
Temblaban emocionados esperando que comenzara…
Aquel trabajo de maestro suplente no me convenció hasta que me fijé en todos esos atractivos, saludables y bien arregladitos muchachos, todo testosteronas, pendiente de mil vainas y no de los estudios. Y en que mucho me miraban la pinta bajo el traje, sobre todo el bulto que dejaba colgar por ahí. De tarde en tarde siempre venía uno a mi oficina buscando tutoría, orientación, o ‘comprensión’ para sus problemas de joven confundido… o de notas. Y como maestro me aplicaba a atenderlos. Intentaba introducir en sus vidas algo de sentido… también, de tarde en tarde, un dedo, o dos, para que el cuerpo les diera algo de felicidad; o una lengua que chupara sabroso para oírlos gemir y distraerse un rato. Y a los más emotivos, y sentimentales, quienes me pedían con sus vocecitas jóvenes y dulces: “profe, enséñeme a amar…”, una buena y dura tranca. Dios, amo mi trabajo.
Julio César.



