¡MAGNICIDIO! EL SAINETE: HUGO CHAVEZ RECLAMA…

   -Quiso, pero a mí tampoco me convenció…

 

   ¡Y vuelven las golondrinas a San Capistrano! De verdad es que ya me extrañaba: caramba, vienen unas elecciones y Chávez no ha salido con aquello de que lo quieren matar. Y como yo, se extrañaba todo el mundo en la calle; hasta que en un canal de televisión alguien envió un video donde una gente, al parecer, habla de hacerlo volar por los aires (sí supiera cuenta gente fantasea con… David Beckham). ¡Claro, vienen las elecciones! Chávez es tan consistente como lo era Fidel Castro, que en el infierno esté, con aquello de que en cuarenta años de sanguinaria tiranía, salía con el: “el imperio está tramando mi muerte, eso pasará en estos días”. Chávez, con ojos desencajados, denunció en su programa dominguero, cada vez menos visto, el complot de unos militares; gritaba que lo querían matar, que le tendían un cerco, que su vida estaba en peligro… Lo decía con aire dolido, para luego inflar el pecho y gritar que él los enfrentaría y sometería, que los haría correr como cobardes (y uno no se explica como la bandera nacional colgada tras él no cayó dándole en el coco, ¡con lo miedoso que es!).

 

   La furia de Chávez se desató el lunes siguiente a ese “Jalándole al Presidente”, porque la prensa seria no mencionaba sino en pequeños recuadros la denuncia hecha por él, dándole más importancia (por pura maldad) al juicio en Miami donde los jóvenes gerentes venezolanos (como los llamó su pana el gobernador de Cojedes, Jhonny  Yánez Rangel), cantaban y bailaban todo lo que sabían sobre la espantosa red de corrupción que se ha derramado desde PDVSA, y Venezuela, a toda la zona, desde los capos argentinos, hasta gobiernos abiertamente títeres como el de Evo Morales en Bolivia. Es que con maletas de reales bajo la mesa, sin fiscalización, entregadas directamente es que uno entiende el apoyo de gente como Lula da Silva (ya decía yo que no podía ser únicamente desprecio hacia el pueblo venezolano. Algo más había), y quien sabe si la vaina no llegaría hasta Europa.

 

   En fin, al punto, a Chávez le arrechó que su denuncia, sensacional, no causara el revuelo que debió causar, y amenazó a la prensa con investigarla. En coro, desafinando, un grupo de personeros del Gobierno, gente de “mucha credibilidad”, saltaron a la palestra. Mario Isea, Cilia Flores, William Izarra (Izarrita en los bajos fondos, el ministro de propaganda), todos denunciaban a la prensa seria como parte del complot, porque… no le dieron relevancia a la noticia. No, señor presidente, señor Isea, señora Flores (¿y cómo anda la familia en la Asamblea fuera de numerosa?), señor Izarrita.

 

   La noticia no convenció porque el venezolano común ya no le para a las cosas que expresa Chávez, porque sabe que dice que hará y no cumple, que mientras Venezuela se cae a pedazos como una recoge lata de cara sucia, él gasta lo que debería usarse aquí, fuera. La gente no le creyó porque ya van doce intentos de magnicidios que se denuncian (qué coincidencia tan rara) en tiempos electorales y que después no llegan a nada. No creyeron porque una acusación tan grave como un complot de ese calibre no se denuncia transmitiendo un video enviando a un programa de televisión si este es estatal, porque lo que debió hacer el representante del Gobierno en ese caso era mandarlo a la DISIP y al DIM para que, secretamente, detuvieran a todo el mundo antes de que escaparan. No lo creyeron porque de la DISIP se filtró la noticia de que el video era del año 2005, y ¡carajo!, tres años conspirando para un golpe y un magnicidio, ¿para cuándo iban a dejarlo? Además, y eso fue lo que terminó con la poca credibilidad, ¿quien conspiraría por teléfono en este país sabiendo que todos, todos, hasta los güelefritos como yo, somos escuchados por la DISIP? Ese día, después de la noticia, la gente en las calles, en sus casas o trabajos, ni habló de eso, y ahí se midió el fracaso de esta nueva convocatoria de horror. Eso pasa cuando se usa demasiado el mismo argumento en las novelas, la gente se cansa y no las ve.

 

Julio César.

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