
“Coño, mi mujer tenía razón, no debí ponerme esta vaina, me aprieta rico el güevo, pero me presiona el hueco del culo… Y se siente tan… Me provoca menearme para moverla; irrita pero sabrosito. Mejor me quedo quieto, esos dos tipos me están mirando, no vayan a pensar nada malo. Ah, carajo, vienen para acá y se están riendo”. –piensa Gregorio.
-Hola, amigo. –saluda uno, recio y muy bronceado, vistiendo un bermudas largo.- ¿Nuevo usando hilos dentales? Se meten raro en la raja del culo, ¿verdad? Presionan contra el chiquito de forma inquietante.
-Yo… sí… -admite confuso, notando como esos dos carajo lo recorren.
-Si quieres vamos a los vestuarios y te lo sobamos. Sí te pasas una mano entre las nalgas, lento, acariciante, se alivia, pero si te lo hace otro lo gozas más. –informa el segundo, tan fornido como el primero, haciéndolo enrojecer.
-Pero ¿qué coño dicen? Me confunden con otro.
-¡Vamos! Ya te crece dentro de esa vainita, si no tiene cuidado se te va a salir babeando por arriba. Ven con este pana y conmigo, con lenguas y dedos te vamos a aliviar esa presión en el culo. Y sí necesitas algo más intenso… -y alza una mano agitando los dedos como en un saludo. Y Gregorio se estremece, poniéndose de pie, como en trance. ¡Realmente le picaba el culo ahora! Y necesitaba que se lo rascaran. El segundo de los tipos lo adivina.
-Tranquilo, nosotros te vamos a cepillar bien ese culito.
Julio César.