante el desagradable y degradante recuerdo de su gente. Le avergonzaba y molestaba esa actitud. Un hombre tenía que trabajar coño, o si no, ¿cómo podía llamarse hombre? Finalmente su respiración se controla, se dulcifica. Duerme. Hay cierta penumbra y un aire frío en el trailer. La puerta se abre y aparece un joven delgado, de rostro pecoso.

   -Señor… -calla al verlo dormir.

   Es Pepe, hijo de un antiguo amigo del hombre, quien le dio trabajo allí por las noches como vigilante para que se pagara los estudios de día. El joven mira al gigante negro dormir. Lo sabe  cuarentón, pero lo ve musculoso, activo. El pecho del sujeto sube y baja, tetón. Su rostro se ve en paz. Pero lo que llama la atención de Pepe es la pelvis. El bermudas muestra una leve erección. Parecía que el jefe tenía un sueño caliente, se dice divertido y confuso. Nota que el tolete parece grande. El joven lo mira bien, va hacia él, cerrando la puerta. El güevo abulta de una manera escandalosa ahora, casi levantando la tela del bermudas como una tienda de campaña. El joven siente unas ganas locas de tocarlo, de sentirlo en su mano. ¿Sería tan grande y duro como se veía? Tiene la boca seca. Está acostumbrado a los chicos de su edad, de dieciocho a veinte años, en el liceo antes, en el centro universitario ahora. Sabía como eran sus güevos, pero éste parecía distinto. Imprudente, se medio inclina un poco sobre esa pelvis. En esos momentos Lucas abre los ojos y lo mira, casi sentándose con un bramido del susto al encontrarlo tan cerca de sí.

   -Epa, ¿qué pasa? -gruñe, sorprendido en mala forma. Pepe lo mira sumamente avergonzado, rojo de pena.

   -Nada, yo entre y… -vacila.- Estaba dormido y no quise despertarlo.

   -Y te quedaste viéndome el güevo, ¿no? -lo regaña.- Ay, Pepito, ¿qué te pasa? Mira que el compadre es bien arrecho y si se entera que tú andas en vainas raras…

   -No lo estaba viendo. -gime asustado de que su padre, otro carajo enorme como ese, lo supiera.

   -Pero si casi estabas sobre él. -gruñe Lucas, divertido y asombrado por el descubrimiento. Vaya con el Pepe. Lucas era un carajo sólido, grande, y en cierta medida estaba acostumbrado a que otros tipos lo miraran comparándose con él; y sabía que tenía una buena tranca. Y sabía que gustaba. Él, y la tranca…- Ven acá… -dice en tono amistoso, tomándolo por una muñeca y halándolo hacía sí. Pepe gimiendo, cae sobre él en el sofá, sintiendo su cuerpo sólido y poderoso.

   -Señor… -jadea sorprendido, pero caliente. Esos músculos lo enloquecían, así como el calor del otro, la dureza de su cuerpo.

   -Tranquilo, Pepito, quiero que veas mejor mi manduco. -dice ronco, excitadísimo. Se baja el bermudas y queda con un calzoncillo blanco grande, mostrando una barra titánica adentro.

   Pepe la mira excitado también. Lucas sonríe, se baja el calzoncillo y la negra tranca aparece, enorme, nervuda y realmente larga. Pepe la agarra con mano trémula y la aprieta, sintiendo la dureza y el calor. La soba. Al principio suave, luego frenético, sintiendo como palpita y se estimula con su mano. Lucas sonríe, jadeando. Esa mano lo aprieta sabroso, como sabroso es tener al joven medio sentado en su muslo izquierdo. Se miran y sus ojos hablan de pasiones y proposiciones. Pepe parece ardiente, y que desea eso con locura, un macho para él. El otro le sonríe como diciéndole que entiende, que lo sabe caliente y deseoso, y le dará lo suyo con pasión.

   Lucas abre sus gruesos labios, con el bigote de cepillo sobre su labio superior, y atrapa los del joven, que son suaves y tibios. Es un beso trémulo, como el que daría un hombre a una noviecita tímida. Esa boca se abre más y atrapa voraz, exigente, la del otro. Pepe gime, respondiendo con ganas al beso del jefe. Sus lenguas chocan en besos húmedos, lengüeteados y mordelones, mientras su mano derecha sigue aferrando y sobando la tranca. Lucas sonríe, terminando de quitarse el bermudas y el calzoncillo, la camiseta desaparece rápidamente. Está excitado. No es que persiga carajitos o los busque, pero tiene la sangre caliente y el güevo más ardiente aún. Siempre quiere usarlo, sentirlo, y un culito de muchacho nunca estaba de más. Nunca lo despreciaba sí se lo ofrecían, como Pepito ofrecía su oculta joya en esos momentos.

   El muchacho le mira las tetotas, los bíceps, el güevote erecto, la enmarañada mata de pelos púbicos, las dos enormes bolas que cuelgan. Lo soba, lo toca todo, sintiéndose feliz. Algo apenado se para, se desviste, Lucas mira la tanguita negra que usa, con ojos ardientes. Eso lo calienta más. Seguro que muchos lo han visto ya así, en tanga y caliente, y que todos habían deseado darle güevo, darle amor; pero seguro que sólo eran chiquillos como él.

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

CONTINUARÁ…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (6)

Mayo 6, 2009

el-vigilante

   Ese vigilante andaba buscándosela… ¿tal vez dentro del pantalón?

……

   En la casona familiar, Norma tampoco puede dormir. Tiene demasiadas cosas en qué pensar. Ella no acepta tan fácilmente, como Germán, el que vengan a sacar a Eric de la presidencia de la firma, porque eso era en suma lo que querían hacer. Ella no luchó toda una vida al lado de Germán, incluso contra presidentes de la República, mafiosos y delincuentes de variada ralea a lo largo de los años, incluyendo al viejo sátrapa de Manuel Caracciolo, para que ahora vinieran a quitarle todo. Desde el corredor mira hacia los jardines; los problemas ahora eran mayores. No las cosas cotidianas. Sí Eric supiera lo que pasó y lo que ella tuvo que hacer meses atrás… Pero en lo que a ella respecta, nunca sabría nada de esa oscura y horrible etapa de su vida. El joven no sabría en todo lo que ella y Germán se vieron mezclados. Cierra los ojos, y como hacen y han hecho cientos de miles de millones de pecadores a lo largo de la historia de la humanidad, piensa: sí tan sólo tuviera otra oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Abre los ojos con decisión. No puede dejarse vencer. Lo hecho, hecho estaba. Era imposible recoger la leche derramada. Tampoco la sangre de gente  inocente…

   Ese pensamiento le provoca un muy desagradable estremecimiento. Debe concentrarse en el ahora, en lo inmediato. Y algo qué tiene que resolver y ya, era el matrimonio de Eric. Eso le llena de negras dudas y temores. Es su madre, ella… sabía cosas, pero no quería verlas. Lo mejor era que se casara, que contara con una mujer fuerte, dura y decidida como Irene. No le gustaba para nada esa mujer, y en otras circunstancias, de ser Eric… distinto, habría luchado por una nuera mejor. Pero por ahora, en estos momentos, Irene estaba bien. Era lo que él necesitaba. Un ancla. Estabilidad y respetabilidad, se dice convencida. Con el tiempo vendría la paz de la rutina, el amor del compañerismo y los hijos, y cualquier otra duda, anhelo o deseo, sería acallado y asfixiado hasta morir. Ella quería nietos, y no después de muerta. Ahora. Ese matrimonio debía darse antes de que este año tan infausto terminara, se dice, tomando de la copa de vino que tiene aferrada.

   Lo otro era Frank Caracciolo. Un frío odio le sube del vientre. No podía perdonar la traición de los Caracciolo; y sin embargo, dudaba. No quería lastimar a Frank, por lo menos no de una forma contundente. Y mucho menos a una persona inocente; pero Frank debía ser controlado. No podía dejar que le hiciera daño a Eric o que lo sacara de La Torre. Ella lo conoció de niño. Era caprichoso, voluntarioso y malcriado, pero hermoso, y no quería herirlo; pero Eric, su hijo, estaba primero. Por eso haría lo que tenía que hacer, por disparatado y cruel que pudiera resultar. Al final, muy al final, Frank sufriría horriblemente, eso era algo seguro, pero no podía evitarlo. Y no sabía sí quería evitarlo siquiera.

   Mira hacia la noche, hacia los jardines. Hacia la pieza de Pedro Correa, el chofer. También debía ocuparse de él. Tenía que echarlo, y mientras más pronto, mejor. Pero debía hacerlo con tacto. El joven podría llegar a ser peligroso, se dice oprimiendo los labios con ira. Era una suerte que llegara a trabajar allí después de que Eric se fue de la mansión. Por un momento siente un sobresalto ante esa idea. Lo asociaba a otra circunstancia, a algo que no quería que Eric, o Sam, o cualquiera (la prensa, por ejemplo), llegara a saber. Pero sí, tampoco lo quería cerca de Eric. Y es un pensamiento que le pesa, que le duele. Mira hacia el cielo extrañamente poco iluminado por escasas estrellas, no buscando fe o consuelo, sino espacio. Se siente atrapada, rodeada por enemigos terribles. Pero era una luchadora, había vencido antes y volvería a vencer. Ni Eric, Frank o Pedro eran oponentes para ella.

                                                               ………………..

   Muy temprano en la mañana, Eric revisa unos  papeles en su oficina. Quiere estar listo para los problemas que se le vendrán encima en la junta. El aparato de video repone el programa de una de la periodista mañanera de la televisión, la Colombina. La mujer con su tono seco, duro, agreste, despedaza en trozos chicos, y feos, las argucias del régimen que desgobernaba el país. En esos momentos habla de las imbecilidades que se empeñan en demostrar los diputados del régimen en la mal llamada Comisión de la Verdad. Eric oye fragmentos de lo que dice la mujer, y está de acuerdo con ella; ese gente era patética, sí pensaban montar un show mal actuado, debieron al menos enviar a gente menos rayada.

   En abril de ese año, la crisis política devino en un paro convocado por La Cúpula Empresarial del país, que sorpresivamente fue acatado por una gran cantidad de gente. En una de las jornadas de ese mes de abril memorable se convocó a una gran concentración que cruzaría la ciudad desde el Este hasta el Centro. Más de medio millón de personas se congregaron, pero la marcha no terminó donde debía, en una de las sedes de La Petrolera Nacional, sino que continuó al grito de ‘hacia Miraflores’. Esa gente fue recibida a tiros, desde puentes y azoteas. La Guardia Nacional disparaba contra ellos desde la calle, a la vista de todo el mundo, sin empachos o reparos, a quemarropa, bajo las órdenes del general que la dirigía en esos momentos, Balandrí. Esos hechos, la matanza ordenada bajo el nombre del plan Cábala, de procedencia maracayera, provocaron que el Alto Mando Militar le pidiera la renuncia al Presidente, cosa que éste aceptó, provocando un vacío de poder, del que un grupito pretendió sacar ganancias con un disparatado gobierno que intentó imponerse con decretos ilegales, que cualquier tonto sabría eran impracticables.

   Menos de cuarenta y ocho horas después, por impericia del grupo económico que quiso hacerse con el poder, y por las ambiciones de un general en Maracay que ya traficaba dinero y poder para la compra de casinos y canales de televisión, Buñuel, el Presidente regresó en un atrevido contragolpe; y en ese momento se habló de rectificación, de perdón y tolerancia, pero nadie con dos dedos de frente lo creyó. El régimen quiso aprovechar el momento para destruir de un golpe a toda la oposición, lazando la injuriosa acusación de ‘golpistas’ a todo bicho viviente; lo más sucio que había en el diccionario revolucionario. Ahora la llamada Comisión de la Verdad, intentaba únicamente demostrar que fue la gente que marchaba, la que atentaba contra la paz y el orden, que eran delincuentes que debieron se frenados y que fueron asesinados por su misma gente. El delito no fue matar gente, sino marchar hacia Miraflores. Y los pistoleros debían ser protegidos por la fiscalía y tribunales antes de que alguien se preguntara quién los envió a puentes y azoteas con armas.

   Eric sonríe con ironía al mirar el rictus burlón de la Colombina al comentar la batuqueada que la periodista Ercilla Poletto les dio nada menos que el día anterior, haciendo notar que a la peligrosa mujer la trataron con pinzas, sin interrogarla a fondo y sin atracarla directamente. Esa mujer, no muy agraciada a decir verdad, pero de rostro enérgico e interesante, tenía la horrible costumbre de saber demasiado, y no temía decirlo en el pequeño periódico de corte político económico que dirigía. Llaman a la puerta.

   -Sí, Serena… -autoriza sin ver. Quien entra es el sonriente Sam.

   -Hola, pato, espero que notes que llamo antes de entrar. Así no te sorprendo en algo raro.

   -¿De qué hablas? -Eric que mira a la Colombina y lee un informe al mismo tiempo, no le entiende de momento.

   -No quiero entrar y encontrarte teniendo sexo con alguien aquí… -Eric lo mira con una mueca.

   -Eres tan ingenioso y tan divertido como un grano en las bolas. -dice seco.- ¿Averiguaste algo de William Bandre? -Sam lo mira con ojos brillantes de malicia.

   -Cuando te cuente… te vas a caer de culo. -Eric lo mira malévolo.

   -No creo que sea más sorpresivo y horrible que lo que yo tengo que decirte.

   -Vamos a ver. Sí, William Bandre lleva dos semanas sin aparecer por la firma en forma oficial. Antes de eso, llevaba dos mese sin venir, pero se comunicaba con su asistente. -lo impacta.

   -¿Lleva tres meses fuera? ¿Y cómo no lo sabíamos?

   -Porque es un agente de Ricardo Gotta que ni se reporta ni habla con nosotros. Pero eso no es nada. Bandre es el abogado dentro de la firma que lleva los asuntos del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. -termina teatral. Eric siente un verdadero escalofrío de miedo.

   -¡Coño! -sabe quienes son. Se miran.- ¿Y cómo esa basura entró a la firma?

   -Son clientes de la tribu de Saúl. Y sabes que en negocios, judíos y árabes se unen en este país como en ninguna otra parte del mundo. Un envío de la de Damasco; eran clientes de ellos. -Eric se recuesta de su sillón.

   -¿Los trajo Ricardo o Aníbal?

   -No lo sé, aunque es de presumir que si Bandre llevaba las cuentas, es cosa de Ricardo. -se encoge de hombros.- Sólo sé que ambos tienen juicios pendientes muy graves. Y William los lleva. O los llevaba. No sé ahora. Y si hemos de creer en lo que dicen Las Chicas Súper poderosas, esos dos tipos son unos coños’e madre. -termina álgido.

   Sam se refiere, irreverente, a un grupito de periodistas, todas mujeres, que le hacían la vida de cuadrito al Gobierno todos los días. Eran ellas las periodistas Marsella Salas, Ercilia Poletto, Ibis Pachán y la Colombina; quienes habían sido bautizadas así por otro periodista, Milingo, en clara alusión a las niñas de la comiquita, comparándolas con esas mujeres corajudas, resueltas y valientes, que no temían investigar y alzar la voz para dar a conocer lo que sabían o pensaban, en un país donde políticos, empresarios y militares se cagaban de miedo ante los gritos destemplados, y cada vez más irracionales que venían de Miraflores.

   -Según esas mujeres, uno es un traficante de armas muy peligroso, y el otro ha hecho del contrabando su mundo, desde las afeitadoras de bolsillo hasta las drogas.

   -Y sí esas mujeres lo dicen…

   -…algo de cierto hay. -termina Eric, sintiendo que la cabeza le duele.- ¿Qué dice Lesbia?

   -Nada sabe. O eso dice ella. Parece que él no está en Caracas. -Eric lo mira fijamente.

   -Esto es lo peor que podría pasarnos y en el peor de los momentos. ¿Sabes quién viene hoy, con voz, voto y mierda?: Franklin Caracciolo.

   -¿Qué? -estalla parándose.- ¿Estás loco? No puedes dejarlo. -Eric se molesta.

   -¿Crees que lo llamé yo? No digas maricadas. Fue alguien de la junta. Tal vez Aníbal.

   -Hummm. Más bien parece cosa de Ricardo Gotta. -disiente.

   -Como sea, la jugada es clara. La junta quiere un nuevo presidente. -lo mira intensamente.

   -No te deprimas tan pronto, pato. Algo puede pasar que te salve. Caracas está llena de mal vivientes, tal vez alguien robe y mate a Frank. -Eric sonríe abatido.

   -No intentes alegrarme con pensamientos bonitos. -mira su reloj.- Debe estar por llegar. La junta de hoy será apoteósica. ¿Crees que exijan que me suicide delante de todos?

   -Si te vas a dar un tiro, procura no salpicar. Este saco es nuevo.

……

   La entrada de Frank Caracciolo a La Torre es un evento digno de la revista Hola. Parece un joven príncipe, altivo, elegante e increíblemente guapo. Sonríe con desdén a todos. Algunas chicas lo miran embobadas, claro, no saben lo mierda que es. El abogado camina por esos pasillos como un rey recorriendo su feudo. Cuando llega a una esquina en los pasillos del piso quince, una vieja bedel que coletea ahí, no logra retener a tiempo su trapeador que roza los zapatos del hombre, quien la mira en forma impactada. La mujer casi grita, sabe bien quien es, lleva años allí y conoce a la bestia.

   -Ay, lo siento, doctor Caracciolo, no lo vi venir y… -la calla con un grito.

   -Vieja imbécil, ¿es qué no ves lo que haces? ¿Dónde están tu perro y tu bastón sí es que estás ciega? -algunas personas se detienen y los miran, apenados por la mujer, sintiendo rabia contra ese troglodita, pero incapaces de hacer nada. Todos lo conocen, de trato y maltrato, o por referencias tan horribles que parecen leyendas.

   -Lo siento. Lo siento. -gime la mujer, agitada.

   -¿Por qué coleteas a estas horas? ¿No sabes que es la hora en que llega la gente que sí trabaja y no holgazanea? -la mira casi rojo de la rabia.

   -No puedo llegar antes. Tengo que prepararle desayuno a mis nieticos y enviarlos a la escue…

   -¿Por qué piensas que me interesa tu vida? -la interrumpe.- Si tienes cosas que hacer, levántate más temprano, vieja floja; con razón todavía estás coleteando pisos. Llevas como veinte años en esto. -la reprende. Ella va a hablar, casi llorosa y él levanta una mano callándola.- Ya. No me digas nada. Sólo métete donde no tenga que verte más. -y sigue su camino, muy molesto.

   La anciana jadea como sí hubiera subido corriendo por las escaleras los quince pisos. La gente la mira con aprecio y simpatía, pero si la bestia peluda de Frank le hubiera saltado al cuello para estrangularla, ninguno se hubiera metido. Y no sólo por miedo a perder el trabajo, sino la vida. Frank parecía muy capaz de matar a alguien con sus manos. Era un salvaje.

……

   Eric y Sam se dirigen a la sala de juntas. Concuerdan que lo mejor es no mencionar frente a Frank nada sobre William Bandre o sus clientes. Esa gente preocupaba a Eric. Eran tan sucios y claramente delictivos que no se explica como alguien con un gramo de decencia podía hacer tratos con ellos.

   -Manejan mucha plata. -dice Sam, encogiéndose de hombros, explicándolo todo.

   -Que razón tan pobre. -se molesta.

   -Oye, somos abogados, se supone que trabajamos con gente que necesita ser defendida pues es acusada de algo. No vas a llegar muy lejos sí sólo quieres atender a gente inocente. -Eric mira una puerta por donde entra un silbante José Serrano. Un baño. Y él con la vejiga llena.

   -Te veo en la sala. Me estoy meando.

   -Pero si vienes de tu oficina. -se extraña. Eric bota aire.

   -Sam, esta junta es muy seria para mí. No me siento tranquilo, ¿bien? La vejiga la tengo encogida. -Sam sonríe y va a hacer una broma sobre cogida.- No vayas a decir tonterías, ¿si?

   Sam sigue su camino y Eric entra al pulcro y aséptico lugar. Mira de pasada y nota a José que lee algo con mucho interés en la pared de uno de los privados… y se sobaba el güevo sobre el uniforme en forma maquinal. Le abultaba. Aún a la distancia, Eric lo nota impactado. El hombre disimula y va hacia uno de los orinales y mea, sintiendo que el tolete le hormiguea un poco. José parece reparar en él.

   -Buenos días, doctor Roche. -dice ronco, Eric lo medio mira y ve la larga y escandalosa erección del otro sobre la tela caqui.

   -Buenos días, Serrano, ¿qué leías? -José duda un momento y luego lanza un suspiro.

   -Un poco de arte urbano. Un artista del grafito anda suelto por aquí. Estos baños se lavan de pe a pa cada día, después de todo es un bufete importante, pero estos letreros siempre aparecen aquí y en todos los baños. -señala algo.

   Eric sabe que tiene la junta, que José tiene una erección visible aunque actuara como sí no se diera cuenta, y que lo mejor sería irse. Pero la curiosidad al letrero y saber a dónde podía llegar toda esa rara situación, lo hacen dudar. Se lava las manos y va hacia él, que le sonríe en forma pícara. El tolete abulta en toda su longitud, casi podría decirse que es posible demarcar el nabo de la cabeza hinchada sobre la tela. Eric se asoma al privado. Hay dos letreros simples, vulgares y estimulantes. Uno dice: desahógate, mastúrbate aquí. El otro decía: sí las piedras del camino fueran güevos, ay, yo andaría de culo. Son simplones, pero poderosos. Eric también siente como el güevo se le endurece, como le crece, abultando contra su propio pantalón. José lo nota, sonriéndole de forma abierta.

   -Son raros, ¿verdad? Hacen que a uno se le pongan duros, sabrosito. -dice mórbido, con voz acariciante, sobándose suavemente el güevo sobre el pantalón, mimándolo. Eric siente la boca seca. Ve su mano enfundar el tolete con ganas.

   -Son simples y directos, para estimular una imagen poderosa y sensual. -gruñe ronco, mirándole la mano que soba la barra; seguro que la tenía muy dura y caliente, se dice excitado.

   -La tengo como una piedra… -dice ronco José.- ¿Quiere verlo? -le ofrece con un jadeo.

   Eric duda. Eso era una locura. Siente como su güevo se endurece más y le palpita. Ver los contorno de la verga del otro, lo afecta. Una mano de José, quien sonríe en forma excitada, cae sobre la mano de él, llevándola hacia su tolete. Eric, aterrado, excitado y sorprendido, siente ese güevote bajo su mano. José cierra la mano, obligando a Eric a cerrar la suya y que compruebe la dureza de su instrumento.

   -No, yo no… -jadea Eric asustado, intentando soltarse, pero sintiendo lo caliente de la barra.

   -No, jefecito. Siga… apriétemela. Me duele de las  ganas que tengo… -gimió José.

   Le aprieta la mano, obligando a Eric a apretarlo también. Eric tiene el puño casi cerrado alrededor de esa tranca que aprisiona toda. La siente caliente, dura. La siente palpitar, como agitándose ante su toque. Un calor terrible sube por su mano. Siente como su güevo, y hasta sus tetillas, se tensan. José jadea. Esa mano ahora se abre y se cierra sobre su tranca. Acariciándola. Sobándola. Masturbándola sobre la tela del pantalón.

   José con un gemido agónico, esa mano le produce dulces y desesperantes placeres, suelta a Eric y apoya la nuca sin fuerza en la pared del privado. Eric lo mira, apretándole el tolete. Sigue acariciándolo. Lo siente rico. José abre los ojos y lo mira con ojos nublados, caliente.

   -Es sabrosito, ¿verdad? Nada como la mano de otra persona sobre tu güevo. -y a la voz envolvente y mórbida, une la acción.

   Un brazo de José se cruza con el de Eric y su mano atrapa el güevo del otro sobre la tela suave del traje. Eric chilla agudo. ¡Era tan delicioso! Siente como su tolete se convulsiona, deseando más y más. Esos toques, esas apretadas rudas y viriles sobre su tranca, lo enloquecen. Allí estaban; mirándose a los ojos, cada uno sobando el güevo del otro. Muy cercas, excitados. Con una sonrisa, José abre su cierre y de la bragueta escapa una lanza de carne envuelta en una telita licra, barata, amarilla chillona. Eric la mira con la boca seca. Eso se ve rico y apetitoso. Y es lo que tantas veces había soñado en la soledad de su cama, tener a un macho así, a su alcance, queriendo que le hicieran guarradas. Y José las quería. Se notaba que ese pato quería acción.

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen.

CONTINUARÁ…

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (5)

Febrero 24, 2009

macho-en-tanga

   ¿Dónde está lo mío…?

 

   Eric y Germán caminan lentamente por los terrenos posteriores de la mansión, cerca del área de la piscina. La noche es tibia, pero la brisa refrescaba. Germán, seco, le dice que ha recibido queja de varios socios, no dice quienes pero Eric imagina que de Ricardo y Aníbal.

 

   -Papá, cada nueva dirección recibe quejas. La gente se resiste a los cambios, aunque sean para bien. Hay que darle tiempo al tiempo. -se defiende.- Déjame trabajar. -exige.

 

   -Lo mismo dice el Presidente… -suena hosco y Eric lo resiente. Era verdad.

 

   -Yo no estoy loco. -se defiende. Germán bota aire y sigue caminando; siempre evitaba hablar de política, al menos con él, se dice el joven para sus adentro.

 

   -Eric, eres mi hijo y quería que triunfaras en la dirección de la firma, pero no soy sólo yo. Me debo a los socios. Ellos también tienen voz y voto. -se para y lo mira.- Y sí sólo se tratara de los socios menores, podría… pasarlos por alto. Pero se han comunicado con Manuel Caracciolo en Niza, y él no es tan optimista ni tan paciente contigo como yo. No es tu padre y no tiene por qué guardarte consideraciones. -lo deja de una pieza.

 

   -¿Llamaron a los Caracciolo? -ya es posible ver la piscina y notar que alguien la cruza a nado, aunque él no le presta atención.

 

   -Y Manuel envió una respuesta. Deberás compartir las responsabilidades de La Torre con su enviado… -mira hacia la alberca.

 

   -¿Qué? -grazna, mirando las azules aguas.

 

   En ellas se encuentra un hombre casi treintón, de cabellos cobrizos y ojos azulados, fríos, burlones y crueles: Franklin Caracciolo, hijo de Manuel, abogado y enemigo jurado de Eric desde hacía años. Un ser atractivo pero malvado.

 

   -Frank y tú trabajarán juntos. -dice Germán, cansado, odiando hacer eso, pero sin fuerzas.

 

   -¡Debes estar bromeando! No voy a trabajar con Frank. -casi grita, furioso.

 

   -Eric, Eric… me lastimas, flaco. -se burla con su voz recia, el tipo, quien nada hacia ellos y con un impulso poderoso de sus brazos, sale de las azuladas aguas.

 

   Es un hombre enorme, muy alto, musculoso y atractivo. Una cadena algo gruesa, de oro, cruza su cuello recio. Y ese cuerpo tan grande, semilampiño, va cubierto únicamente por una tanguita roja, de suave tela mojada que enmarca su tolete que se nota mucho. Germán hace una leve mueca de desagrado ante eso; hombres en tangas, ¡que horror!

 

   -No digas idioteces, Frank. -ruge Eric. Es tanto su virulento odio por ese carajo, que ni verlo así, semidesnudo y sensual, lo afecta. Se vuelve hacia Germán.- Tú me dejaste a cargo y…

 

   -…Y tú la cagaste. -se burla Frank, halando la parte superior de la tanga, para acomodársela mejor. Por un momento se ven sus dorados pelos púbicos.

 

   Germán desvía el rostro, no entiende a esos carajos que intentan ser tan bonitos como una mujer. Una buena hembra en tanga era una cosa, pero, ¿un tipo? Nunca le han gustado los hombres ‘coquetos’. Dentro de La Torre iba deshaciéndose de tipos con colitas, cabellos teñidos, aretes y cosas así. Claro que a Frank no podía echarlo. Él y su padre, Manuel, tenían casi tanto peso como él dentro de la sociedad. Y los tiempos no estaban como para que mono cargara a su hijo, ni siquiera por un ratico. Eric no sabía de la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Los Caracciolo podían hacerles mucho daño, porque así eran: crueles, vengativos, tenaces e implacables. Eso los hacía enemigos terribles dentro y fuera de los tribunales.

 

   -Basta. Por un tiempo los dos trabajaran juntos. Es mejor que aprendan a llevarse bien desde ahora. -dice dando por terminado el tema y se aleja. Casi escapa a decir verdad. Eric va a seguirlo, pero se detiene volviéndose hacia el otro, que lo mira burlón.

 

   -¿Qué está pasando aquí? -le exige saber a Frank. El otro toma una toalla y se frota el cuerpo, con un gesto indolente de quien sabe que está buenote y es quien domina la escena.

 

   -¿No es obvio? Nos van a  probar. Van a decidir quien es mejor al frente de La Torre. Espero que no te hallas encariñado mucho con la silla de la presidencia; de todas maneras pienso cambiarla. Nunca pondría mi culo donde sentabas el tuyo. -se burla. Eric lo encara.

 

   -No creas que te va a resultar tan fácil sacarme de allí, Franklin…

 

   -No creo que sea muy difícil, Eric… -luego sonríe.- Tómalo con calma, no vine a pelear contigo, sólo a corregir tus errores. Mira, hasta te traje un regalito de Niza. -señala sobre una mesita una caja alargada, como donde se llevaría una botella de licor, pero algo más ancha.- Disfrútalo… -se burla, mirándolo cruel y se aleja.

 

   Eric lo mira con un profundo odio, pero ahora nota el porte felino del gran carajo ese. Esa tanguita era muy chica para un cuerpo tan grande y poderoso. La tela quedaba algo atrapada entre las nalgas, que se bamboleaban desafiantes, como queriendo ver qué mano se atrevería a meterse entre ellas, para sacar la roja y húmeda tela, y tenderla sobre los glúteos.

 

   Dios, cómo odiaba a esa rata, se dice Eric, mal. Bota aire y mira hacia la noche. Por allí estaba el cuartico de Pedro, cerca de los estacionamientos, se dice. Pero no, no puede ir. Tiene que volver y encarar a Irene y a su madre con la idea de la boda; a Germán y su decepción por la forma en que dirigía la firma; y a Frank, cruel y terrible. Frank venía a echarlo, en eso no podía engañarse. En forma maquinal, toma el regalo y va hacia la casona, preguntándose qué coño le trajo el gorila ese, de Niza.

                                                               ………………..

 

   La noche avanza de prisa, y en su elegante penthouse, Frank Caracciolo, atractivo en su traje, descorcha una botella de champaña. Está contento. Muy contento. Está en su elemento, a punto de emprender una gran batalla. Usará todos sus recursos en ella, aplastará, engañará y destruirá al que sea para ganar. Así es él. Es lo que más le gusta. Sentir que venció a todos. Quiere algo y va tras eso, sin desviarse, sin distraerse, sin sentir penas o remordimientos, sin escrúpulos. Y hace mucho que quiere el control de La Torre, un lugar de donde casi fue echado hacía años por debilidad de su padre e intrigas de Norma Cabrera de Roche, la vieja loba.

 

   Tiempo atrás hubo una disputa legal entre los Roche y los Caracciolo, quedándose los Roche con una carga accionaria mayor. Por ello el viejo Germán impuso a Eric en la presidencia de la firma, pero ahora sabían que Eric era un imbécil y tenían que recurrir a él. Él demostraría de lo que era capaz, sería el jefe de todo y los dejaría con la boca abierta… antes de terminar con todo. Toma una copa de champaña y la saborea. Tras él se encuentra una muy hermosa catira, que lo mira algo dolida por su falta de caballerosidad.

 

   -¿No vas a servirme una copa, amor? -su voz suena melosa y suave, a propósito.

 

   -No es guarapita, cariño. No la apreciarías. -la mira burlón, cruel. Le gusta ver como ella resentía eso, pero componía una sonrisa rápida como para que él no lo notara. La muy tonta intentaba hacérsele agradable a costa de lo que fuera.

 

   -No digas eso. -suena mimosa, colgándosele de un brazo.- Frank, a veces eres tan odioso que…

 

   -¿Me vas a dejar? -finge sorpresa, abriendo mucho los ojos. Ella se alarma.

 

   -Claro que no, amor. -le sonríe cariñosa.

 

   Frank sabe que es un hombre atractivo, sensual, y su aire canallesco lo hacía irresistible para las mujeres, así había sido desde los trece años. Pero no es tonto, sabe que su posición y dinero también atraía a un enjambre de fulanitas que se ilusionaban con él. Sonríe cruel, sabe que todas soñaban con ser la señora de Frank Caracciolo. A él lo divertían en ese empeño… un rato. Después vendría otra y otra. Toma su copa, mirándola.

 

   -Naty, no entiendo como pagándote tanto para que medio muevas el culo en la cama, compras esos pachulíes. Hueles a puta barata. Y sí algo hay que reconocerte… es que no eres barata. -es cruel. Sirviéndose más champaña, sonríe. Está contento. Mucho. Era hora de celebrar.

 

   -¡Frank! -la alarma. Ella sabía de su grosería y patanería, pero hoy estaba peor que nunca.

 

   Pero lo aguantaba, llevaba ya dos semanas con él, juntos estuvieron en Suiza y él parecía encariñado. Tal vez… ella lograra que él cambiara, que fuera atento. Que se enamorara. Las mujeres siempre creían que el poder del amor podía cambiarlo todo, incluso a ese Monstruo de la Laguna Negra que era Frank precisamente. Las mujeres y sus tonterías sobre el amor…

 

   -Déjate de maricadas, anda… -es rudo, mientras se abre el cierre del pantalón.- …estoy caliente… Si quieres tomar algo, comienza por esto… -es vulgar a propósito. Eso lo complace. Ver el escándalo, la humillación, el resentimiento de otra gente contra él, pero que no hacían nada para enfrentarlo, por temor. O no querían, por codicia.

 

   Profundamente humillada, la mujer duda, pero cede. Quiere seguir junto a él, hasta que se enamore. Frank burlón, casi parece adivinar sus pensamientos. Que la muy tonta siga creyendo en pajaritos preñados. Cierra los ojos y bota aire al sentir las manitas de ella manipulándole el tolete erecto y nervudo, sacándolo del pantalón. Siente la cálida boca de la joven. Es tan rico… Pero sus pensamientos son igual de maravillosos. Hará lo que le de la gana con La Torre. Será el jefe. Germán lo perdería todo, al igual que la vieja loba de Norma. Eric sería echado como un inútil. Y luego… vendría el turno de su padre. También Manuel Caracciolo recibiría lo suyo. Abre los ojos, vidriosos ante el placer que siente, por esa boca que lo mama, preguntándose sí ya Eric habría abierto su regalo. Seguro que lo encontraría interesante. Ríe en forma amenazante… y alarmantemente maligno, piensa Naty arrodillada, y ocupada como estaba.

……

 

   En su apartamento, casi totalmente a oscuras como no sea la recamara principal, la cual está bañada por la iluminación del televisor, Eric, recién duchado y envuelto en una toalla, sale del baño. Mira a Irene que duerme apaciblemente. Al joven siempre le había intrigado el que ella pudiera dormir tan apaciblemente después del sexo. Él se sentía lleno de energías, pero también… incómodo. Una buena ducha siempre lo ponía de ánimos para descansar. La mira y sonríe. Sí, Irene será una buena esposa. Es una mujer que ha demostrado que lo quiere; que lo ha visto en sus días malos, cuando era una mierda de gente, y también en los buenos… y cuando está depre y sólo quiere morir, sin ninguna razón aparente.

 

   Siempre atenta, amistosa, cariñosa, porque lo amaba en verdad. Claro, ella no sabe, o al menos él espera que no sepa, lo otro… Y eso era parte de la carga que a veces lo agobiaba. Irene era increíble, y merecía cosas increíbles, buenas, maravillosas. Necesitaba un amor como esos de los que ella solía hablar, y el joven temía que sintiera por él, donde el tiempo de no verse era tiempo perdido, donde sólo contaban los momentos para encontrarse, hablar, besarse y tocarse. Irene parecía fría y distante, era una mujer sensata e inteligente, pero también era apasionada. Y quería un gran amor para ella, y creía vivirlo con él. Pero cuando dormía, levemente sonreída, ignoraba la carga de pesadumbre y de insatisfacción que embargaba al otro. Porque a Eric le parecía que la vida, su vida, era una gigantesca estafa. Que defraudaba a Irene, pero sobretodo, a él mismo. Y ese convencimiento, lo torturaba. ¿Podía la gente vivir para siempre con dudas y temores, sintiendo por lo bajo que había algo más, algo que tal vez pudo producirte una carga eterna de clímax, de excitación, de calor, de placer, de felicidad y no se buscó por miedo, dejación, pereza…?

 

   El hombre se sienta en la cama con cuidado y mira la televisión. Le gusta oír las últimas noticias del día, aunque fuera poco aconsejable para dormir, como cuando en el futuro viera la noticia, y las imágenes, sobre al general Arcadio Bittar, el mentepollo de Valencia, agrediendo a bastonazos a un grupo de peligrosísimos manifestantes, armados hasta los dientes con pitos y banderas. Lo que le faltó al uniformado fue ordenar que los destruyeran con lanza torpedos. Esa noche se le haría difícil conciliar el sueño; pero el joven era de los que pensaba que siempre era mejor estar preparado para lo que al otro día vendría. Pensar en el día siguiente le provocó acidez. Frank iría mañana a La Torre, y llegaría como los Hunos entrando a Europa, dejando el reguero.

 

   En eso su mirada cae sobre el paquete que le regaló el otro. Lo había olvidado, cosa que no es rara. Es tan extraño que ese perro regale algo, y menos a él. Entre ellos no existían rivalidades de casi hermanos, celos de amigos, discusiones de muchachos que crecieron juntos. Nada de eso. Él odiaba a Frank, y Frank a él. Ese era el equilibrio del mundo y así tenía que ser. Cuando los Caracciolo decidieron irse a Europa, dio una fiesta, porque fue feliz. Ahora la rata de alcantarilla esa había regresado, y con una meta muy clara, sacarlo de la presidencia de la firma. Y para ello contaría con Ricardo Gotta y tal vez hasta con Aníbal López. Con esa gente no iba a poder. No con todos a la vez. Endurece el rostro, pero no les iba a ser fácil librarse de él.

 

   Decidiéndose al fin a ver qué es o no podría dormir esa noche, Eric va hacia la mesita y toma la caja. No es muy pesada… aunque pesa como una botella. ¿Sería un vino envenenado? Sonríe burlón, sentándose nuevamente en la cama. Pega la oreja a la caja y se siente ridículo, no pesa tanto como para ser una bomba. Pero un sobre bomba era liviano, se dice con ironía. Finalmente lo abre y lo primero que encuentra es un trapito como de seda negra que toma, sintiéndolo liviano y suave al tacto. Su sorpresa no tiene límites…

 

   El trapito resulta ser una suave tanga tipo hilo dental, erótica, sensual. El sólo tacto produce un estremecimiento al joven. La extiende ante sí, mira y mide la poca tela. Imagina lo poco que cubriría en alguien como, y se odia por pensarlo, Frank. O en él. Eso le produce una poderosa ola de calor y su boca se seca un poco. Mira la pequeña tira que conforma la parte posterior de la prenda. La imagina perdida, enterrada entre unas firmes nalgas de macho. Unas nalgas sin líneas de bronceado, lampiñas y poderosas. El güevo le abulta poderoso dentro del suave short tipo bermudas que se puso hace poco. Se imagina metiéndose dentro de la prenda. Imagina la presión suave y acariciante que sentiría entre las nalgas al meter la tira. Imagina la poca tela cubriendo únicamente el tolete dado lo escaso de la prenda. El güevo le abultaría halando la tanga hacia abajo. Sus pelos púbicos negros y rizados se verían. Al caminar el bojote se mecería.

 

   Alguien como Frank, grandote, dentro de ella, causaría sensación en una fiesta de modelos masculinos o en la escogencia de candidatos para un concurso como el de los misters. Por un momento puede verlo, húmedo, saliendo de la piscina, con esa basurita chica y erótica, pidiéndole a él, Eric, que lo seque con la toalla. Maldito hijo de perra, hasta en las fantasías eróticas, mandaba. Pero le gustaría…

 

   En la caja hay algo más. Lo saca y abre mucho los ojos. Se trata de una revista cara, de hojas recubiertas con finas láminas de plástico. Hecha para durar y cuidar. Es una revista porno, pero ¡que clase de porno! En la portada hay un hermoso joven catire, vistiendo la gorra y el saco de un marinerito, sin nada más. El joven tiene el bello rostro sudado y elevado en un gesto de que goza lo indecible. Tras él, totalmente desnudo se encuentra un carajo joven, negro y con un güevo enorme, del que se ve una parte, que coge al catire. Los detalles, lo sudores, los gestos, todo es una obra maestra del porno gay. Eric tiene la boca muy seca. El güevo le palpita. Siente estremecimientos que lo recorren como gritándole que lo sobe ya. Con manos temblorosas abre la revista por otras páginas. En una de ellas hay un tipo sentado, con un joven montado sobre él, enculándose. Están casi cara con cara. Y tras el que es cogido hay un tercer carajo, también metiéndole el güevo. El joven que tiene los dos güevos clavados al mismo tiempo, tiene los ojos cerrados y una expresión de que le duele y lo goza como loco. También los otros dos se ven fascinados, en la gloria, al tener al chico que es capaz de soportar dos enormes falos clavados a un tiempo en sus entrañas, aceptando gozoso sus manducos.

 

   Eric jadea, algo escandaloso. Mira mareado y excitado hacia Irene. La mujer duerme apacible. Eric se aferra el güevo con una mano y siente como tiembla. Si lo aprieta un poco más se correrá. Pero tiene que apretarlo al mismo tiempo, para no correrse. Así de caliente está. Sabe que aún queda algo más en la caja, ¡y vaya caja! Mete la mano y saca un trapo largo como una media. La tela es suave y roja brillante. Toca algo que hay dentro y gime. Casi sabe lo que es sin necesidad de verlo. Lo saca y casi grita. Es un enrome güevo de goma, color carne, grueso, largo, nervudo, un poco curvo, cabezón. Eric lo mira horrorizado. El maldito de Frank se lo enviaba para burlarse, para decirle que… sabía que era un sucio maricón. Quién sabe qué estaba tramando. Ya le parecía raro que semejante sapo le regalara nada. Negros pensamientos, donde Frank le gritaba frente a todos, incluyendo a Norma, Germán e Irene que no era más que un maricón, llenan su cabeza por un momento.

 

   Y claro que usaría lo que sabía. Es la clase de cosas que al muy coño’e madre le salían bien. Mira el falo y siente cosquillas en las bolas. Lo toca. Lo palpa. Tiene una extraña consistencia dura, como su propio güevo. La brillante cabeza, con todas sus imperfecciones anatómicas tipo nervaduras y cosas así, se veía excitante. Lentamente lo acerca a su rostro. Abre la boca y frota la cabeza contra sus labios. Lo siente gomoso, consistente y estimulante. Siente como el culo se le estremece y el güevo sufre un violento espasmo. Lo frota. La lengua sale y lo lame. Cierra los ojos, imprudentemente con eso en las manos, mientras a su lado su novia duerme. La boca se abre más y lentamente rodeando la cabeza del dildo, lo besa. Lo chupa. Lame suavemente con la lengua. Así debía hacerse. Así había visto que se hacía en esas películas que lo hacían gemir, masturbarse y casi gritar, deseando estar él en esas escenas.

 

   La boca cubre la cabeza. Es difícil pues el falo de goma es grueso. Una vez oyó a alguien decir que lo mejor para los que les gusta mamar güevos, es comenzar jóvenes, para acostumbrarse al grosor. Casi ríe; es una risa avergonzada, histérica. Excitada. Su boca baja un poco más, siente nauseas por la presión del tolete. Imagina que está frente a chico del taller. Que está sudado, oloroso después de todo un día de trabajo. Y en tanga. Una tanga con una leve mancha de sudor y tal vez de orine. Y de jugos de macho. Se imagina a sí mismo, caliente y excitado, con el hilo dental negro como única vestimenta  cayendo frente a él, lamiéndole la silueta del güevo bajo la tanga. Lo vería crecer, emerger en toda su grandeza de la telita. Se lo imagina como ese dildo. Cabezón. Se imagina besándolo, metiéndoselo en la boca y chupando esa roja tranca. Lo sentiría caliente, agrio y salino.

 

   Mientras piensa en el joven, y su boca sube y baja sobre el dildo, una oleada de saliva escapa de ella, bajando por el falo de goma. Está excitado. Muy excitado. Siente como el güevo le babea. Puede sentir la humedad contra su muslo derecho. Imagina al muchacho jadeando, atrapándole la nuca con una mano joven y fuerte, gritándole que lo mamara bien, que moviera su boca de mamagüevo y que luego lo cogería hasta hacerlo gritar y llorar de gusto.

 

   Irene jadea en la cama y dice algo. Aterrado, Eric se saca el juguete de la boca y casi grita. Se siente culpable e idiota. La mujer sigue durmiendo pero él no puede continuar. Temblando de miedo y excitación por igual, deja el dildo y cae de espaldas en la cama. El güevo le abulta terriblemente poderoso. ¡Tiene que ocultar todas esas cosas! Sería horrible que Irene las encontrara. Podría decirle que fue una idiotez de Frank, pero eso sólo traería más preguntas. No. No podía mostrárselo. Ni dejar que supiera que estaban allí. Lo escondería y mañana tendría que enfrentar la sucia mirada de Frank. ¿Tendría sólo sospechas o sabría algo de cierto? Bien, no lo dejaría saber cuánto lo había afectado. Se toca el güevo y éste casi tiembla. Tendrá que volver al baño y desahogarse. Se sienta y mira la revistica porno. Era una joyita, aunque viniera del perro ese. La página abierta muestra al marinerito catire, con la casaca, con expresión de quien grita, mientras esta sentado sobre la cadera del negro, que lo encula.

……

 

   En la casona familiar, Norma tampoco puede dormir. Tiene demasiadas cosas en qué pensar. Ella no acepta tan fácilmente, como Germán, el que vengan a sacar a Eric de la presidencia de la firma, porque eso era en suma lo que querían hacer. Ella no luchó toda una vida al lado de Germán, incluso contra presidentes de la República, mafiosos y delincuentes de variada ralea a lo largo de los años, incluyendo al viejo sátrapa de Manuel Caracciolo, para que ahora vinieran a quitarle todo. Desde el corredor mira hacia los jardines; los problemas ahora eran mayores. No las cosas cotidianas. Sí Eric supiera lo que pasó y lo que ella tuvo que hacer meses atrás… Pero en lo que a ella respecta, nunca sabría nada de esa oscura y horrible etapa de su vida. El joven no sabría en todo lo que ella y Germán se vieron mezclados. Cierra los ojos, y como hacen y han hecho cientos de miles de millones de pecadores a lo largo de la historia de la humanidad, piensa: sí tan sólo tuviera otra oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Abre los ojos con decisión. No puede dejarse vencer. Lo hecho, hecho estaba. Era imposible recoger la leche derramada. Tampoco la sangre de gente  inocente…

 

   Ese pensamiento le provoca un muy desagradable estremecimiento. Debe concentrarse en el ahora, en lo inmediato. Y algo qué tiene que resolver y ya, era el matrimonio de Eric. Eso le llena de negras dudas y temores. Es su madre, ella… sabía cosas, pero no quería verlas. Lo mejor era que se casara, que contara con una mujer fuerte, dura y decidida como Irene. No le gustaba para nada esa mujer, y en otras circunstancias, de ser Eric… distinto, habría luchado por una nuera mejor. Pero por ahora, en estos momentos, Irene estaba bien. Era lo que él necesitaba. Un ancla. Estabilidad y respetabilidad, se dice convencida. Con el tiempo vendría la paz de la rutina, el amor del compañerismo y los hijos, y cualquier otra duda, anhelo o deseo, sería acallado y asfixiado hasta morir. Ella quería nietos, y no después de muerta. Ahora. Ese matrimonio debía darse antes de que este año tan infausto terminara, se dice, tomando de la copa de vino que tiene aferrada.

 

   Lo otro era Frank Caracciolo. Un frío odio le sube del vientre. No podía perdonar la traición de los Caracciolo; y sin embargo, dudaba. No quería lastimar a Frank, por lo menos no de una forma contundente. Y mucho menos a una persona inocente; pero Frank debía ser controlado. No podía dejar que le hiciera daño a Eric o que lo sacara de La Torre. Ella lo conoció de niño. Era caprichoso, voluntarioso y malcriado, pero hermoso, y no quería herirlo; pero Eric, su hijo, estaba primero. Por eso haría lo que tenía que hacer, por disparatado y cruel que pudiera resultar. Al final, muy al final, Frank sufriría horriblemente, eso era algo seguro, pero no podía evitarlo. Y no sabía sí quería evitarlo siquiera.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (4)

Febrero 14, 2009

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   Era tan creído… pero… ¡tenía motivos!

 

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.

 

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.

 

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.

 

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.

 

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.

 

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.

 

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.

 

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?

 

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.

 

   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.

 

   -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.

 

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.

 

   -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.

 

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.

 

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.

 

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.

 

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

……

 

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.

 

      Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas. El joven le da el perfil y es posible verle los pectorales, pero también el bulto entre las piernas, que resalta  contra la tela. El paquete se ve desafiante, listo a encenderse, a endurecerse. En alguien de su edad, el tolete estaba siempre listo para una erección. Y para la acción. Al darle la espalda, montándose casi sobre el capote para enjabonarlo, los músculos resaltan bajo la piel. Y el jeans se mete más dentro de las nalgas. Esa visión enloquece a Eric, quien repara en como el güevo le crece abultando contra la tela del pantalón. Siente unos deseos horribles de ir tras el joven, caer de rodillas y enterrar el rostro dentro de la rica raja. Seguro que olería bien, y que estaría tibia y hambrienta de mimos y caricias que él le brindaría gustoso.

 

   Caliente, hace un movimiento como sí realmente fuera a ir hacia él, cuando nota que alguien viene de la parte posterior de la casona. Es Pancho, un joven universitario que a veces hacía trabajos en la propiedad, desde traer café hasta reparar  mobiliario, o restaurarlo, como le gustaba decir a su madre porque sonaba mejor. Pancho es un joven catirón y atractivo, que se ve caliente dentro de su jeans desteñido y su franela negra que hace resaltar su torso. Sus nalgas muerden la tela del pantalón. El joven mira a Pedro, quien parece no haber reparado en él, y mira hacia la casona. Eric se medio oculta mientras tanto, tras unos setos del jardín. Con pasos sigilosos, Pancho va hacia él, que aún enjabona el carro. Eric ve que extiende una mano que hunde con fuerza, con ganas, con deseo de hacerlo, dentro de esas nalgas de macho. Pancho sonríe en forma mórbida, empujando su mano contra ese culito; se nota como la agita, queriendo ganar espacio. Casi todas las falanges de su mano desaparecen entre las tibias nalgas. Pedro se impacta, y se revuelve, dándole un leve manotón y soltándose.

 

   -Pancho, ¿qué coño haces? -pregunta como quien mira a alguien juguetón.

 

   -¿Qué crees tú, maricón? Jurungándote el culo. Lo tienes caliente, cabrón. -sonríe libertino, esa mano vuelve hacia las nalgas, hundiéndose en la tibia raja. Palpando lento pero con maestría.

 

   -¡Deja! -jadea alarmado el otro. Pero esa mano no sólo no sale, como nota Eric, sino que se mueve de arriba abajo, sobando y hurgando más, queriendo entrar toda.

 

   -No te resistas, güevón. Todo el mundo sabe que lo que tú quieres es güevo. Sexo duro y caliente por ese rabo… -dice libidinoso, apretando los dientes, sintiendo la calidez de esa raja contra sus dedos. Es un calor húmedo.

 

   -¡Eso es mentira! Estar cogiéndote a todos esos viejos maricas con real, te tiene loco. -jadea ronco, pero sintiendo un calorcito extraño que sube de su culo, de esa mano firme y joven que hurga y soba su raja. Casi gime, pero se contiene.

 

   -¿De qué hablas? Todos saben que en la fiesta de Dominga te rascaste y estuviste en el cuarto del hermano, oliendo un calzoncillo usado y mordiéndolo. ¡Que vergüenza! Y que arrechera, sí querías güevo por ese culo, ¿por qué no me buscaste a mí que te conozco desde hace años? Yo te lo habría dejado ahíto de esperma; para esos son los amigos, ¿no? -se burla, pero siente como su güevo va endureciéndose contra el jeans.

 

   -¡Es mentira! No es verdad eso que andan diciendo, que yo y que quería mamarle el güevo…

 

   -Te encontraron acostado en su cama, boca abajo, con la cara metida dentro del calzoncillo y meneando el rabo. Lo único que te faltó fue bajarte el pantalón y meterte una vela en el culo diciendo: sí, papito, cógeme… -finge su voz.- ¿Por qué lo niegas? Tú lo que quieres es…

 

   No dice más, pero le da la vuelta a Pedro, casi montándolo otra vez de panza sobre el capote, pegando las caderas de esas nalgotas. Su güevo erecto, caliente, con ganas de culo, se frota contra la raja. Lo maraquea sabroso de adelante atrás. Se queda totalmente pegado a él, y al que los mira le parece una visión fascinante de erotismo gay. Sonriendo, el catirón comienza a frotar su tolete de arriba abajo, como serruchándole el rabo.

 

   Ese macho tras él, sentir el duro tolete que palpita caliente casi entre sus nalgas, hacen que Pedro jadee aunque no quiere. Su culo ahora sube y baja un poquito, casi imperceptible, frotándose contra la dura barra, delatando las ganas que siente y tienes. Pancho sonríe, excitado. Pedro le estaba dando permiso, se rendía. Sus manos caen en la tibia espalda del otro, sobándolo.

 

   -Estás que ardes, Pedrito. Tienes ese culo deseoso de güevo de macho. Y yo te lo voy a llenar todo. -le susurra en la pata de una oreja, casi tendido sobre él, dominándolo.

 

   -No. Yo no hago… eso. -jadea mal.

 

   -Se ve que te mueres porque te enculen. Vas a saber lo que es rico. -dice maraqueándolo de adelante atrás con fuerza, estremeciéndolo con las embestidas. Esa pelvis parece firmemente pegada a esas nalgas. El calor que se genera en ese punto es grande.- Vamos para tu cuarto…

 

   -Pero… pero… -aún intenta resistirse, mirándolo sobre su hombro derecho.

 

   -No digas maricadas. Estás caliente. -y con una mano le da un apretón en una tetilla.- La tienes paradita, lista para que te la muerdan. -luego le atrapa el güevo sobre el short jeans.- Y éste está caliente también. -lo aprieta y Pedro jadea. Eric siente la boca muy seca.- Y éste… -le abre el botón del short, lo hala un poco y mete una mano allí, en la parte de atrás, sonriendo lascivo, mostrando la lengua. Esa mano hurga más abajo.- …tienes el culo caliente y mojado. Quieres güevo, panita. Y yo te lo voy a dar. Te voy a dejar llenito de rica leche. Te voy a poner ese culito como baño de deportistas… todo mojado y empegostado… -lanza una risotada.

 

   Pedro ya no puede más, se vuelve a verlo, excitado más allá del límite del sentido común. Eric puede ver su tolete casi saliendo de la suave tela morada. Una manota de Pancho cae sobre una de sus nalgas y casi lo lleva empujado hacia la habitación que está cerca de los estacionamientos. Eric casi no puede aguantar la palpitante erección, siente como ya le babea un poco el tolete. Es increíble lo que vio. Allí, en pleno patio de sus padres, un carajote maraqueó a otro y le prometió llenarle el culo con güevo y hacerlo chillar de gusto y de placer. Fue tan gráfico que Eric no puede dejar de imaginarse los dos bellos cuerpos, sudados y gimientes, cabalgando uno contra el otro en una danza de sexo caliente y vital. Y ese Pancho tenía cara de ocioso, seguro que conocería las técnicas secretas para hacer sollozar de placer sobre su cama a Pedro. Y la necesidad de verlos, de masturbarse o de entrar y participar, se apoderan con urgencia de él. Mira hacia el camino por donde se fue la parejita y piensa seguirlos, abrir la puerta y entrar, cayendo sobre ellos en la cama.

 

   -Eric, al fin apareces. -oye la fría voz de una mujer. Casi con un gemido de chasco, el joven se vuelve hacia la casona, donde una mujer bajita, de cabellos entrecanos y mirar altivo, lo observa.- Irene lleva casi una hora aquí. -y lo dice como si ya no pudiera aguantarla más.

 

   -Lo siento, madre. El tráfico… -se disculpa con la excusa universal del venezolano para llegar escandalosamente tarde a cualquier acontecimiento: boda o funeral. Cierra firmemente su saco, ocultando la escandalosa y dolorosa erección de su güevo palpitante. Coño, ya no vería sexo caliente y en vivo sino tendría que aguantar un chaparrón familiar. Y su madre salía a recibirlo…

 

   -Pasa. Tu padre quiere hablarte. -dice fría, besándolo en una mejilla y mirándolo como si fuera un tonto que fracasó en algo sencillo. Él entiende, es por la firma. Sabe que sus padres lo quieren, (o eso quiere creer, se dice irónico), y que no desean que fracase, pero lo esperan. Temen que fracase. La mujer recorre el patio con los ojos.- ¿No has visto a Pedro? -su voz es dura. Muy dura. Eric se sobresalta un momento.

 

   -Eh, no; debe estar por ahí… ocupado en algo importante. -dice evasivo. Sí, en llenarse el culo de güevo, piensa con un estremecimiento, eso impide que note la mirada gélida de Norma, quien sigue mirando los patios, molesta. La mujer se ve peligrosa, como si algo muy feo cruzara por su mente, algo relacionado con el tal Pedrito.

 

   -Si… debe estar ocupado. -suena feroz; y eso lo intriga un poco.

……

 

   Dentro de la pequeña sala donde reciben a las amistades, como se sentía él siempre que iba de visita aunque había pasado su niñez, adolescencia y juventud atrapado ahí, Eric e Irene aceptan una copa ofrecida por el fiel Jaime, un viejo servidor de los años más azarosos de la vida de Germán. El hombre está en un sillón, mal encarado. Norma le dirige algunas secas miradas mientras habla con la joven pareja, como pidiéndole calma y que actúe, para variar, con inteligencia, quitando esa cara de quien olfatea un pozo séptico. La mujer le dice  a la pareja que todas sus amigas preguntan cuándo es que se van a casar por fin, que ya ha pasado mucho tiempo y la gente no sabe qué esperan. Es realmente incómodo para Irene y Eric. Germán se pone de pie, como si tampoco él soportara tanta tiradera de puntas, nada sutiles por cierto.

 

   -Eric, quiero hablar contigo un momento. ¿Me acompañas? -Eric se pone de pie aliviado, es mejor enfrentar a su padre que los reclamos de su madre. ¡Y cómo se engañaba el pobre tonto!

 

   -Bien. -le hace una mueca a Irene, quien lo mira en forma… ¿compasiva? Intrigado, sale con su padre. Las dos mujeres se miran.

 

   -¿No le avisaron nada? -interroga Irene a Norma. La mujer toma de su copa.

 

   -No. Germán piensa que es preferible enfrentarlo al hecho en sí. -suena molesta. Odia lo que está a punto de pasar pero no pudo evitarlo. Tenían enemigos, eso estaba claro. Dentro de la firma había gente que conspiraba contra ellos. Bota aire, odia la palabrita conspiración. Odia… Intentando calmarse, mira a la joven.- Irene querida, no quiero meterme en sus vidas… -comienza. La joven hace una mueca de incredulidad, claro que quiere meterse, se dice.- …pero creo que Eric y tú están exagerando con esto de conocerse mejor. Por Dios, duermen juntos, ¿qué más esperan? Deben casase de una vez y estabilizarse. -suena urgida.

 

   -Es que… no quiero presionar a Eric. No quiero que sienta que lo obligo. Estoy esperando que él… -suena evasiva e incómoda. No entiende a la mujer. Sabe que la odia, pero parece transada a lograr ese matrimonio. La mujer, sentada a su lado en el sofá, le palmea una rodilla, en un gesto que intenta sea amable, pero la joven no lo siente así.

 

   -Querida, ese es tu error. -la desconcierta con su agresividad.- Tienes que admitirlo: algo pasa que no terminan de cuajar… -la mira como sí creyera que la falla estaba en ella.- Debes solucionar esto. Llevan cinco años de novios; en ese tiempo una mujer ya hubiera tenido hijos, o podrías haber hecho otra carrera universitaria. En cinco años una mujer dueña de su destino compra una casa, o se muda un par de veces. Viaja y ve mundo… En ese tiempo una mujer puede casarse, divorciarse y encontrar a alguien más. ¡Por Dios, son cinco años! Y créeme, no te estás haciendo más joven cada día, por lo menos no en esta dimensión. Debes pensar en los hijos, en qué edad quieres tener cuando lleguen, y cuál cuando tengan quince, dieciocho o veintiún años. Todas esas cosas hay que pensarlas y tenerlas en cuenta.

 

   -Lo se, Norma, pero… -se ve molesta y confusa.

 

   Dios, como odia a esta mujer impositiva, que la criticaba abiertamente algunas veces, y otras de forma solapada; que se burlaba de ella cuando decía algo que la otra consideraba tonto, que la corregía frene a terceros. Era una mujer imposible y detestable. Imagina lo horrible que debió ser para Eric crecer con una madre así, y se hace el firme propósito de que en cuanto se casen, intentará disminuir al mínimo las visitas a esta casa; pero en esto, la vieja loba tenía razón. También su madre, Mirna, sacaba esas cuentas…

 

   -A mí me preocupa… porque te tengo mucho cariño… -y lo dice sin ruborizarse ni atragantarse con saliva, mostrando algo que intenta que parezca una sonrisa; pero que no lo es.- No me gustaría que al final del cuento, todo terminara y quedaras así, en el aire, después de cinco largos años. -suena tan aterrador que la joven se inquieta más.- La gente va a comenzar a decir que hay algo que falla entre ustedes, y que esa relación no va para ningún lado. -es dura, toma su copa, mirándola.- Y esas son profecías que se cumplen solas.

……

 

   Eric y Germán caminan lentamente por los terrenos posteriores de la mansión, cerca del área de la piscina. La noche es tibia, pero la brisa refrescaba. Germán, seco, le dice que ha recibido queja de varios socios, no dice quienes pero Eric imagina que de Ricardo y Aníbal.

 

   -Papá, cada nueva dirección recibe quejas. La gente se resiste a los cambios, aunque sean para bien. Hay que darle tiempo al tiempo. -se defiende.- Déjame trabajar. -exige.

 

   -Lo mismo dice el Presidente… -suena hosco y Eric lo resiente. Era verdad.

 

   -Yo no estoy loco. -se defiende. Germán bota aire y sigue caminando; siempre evitaba hablar de política, al menos con él, se dice el joven para sus adentro.

 

   -Eric, eres mi hijo y quería que triunfaras en la dirección de la firma, pero no soy sólo yo. Me debo a los socios. Ellos también tienen voz y voto. -se para y lo mira.- Y sí sólo se tratara de los socios menores, podría… pasarlos por alto. Pero se han comunicado con Manuel Caracciolo en Niza, y él no es tan optimista ni tan paciente contigo como yo. No es tu padre y no tiene por qué guardarte consideraciones. -lo deja de una pieza.

 

   -¿Llamaron a los Caracciolo? -ya es posible ver la piscina y notar que alguien la cruza a nado, aunque él no le presta atención.

 

   -Y Manuel envió una respuesta. Deberás compartir las responsabilidades de La Torre con su enviado… -mira hacia la alberca.

 

   -¿Qué? -grazna, mirando las azules aguas.

 

   En ellas se encuentra un hombre casi treintón, de cabellos cobrizos y ojos azulados, fríos, burlones y crueles: Franklin Caracciolo, hijo de Manuel, abogado y enemigo jurado de Eric desde hacía años. Un ser atractivo pero malvado.

 

   -Frank y tú trabajarán juntos. -dice Germán, cansado, odiando hacer eso, pero sin fuerzas.

 

   -¡Debes estar bromeando! No voy a trabajar con Frank. -casi grita, furioso.

 

   -Eric, Eric… me lastimas, flaco. -se burla con su voz recia, el tipo, quien nada hacia ellos y con un impulso poderoso de sus brazos, sale de las azuladas aguas.

 

   Es un hombre enorme, muy alto, musculoso y atractivo. Una cadena algo gruesa, de oro, cruza su cuello recio. Y ese cuerpo tan grande, semilampiño, va cubierto únicamente por una tanguita roja, de suave tela mojada que enmarca su tolete que se nota mucho. Germán hace una leve mueca de desagrado ante eso; hombres en tangas, ¡que horror!

 

   -No digas idioteces, Frank. -ruge Eric. Es tanto su virulento odio por ese carajo, que ni verlo así, semidesnudo y sensual, lo afecta. Se vuelve hacia Germán.- Tú me dejaste a cargo y…

 

   -…Y tú la cagaste. -se burla Frank, halando la parte superior de la tanga, para acomodársela mejor. Por un momento se ven sus dorados pelos púbicos.

 

   Germán desvía el rostro, no entiende a esos carajos que intentan ser tan bonitos como una mujer. Una buena hembra en tanga era una cosa, pero, ¿un tipo? Nunca le han gustado los hombres ‘coquetos’. Dentro de La Torre iba deshaciéndose de tipos con colitas, cabellos teñidos, aretes y cosas así. Claro que a Frank no podía echarlo. Él y su padre, Manuel, tenían casi tanto peso como él dentro de la sociedad. Y los tiempos no estaban como para que mono cargara a su hijo, ni siquiera por un ratico. Eric no sabía de la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Los Caracciolo podían hacerles mucho daño, porque así eran: crueles, vengativos, tenaces e implacables. Eso los hacía enemigos terribles dentro y fuera de los tribunales.

 

   -Basta. Por un tiempo los dos trabajaran juntos. Es mejor que aprendan a llevarse bien desde ahora. -dice dando por terminado el tema y se aleja. Casi escapa a decir verdad. Eric va a seguirlo, pero se detiene volviéndose hacia el otro, que lo mira burlón.

 

   -¿Qué está pasando aquí? -le exige saber a Frank. El otro toma una toalla y se frota el cuerpo, con un gesto indolente de quien sabe que está buenote y es quien domina la escena.

 

   -¿No es obvio? Nos van a  probar. Van a decidir quien es mejor al frente de La Torre. Espero que no te hallas encariñado mucho con la silla de la presidencia; de todas maneras pienso cambiarla. Nunca pondría mi culo donde sentabas el tuyo. -se burla. Eric lo encara.

 

   -No creas que te va a resultar tan fácil sacarme de allí, Franklin…

 

   -No creo que sea muy difícil, Eric… -luego sonríe.- Tómalo con calma, no vine a pelear contigo, sólo a corregir tus errores. Mira, hasta te traje un regalito de Niza. -señala sobre una mesita una caja alargada, como donde se llevaría una botella de licor, pero algo más ancha.- Disfrútalo… -se burla, mirándolo cruel y se aleja.

 

   Eric lo mira con un profundo odio, pero ahora nota el porte felino del gran carajo ese. Esa tanguita era muy chica para un cuerpo tan grande y poderoso. La tela quedaba algo atrapada entre las nalgas, que se bamboleaban desafiantes, como queriendo ver qué mano se atrevería a meterse entre ellas, para sacar la roja y húmeda tela, y tenderla sobre los glúteos.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (3)

Diciembre 14, 2008

el-chofer

   Su madre sabía que ese chofer traería problemas…

 

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.

 

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito’. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo… suave. Blando.

 

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.

 

   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.

 

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca… y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras’), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.

 

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal. Tenía todo, y lo disfrutaba, le gustaba, pero cuando estaba  solas, cuando ya no había nadie más, ni siquiera Irene, dormida a su lado en la cama, un manto oscuro de soledad, de insatisfacción, de… tristeza por él mismo, lo envolvía. Despertaba, se duchaba cantando, besaba a Irene, desayunaba algo sabroso, conducía su bonito carro, trabajaba y trataba a otros. Estaba la piscina, el club, el gimnasio, el motocross… todo le gustaba. Era bueno, sabía que podía tener lo que quisiera, pero ese hueco extraño, que de noche no lo dejaba dormir, iba creciendo: ¿qué estás haciendo de tu vida, Eric? ¿Qué estas haciendo de tu vida?

 

   Y eso le atormentaba aunque quería espantarlo. Y como muchas otras personas antes que él, o justo en ese momento, entendió que se podía escapar de todo, obviarlo, esconderlo, pero no a uno mismo. Despierto, inquieto, con el corazón palpitándole en forma algo dolorosa y desordenada en esos extraños momentos de infelicidad, imaginaba una galería interminable de noches, de meses y años sintiendo ese pesar. Era cuando cerraba los ojos, y respiraba pesadamente, intentando pensar en cosas alegres, ligeras, pidiéndole a alguna cara amable (Irene, Sam, o el bebé de algún conocido) que lo llevaran hacia el sueño, para escapar, por esa noche, del tedio que iba apoderándose de su corazón.

 

   Vuelve a mirarse al espejo. Para Sam era sencillo aconsejarle que bajara, le mirara el tolete al muchacho y se le insinuara. Él jamás podría hacer eso, aunque lo quisiera mucho; aunque deseara más que nada en el mundo ver ese tolete creciendo frente a él, llenándose de sangre, de calor, de deseo. Era posible que hubiera gente que asumiera esas posiciones sin mayores traumas, pero él no. Le aterraba el que se supiera, el que lo señalaran, se burlaran o lo condenaran. Imagina la cara de sorpresa, decepción, disgusto y tal vez hasta de asco de sus padres, y sentía una angustia terrible. Nada más pensar en la cara que pondría su madre sí supiera cuanto le gustaría revolcarse en una cama con otro carajo, bastaba para que perdiera cualquier erección que tuviera.

 

   El hombre llega a los estacionamientos y ve a José Serrano, uno de los vigilantes de la compañía, recostado de su carro, fumando distraídamente un cigarrillo. Eric se inquieta. Es un joven algo bajito, musculoso, de rostro sonriente y pícaro. Pero lo más llamativo es el uniforme. Ese pantalón caqui se ajustaba a sus muslos como unos guantes. Se veían musculosos, firmes. Su culo se veía apretado contra la tela. Y entre las piernas se formaba un bulto que destacaba mucho, cilíndrico, alargado. Y Eric se preguntó, y no por primera vez, sí sería trapo del pantalón y la camisa, o güevo. Fuera lo que fuera, su mirada quedaba atrapada allí. Había pocas cosas tan excitantes como un carajo enfundado en un pantalón ajustado, que destacara sus carnes, caminando distraídamente por la calle, como inconsciente del tolete que se dibujaba contra la tela o como sus nalgas mordían algo del pantalón. Viriles. Machos.

 

   -Ah, buenas tardes, doctor Roche. -le sonríe José, arrojando el cigarrillo. Eric desvía rápidamente su mirada de aquella entrepierna. ¿Será tolete o trapo?

 

   -Buenas tardes, Serrano. Eso te va a matar, hombre. -señala el cigarro y le hace una seña de que le de uno.

 

   -El mundo se va a acabar pronto, o eso dicen, ¿por qué no gozar todo lo que se pueda? -le sonríe el joven tendiéndole la cajetilla. Eric medita sobre eso, encendiendo el cigarro.

 

   -El mundo se está acabando desde hace mil años y todavía estamos aquí.

 

   -A los que vivían hace mil años se les acabó, ¿o no? -mira el estacionamiento.

 

   Eric lo estudia y lo encuentra muy atractivo. Se estremece un poco pensando que últimamente todos le parecen atractivos y calientes; carajos con quienes tirar en potencia. Tantos años de negarse lo que sentía, lo estaban afectando con mayor frecuencia.

 

   -Al fin se acabó esta tarde. -suspira y bota humo, recordando que eso lo dijo Sam, hace poco.

 

   -Mi tarde no ha sido tan agitada. -sonríe, olvidando convenientemente la sesión de sexo que tuvo con Cecilio.- Uno se siente aburrido aquí solito… La tarde estuvo floja. Y eso ladilla. Siempre son mejores un poco duras, ¿verdad, jefe? -Eric lo mira fijamente. El otro mira a lo lejos, como perdido en sus pensamientos.

 

   -Eso creo. -responde confuso; no entiende para dónde va esa conversación, pero ya lleva tiempo allí hablando maricadas. Siente que algo meloso parte de José y no sabe sí quiere eso.- Debo irme. Hasta mañana. -sonríe con incomodidad y sube al carro, que enciende. Se oye un sonido feo, de algo que raspa.

 

   -Hummm, no se oye bien. Como que tiene problemas con el tubo de escape. Deben revisárselo. -dice mirándolo fijamente, asomado a la ventanilla. Eric lo mira confuso, su mirada traidora baja un momento a la entrepierna y cree notar que el tolete abulta un poco más. Se veía más atractivo, llamativo y apetitoso.

 

   -Gracias. Lo haré. -dice ronco y se aleja, despidiéndose con una mano. Eric lo mira por el espejo. José aún lo sigue con la mirada, con las manos en las caderas, sexy.- Anda, corre, maricón. ¿Qué te asustó tanto? ¿Qué te tocara el culo? Pero sí es lo que querías… -se reprende molesto a sí mismo. No sabe si lo imaginó, pero la conversación con José le pareció… extraña.

 

……

 

   Entrando en el difícil tráfico caraqueño, Eric enfila su carro hacia el Oeste, hacia el stadium Bernabé Salas. De tarde en tarde, Sam y él practican algo de béisbol o sóftbol con unos carajos conocidos a los que ahora se referían como El Grupo. Todos eran como ellos, profesionales, gente que trabajaba duro, que se llenaba de estrés y quería pasarla bien un rato, descargando tensiones y rabias corriendo, golpeando algo y gritando como demente. Siempre y cuando hubiera alguien por ahí, forman una caimanera y jugaban una partida o dos.

 

   La cola de vehículos está pesada. Con un suspiro de resignación el joven supone que se trata de alguna marcha de los opositores al Gobierno que andaban por ahí. ¡Y no sería él quien los criticara! El país vivía un duro momento. Él, con veintiocho años, dudaba que hubiera habido otro igual, con tanto desequilibrio social, político y económico. Un país que había conocido gobiernos malos, corruptos, torpes, o corruptos y torpes, ahora parecía haber llegado al llegadero. Esta gente que desdirigía los destinos de la República eran simple y llanamente unos delincuentes. Malandros que por un error trágico habían llegado al poder para mostrar toda su crapulencia, vicios y excesos; donde más que desvergüenza, o corrupción, todo parecía más un acto de demencia, de insania mental. Un momento histórico como éste sólo podría encontrarse en la Roma de los césares locos tipo Calígula o Nerón, piensa el abogado.

 

   La gente, luciendo una falta de sentido común, y aún de instinto de supervivencia que dejaba loco a cualquiera con dos dedos de frente, se las había ingeniado para tender sobre sí misma una trampa de muerte. La ratonera se cerraba día a día, las consecuencias de los trágicos acontecimientos ocurridos en el mes de abril de ese mismo año aún largaban sombras sobre el destino de todos. Un grupo de venezolanos que salieron a marchar exigiendo cambios de política y conductas en sus dirigentes fueron asesinados a mansalva en las calles cercanas al mismo palacio presidencial, públicamente, y los culpables aún no aparecían. No habían castigados, ni sancionados. La impunidad más feroz, más aterradora, se imponía. El miedo quería enseñorearse en todos. Las instituciones del Estado se usaban para taparear todo crimen, toda investigación seria, y miles de millones de dólares, como de horas de transmisión se utilizaron para crear una versión oficial que contradecía todo lo que ese día había ocurrido. Documentales y ‘películas’ habían sido financiadas, con sangre, y exhibidas en un sinfín de lugares llenos de imbéciles que quería oír y ver lo que deseaban ver y oír.

 

   Muchos pensaban que lo que estaba ocurriendo  era un castigo de Dios contra un pueblo excesivamente necio e irresponsable. Un país que hacía por segunda vez Presidente de la República a un hombre señalado pública y notoriamente de corrupto, de ladrón, y aún así lo aupó; y que después para castigar a los políticos corruptos e inútiles que ellos mismos colocaron allí, voto a voto, hacía presidente a un hombre delirante que les decía que los iba a poner a pasar trabajo, hambre y miseria (como Fidelio hizo en Cuba), no podía correr con mejor suerte de la que corrió. Era imposible escapar de las culpas y responsabilidades personales, por mucho que se intentara.

 

   Fue  una orgía de locura, de irresponsabilidad, de ignorancia y marginalidad de todos los estratos sociales del país. Hubo un desprecio al sentido común, a la lógica; se quiso probar con los golpes de suerte, con el vamos a ver si nos sale bien. Cosas como el trabajo serio y sostenido siempre eran dejadas al lado del camino, la planificación era difícil, pensar siempre lo era, y el trabajo era algo duro al que había que sacarle el cuerpo. Había que probar con los Mesías. Primero el corrupto que aparentemente multiplicaba la plata, luego el viejo estadista al que se le concedían dotes casi divinas, más tarde la reina de belleza universal que lo haría todo bonito y finalmente el militar raspado en el examen de Estado Mayor y que había probado el atajo de llegar al poder con una intentona de golpe militar, traicionando todos sus juramentos. Esos eran los íconos, las estampitas a los que el venezolano rezaba y se jugaba su suerte. Milagrería barata que le estaba saliendo cara.

……

 

   El stadium estaba poco concurrido y las luces ya se encendían aunque el despejad cielo caraqueño estaba encendido de un amarillo viejo, algo hermoso para algunos, deprimentes para otros; mientras tanto Eric, Sam y los conocidos de allí,  practicaban a batear y atrapar. Toda Caracas vivía bajo el estrés de la basura, el hampa, el mal gobierno y la angustia de no saber cómo terminaría todo eso. Pero por un rato podían evadirse con el ejercicio, con el esfuerzo físico, con los gritos y la agradable sensación de competir por ver quién era mejor. Eric tenía un brazo potente, era capaz de batearla más lejos y mejor posicionada que Sam, quien siempre alegaba que lo dejaba ganar para que no se sintiera tan mal con su miserable vida.

 

   Uno de los bateadores con más poder era Lucas Rondón, un negro cuarentón, de rostro liso, cabellos chicharrón cortos, con un bigote no muy ancho. Era alto, de brazos y pectorales fuertes. Uno de los pocos que inquietaba a Eric en las duchas; él, quien a pesar de lo que decía el mal hablado de Sam, no andaba pendiente de cada tipo que entraba en calzoncillos. Pero Lucas era… muy atractivo en su rudeza y virilidad. Albañil de corazón, había levantado una pequeña constructora, a la que ahora llamaban la Compañía. Era un carajote llano y franco, que bebía, comía y pagaba sin tacañerías.

 

   Más flojón para los ejercicios, pero bien dispuesto a la hora de beber, aunque no así para pagar donde mostraba una pichirrez a la que llamaba sentido del ahorro, Néstor Lobo era un treintón de cabellos castaños; médico de profesión, tenía como especialidad la urología, cosa que le ganaba gran cantidad de bromas de los demás sobre la cantidad de carajos desnudos que tenía que ver. Tenía una vena algo cruel y macabra para sus bromas. No había dolor más grande para él, que dar plata para algo, y eso que ganaba muy bien.

 

   Alirio Fuentes era un carajo algo más bajito y fornido, bromista, truculento y algo fastidioso. Con sus ganas de mostrar puntos de vista originales, a veces se empeñaba en discusiones que no llevaban a nada. Fuera de eso era poco lo que el grupo sabía sobre él; si le preguntaban en qué trabajaba, decía que en esto o aquello. Hasta su edad era cuestión de misterio. Aunque no mal parecido, había algo en él que le dificultaba encontrar mujeres, no como a Sam, Lucas o Néstor. ¡Y como era de atacón! Su actitud muchas veces resultaba molesta más bien.

 

   El último de los regulares era Renato Mijares, un joven reilón, alto y bien parecido, de rostro delgado y mirada algo perdida. Había un aire como de muchacho indefenso y buena gente que llamaba la atención de todos, aunque él no parecía explotarlo. Qué hacía, de qué vivía o si tenía novia, era un misterio para todos. Néstor, vulgar y directo como era, pensaba que era marica; pero era algo que a nadie constaba, ni importaba.

 

   Ese era el grupito que generalmente se reunía, jugaba béisbol, sóftbol o fútbol. Bebían cervezas, tomaban caña más picante y hablaban de todo, con descaro, con franqueza, casi con rabia. Tal vez algunos se ofendían o molestaban por lo que otro decía, pero en líneas generales a nadie le importaba. Eran hombres brutales y directos, una concepción que todos tenían más o menos de lo que debían ser. Mientras corren, atrapan y batean, se gritan cosas como: marica; abre los ojos, güevón; miren a la mamita, todas se le caen…

 

   Sentada en las gradas se encuentra Irene Guerra, una mujer alta, de rostro sereno y bonito, nada espectacular, pero hermoso, con el largo cabello negro lustroso atado en una cola, casual, simple. Viéndose bonita. A la mujer le gusta mirar a Eric jugar con sus amigos, claro que ignora qué otros jueguitos preferiría el hombre. Ella lo quería, y en líneas generales todos esos carrizos le caían bien; excepto tal vez Alirio Fuentes, con su aire atacón que no lo dejaba respetar ni a la mujer del hermano. Y Sam. Irene sentía que Sam no la tenía en un buen concepto, pero tal vez eran los celos del hombre que veía a su mejor amigo buscar a alguien más.

 

   Desde la cancha, Eric la mira y la saluda con una sonrisota, y en eso nota como la mujer es abordada por Lesbia, la mujer de William Bandre, otro socio minoritario de la firma, quien, es ahora que cae en cuenta, llevaba tiempo sin aparecer por La Torre. William no era amigo suyo, más bien lo contrario. Pero Irene, en una cena de la firma, había congeniado con la otra mujer, quien era una persona que buscaba amigos en forma algo desesperada. Lesbia siempre parecía que andaba nerviosa o agitada. Y la gente buscaba a Irene por su aire de mujer sensata e inteligente. Ella nota la mirada de Eric y le sonríe. Tras él, Sam le hace una mueca e Irene le muestra la lengua. Por alguna extraña razón, piensa Eric, la mujer no apreciaba a Sam, cosa que era curiosa ya que todo el mundo lo quería. A veces demasiado, más bien.

 

   La mujer llevaba cinco años saliendo con él en plan formal. De hecho desde la boda de Sam. Y ahora estaba pasando el tiempo con celeridad, más bien corriendo, se dice la mujer mirando a Eric (quien retrocede de espaldas y atrapa un batazo de Lucas), y aún no se concretaba la boda. Cuando Eric le telefoneó para que visitaran la mansión de sus padres esa noche, pensó en negarse. Sabía que Norma, la madre de él, no la apreciaba. Bueno, esa mujer no quería a nadie, se dice con disgusto. Ni a Eric, sospechaba ella. Norma era altiva, como una reina, y parecía pensar que su Eric era demasiado bueno para una profesorcita de inglés; y en el pasado se lo había hecho notar de forma indirecta, pero inequívoca.

 

   Sin embargo, con el paso del tiempo, la mujer parecía haber ido aceptando la idea de que Eric tenía que casarse con alguien; de hecho era ella quien más insistía en lo del matrimonio ahora; y parecía haberse convencido de que para eso serviría Irene como cualquier otra. La joven había notado que con el paso del tiempo, Norma se desesperaba. Por alguna razón que sólo ella entendía, parecía decidida a concretar ese matrimonio ya; pero Eric luchaba como bagre en el anzuelo, resistiéndose. Ella misma comenzaba a inquietarse, sin saber a ciencia cierta por qué. Eric la quería, se llevaban bien conviviendo juntos y en la intimidad de la cama. Pero por alguna razón, él no ponía le fecha y hora al casorio.

……

 

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.

 

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.

 

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.

 

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.

 

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.

 

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.

 

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.

 

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?

 

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.

 

   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.

 

   -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.

 

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.

 

   -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.

 

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.

 

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.

 

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.

 

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

……

 

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.

 

   Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS… (2)

Noviembre 30, 2008

tiene-algo-que-gusta

   Antes le gustaba una vaina, ahora otra…

 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

 

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios de la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro…

 

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado, apretado; notando como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la boca al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

 

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas… doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira, intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo… sácale la leche. Como te gusta tragar leche de machos, ¿verdad? Eso es lo que más te gusta… Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero… -dice mórbido, caliente.

 

   Baja de la mesa y para al carajo que lo mira jadeante, buscando como de besarlo, lo enloquece sentir la lengua de otro tipo en su boca; pero su barbilla ensalivada hace que José dude, obligándolo a darle la espalda apoyándolo de manos contra el escritorio. Se agacha tras ese hombre al que obliga a subirse el saco y la camisa. Encuentra muy erótico tener a ese tipo así, caliente, queriendo mamar y queriendo que le den por el culo (a Cecilio le encantabas que le dieran duro por ese chiquito), vistiendo su saco, su camisa y corbata de abogado y jefe suyo en la firma. Ya debía tener el culo caliente. Muy caliente y dilatado, esperando el ansiado asalto a su frutica secreta. El joven mira esas nalgotas plenas, de quien se ejercita, con una línea chica de bronceado. Las amasa. Sus dedos palpan y soban la piel cálida y firme. Se agacha tras él y su boca cae sobre una de ellas, mordiéndola, saboreándola. Muerde de una a otra. Su lengua las recorre. Están saladitas, tibias y temblorosas de pasión.

 

   Cecilio gime algo escandaloso, grita como un poseso cuando le hacen cosas así, eso era parte de su encanto según los que lo habían enculado antes. A los carajos les gustaba coger a un tipo alto y gritón como él, que jadeaba y chillaba por más; que gritaba que sí, que lo cogieran duro, que lo cabalgarán, que le rompieran el culo. Era un buen gritón y eso excitaba a sus machos. Esa lengua tibia en su raja, lo excita.

 

   Esa lengua cae en la raja interglútea, saboreando, lamiendo en forma ostentosa, evidente, con las ganas de quien disfruta un rico platillo al paladar. Esa tibia y babosa lengua arranca más gemidos del otro. A José le gusta eso, verlo así, caliente, queriendo más y más. Sometido a él. La punta de su rojiza lengua aletea sobre el sonrosado culito lampiño, que titila y se estremece ante las caricias del macho. Se ve pequeño, arrugado y deseoso de ser consolado y mimado. Esa lengua lame con ganas, dejando regueros de saliva. Cecilio cierra los ojos y casi se desmaya sobre el escritorio. Todo su cuerpo vibra queriendo más de eso. Sus caderas se agitan, van y vienen contra esa boca caliente que lo atormenta. Su  culito sube y baja agitado sobre esa lengua voraz. Quiere que se lo coman ya. Que le devoren su joyita caliente. El culo le echa candela. Está mojado, hecho una sopa.

 

   -Cógeme, papi. Cógeme. Métemelo todo en el culo. Anda… cógeme… -jadea mal.

 

   -Como te gusta que te cojan, ¿verdad? -un dedo de José se frota contra el ojito, mientras lo mama con ganas. El dedo frota y frota produciendo unas cosquillas tan ricas y desesperantes que el otro grita incapaz de aguantar más la dulce tortura.

 

   José sonríe cruel. ¡Que caliente y puto era ese carajo! Se pone de pie, colocándose tras él, con el güevo tieso como una barra de acero, frotándose caliente contra esas nalgas. La dureza, calor y palpitaciones del pene hacen que Cecilio, al sentirlo tras él, casi grite, echando más el ansioso culo hacia atrás. José se posiciona tras él, abriéndole más las nalgas con las manos, la roja e hinchada cabezota de su güevo se frota contra la chica entrada. Entra lentamente, muy lentamente. Se va clavando centímetro a centímetro, abriéndolo.

 

   Cecilio grita mirando hacia atrás, desesperado. Le duele. Lo desgarra, pero lo quiere adentro. Todo su cuerpo se estremece de deseo esperándolo. El güevote entra más y más, clavándose en sus ardientes entrañas. Entra todo y José se queda allí, teniendo el güevo totalmente encapsulado en ese culito. Siente como los músculos del hueco le aprietan y aprisionan el tolete, chupándolo. Cecilio grita, jadeando, sintiendo como el güevo palpita, creciéndole más dentro del chiquito. El tolete sufre espasmos, creciendo y soltando líquidos de lujuria.

 

   José monta sus manotas en las calientes caderas del otro, saca el tolete y vuelve a clavarlo. Lo coge con ritmo, con ganas. El güevo sale y entra victorioso, mientras Cecilio jadea, sintiendo como lo taladra rico. La tranca lo penetra, lo coge. Lo nutre. José lo goza y aprieta los dientes. Goza cabalgando a ese tipo sudado, al que arroja sobre el escritorio que cruje, empujándolo por la brillante espalda, subiéndole más la ropa. Le gusta verlo sometido, jadeando por más. Por más güevo. ¡Y Cecilio siempre quería güevo!

 

   Los cuerpos se mueven acompasadamente, en un vals de sexo y lujuria. Cecilio aprieta los dientes y cierra los ojos, sudando sobre el escritorio, mientras su culo va contra ese güevote que lo taladra. Las manos caliente de José se clavan en sus caderas y las pellizca. Se tiende sobre él. Cecilio gime al sentir el peso del hombre sobre sí, aplastándolo contra el mesón. Una mano de José se mete dentro de la ropa del otro y le atrapa una tetilla. Está erecta y dura. Caliente. La soba. La pellizca casi con dureza. Cecilio casi ríe y grita, gozando una bola. José se endereza y mira como el culo del otro va y viene sobre su güevote; ve como el huequito, porque parece chico, se abre tragándolo con ganas. Cecilio lo mueve de adelante atrás, de arriba abajo, casi en forma circular. Sabe bien como mover el culo sobre un güevo, reconoce José. Y cuando más caliente está, oye unas voces que se acercan fuera de la oficina del abogado.

 

   -Lo mejor sería suspender la junta. Tú no la convocaste. –oye que dice Sam.

 

   -¿Y qué crean que les tengo miedo? Claro que les tengo, pero no quiero que se sepa. -dice Eric.

 

   José se impacta y se queda quieto, con el güevo clavado en ese culito ardiente y hambriento. Cecilio, loco de lujuria, mueve el culo de arriba abajo sobre su pelvis, enculándose él mismo, jadeando bajito. La mano de José cae con furia sobre su boca. Callándolo. Sería horrible que los descubrieran así, no tanto por las apariencias, ya que Cecilio tenía mucho más que perder que él; sino porque no era prudente que Eric Roche lo descubriera enculando a otro carajo. Había… planes para él, planes que podrían estropearse sí Eric supiera que él no era un novato en ciertos asuntos. Podría preguntarse cosas que Cecilio, por ejemplo, no se había preguntado, caliente como estaba siempre por su güevo. Los oye alejarse de ahí.

 

   Mientras piensa en lo que tiene que hacer más tarde, y en Eric (a quien alguien tenía en la mira y de mala forma), José sigue cogiendo al carajo al que le cubre la boca aún. Ahora lo hace porque lo excita. Le mete dos dedos en la cálida boca y Cecilio, con una ansiedad admirable, los lame y lengüetea. Cerrando los ojos, jadeando y moviendo el culo, Cecilio recuerda los días en que iba a la playa y se quedaba mirando a los carajotes grandes en tanguitas. Como le gustaban esas nalgotas musculosas de machos viriles semicubiertas con una suave telita a la que provocaba pasarle la mano. Y los bultos, como se los acomodaban esos carajos para lucirlos…

 

   José sonríe, pensando en lo que tiene que hacer en el futuro inmediato, y en el dinero que puede ganar; todo gracias a Eric roche. Siente como su güevo se tensa horriblemente, tanto que Cecilio abre los ojos y boca al sentir ese tizón en el culo, que luego se estremece y vomita una cantidad grande de leche caliente dentro de ese hueco que palpita y chupa cada gota del cálido néctar. José jadea, bombeando más y más en un culo que suena plo plo al estar lleno de semen pegajoso. Cecilio se para bruscamente, sintiendo como su propio cuerpo se estremece y José lo abraza por la cintura, teniéndole el tolete aún clavado en el culito. El güevo de Cecilio se vacía con una larga corrida sobre su escritorio.

……

 

   La junta no comenzaba nada bien, se dijo Eric al notar que había concordancia entre Aníbal y Ricardo Gotta. Tradicionalmente esos dos se enfrentaban por el control de una buena parte de la firma, pero ahora parecían trabajar hermanados. Ricardo, quien miró con mala cara a Cecilio al llegar tarde y agitado, comenzó su diatriba contra Eric, intentando parecer tranquilo.

 

   -Nos pareció oportuno a Aníbal y a mí, convocar a esta reunión, Eric. Todos aquí, minoritarios o no, tenemos intereses creados en la firma. Y nos parece que tu bendita costumbre de vetar proyectos y clientes, sin tomar en cuanta la opinión de los socios o abogados que traen a esa gente, se vuelve francamente irritante. Nos estás coartando, no tenemos libertad de acción y estamos perdiendo mucho dinero. -es tajante.

 

   -Y cancha. Hoy hay clientes que van con otros. Gente que tradicionalmente estuvo con nosotros, aquí. -acota Aníbal, suave. Eric lo mira molesto.

 

   -El derecho a veto es un privilegio de la presidencia. Siempre lo ha sido. En tiempos de mi padre nadie discutió…

 

   -Discúlpame la sinceridad, mi estimado Eric, pero tú no eres Germán Roche. -suena burlón y menospreciador.- Tu padre no limitaría el área de influencia de La Torre, ni de los socios.

 

   -Lo siento, Ricardo, pero ahora soy yo quien está al frente y quien toma las decisiones. Mi padre está retirado. -es seco. Se siente molesto. Sam se ve preocupado y mira a Aníbal.

 

   -Es que ese es el centro de la cuestión. El problema… es tu liderazgo. -sonríe Ricardo. Eric lo mira impactado.

 

   -¿Estás cuestionando mi cargo o mi derecho a estar aquí? Después de los Caracciolo, la mayoría accionaria de la firma pertenece a mi familia. Sí tú y el resto de los socios presentes quieren disputarme… -se acalora.

 

   -Nadie está negando tú derecho a estar aquí, Eric. -es frío Aníbal.- Pero ésta es una sociedad comercial. Somos abogados, pero también hombres de negocios. Y sí no ganamos dinero, lo estamos perdiendo. Y tú, nos estás haciendo perder mucho. -Ricardo se inclina sobre el mesón, enfatizando su posición con unos leves golpes de nudillos al mesón.

 

   -También influencias.

 

   -¿Y qué se supone que vamos a hacer? Mi posición es clara. Lo ha sido desde el principio. Actúo según creo, es lo mejor. -se altera.

 

   -Es cierto. El problema viene desde el inicio de tu gestión. -Ricardo es falsamente suave, se ve que disfruta eso.- No puedes culparnos si deseamos… remover el escollo en el que te has convertido. -Eric se impacta. Igual Sam.

 

   -¿Estás amenazándome, Ricardo? No tienes el poder dentro de la firma para… -Aníbal lo interrumpe.

 

   -Modera tu tono, Eric Roche. Somos socios y colegas, no servidores de un niño rico. -eso impresiona a Eric.- Tu padre ya está en conocimiento del disgusto de la junta. Él… ha entendido nuestra posición.

 

   -¿Germán? -gruñe Sam, sorprendido.- ¿Lo consultaron?

 

   -¿Fueron con mi padre antes de hablar conmigo? –Eric se levanta de la silla furioso.

 

   Al joven le costaba enfrentar a su padre. Siempre había sido un hombre justo y recto, pero feroz e implacable dentro de los negocios y los tribunales. El joven sentía que su padre no lo veía como un digno sucesor; que Germán creía que le faltaba garra y maldad para dirigir los negocios. Ahora ellos, los socios, le iban con la queja, saltándolo a él, como sí fuera un niño tan necio y estúpido que no debía dársele la oportunidad de joder aún más las cosas. La rabia lo domina.

 

   -No nos dejaste otro camino. -dice Ricardo, sonriente; como la hiena que es, piensa Sam.

 

   -Mi padre no se dejará convencer por… -le cuesta hablar. Conoce a Germán. Es duro. Es cruel. Combativo. Él no se dejaría acorralar por los socios. Ni por Ricardo. Ni por Aníbal.

 

   -Tenemos su promesa de que hablará contigo lo antes posible. -lo impacta Aníbal.- Propongo suspender esta junta hasta mañana, para que tengas tiempo de hablar con él. -Eric parece que va a lanzar un juramento, cuando Sam se adelanta poniéndose de pie y cerrando su saco.

 

   -Creo que es lo mejor. Señores… -con una leve inclinación de cabeza, toma a Eric por un brazo y casi lo saca a rastras de allí.

 

   Ricardo cruza una mirada divertida con Aníbal, pero éste no le corresponde. Sólo piensa en lo maravilloso que será el día en que saque a Ricardo de allí, como hoy hacían con Eric. Por su lado, Ricardo imaginaba algo parecido. Y como todos en este mundo, ninguno de los dos imaginaba lo que el futuro traería.

……

 

   Por el pasillo van los dos hombres. Eric tiembla de rabia. Sam se ve pensativo, serio.

 

   -¿Por qué acordaste con ellos? No voy a soportar que me hagan esto, Sam. Es…

 

   -Un golpe de estado. Te quieren tumbar y tú se los pones facilito, pato. -comenta con amarga ironía el otro.- Como están tan de moda los golpes, te dan uno… -su cerebro trabaja a millón.

 

   -No pueden tratarme como a un niño caprichoso, al que le van con quejas al papá para que le hale las orejas y lo obligue a hacer lo que no quiere. No voy a dejar que Aníbal y Ricardo me amenacen ni que me controlen. -grita.

 

   -¿Y qué ibas a hacer? ¿Caerte a coñazos con los dos? Aníbal y Ricardo, cada uno por su lado, asustan, juntos son de terror. Seguro que uno sabe artes secretas y mortales de ninja y el otro magia negra de la que hace aparecer demonios y cosas así. Y es obvio que han llegado a un acuerdo entre ellos. Y que han hecho participe a tu padre de eso. Sí el viejo Germán convino en reprenderte… algo muy poderoso deben estar usando contra él. -suena preocupado.

 

   -No me interesa. Iré contra todos esos coños’e madre… –ruge, molesto, decidido. Sam le atrapa un hombro y con cierta rudeza lo empuja contra la pared, como queriendo meterle sentido común a fuerza de golpes en la cabeza. Lo señala con un dedo y lo apuñala con él en el pecho.

 

   -No te comportes como el niño caprichoso que supones que todos creen que eres. Averigua primero qué está pasando y qué terreno estás pisando. Cálmate… -le sonríe en forma encantadora.- ¿Por qué no vamos esta tarde a dar unos cuentos batazos? El ejercicio físico tal vez te haga pensar un poco más en frío. Aunque para mí, tú como que no piensas mucho… -baja la voz.- Como no sea en güevos y tipos lavándose el culo.

 

   -Déjate de maricadas. -suena algo molesto.

 

   -¿No te sientes extraño utilizando esa palabrita para insultar a otros hombres? -ríe Sam.

 

   Eric, mortificado va a decirle algo, pero Serena Salgado, su asistente, se le acerca a paso vivo. Le anuncia que su padre, don Germán, lo citó esa noche en su casa. Que no falte, pues se trata de algo muy importante.

 

   Eric y Sam cruzan una mirada incómoda. Sam no envidia para nada esa velada. Serena mira a Eric, el mensaje no le gustó. Tal vez esa información tenga algún valor para el Capo, siempre le pedía que mantuviera muy bien vigilado al joven. No estaba de más ganarse una platica así, piensa sin demostrar nada. La mujer no siente ningún empacho en espiar a su jefe y salir luego corriendo a contar todo lo que hace; era parte de las luchas que se escenificaban dentro de La Torre.

……

 

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.

 

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito’. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo… suave. Blando.

 

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.

 

   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.

 

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca… y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras’), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.

 

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

LUCHAS INTERNAS

Noviembre 11, 2008

culo-de-macho1

Las cosas que pasaban en ese taller…

 

- 1 -

 

   La guerra que se desató entre los Roche y los Caracciolo, que casi destruye La Torre, y por poco no tumbó al Gobierno mismo, alcanzó su punto culminante, el principio del final, una tarde en que Eric Roche espiaba desde su ventana en el piso quince, como hacía todas las tardes, a una belleza ruda y primitiva que se duchaba desnuda, ignorante de la existencia del apasionado mirón, quien no perdía nunca un detalle de tan curioso ritual.

 

   El joven abogado, sentado tras su escritorio revisa, ceñudo, unos papeles. Los números, las cifras, los reales se empeñaban en no cuadrar. Que vaina, se dice mirando un balance mensual; los socios no iban a estar nada contentos. Y para colmo citaban a una junta de última hora de la que él nada sabía. Seguro que no era para felicitarlo por la manera en que dirigía la firma, últimamente nadie lo apreciaba mucho. Botando aire, arroja la carpeta con disgusto. Ojalá ese día ya hubiera terminado, piensa cansado y estresado. De forma casual mira su reloj y, lanzando una maldición, se pone de pie rápidamente. Va hacia la ventana y aparta, con cierto disimulo, algunas persianas. Se siente avergonzado y excitado de hacer eso cada tarde. Pero no puede evitarlo.

 

   En la parte posterior del callejón se encuentra un pequeño, sucio y ruinoso taller mecánico. Allí estaba su joven amor, su musculoso y atractivo mecánico preferido. Todas las tardes era el último en irse; y al estar a solas, tomaba una larga ducha en una destartalada regadera que estaba bajo un techito, pero a la que era posible mirar desde la ventana de Eric.

 

   Allí estaba el joven, alto y fuerte, muy masculino. Vestía una sucia franela y un jeans viejo, ajustadísimo. El joven, nota Eric, se quita la franela. Es tetón y lampiño. Arroja los zapatos por ahí y se quita el pantalón. Un suspiro escapa de los labios del hombre, quien mira fascinado al joven. El tipo usa una mínima tanguita azul, de tela suave, que cae hacia abajo sosteniendo el bojote. Parece un buen paquete, piensa el otro, con los vellos de la nuca erizados.

 

   Eric lo sigue con la mirada mientras el muchacho va de aquí para allá, buscando y acomodando cosas, como toallas y ropa limpia. El bojote salta y se mueve llamativo de un lado a otro. El abogado se siente mareado, de buenas ganas caería sobre el sucio suelo del taller para atrapar con su boca ese paquete dentro de la pequeña prenda. El hombre sabe para sus adentro que sería algo rico, excitante. Que su boca se llenaría de saliva y de gusto, palpando ese manduco que crecería grande y caliente dentro de su boca, la cual ahora siente seca.

 

   El joven finalmente se quita la tanga. A pesar de la distancia desde donde lo espía, (y hay que reconocer que el hombre parece tener buena vista), el abogado repara en el tolete pálido que se ve largo y grueso, emergiendo de una maraña de pelos oscuros y rizados. El chico va hacia la ducha y las nalgas se ven claras con la franja del bronceado. Eric toma aire, imaginando al atractivo joven acostado sobre una toalla en la blanca arena de una playa muy concurrida, asoleándose con un diminuto bikini firmemente ajustado a sus nalgas, algo hundida la tela entre la raja interglútea, rodeado de una corte de mirones, que estarían deseando tocarlo o aplicarle el bronceador. Esas nalgas se ven paraditas y firmes. Seguramente el muy maldito iba mucho a los gimnasios a ponerse buenote, imagina Eric. Y seguro que todos los carajos allí lo mirarían deseando darle una buena mamada a su güevo caliente y duro.

 

   El muchacho abre la regadera y el agua cae sobre su cabeza, mojando sus cabellos, bajando por todo su musculoso cuerpo. Eric lo ve meter los dedos en sus cabellos, tomar un jabón y comenzar a enjabonarse las axilas y el pecho. Sus manos bajan más, hasta entrar en su pelvis. El jabón produce una capa de espuma cubriendo su güevo y bolas. El abogado nota como el tolete comienza a crecer poco a poco, estimulado por las caricias de esas manos. Ve como el joven se recuesta de la enmohecida pared (desde lejos se nota que es un cultivo de microbios), y sigue enjabonándose y acariciándose la  semierecta  tranca, gozándolo. Era casi una masturbación y el hombre que lo espía siente la boca aún más seca.

 

   Ahora ocurre algo que siempre pone a millón a Eric, con unas ganas locas de sacarse el güevo allí mismo y masturbarse, o bajar y caer sobre el muchacho. El joven le da la espalda a la ventana y el agua corre por la nuca y la recia espalda entrando entre sus nalgas, como un pequeño río que va a un cause secreto. Pero no es lo único que entra en tan fascinante lugar; las manos enjabonadas del mecánico entran también. Se diría que para enjabonarse el rabo, pero aquello parecía más bien una deliberada y lenta caricia. ¡Parecía sobarse el culito!

 

   A veces, Eric cree que se engaña, pero otras está seguro de que ese joven en verdad, se soba anhelante el culo, y quien aceptaba así la delicia de semejante caricia, puede aceptar otras cosas, piensa mórbido. Se imagina a su lado, siendo su mano enjabonada la que entra entre las firmes nalgas, acariciando la raja interglútea, para cebarse luego sobre el ojito del ano, al que atendería con diligencia, con ganas. Puede verse a su lado, puede ver el agua que corre por la espalda, su propia mano enjabonada metiéndose entre las apretadas nalgas, acariciando las secretas y tibias interioridades del otro macho.

 

   Su mano se cebaría sobre el titilante culito (ya que en su mente, palpita con ganas), deseoso de ser sobado y acariciado. Puede hasta ver el rostro del joven, húmedo, con el cabello pegado a la frente, con los ojos cerrados y jadeando levemente, en dulce agonía, temblando, mientras su agujero era sobado y acariciado por él, esperando el momento en el cual el índice comenzará a clavarse en su apretado y virgen esfínter.

 

   Volviendo a la realidad, a Eric le parece que el joven echa las nalgas un poco más hacia atrás, abriéndose más de culo. El mecánico parecía inspirado esa tarde. La mano grande entra y sale, enjabonando y acariciando una y otra vez de entre esas nalgas. Puede ver que la mano sube y vuelve a bajar, lenta. ¿Se masturbaría hoy bajo la ducha? De tarde en tarde, de pie bajo el agua, allí, en un taller de techo abierto a la posible vista de todos, el joven se hacía la paja, pensando en alguna oscura, secreta y sucia fantasía. El tolete le crecía como una barra larga y dura. Y tan perdido está Eric contemplando al joven, imaginando lo mucho que le gustaría estar ahí a su lado, enjabonándolo, siendo él quien metiera la mano entre esas nalgas que se adivinaban firmes y musculosas, que no oye pasos fuera de su oficina. La puerta se abre y entra Samuel Mattos, su socio y amigo.

 

   -Al fin se está terminando este día tan mierdoso. -comenta alegre Sam, impactándose al verlo cerca de la ventana, con el saco abierto y una escandalosa erección bajo la suave tela del pantalón.- Coño, ¿otra vez, maricón? Tápate esa vaina, no joda. -finge poner cara de asco.

 

   -¿Es que no sabes que se debe llamar antes de entrar? -replica molesto Eric, cerrándose el saco y alejándose de la ventana, malencarado.

 

   Le molesta haber sido sorprendido así por Sam. Y también el haber sido interrumpido en su miradera; por la sobadera que su joven amor tenía allá abajo, esa tarde habría paja y ya no podría verla. Va a su sillón y toma asiento, indicándole al otro que haga lo mismo.

 

   -Ay, discúlpame. No se en qué estaba pensando que no llamé; no se cómo no se me ocurrió que estarías a punto de hacerte la manuela mirando a un carajo que se lavaba el culo allá abajo. -es burlón. Se sienta frente al otro.

 

   -Si lo dices así, suena como algo malo.

 

   -¿Hasta cuándo vas a seguir con esa paja? Te gusta ese carajo, de hecho te gustan todos los carajos, y sigues negándotelo. Deja de masturbarte viéndolo y haz algo. Baja al taller ese y le dices que tienes un problema con el tubo de escape y  que necesitas una mano experta que te lo arregle. Mientras se lo dices, tócate el güevo y mírale el suyo. Seguro que ése entiende. Después de todo un tipo que se baña desnudo sabiendo que desde aquí pueden verlo, no presagia nada bueno. Un hombre bien criado no haría algo así. Seguro que ése anda buscando guerra. Baja y ofrécele una buena mamada de güevo, quien quita y te sorprenda. -lo dice jovial, como si se tratara de la cosa más simple y posible del mundo.

 

   -Claro, le digo eso y me revienta el culo pero a patadas. -Eric se incomoda un poco, como siempre que habla de ese aspecto de su vida personal con Sam. Aunque sólo con él puede hacerlo. Sólo él lo conoce tanto, aunque no en el sentido bíblico.

 

   -O baja, salúdalo y comienza a hablar de la situación del país. Con lo mal que anda todo, seguro que el tipito lavaculo te suelta algo como que la anda pasando mal, y está mamando. Es cuando tienes que verlo directamente a los ojos y lo sorprendes diciendo algo sutil como: y a mí me encantaría mamártela. -ríe.

 

   -¿Quieres que me maten?

 

   -No estés tan seguro. Tú no eres tan feo. Y una boca caliente y golosa que quiera mamártelo, casi siempre se agradece. No hay nada mejor que una buena mamada en el güevo.

 

   -Lo dices como si ya lo hubieras probado. Dar la mamada, quiero decir. ¿Hay algo que no me hayas contado pero que te mueras por decírmelo ahora? -es irónico.

 

   -No seas mamón. A mí los hombres desnudos, me dan asco. -sonríe en forma encantadora.- Sólo intento ayudarte. Tu vida es una mierda y ya comienza a apestarlo todo.

 

   -Deja mi vida en paz, ¿bien?

 

   -¿Cual vida, Eric? Te escondes en tu oficina, en tu familia y en la zorra de Irene para ocultar lo que sientes y lo que quieres. Te gustan los machos y te atormentas fantaseando y soñando con ellos, pero sin darte el gusto. Siempre he sospechado que te gusta el béisbol para verte rodeado de esos carajos en los baños. Y ahora estás a punto de casarte con Irene, que parece una cuaima con dolor de muelas. Esa sí que te va a hacer la vida de cuadritos.

 

   -Déjala en paz. Mi vida privada la elijo yo. Y tú no tienes nada de qué hablar. Tu matrimonio con Linda no es precisamente el remanso de paz y amor que todo hombre envidia o desea.

 

   En cuanto lo dijo, Eric se arrepintió. Sabía bien que Sam sólo intentaba ayudarlo porque lo apreciaba como a un hermano. Siempre había sido así. Llevaban años de amigos y nada había empañado eso, ni siquiera su interés cada día más creciente, urgente y desesperado por los hombres en el aspecto sexual.

 

   Sam se había casado hace unos cinco años atrás con Linda Santana, su novia de toda la vida; pero no parecía haber manera de que fueran felices. Linda era una mujer maniática, celosa, obsesiva y peleona. Celaba a Sam de todas y todos. Y tenía motivos aparentes para ser tan insegura y obsesiva; Sam era un carajote alto, musculoso, de cabellos claros muy finos y de unos ojos reilones y verdosos. A Eric siempre le intrigó no sentir algo de interés sexual por él; pero sabía de muchas, y de algunos, que sí lo sentían.

 

   Y sin embargo todos los temores de Linda eran infundados, pues aunque atractivo, amable y alegre, Sam era un hombre fiel y devoto a su matrimonio, cosa que sorprendía a mucha gente dentro y fuera de la firma. Eric sabía que Sam sufría por los celos, los escándalos, los reclamos y los ataques nerviosos de Linda. Había intentado que la mujer fuera feliz, pero ella parecía incapaz de serlo. No importaba cuanto se esforzara él en ser amable y atento, para ella siempre había motivos de quejas. Y siempre había sido así.

 

   -Linda está insoportable. -admite Sam con un suspiro.- No sé  con qué nuevo cuento le vinieron y está de un humor tempestuoso. -mira su reloj.- Es hora de ir a la junta.

 

   -No entiendo para qué la han convocado.

 

   -Lo sabes bien. Las cosas no marchan como deberían. Los socios no están contentos. Ni yo tampoco. -dice preocupado.- Y eso que sólo soy un socio minoritario. Estamos perdiendo cuentas y dinero, Eric. -encoge sus recios hombros.

 

   -A papá tampoco le gusta y no pierde ocasión de decírmelo. -replica deprimido.

 

   Siempre se ha sentido vigilado y juzgado por Germán, su padre, y la impresión que tiene es que no sale muy bien librado de esos juicios. Ambos se ponen de pie y van a salir. Eric lanza una fugaz mirada a la ventana. Sam lo nota y sonríe burlón.

 

   -No sigas sufriendo. Baja una tarde de éstas, cuando sepas que está solo. Míralo con ojos de ternero degollado cuando le hables, mirándole el bulto y seguro que terminas tirado en un montón de mantas sucias de grasa, hediondas a orine, entre basura y chatarra, con las piernas en los hombros del carajo ese y bien cogido; o él gritándote: chúpame el culo, chúpame el culo. Ah, se oye tan  romántico… -se burla cruel.

 

   -Anda a joder al coño’e tu madre. -replica levemente molesto Eric.

 

   -¡Vulgar!

 

 

   En la sala de juntas esperaban ya Ricardo Gotta, Aníbal López y varios socios minoritarios. La firma de derecho penal, mercantil y de todo lo que hiciera falta, conocida como La Torre, era un bufete respetado y en buena medida temido dentro del mundo judicial y legal. En el pasado estuvo conformado por abogados duchos en las artes jurídicas dentro y fuera de los tribunales. Eran gente de componendas cuando hacía falta, con defensas o demandas brillantes; tajantes y crueles cuando la ocasión lo ameritaba. Los viejos fundadores, Germán Roche, padre de Eric, y su socio, Manuel Caracciolo, no se distinguieron nunca por su heterodoxia en su manera de actuar. Recurrían al argumento o argucia que hiciera falta para triunfar. Eran los años en que los juicios se ganaban o perdían según la tribu judicial que llevara el caso (generalmente nunca dentro del tribunal), y esos hombres supieron manejar su oficio, pero llevándolo con elegancia y cierta clase.

 

   El bufete representaba a grandes compañías demandadas por empresas menores que se sentían acosadas, espiadas o intervenidas por los grandes. Defendía a artistas, políticos, deportistas, empresarios y hasta miembros del clero (los que representaban a la gente de éxito, la gente del momento de cara a la opinión pública), en casos de divorcios, infidelidades, consumo o tráfico de drogas, lesiones, agresiones personales, casos de violaciones y otros. No había caso pequeño o cliente menor sí el precio era convenido y se podía lograr la gratitud de los poderosos, cosa que garantizaba el poder del grupo.

 

   Años atrás ese esplendor se alcanzó en La Torre representando a importantes grupos políticos, empresariales y a banqueros; en conclusión, alcanzar justicia era prácticamente imposible, a menos que se pagara a precio de oro. Las tribus, esa nociva unión de jueces con bufetes específicos que convenían precios y resultados con sus mercaderes, gobernaban en los tribunales y fiscalías. Muchos llegaron a jueces, aún en lo que se conoció en la antigua república como la Corte Suprema, de la mano de grupos de abogados aliados con toldas políticas, como único mérito, en tiempos en que las personas percibían que estaban en el infierno y que nada peor podría haber. Era algo conocido de todos. Y La Torre contó con su cuota de poder en todo eso.

 

   Pero los tiempos cambiaron. Gente más torpe y corrupta, más inmoral, dominaban la escena política en esos momentos, comprobando aquello de que el infierno sí podía existir. Bufetes como La Torre, aún conservaban parte de su influencia y poder, pero muy disminuidos. Para colmo, los viejos se habían apartado, llegando la hora de gente nueva, idealista y decente como Eric Roche o Sam Mattos. Ninguno de ellos habría aceptado de buenas ganas el defender a alguien enredando un expediente o ensuciando la memoria de un muerto o de su gente, como en el caso defendido por el bufete aliado, que defendió al empresario en Maracay que mató a su mujer y lo hizo ver como un asesinato a manos del hampa; el muy conocido y tristemente celebre caso Loreta.

 

   La forma como se movió, unió y utilizó de forma bestial el poder político, judicial y policial, así como el poder económico para taparearlo todo, nunca habría contado con el apoyo de Eric o Sam. Y esa forma de llevar los asuntos de la firma estaba creándole problemas a algunos de los socios menos quisquillosos a la hora de evaluar la moral o la ética, pero más interesados en el dinero y el poder. A la retirada de Germán Roche (los Caracciolo llevaban años fuera del país), Eric asumió la presidencia de la firma. Y muchos no estaban contentos con ello, ni por la forma en que manejaba sus asuntos, entrometiéndose en ellos.

 

   Representado cada uno a una buena porción de socios, Ricardo Gotta y Aníbal López encontraban difícil trabajar y prosperar con Eric allí. En el país todo era negocio, desde el robo de carros hasta la cedulación de chinos, y todos sentían que tenían derecho a su parte de la botija y no iban a ser los abogados y jueces la excepción. El que un país moderadamente sano no pudiera marchar, prosperar o simplemente subsistir como nación con un poder judicial corrupto donde cada juez y cada sentencia había que comprarla o era torcida por los gritos de un caudillo intolerante y demente, no parecía tener cabida en sus mentes. Por ello Ricardo y Aníbal lo resentían. El joven era un claro estorbo.

 

   Sin embargo, Eric había contado hasta ese momento con la suerte de que ni Ricardo confiaba en Aníbal, ni éste tomaba nada que le enviara el otro, incluyendo café. Ricardo Gotta era un hombre cincuentón, muy atractivo, de cabellos castaños plateado, pulcro. Elegante. De una sonrisa encantadora, que ocultaba una mente peligrosa y totalmente carente de escrúpulos. Quien no lo conociera bien, pensaría que era un descendiente de Los Amos del Valle; pero la realidad, como no se cansaba de recordar Norma de Roche, madre de Eric (a todo quien la quisiera oírla), es que era un recién vestido. Un arrivista, o un rico recién vestido.

 

    Aníbal López era un cuarentón negro, de cabellos muy cortos y ralos, de ojos almendrados con un toque de bovinos. Parecía un hombre amable y tranquilo, buena gente; pero tras su fachada se ocultaba una mente tortuosa y una voluntad intrigante e inquebrantable a la hora de conseguir lo que quería. Llegar a donde llegó no le fue fácil, y contrario a lo que la gente creería, que le costó por ser negro, de verdad el mayor problema a vencer fueron los prejuicios y limitaciones de sus propia familia y amigos en su Caucagua natal, quienes veían como ‘cagar más arriba del culo’ el que quisiera ser abogado. Acostumbrado a vencer resistencias y rencores, se había convertido en un tipo insensible a los demás. Él, y sólo él, era importante.

 

   Entre los dos hombres existía una vieja rivalidad, por no llamarlo un odio visceral y terrible; algo no dicho, pero presente. No se detestaban cordialmente, en verdad se deseaban lo peor y cada uno quería salir del otro, por razones que sólo ellos muy bien sabían. Aníbal lo odiaba con una virulencia que su rostro jamás reflejaba, pero de la cual Ricardo era muy consiente. Pero, por ahora, los dos deseaban lo mismo y eso los unía momentáneamente: sacar a Eric Roche de la presidencia de la firma lo más pronto posible…

 

 

   La política, y buena parte del derecho, no se practicaba únicamente en los entes oficiales o los lugares destinados para ello. Había otras instancias para otras acciones. Con otros matices, podía desarrollarse en lugares solitarios, íntimos y cerrados, tal vez en la oficina de uno de los leguleyos menores de una firma de abogados, como era en el caso de Cecilio Linares. El abogado era un carajo joven y alto, de cara larga, con un bigote y una barba fina, bien cuidados. Un tipo atractivo. Su forma de ser era algo untuosa y melosa hacia los jefes y superiores, lo que muchos llamaban un ‘jalabolas’ o un ‘lameculos’. De ademanes rápidos y nerviosos, intentaba aparentar que era más importante de lo que en verdad era.

 

   Dentro de los grupos en que se había dividido la firma, él estaba en el bando de Ricardo Gotta, quien lo utilizaba para una que otra perrada a la que ningún otro se prestaría. Calculando a futuro hizo un matrimonio más o menos conveniente. Un abogado en ascenso necesitaba una buena esposa, y sí pertenecía a una familia bien vista o con relaciones, mucho mejor. Además, eso lo ayudaba a ocultar algunas cosas de las que nunca hablaría con nadie… Cosas que lo tenían ahora desnudo de la cintura para abajo, llevando aún el  saco y la corbata, sudándole la frente, doblado por la cintura mientras su boca subía y bajaba golosa sobre el duro tolete erecto de José Serrano, un joven vigilante del edificio, quien jadeaba, sentado sobre el escritorio del abogado.

 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

 

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios de la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro…

 

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado, apretado; notando como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la boca al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

 

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas… doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira, intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo… sácale la leche. Como te gusta tragar leche de machos, ¿verdad? Eso es lo que más te gusta… Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero… -dice mórbido, caliente.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

 

NOTA: Ya sospecho un ataque deliberado. Nuevamente padecí un virus en mi disco duro que ha afectado varios archivos; he perdido páginas y páginas de LOS ANGELES DE SADDIE, y una novela llamada RELATOS CONEXOS. Me va a llevar tiempo recuperarlo todo, así que inicio esta, LUCHAS INTERNAS; modestia aparte, me la han celebrado. Este tiempo fuera sirvió para que  revisaran el equipo, pero siempre queda un problema. Lo siento.

LOS ÁNGELES DE SADDIE… (2)

Octubre 24, 2008

   Y más grande habría sido mejor.

 

   -¿Qué ocurre, Débora? Se suponía que salía de vacaciones y…

 

   -Necesito que investiguen algo para mí. –lo corta.

 

   En el leve silencio que se establece entre ambos se oyen los “hummm” de placer del joven en la barra, quien yace con sus pies sobre el piso, erguido, con la tanguita levemente apartada de su culo, el cual es penetrado por el grueso aunque corto güevo del hombre en medio de un coro de mirones calientes. El chico gime, se retuerce, jadea y pide más, caliente, sin pudor, mientras lame los dedos que el hábil hombre introduce en su boca gritona, totalmente sometido al macho superior, y eso que él solo bailaba allí para pagarse sus estudios, y jamás había considerado dejarse tocar. Ahora no sólo ocurría, ese güevo caliente le entra, quemándolo, rozándolo, llenándolo de unas ganas violentas de retorcerse, de subir y bajar su culo ansioso sobre él, sino que el sujeto lo llamaba su perrita caliente y él respondía que sí, que era una perrita bien puta.

 

   -¿Una investigación para ti? Siempre eres intermediaria, agente de otros. ¿Qué ocurre?

 

   -Hace… -comienza ella, fría, mirándolo a los ojos, desviándolos sólo un segundo para mirar su reloj en la muñeca derecha, regresándolos nuevamente a su rostro (y Ricardo se estremece, una barracuda debía tener esa mirada).- …unos tres minutos un joven fue asesinado en Maracay. Quiero que encuentren a su asesino y me lo entreguen.

 

   -¿Qué? Pero si llevamos hablando…

 

   -Cuatro minutos. –confirma ella, leve, sin tonos.- Quiero a su asesino. Quiero que lo encuentren y lo traigan ante mí… -repite.

 

   Generalmente el cerebro de Ricardo Tirado se movía a velocidades fantásticas, podía ver el conjunto por abstracto que fuera en instantes, fabricándose un cuadro bastante completo de lo que ocurría. Ahora no. Tal vez se debía a los gritos y gemidos que llegaban escandalosamente de la barra, donde el viejo cincuentón continuaba cabalgando duramente al bailarín, metiéndole y sacándole el grueso güevo amoratado de ganas del rosado, lampiño y aún redondito culo, uno recién abierto; cosa que parecía del total agrado del muchacho, quien sin ningún tapujo ya subía y abajaba sus nalgas de esa pelvis envuelta aún en ropas. Pero ahora el hombre guiaba el rostro del muchacho hacia la bragueta abierta de otro carajo, casi tan adulto como él, de donde emerge una tranca no muy grande. Y el muchacho la cubre con su boca luego de dudar un segundo, tragándola sin dificultad, era joven y podía hacerlo con cierta facilidad, y la verga no era muy grande. Los mirones, allí, en pleno bar, aplauden y ríen, mórbidos y calientes antes el extraño espectáculo de los dos ‘viejos’ cogiéndose al robusto y atractivo muchacho. De forma marginal, Ricardo piensa que el muchacho terminaría desarrollando el gusto por las uvas pasas.

 

   Pero no era eso lo que le distraía, lo que no le permitía replicar con su habitual claridad; son las palabras de la mujer. Elevando el mentón la encara directamente, aunque en esos ojos no encuentra resonancias.

 

   -¿Estás diciéndome que mientras entraba a este bar sabías que una persona, un joven, sería asesinado y no hiciste nada por impedirlo? ¿Dejaste que muriera mientras me buscabas y ahora me pides que encuentre a su asesino? –y mientras lo expone, arrugando la frente, entiende un poco más hasta dónde llegan las profundidades de Débora, la mujer sin apellidos.

 

   -Exacto. –y calla. Ricardo bota aire, disgustado.

 

   -No dirás más, ¿cierto? ¿Cómo sabré…?

 

   -Será sencillo, en cuanto escuches la noticia, a pesar de que se silenciarán los detalles, sabrás que se trata de la persona que busco.

 

   -Dios, no sabes de quién se trata. –queda impactado, deteniéndose en su marcha al rincón donde le dijeron estaba su ‘socio’.

 

   -Su nombre exacto no lo sé, únicamente a quién representaba. –Es enigmática.- Y sabrás que será una lástima. Si se ajusta al perfil era alguien que jamás debió morir, y menos en esas circunstancias.

 

   -Pero eso no te movió a…

 

   -Deja de criticarme, Ricardo Tirado. Somos lo que somos. –lo corta serena, sonriente, y se miran.- Antes de que todo termine, sea como sea que termine, sabrás más de lo que habrías querido nunca. Y no te gustará para nada. –y levanta un brazo, delgado, pálido en su amarillez. Ricardo sigue la dirección.

 

   En un rincón penumbroso, sentado en un mueble de apariencia cómoda, casi dándole la espalda a todos, encuentra a Héctor Somoza, pero no está solo. Frente al hombre, de pie, un carajote de piel negra, vestido de marinero, le permite mamar de su güevo grueso, morcilludo y totalmente erecto. Es obsceno el contraste entre el rostro muy claro de Somoza, con su cabello castaño algo largo y levantado en el centro de su cabeza, fijado cada uno a su lugar por gel, subiendo y bajando sus labios enrojecidos, con hambre y lujuria sobre el negro trozo de carne. De esa boca escapan gruñidos de placer, de lujuria. El marinero sonríe leve, ¡era tan rico sentir su güevo así!, tragado, apretado y mamado por esa boquita caliente, con esa lengua que lo mamaba con ganas. Sus caderas van y vienen, cogiéndole la cara, metiéndole la tranca hasta la garganta. Y Ricardo no entiende, fastidiado, cómo Somoza no se ahogaba y moría de una buena vez.

 

   -Somoza. –gruñe bajito, no quiere quedarse más tiempo en ese lugar.- Débora y… -se vuelve… y la mujer no está. Se desconcierta y la busca. No la vea, sólo hay hombres, guapos unos, otros no, jóvenes y no tanto, danzando unos contra otros, tocándose, sobándose, besándose de forma lamida en la pequeña pista de baile.

 

   -Ahhh… hola socio… -jadea ahogado, con las mejillas y barbilla cubiertos de baba, Héctor Somoza, mientras masturba con mano de hierro el fiero miembro erecto, haciendo gemir más al otro (nada había más rico que la mano de otro carajo pajeándote el güevo, era algo sabido de todos). Y vuelve a tragarlo con un “aggg”, de esfuerzo.

 

   Ricardo lo mira con disgusto, esa boca sube y baja, lentamente, tragando y apretando, la garganta se deformaba cuando cruzaba por ahí, y entendía que sí, que a Somoza le encantaba tener el güevo de otro hombre, de otros hombres, le había conocido a varios, en su garganta, tanto como a veces en su culo totalmente vicioso. Pero, por ahora, Ricardo no se distrae pensando en cosas sin importancia, tenía otras vainas en las cuales cavilar. En Débora, en Saddie… y en alguien bueno que murió en Maracay mientras la perra de Débora hablaba con él.

……

 

   La cálida noche era propicia para el viajecito al centro, se dice don Fulgencio, un cincuentón rudo, alto y fornido, de cierta panza y cejas muy pobladas. Un trabajador dueño de un mercadito de barrio donde todos encontraban algo. Era un sujeto duro de trato, pero decente, el pulpero de la cuadra. Fiaba a quien debía, si los sabía buena paga; exigía su dinero, pero nunca con gritos, escándalos o amenazas; y ayudaba sin decirlo a los que caían en mala hora. Más de una vez había vendido en ‘descuento’ vainas que no la estaban. En síntesis, don Fulgencio era un hombre apreciado, y respetado. Era bueno dando coñazos también. Detiene el autobús y sube, pensando en todo lo que tiene que gastar para pintar las cavas. Y lo mira…

 

   Sonriendo paternal saluda con una mano a Alex, un joven algo alto que no llega a los trece años de edad, hijo del loco Batista, un sujeto algo problemático que bebía mucho y no se preocupaba por sus muchachos. Alex era un flaco mocoso de cabello muy fino y negro que caía algo descuidadamente, algo largo también, de mirar algo ceñudo, y distante. Fulgencio cae a su lado, y el contraste entre su cuerpo recio y el flaco esqueleto del chico, es evidente.

 

   -¿Cómo estás, muchacho? –es jovial.

 

   -Bien. –es la lacónica respuesta de Alex, quien mira por la ventanilla.

 

   Fulgencio guarda silencio, como pensativo, ¿tal vez preguntándose sobre si el muchacho pasa hambre y de allí su flacura? O ¿lo golpeará Batista cuando bebe? Tal vez un: ¿Habrá cenado ya? No, Fulgencio va pendiente del roce de su muslo de la flaca pierna, cuya rodilla, algo cascada por alguna caída, se observa fuera del largo short. Ese roce lo enloquece y con ardor desea bajar su mano y atrapar su rodilla. Este ser despreciable lo mira con disimulo, y se estremece de ganas de atrapar ese cabello con un puño, halándolo, lastimándolo un poco, atrayéndolo sobre sí, abrazándolo al tenerlo entre sus piernas. Sueña con atrapar al niño y manosearlo, en besuquear su rostro inocente, mojándolo todo de saliva, en morder sus labios rojos y virginales, labios donde desea introducir su…

 

   Le duele de lo duro que la tiene imaginando todo eso. Intentando ser casual monta su brazo en el respaldo, pero el chico, tal vez por arisco como es generalmente, se echa un poco hacia adelante. Y Fulgencio tiene una visión de la parte baja de su espalda: una franja rica de piel que deja ver el bóxer negro del muchacho fuera del pantalón. Y eso lo marea.

 

   -Alex, don Fulgencio. –se oye una voz varonil, algo seca, de alguien que subió en la última parada.

 

   Y a los ojos de ese hombre treintón no escapa la tensión, turbación y miedo del hombre mayor al verse tomado por sorpresa soñando, tal vez, con… Pero el viejo se repone rápidamente esbozando una sonrisa falsa, desagradable; y el hombre, ese treintón alto y fornido, atlético, de cabello muy negro y piel algo cobriza oscura, atractivo como el infierno, lo percibe.

 

   -Hola, Mariano, ¿trabajadito? –pregunta Fulgencio.

 

   -Así es. Tengo una cita de negocios. –corrobora, mirando su reloj, ya debían estar reunidos, aunque no le pesa.- Pero ya no llego. –y mira elocuente a Alex.- ¿Y tu papá?

 

   -No lo sé. –le sonríe el niño, y es hermosos en ese momento, y sin embargo a la mirada del hombre más joven no escapa cierta oscuridad. ¿Sabría el chico lo que ocurría con el vejete? Tal vez.- Aquí me quedo. –anunció, poniéndose de pie y cruzando casi entre las piernas de Fulgencio que se estremece; quien de estar a solas tal vez habría elevado una mano sobando su culo.

 

   -Ve a tu casa, Alex. –aconseja el otro.

 

   -Voy por mi hermano. –informa, y baja.

 

   La puerta se cierra y todavía el hombre más joven nota la mirada intensa de Fulgencio en el chico, sus ganas de profanar y ensuciar su juventud; pero el otro hombre repara también en la oscura nube que cubre esos ojos de niños. Y se asusta. Por un momento siente unas ganas locas de atrapar a Fulgencio por la pechera y gritarle que sabe lo que intenta, que lo sabe un enfermo, un dañado, y que si tocaba al niño lo mataba. Pero no podía hacerlo. No sin una razón. Ese hombre joven y atractivo, un profesional medio hecho a sí mismo, se regía por reglas que eran sagradas, y ni todos los horrores que ya había presenciado al lado de su jefa, lo habían hecho cambiar su credo. Si pillaba al viejo en una vaina, lo liquidaba. Antes no, a nadie se le podía condenar por suponer que haría algo malo algún día. Sólo Dios tenía ese derecho, y seguramente no lo ejercía.

……

 

   Sentado a la mesa de Somoza, Ricardo espera intentando no mirar mientras este, entre gruñidos y jadeos, termina de atrapar el largo y grueso güevo negro, que tiembla en su garganta, mientras el marinero grita leve, corriéndose, bañándole las amigadazas, para luego cubrirle la lengua con esa leche cuando este echa algo su cabeza hacia atrás, para saborear esas ricas gotas del juego de hombre. Qué sujeto, piensa el otro. Aún tiene que verlo y oírlo chupar un poco más, limpiando todo el falo de semen.

 

   -Estaba rico, mi negro. –lo mira vicioso, sonriente, sobándose aún las mejillas con el tolete.

 

   -Mamas de lo mejor, catire; ya sabes, cuando quieras… -responde el otro, sonriente como todo el que sabe está bien dotado, guardándolo, saludando con dos dedos llevados a su sien derecha y alejándose. Somoza lo sigue con la mirada.

 

   -Tiene un güevo rico, pero seguro que esas nalgotas esconden un culito más rico todavía. Ahhhh, que ganas tengo de abrírselo.

 

   -Déjate de tonterías, Somoza. –es indolente el otro, quien intenta no censurarlo. Evita juzgar al mundo, ya lo hizo demasiado.- ¿Hablaste con Débora?

 

   -No.

 

   -Quiere que investiguemos un homicidio… uno que ocurría, y lo sabía, mientras entraba a este tugurio.

 

   -¡Vaya…! -abre muchos los ojos, lamiendo aún sus labios enrojecidos.- Esa puta sale con cada vaina, aunque… -y lo medita, preguntándose si es prudente hablar.- Supongo que ella está más interesada en el homicida, ¿verdad?

 

   -Así es… -lo invita a hablar.

 

   -Creo, mi amigo Tirado, que Débora y Saddie tienen un interés común en esto: desean encontrar al Ángel de la Muerte…

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

LOS ÁNGELES DE SADDIE

Octubre 9, 2008

- 1

   Sabía que al meterle la lengua ya lo tenía cogido…

 

   El pequeño lugar fuera de atestado era umbrío, tanto por los focos tenues como por la carga de humo que no sabe si es cigarrillo, marihuana o vapor de fiestas; era de techo muy alto, tal vez para dar lugar a que cupieran las jaulas donde gente envuelta en sombras y ese humo se contorsionaba. Ricardo Tirado, después del leve desconcierto inicial, sospecho de que se trataba: un bar gay. Tal vez se lo indicó el tipo alto vestido de ejecutivo con la mano metida dentro de la bragueta de otro carajo, con pinta de camionero rudo y muy masculino, que gemía bajito bajo la caricia. ¡Coño! Era lógico que ese putico culo lleno de leche le diera semejante dirección para un encuentro de trabajo. No se podía confiar en él cuando tenía la oportunidad de darse una de sus escapadas. Sí, debía ser un bar gay, se dijo mientras cruzaba la pequeña y atestada pista (¡cuántos mariquitos habían en esa ciudad!, pensó con leve desconcierto), mientras los jóvenes, atractivos y transpirados cuerpos se frotaban de él, sobándolo, tocándolo. Dio un leve respingo de sorpresa cuando una mano fue, decidida, a su bragueta, apretando con calidez, de una manera firme y agradable. De haber sido una mujer, se dice el hombre, se le habría puesto de piedra.

 

   Se detiene al fin, sintiéndose todo magullado y manoseado, frente a la barra. Y allí mira a los carajitos de buenas pintas, cuerpos esbeltos y esculturales, de cinturas estrechas, muslos llenos y firmes, espaldas anchas y tórax marcados, bailoteando con minúsculas tanguitas, casi restregando sus bojotes en las caras de los clientes. El más cercano a él, da media vuelta, contorsionándose, y Ricardo constata que esos bikinis son hilitos dentales que bajan entre las firmes nalgas redonditas de piel algo amarillenta y saludable. El chico, con pinta de seductor acostumbrado a enloquecer puticas y loquitas, se va agachando, sus glúteos se abren y es posible ver la fina, sedosa y hermosa tirita de tela amoratada que cubre su raja lampiña, que medio permite ver su sonrosado culito, y que más abajo se abre en saco, atrapando esas bolas grandes. Ricardo no es gay, ni le atrae nada de eso, pero mientras toma una cerveza, fría como si de un restorán de chinos se tratara, traga algo de saliva ante ese muchacho altanero.

 

   Desviando el rostro, no desea ver al tipo cincuentón a su lado, de bigote algo cano, de traje y corbata respetable pero baratón, y con pinta de profesor de liceo público que acerca su rostro anhelante a esas nalgas, siendo tentado por el bello joven que lo enloquecerá dejándolo tocar sólo un poco, para burlarse, para que le suelte propinas, para que se le caliente el güevo o el culo sabiendo que no podrá tenerlo. Igual pasaba con las putas a las que visitaba de vez en cuando, se dice el hombre con una sonrisa. Así que se concentra en el cantinero, un joven de mirar rudo, casi despectivo, enfundado en una camisetita que parece una segunda piel en su cuerpo musculoso, joven y duro, de piel negra clara. Repara, sin mayor interés, en el bulto del muchacho, que supone en reposo pero enorme bajo la tela del pantalón azul de tela suave y extremadamente ajustada.

 

   -Disculpa, amigo, estoy buscando a dos personas. –llama su atención sobre el ruido, pedir la cerveza fue fácil, llegó y alzo una mano, hablar era distinto.- Es un abogado y una dama que…

 

   -¿Héctor Somoza? –lo interrumpe, sin inflexiones en la voz, dando un leve cabezazo a la izquierda.- Por allá atiende…

 

   Intrigado, Ricardo va a preguntar algo cuando oye unos jadeos nada orgullosos ya, sino de cachorrito caliente que goza mucho de las caricias de su amo. Vuelve la mirada. El adulto contemporáneo, con sus manotas de nudillos velludos, acariciaba esas nalgas expertamente, tan hábilmente como la mano que se mete por la parte superior de la prendita, dentro de la pantaletica, alzándola y apartándola un poco descubriendo el rojizo y lampiño culo. En ese momento el muchacho quiso apartarse, no iba a dejar que uno de esos viejos sucios y mamagüevo lo tocara, pero el hombre fue más rápido y con decisión enterró la cara entre las jóvenes nalgas, quemándose las flacas mejillas con ese calor de pieles. Su lengua, larga, cubierta de saliva y chascosa, chocó del culito, metiéndose un poco, lamiéndolo, azotándolo. Y el joven gimió, sintiéndose sin fuerzas. Esa boca cerrada sobre su culo, que besaba, lamía y chupaba, le roba las fuerzas y cae de rodillas sobre la barra. El otro sonríe, sabía cómo domar a esos cachorritos altaneros, algunos de sus alumnos más rebeldes lo habían comprobado en clases, piensa mientras lo azota un poco, metiéndole esa lengua caliente y ávida hasta las entrañas, como preámbulo de todo lo que pensaba meterle después.

 

   -Ahhh… Ahhh… Sí…

 

   -Para, Tico, no estás aquí para dejarte mamar el culo, muévelo bailando. –le gruñe el cantinero, algo incómodo cuando varias personas se vuelven a mirar al atlético y guapo muchacho, de rodillas sobre a barra, muy abierto de culo, siendo penetrado por la lengua del viejo.

 

   -Hummmm… hummm… -era todo lo que podía exclamar el chico, subiendo y bajando su culo sobre esa boca golosa, y casi grita de enojo, enrojecido de cara, cuando el hombre retira su boca, pero enfilando un largo dedo hacia el orificio ensalivado y rojo, metiéndoselo. Y allí se hunde como cuchillo caliente en mantequilla suave. Y mientras el dedo se hunde, el chico gime largamente, tensando su hermoso cuerpo, arqueando la espalda, apretando con sus entrañas ese dedote invasor.

 

   -¡Tico! –repite el cantinero.

 

   -Déjame en paz, güevón, este dedo… -y grita cuando un segundo dedo se clava en sus entrañas, al fondo, quedándose allí, moviéndose luego un poco en su interior, saliendo y entrando, saliendo casi todo y clavándose de golpe. Y a cada cogida de esos dedos, el muchacho gemía estremeciéndose todo, cayendo sobre sus manos también, totalmente vencido. El cantinero, mortificado por tan poco profesionalismo, y Ricardo, que sonríe indiferente, saben que el chico va a terminar siendo cogido toda la noche por el viejo.

 

   -¿Te diviertes, Tirado? –oye una voz femenina a sus espaldas, una que es suave, distante. Sin embargo el hombre percibe en ella el acero y la madera, algo que le inquieta. Si la tapa de un ataúd, del suyo por ejemplo, fuera arrastrada por un sepultado vivo en el paroxismo de su horror, sería ese sonido bajo el que escucharía.

 

   -Débora. –se vuelve con un leve gesto, aún más indiferente al muchacho que gime que sí, que se los meta todos, hablando de tres dedos clavados en su culito dilatado y hambriento, y a sus gritos de gozo contenido, así como al viejo que le saca los dedos, y tomando otro objeto lo penetra, metiendo y sacándole el pico de una botellita de cerveza, cogiéndolo con ella.- No te vi al entrar. Ni a Somoza.

 

   -Él está… atendiendo unos asuntos por allá. –comenta, fría, ladeando levemente la cabeza.

 

   Y Ricardo siente un escalofrío de inquietud ante esta mujer delgada, tanto que alarma. Sus pómulos y hombros parecen huesudos. Nunca la ha visto desnuda, y aunque como buen hétero sueña con ver a todas las mujeres del mundo sin ropas, intuye que no sería grato con esta. Su cabello corto, lacio, de varios colores de fuego, caen sobre sus ojos, que miran pacientes, muertos, adivinándolo (sabe que ella sabe lo que piensa, y eso lo encabrona). Su boca muy negra por la labial, así como sus parpados, le dan un aire gótico. Pero lo que más le disgusta es el pendiente en forma de bola en su lóbulo derecho de donde parte una cadenita fina, de oro de ley, que termina en el otro extremo de un pequeño adorno en forma de candado que parece sellar la comisura izquierda de la mujer. Ese adorno atraviesa ambos labios.

 

   -Extraño lugar para reunirnos. Saddie… -comienza.

 

   -No te dijo nada. –termina ella por él, sonriendo.- Es lógico, nada sabe. O no lo sabía hasta hace unos dos minutos.

 

   -¿Qué ocurre, Débora? Se suponía que salía de vacaciones y…

 

   -necesito que investiguen algo para mí. –lo corta.

 

   En el leve silencio que se establece entre ambos se oyen los “hummm” de placer del joven en la barra, quien yace con sus pies sobre el piso, erguido, con la tanguita levemente apartada de su culo, el cual es penetrado por el grueso aunque corto güevo del hombre en medio de un coro de mirones calientes. El chico gime, se retuerce, jadea y pide más, caliente, sin pudor, mientras lame los dedos que el hábil hombre introduce en su boca gritona, totalmente sometido al macho superior, y eso que él solo bailaba allí para pagarse sus estudios, y jamás había considerado dejarse tocar. Ahora no sólo ocurría, ese güevo caliente le entra, quemándolo, rozándolo, llenándolo de unas ganas violentas de retorcerse, de subir y bajar su culo ansioso sobre él, sino que el sujeto lo llamaba su perrita caliente y él respondía que sí, que era una perrita bien puta.

 

   -¿Una investigación para ti? Siempre eres intermediaria, agente de otros. ¿Qué ocurre?

 

   -Hace… -comienza ella, fría, mirándolo a los ojos, desviándolos sólo un segundo para mirar su reloj en la muñeca derecha, regresándolos nuevamente a su rostro (y Ricardo se estremece, una barracuda debía tener esa mirada.- …unos tres minutos un joven fue asesinado en Maracay. Quiero que encuentren a su asesino y me lo entreguen.

 

   -¿Qué? Pero si llevamos hablando…

 

   -Cuatro minutos. –confirma ella, leve, sin tonos.- Quiero a su asesino. Quiero que lo encuentren y lo traigan ante mí… -repite.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.