ENCUENTRO EN LAS NUBES

   ¿A quién no han sorprendido con las manos en la masa alguna vez?

 

   Aunque algunos, sinceros o tal vez fingiendo, mostraban la mayor de las tranquilidades de este mundo cuando un avión alcanzaba la altura de crucero disponiéndose a cubrir su ruta hasta el final (¡si Dios lo permitía!, como pensaban todos en su fuero interno), muchos otros, tal vez la gran mayoría, no podían mostrarse tan sosegados. En una parte primitiva y elemental de la mente humana siempre había el temor y el convencimiento de que La Tierra, finalmente, terminaría por atraerlo todo contra su superficie, castigando a los osados viajeros aéreos. A pesar del más de un siglo de historia aeronáutica, el hombre común se preguntaba aún, ¿cómo algo más pesado que el aire podía mantenerse en vuelo? Al intentar poner buena cara (o cara de circunstancia), mientras se elevaba el aparato aéreo, no podía dejar de pensar, morbosamente, en un gran titular de los medios: se estrelló avión y murieron todos sus ocupantes por violar las leyes, en este caso la de gravedad, por lo que se lo tenían bien merecido.

 

   Y mientras muchos de los ocupantes del moderno y cómodo aparato que cubría la ruta Maiquetía-Nueva York a tan tempranas horas de la mañana, (¿saldrían a esa hora para tener más tiempo de luz solar para buscar cadáveres flotando en el mar en casos de accidentes?) se adormecían con whiskys, o caían en un estado semicatatónico para olvidar que estaban allí, encerrados a merced, tal vez, de ingenieros descuidados o mecánicos que se contentaban con pulir el fuselaje del avión con un trapito sin revisar nada más, Genaro Montes disfrutaba su viaje. Él no sufría ninguno de esos miedos atávicos o inconscientes. Por el contrario, en estos momentos se sentía ufano, contento. Triunfador. En su mano izquierda sostenía el corto vaso con whisky, con la derecha mantenía el cigarrillo algo alejado (estaba ubicado en primera clase, en el reducido cubículo donde la línea ocultaba, con vergüenza y rabia, a los fumadores, dándoles poco espacio a ver sí morían asfixiados; llevados como estaban por sus odios insensatos contra el fumador), y dentro del pantalón, debajo del saco, ocultaba la granítica y escandalosa erección de su tolete.

 

   Sin prestarle atención a la película (Turbulencia en el Aire, ¿a quién se le ocurría?), el hombre mueve disimuladamente su pierna derecha, sintiendo como el erecto güevo se apoyaba en la parte superior del muslo. Busca algo de alivio, ya que lo tiene tan duro que le duele, y más al tenerlo prensado en esa posición por el calzoncillo, ya que usa uno pequeño. Como todo tipo joven, galante y de mundo, que sabe que puede acostarse con cualquier tipa gracias a su buena pinta y recursos (no era tacaño a la hora de gastar en una mujer), utilizaba boxers y calzones algo más grande, cosa que las mujeres esperaban en estos días, lejanos ya los tiempos de las tangas masculinas; pero para sí, en esos momentos de él, le gustaban interiores increíblemente chicos. Le agradaba como se veían en su cuerpo cuando estaba semidesnudo y se miraba al espejo. Era narcisista y tenía buenos motivos para serlo. Era un hombre de treinta y dos años, alto y de porte atlético, un buen cuerpo alcanzado en larga y persistentes sesiones en el gimnasio. Tenía el cabello castaño, lustroso, y unos ojos marrones claros que le abrían las simpatías, y las piernas de las féminas; y así había sido desde los catorce años de edad.

 

   Pero sobre todas las cosas, Genaro era un ganador. Ahora mismo iba rumbo a Nueva York a reportarse, y a recoger su dinero, que ya había sido transferido (en dólares, nada de devaluados bolívares) a sus cuentas en el extranjero. La perspectiva de haber triunfado en su misión, como el saber de su plata a bien resguardo sin controles de políticos y economistas imbéciles que se las habían ingeniado para cagar el país (y que encima se ufanaban como sí de una hazaña se tratara), lo llenaban de endorfinas. Eso era lo que le provocaba esa dolorosa y poderosa erección. Sentía que el güevo estaba quemándole la piel, y eso le gustaba.

 

   Sabía que lo tenía largo, grueso, nervudo y cabezón. Y siempre le había respondido bien. Sí Marina, su prometida, hubiera estado en Caracas, habrían tirado como conejos antes de salir. O sí Felicia, su segundo frente, no se hubiera arrechado con él. ¡Que necias podían ser las mujeres a veces!, se dice, algo frustrado. Su erección, y esa necesidad de tocárselo o sobárselo, de que se lo tocaran o sobaran, y pensar en Marina, bonita, delgada y sofisticada, y en Felicia, tetona y caderona, siempre caliente también, lo llenaban de unas ganas locas que casi lo hacían bailotear en el cómodo asiento reclinable. Era tanto su deseo sexual que miró las piernas de la mujer que estaba a su lado, con disimulo, (o eso creía él). Se trataba de una tipa joven, negra, de cabellos largos y gruesos atados en un moño como al descuido, que revisaba, con aire grave, unas carpetas llenas de cifras y gráficos.

 

   La mujer sintió su mirada y se volvió hacia él, que le sonrió con amabilidad. Ella hizo un leve gesto de cabeza y volvió a sus carpetas, ocultándose un poco tras ellas, indicándole claramente que la dejara en paz y que no la molestara ya que estaba muy ocupada como para perder su valioso tiempo con insectos. Eso lo frustró un poco, y no sabía por qué, después de todo en el avión no era posible hacer nada, ¿o sí? ¡Maldita puta!, pensó como todo hombre rechazado al sonreír; supuso que era una de esas mujeres seguras de sí, que tenían un buen empleo y éxito personal tras ellas, pero que estaban solteras, no tenían un marido ni un hijo, porque consideraban el destacar en el mundo empresarial o profesional como lo primordial. Pero sabía que dentro de dos o tres años, al ir recorriendo la treintena, edad que las aterraba por lo rápido que pasaba, la mujer se asustaría, desesperaría y le pariría un hijo al primero que se le cruzara en el camino, generalmente un fracasado que pasaba a buena hora. Ya las conocía. Era posible aflojarles la cuchara, pero había que invertir mucho tiempo, labia y atenciones. ¡Ella se lo perdía!, pensó dolido, y muy resentido.

 

   Sentía el güevo palpitante, casi contrayéndose solo. Sabía que si cerraba la mano alrededor de él, sentiría una increíble y maravillosa descarga de placer, seguido de nuevas ganas, hasta que tuviera que masturbarse para encontrar sosiego; aunque enterrarlo en alguna rica cavidad, como la boca de esa mujer, hubiera sido mejor. Agitó, inconscientemente, las piernas, cosa que le ganó un chispazo de placer palpitante que lo recorrió todo cuando se rozó el tolete con el tejido de la ropa, y una mirada extraña de la mujer. Parecía haber censura en esos ojos, como sí imaginara que él estaba soltando gases o algo así. Dios, menos mal que la gente no era capaz de leer la mente de otros. O eso esperaba él; aunque había oído cuentos de una raza nueva de gente, de tipos que, decían, no era casi humana. Y justo en ese momento, una idea nueva copó su mente, haciéndolo volver un poco la cabeza y mirando hacia el final del pasillo. ¡Hacia los privados!

 

   Había oído cuentos asombrosos de gente que aseguraba haber tenido sexo en los baños de los aviones, cosa que siempre le resultó excitante. Así que la idea de ir allí y masturbarse, iba ganando terreno en su mente. Era fácil pensarlo, y hasta ponerlo en práctica. En los hombres, el deseo sexual era, cuando despertaba, obsesionante. La idea de usar el tolete cuando despertaba no se podía apartar por mucho tiempo de la mente. Era posible tener una erección, y sólo a costa de un considerable esfuerzo de voluntad (que muy pocos tenían), se podía pensar en otra cosa, y bajarla; pero a los pocos minutos, sin que se sepa muy bien cómo, se regresa a lo mismo, la dureza de la tranca se manifestaba triunfal. Y él la tenía ahora dura, caliente, palpitante y babeante. Sentía como algo caliente y leve, le mojaba la piel allí, donde su güevo lo quemaba con ganas de acción.

 

   Miró hacia el otro pasillo y reparó en una de las asistentes de vuelo, catira, alta y delgada, con una sonrisa fácil y perenne en su rostro bonito. Imaginó que a ella habría que trabajarla menos para que aflojara la cuchara, pero aún eso, llevaba tiempo. No era como en las películas pornos a las que era tan aficionado y que a Marina no le gustaban, tan distinta a Felicia que las veía con él, riendo como una loca de todas esas escenas exageradas. Allí siempre había un tipo kilotudo, bonito como sabía que era él (sin falsas modestias), y se metía con una de esas tipas que parecían sacadas de Baywatch, la serie de televisión, y tenían sexo rico y caliente. Desgraciadamente a él no le tocó ser atendido por ella, sino por el carajo que estaba al lado de la mujer. Y siendo un hombre de gimnasio, que cuidaba el físico y la cara, Genaro podía reconocer, sin temores sobre su sexualidad, que el muchacho con algo más de veinte años, se veía bien. Delgado pero fibroso, con un tono canela de piel y un rostro presto a la risa que lo hacía interesante. Tenía la pinta de uno de esos tipos que participan en el Mister País; y con una sonrisa y un vaporón que a él mismo le sorprende por lo libidinoso, imagina al tipo pidiéndole a un amiguito que le rasure las nalgas y el culo para poder usar el traje de baño en el concurso.

 

   El hombre casi tiene que contener una risa algo nerviosa y estúpida, que le valió una nueva mirada, desconfiada, de la mujer a su lado. Coño, debía estar más caliente de lo que pensaba para imaginar esas güevonadas. Pero la idea de ir hasta el privado, encerrarse y masturbarse allí, a cientos de pies de altura, a una velocidad que ni sabía ni le interesaba, rodeado de toda esa gente, lo excitaba al límite de lo tolerable. Toma aire ruidosamente, intentando poner cara de inocencia (la tipa volvió a mirarlo), es plenamente consciente de su tolete palpitante, como con espasmos. No iba a aguantar mucho más. Decidiéndose, se medio pone de pie, algo encorvado, cuidando de ocultar la erección.

 

   -Disculpa. -grazna ronco y algo bajo a la mujer; quien, con un leve gesto de fastidio, se encoge en el asiento, permitiéndole cruzar.

 

   ¡Puta desagradable!, piensa molesto, mientras camina tambaleándose y sosteniéndose de donde puede hacia el baño, aunque prácticamente no hay ningún bamboleo del aparato; a la gente común le era imposible caminar con la gracia de gatos con la que se desplazaban los asistentes de vuelo. Tomando aire, ensanchando el pecho, Genaro mira hacia el privado, sintiéndose estúpido al estar haciendo eso, pero incapaz de controlarse como si fuera un niño de trece años, caliente ante una película porno. Deseaba entrar allí. Por un momento piensa en Felicia, después de todo ella era la culpable de que él estuviera así, caliente y sin alivio, se dice.

 

   La mujer estaba arrecha con él, y fue una lástima, ya que no pudo tener su sesión de apapachamiento con ella. La joven se había molestado tanto con él, que le arrojó uno de esos patos con los que adornaba la mesa de su salita, ¡y tan apegada como era a sus basuritas de cristal! Felicia se había molestado, y lo había corrido de su apartamento y de su vida, tal vez para siempre, porque había descubierto que él, Genaro Montes, ¡era un traficante! No un traficante de drogas o un tratante de blancas, pero por el peo que la mujer le había armado, podría pensarse que lo consideraba igual de malo; de haberlo atinado con el pato, lo habría matado (a él, no al pato).

 

   Genaro Montes era un traficante de sueños y esperanzas. Así de sencillo. Oficialmente era un ejecutivo de mercadeo, algo que nadie sabía a ciencia cierta qué era; pero ese era su título. Así se presentaba cuando conocía a alguien, haciéndose el importante. Pero la verdad es que era algo parecido a un corredor de bolsa, no un sano asesor que apostaba los reales ajenos, sino una vocecita maligna que se3 apostaba a la oreja de alguien, un incauto generalmente, y le decía: hazlo y que los demás se jodan. Él se movía, con gracia y habilidad (había que reconocerlo), por los corredores del poder, generalmente ensuciando el agua de beber de todo el mundo. Había sido contratado por el Carpintero y el Muñidor para encargarse del problema de la jefatura de La Central de los Trabajadores de Venezuela, y lo hizo, como lo hacía siempre.

 

   Venezuela vivía en esos tiempos uno de los momentos más convulsos de toda su historia; donde una República, que nunca fue total ni estuvo firmemente implementada, amenazaba con desintegrarse, aunque muchos parecieran no notarlo en toda su gravedad. Un gobierno electo por la gente, había degenerado en un proyecto absolutista donde un grupito intentaba controlar todo el poder para perpetuarse en el mando mientras sometían a todo el mundo y saqueaban las riquezas nacionales. Y para asegurarlo, habían entregado el territorio y sus riquezas a un anciano y degenerado dictador caribeño y a los lobbys económicos norteamericanos y europeos, esos que siempre lucraban de la miseria de otros. Una obra tan indigna que ni el peor de los políticos de la llamada Antigua República se hubiera atrevido a realizar, ni se lo habrían permitido; proyecto que ahora era aplaudido por antiguos denunciantes de la corrupción, y por los subhumanos de esa cueva de vividores que jamás habían servido para nada bueno como demostraba su larga historia de fracasos, a la que llamaban la Izquierda Internacional.

 

   Sorpresivamente el país se había alzado con dignidad, enfrentando el despotismo; y en esa guerra, La Central de los Trabajadores había salido fortalecida al retar públicamente a los alzados con el poder. Su acción de guerra (lo que se conoció como el Paro Cívico), ejecutado con asistencia de La Cúpula Empresarial (alianza que en alguien menos perdido en sus ansias de poder, le habría indicado que algo malo estaba haciendo), fracasó; pero el movimiento y su jefe, Carlos Olivares, salieron fortalecidos. Fue el momento cuando el Carpintero y el Muñidor hicieron acto de presencia. Como jefe del partido socialdemócrata, al que ayudó a destruir cuando el nuevo hombre fuerte ascendía (quien los amenazó con freírlo en aceite sí no hacía lo que le ordenaba), el Muñidor traicionó a su gente para que el partido revolucionario ganara. Para el Muñidor, Lalo Téllez, eso no significó nada. Ya antes había adulado y besado culos para llegar; traicionar era más fácil para él y su socio; como podría atestiguar el anciano caudillo, al que todo le debía, y al que vendió y expulsó del partido socialdemócrata, más tarde.

 

   El Carpintero mantenía contactos, descarados, con el régimen, a quienes se les vendía como un hombre útil y con poder, y les ofreció minar la cúpula opositora para desbaratar toda iniciativa contra el Gobierno. Y para tener algo con que negociar, ofreció la dirección de La Central de los Trabajadores; para ello ayudó a sacar a Olivares del país, convenciéndolo de que iban a matarlo, y llamó a Genaro Montes para ponerlo al lado del segundo a bordo, un hombre negro, inteligente, pausado y sensato, a quien sin embargo Genaro, con su sonrisa atractiva, su mirada inteligente y amistosa, su voz sensata y firme, convenció que era él, Manuel Nova, el mejor, el hombre indicado para enfrentar los problemas, el llamado a dirigir a La Central de los Trabajadores, y tal vez hasta ser el presidente de la transición sí el hombre fuerte se iba. Le dijo, con voz seductora y persuasiva, que debían mantener a Olivares fuera del país, exiliado, mostrándolo como alguien que corrió del peligro, y, más tarde, quitándole el control de La Central con unas elecciones anticipadas de los sindicatos. Y triunfó, porque Genaro Montes era hábil y bueno en lo que hacía; y Manuel Nova, el segundo a bordo, creyó lo que de él se decía, porque era humano y quería creerlo. Allí radicaba la peligrosidad de alguien como Genaro: conocía a la gente.

 

   Mientras abre la portezuela del privado, después de convencerse de que está desocupado, Genaro reconoce la inteligencia del Carpintero, Celso Laudo. A lo largo de los años el tipo había sabido moverse como una rata en la cloaca, siempre presente donde había un botín de porquería, huyendo a la menor señal de peligro, para luego regresar cuando cayera más mierda por ahí. De ser un feroz enemigo de los socialdemócratas, se volvió a ellos cuando llegaron al poder con la presidencia de Jairo Bochinche, de quien fue ministro plenipotenciario, tanto que fue capaz de refinanciar la monstruosa deuda externa del país, en un proceso en el que luego Bochinche diría fue engañado. Al llegar el actual Presidente, fue a ofrecerse: destruiría al viejo partido y le dejarían hacer lo que le diera la gana con el país. El tiempo lo agotó y lo botaron de los corredores del poder; pero gracias a su intervención y a la de su gente, el Paro convocado por La Central de los Trabajadores y La Cúpula Empresarial, terminó con mucha pena y ninguna gloria, con la gente corriendo a ponerse a salvo en un desastre como el del Titanic; en lo que, personas ligeras e insensatas, llamaron el movimiento del tobogán, donde todos se fueron de culo. Pero eso fue lo pactado: mientras el régimen siguiera, él haría dinero. ¿Qué el país se destruía en el proceso? Con la botija llena podría irse a otra parte, a vender su experiencia.

 

   El cuarto de baño es un espacio reducido, como seguramente eran los de las estaciones espaciales; paso y medio desde la entrada al inodoro, con un minúsculo lavamanos a un lado. Todo en colores claros, cromados. El agitado y enorme tipo entra y cierra la puerta con un jadeo. Está tan caliente que ni sus deprimentes pensamientos lo desaniman. Está bien, era un perro. Él también ayudaba a esa gente a frustrar las esperanzas de millones que querían salir de un régimen que les ofrecía miseria, hambre y represión, como la que se vivía en la isla antillana; pero mientras el Gobierno continuara, él y su gente harían dinero. Todo se había cuadrado, las partes y mitades se habían repartido como nunca antes en toda la historia del país se había hecho.

 

   Eso no era malo; en el fondo, Genaro lo creía de corazón. Después de todo era un hombre que había crecido oyendo del mercado y del valor del dinero por encima de cualquier otra consideración; era un hombre de los tiempos cuando un grupo de yuppis ponía bombas en centros comerciales para especular en la bolsa, de banqueros que se creían protagonistas de la seria de televisión americana, Dinastía, y jugaban con el dinero de otros para acabar con rivales y mostrar que ellos eran los chéveres, los sabrosotes. Él creció en la era del dinero, donde la plata era un fin en sí y no un medio para lograr otras cosas. No, la moneda valía por lo que era, aunque generalmente los billetes olieran a mierda; pero ese era el dios al que le rezaban todos, y Felicia no tenía por qué condenarlo por sus creencias. Era casi discriminación; esa vaina debía ser ilegal, pensaba de corazón.

 

   No quiere meditar más en eso que, sin embargo, a nivel subconsciente le molesta. Sólo quiere pensar en su dinero, y en lo que siente ahora entre las piernas. Se abre el elegante y costoso saco y separa las solapas, parándose frente al espejo. Sonríe. Se veía grande, fuerte, musculoso, recio de hombros y tórax, con nada de panza. Y más abajo, la tela suave del pantalón gris mostraba y enmarcaba una escandalosa erección hacia la derecha de su cadera. Con un leve jadeo se quita el saco y lo deja sobre una llave redonda que está sobre el inodoro. Su mano derecha vuela a la entrepierna y se agarra el tolete en un puño, apretando firme y amorosamente. Un corrientazo de cálido placer lo recorre de arriba abajo, y siente como la tranca palpita, con ganas de más; Dios, la tenía tan caliente que temblaba sola. Se soba y aprieta sabiendo que pronto iba a correrse, y pensar en ese instante de placer puro, lo enloquece más, acallando toda inhibición o reparo ante lo que iba a hacer. Con manos febriles abre la ancha correa y el botón del pantalón. Abre el cierre y lo baja un poco. Sonríe sintiéndose turbado por un momento. Le gusta verse así.

 

   Su mano grande sube los faldones de la camisa y mira su bajo abdomen. Del ombligo baja una escasa y amarillenta pelusa que termina en el borde superior del calzoncillo. La pequeña prenda blanca, que usa para sentirse putón (a Felicia le gustaba y era a ella a quien iba a ver cuando lo corrieron), se ve deformada por la erección. La sombra de la cabezota casi escapa por arriba. Genaro sabe que está buenote y le gusta que otra gente lo note. Tenía un güevo grande, que debía tener buen sabor ya que muchas se lo había mamado y habían vuelto por más. Pero al hombre también le gusta como se ven sus nalgas firmes dentro de la escasa y acariciante tela, o como se veían dentro de un pantalón, un short, una tanga o al aire libre. Felicia gustaba de sobárselas mientras hablaban después de hacer el amor, y en eso no había dobles matices. La mujer sólo lo encontraba atractivo.

 

   El hombre tenía el güevo tan duro y urgido, que notó su babeo y temblor. Su mano lo atrapa por encima de la suave prenda, apretándolo, y tiene que contener un jadeo que quiere escapársele del alma ante los ramalazos de placer y necesidad que siente. Sonríe con una mueca totalmente libidinosa mirándose al espejo mientras baja la parte delantera de la prenda y el rojizo tolete salta, balanceándose en al aire. Al liberarlo y sentir el aire más frío, se contrae un poco, temblando de deseo. El amoratado glande brilla liso, suave, y del ojete parece emanar cierta humedad. Su mano derecha se cierra a su alrededor, y apretarlo así, lo enloquece. Suavemente lo acaricia de adelante atrás. El hombre estaba ardiendo todo, a pesar del aire acondicionado que aún ahí se dejaba sentir. La tranca estaba tan dura, por estar allí, excitado y masturbándose en el baño de un avión, que al intentar bajarla un poco, le dolió.

 

   Perdida toda cordura, el hombre hace lo que han hecho y hacen miles de millones de hombres antes que él (que también lo ha hecho): deja caer el pantalón a sus tobillos, baja la tapa del pequeño inodoro y monta su culo cubierto aún por el calzoncillo, allí, sin hacer ninguna otra consideración de tipo ética o higiénica, cosas muy lejanas a su mente en estos momentos (también compartía eso con miles de millones en esos instantes en especial). El hombretón se sube los faldones de la camisa con una mano, mostrando un abdomen donde no se forma la famosa panza redonda del venezolano promedio; abre mucho sus piernas musculosas, cubiertas por una sedosa pelambre clara. Su entrepierna esta cubierta por la blanca tela del mínimo calzoncillo, donde abultan sus pelotas, y del que escapa el grueso y nervudo tolete rojizo. El hombre lo agarra con una mano y lo soba de arriba abajo, sintiéndose traspasado por oleadas de placer que lo recorren todo. Cerrando los ojos y mordiéndose el labio inferior para no dejar escapar un gemido de placer, el hombre apoya la nuca en la pared sobre el inodoro, masturbándose con bruscos tirones, mientras sus muslos se abrían más.

 

   Su mente estaba atrapada en mil y una fantasías, en cosas que había hecho con Marina, o con Felicia, o las que deseaba hacer con ambas. No es nada muy elaborado o estético; no es arte, simplemente se hace una paja, algo privado, secreto, rápido y placentero. Y mientras su mano, con los nudillos algo blanquecimos por lo fuerte con que aprieta, sube y baja, su mente se afloja más, recreándose en las sensaciones. Y es en ese instante cuando percibe, lejano, un ruido metálico, un clic que no sabe relacionar de momento (¿se estaría desarmando el avión?). No lo identifica como una cerradura que se abre y cierra rápidamente, hasta después de unos cinco o seis segundos, tiempo durante el cual aún se masturbaba. ¡Alguien abrió la puerta!, estalla la horrible certeza en su cabeza, como una explosión. Y lo habían encontrado sentado en la tapa de un inodoro, con los pantalones en los tobillos y el güevo afuera, ¡masturbándose! Por un segundo recuerda el momento en que su madre, cuando él tenia catorce años, entró de repente a su cuarto buscando ropa sucia y… ¡Dios, que se estrelle el avión!, deseó, con el corazón palpitándole con dolorosa fuerza en el pecho, temiendo, contra toda lógica, oír la voz de su madre, censuradora (¡Genaro, ¿otra vez?!).

 

   -¿Quién…? -grazna ronco, abriendo por fin los ojos e intentando pararse al mismo tiempo, por lo que casi cae de culo otra vez sobre el inodoro sí no es porque se sostiene del lavamanos; para colmo el güevo se bambolea en el aire, como un péndulo horizontalizado, acusándolo de morboso.

 

   -Disculpe la intromisión, caballero; pero pensé que tal vez necesitaba algo de ayuda. -le contesta el joven sobrecargo, a tan sólo medio paso de distancia, de pie frente a él, como si tal cosa. Y Genaro sintió la cálida mirada del otro carajo, enfocada en su entrepierna.- Bonito instrumento, señor.

 

   La mente del traficante de sueños era un caos. La situación era irreal y ridícula, allí estaba él, con el güevo en la mano y los pantalones en los tobillos, encarando a otro carajo que le miraba con mucho interés el tolete, mientras sonreía amistosamente. Vaya que era alto ese muchacho, y los hombros eran bastante anchos, tenía pinta de atleta a pesar de lo joven que se adivinaba, se dice Genaro, sintiendo como su corazón iba calmándose poco a poco. El carajo no gritó llamándolo degenerado, ni llamó al capitán. Tal vez no tuviera que salir en los noticieros. Sin embargo, su tolete iba ablandándose lentamente, ¡después de todo había sido descubierto in fragantti!

 

   -Yo… yo estaba ocupado. -traga saliva, intentando recuperar algo de control. El otro le sonríe, con una mirada profunda, húmeda y hasta soñadora en los ojos. ¡Ay, este tipo como que quería…!

 

   -Ya lo imaginaba. No creerá la cantidad de gente que tiene fantasías sobre estas cosas en un vuelo largo. -sonríe más el joven, con las manos en las cinturas, como si la vaina no fuera extraña.- Realmente tiene una buena pieza ahí, entre las piernas. -era la segunda vez que lo mencionaba y Genaro sintió la cara roja y la garganta seca.

 

   -A ti como que te gustan los güevos, ¿verdad? -suelta con voz ronca y atragantada. El chico sonríe en forma atractiva (¡y vaya que lo era!, admite Genaro), con sus labios carnosos rodeados de una leve sombra de barba y bigote que lo hacia verse varonil y masculinamente apuesto.

 

   -Me encantan. Y el suyo se ve buenote.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

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