DISCIPLINA CON AMOR…

   Ahora debía usar suspensorios…

 

   Tony era un muchacho típico de clase media alta, a sus diecinueve años fingía estudiar en una universidad paga, teniendo todos sus gastos cubiertos por unos padres divorciados que se sentían culpables al no estar juntos. El muchacho parrandeaba, se drogaba, preñó a dos amigas a las que hubo que ‘sacar del problema’, no estudiaba ni hacía nada en la casa. Su madre lo consentía mucho y le daba todo, su nuevo marido, Armando, un ex militar dedicado a la seguridad personal, lo miraba feo, pero ella no dejaba que lo tocara.

 

   En un viaje que la mujer hizo fuera de Caracas, el joven se fue a casa de su padre, Héctor, para no tener que calarse a Armando. Cuando este salió a trabajar hizo una fiesta que casi destruyó el edificio, fuera de un conato de incendio que costó un realero en las áreas comunes. Héctor tuvo que ir a buscarlo a la comisaría. Lo regañó pero entendió que Tony no le paraba media bola. Angustiado llamó a Amando y le contó todo, no sabía qué hacer. Este llegó casi en seguida.

 

   -Mira, tu hijo está fuera de control y terminará mal. Puedo corregirlo pero debes dejarme hacerlo a mi manera, sin interferir, y obedeciéndome cuanto le ordene algo. –habla fuerte, golpeado y decidido.

 

   Nervioso, Héctor asiente y se sienta a esperar. Oyen un alegre silbido, es Tony quien duchadito, vistiendo de jeans y franela, se dispone a salir como si nada hubiera pasado. El joven se sorprende al ver a los dos hombres allí. Mira a Armando con resentimiento, altanero, sentado en uno de los pocos sillones que no fue dañado durante la fiesta.

 

   -¿Qué haces aquí? ¿Papa te fue con el cuento?

 

   -Está vez te pasaste, Tony, y vas a recibir una lección. –es tajante.- Bájate los pantalones y móntate aquí… voy a darte la tunda que mereces. –un silencio glaciar cae en la sala. Héctor se revuelve inquieto, pero un leve parpadeo de Armando le indica que calle.

 

   -¿Qué? ¡Te volviste loco, pila de mierda! –casi le grita.

 

   -Bájate el pantalón… quiero ese culo aquí… -ordena señalándose entre las piernas.

 

   -¡Maricón…! -sentencia como si se fuera a marchar.

 

   -Si no haces lo que te digo ya, y si sales por esa puerta, no volverás a entrar, ni aquí ni a mi casa. Te quitaremos la moto, el carro, las tarjetas, tu mesada, el celular y los reales de la universidad. Ni una camisa, una media o un zapato que no hallas comprado con tu plata saldrá de aquí o de allá. –es tajante.- Vas a quedarte sin nada… y no busques ayuda en Héctor, ya lo cansaste con tus mariqueras.

 

   -¡No pueden hacerme esto! –grita alarmado, luego eleva el mentón.- Está bien, quédense con todo. Cuando mamá regrese…

 

   -Regresará hasta dentro de diez días, y nadie sabe exactamente dónde está; y en el pasillo está mi amigo el inspector González para regresarte a una celda por lo del vandalismo. No moveremos un dedo para ayudarte… Y créeme, aunque salgas mañana o pasado, esta noche no la olvidarás por el resto de tu vida, y ten siempre presente que tú te lo buscaste. Serás la perra de muchos, ojala no te marquen la cara de una navajazo, la tienes muy bonita… -es burlón, sonriendo seco al verlo palidecer y gemir.

 

   -No, Armando… yo… -suplicante mira a Héctor.- Papá, ayúdame. No dejes que…

 

   -Está cansado de ti. –interrumpe el otro. – Ya esto tardó demasiado, me cansé. No quisiste recibir tu tunda, bien, ahora llamo a González para que…

 

   -¡No! No, espera… -jadea asustado, rojo de vergüenza, humillación y confusión al verse expuesto así.

 

   Abre su pantalón y Héctor siente vergüenza por su hijo. El muchacho, de buena estampa, lleva un bóxer blanco, no muy largo, algo enrollado en sus muslos marcándole las nalgas y el paquete. Todavía mira suplicante a Armando, luego a su padre, y no ve piedad. Casi como si subiera al caldazo, dudando todavía, va hacia el padrastro y cae de panza sobre sus piernas. Héctor, al frente, mira el extraño cuadro que conforma su joven hijo en piernas del otro sujeto.

 

   -Bonitas nalgas, muchacho. –sonríe Armando, mirando los musculosos glúteos que tragan tela. Su mano sube y baja. PLAS. Y el muchacho se estremece, enrojece y aprieta los labios, eso duele y pica. La mano sube y baja, sube y baja dura, con fuerza. PLAS. PLAS, se oyen las secas palmadas.- Si que son duritas, Héctor. Tu hijo tiene buenas nalgas. Seguro que habrían estado de fiesta en la cárcel. –y la mano sube y baja, azotándolo. La enorme palma cae, abierta, sobre el redondo trasero.

 

   El muchacho quiso resistir pero dolía, dolía y ardía mucho, se le empañó la vista, meneaba las nalgas y jadeaba. Armando lo azotaba, mirándole el rostro, gruñéndole una y otra vez “chico malo”. Y Héctor quería morirse, un calor extraño lo envolvía y tuvo que cruzar sus piernas. Ver a su joven y musculoso muchacho así, sobre las piernas de Armando, un carajo fornido y bien parecido, que lo azotaba con su manota abierta, lo estaba excitando. En un momento dado, Tony intentó zafarse, pero con una mano, Armando lo retiene, mientras le sube la franela, mostrando esa espalda ancha, bajándole el bóxer, y Héctor contiene un jadeo ante esas nalgas turgentes, redonditas, casi lampiñas, que muestran las marcas enrojecidas de una palma con sus dedos.

 

   Esa mano sube y baja duro, y Tony gime y llora, con la cara bañada en lágrimas de dolor. Armando lo nalguea y le dice que eso le duele también a él, pero que era un chico malo y debía aprender. La mano sube y baja, PLAS, y se queda allí sintiendo ese calor, esa carne joven. Héctor tiene la boca abierta, muy seca, y el güevo erecto y muy mojado. Mira esas nalgas, esa raja donde cae la palmada que castiga pero que también soba. Le parece que mientras le dice chico malo, que debe portarse bien, la punta de un dedo se mete más en la raja interglútea, acariciando. La mano sube y baja, lenta pero fuerte. Tony llora a moco tendido que se va a portar bien. Pero Armando sigue y sigue. Ese agitar de cuerpo que se estremece, el llanto, las nalgas… todo eso marea a Héctor. Armando se detiene, jadeando levemente. Con la mano sobre esas nalgas abiertas, con las puntas de dos de sus dedos sobre el culito tierno.

 

   -Has hecho sufrir mucho a tu papá con tu conducta, muchacho. Le debes una satisfacción. –le dice como un padre amoroso, indicándole que se pare, cosa que hace, enrojecido, lloroso, avergonzado, con el pantalón bajando más. Mira a Héctor.- Dale unas nalgadas. –le ordena.

 

   -¿Qué…? No, no sé sí… -jadea ronco Héctor, sintiéndose morir de algo poderoso que lo recorre todo.

 

   -Es necesario, por su bien, o no aprenderá nada. Todavía puede desoírnos.

 

   Tony gime que no, que se portará bien, pero Armando se pone de pie y Héctor repara en su erección, granítica, enorme, que babea un poco bajo la tela del pantalón. Tomando  a Tony de una oreja lo lleva hacia su padre. Y Tony lloroso se tiende sobre las piernas del otro. Héctor lo siente pesado, caliente, joven. Y su güevo se estremece. Mira esas nalgas. Su mano sube y baja. Casi jadea ante el contacto eléctrico y erótico. Sube y baja, azotando más fuerte que Armando, mientras Tony se revuelve, llora, suplica y se frota, dándole un placer increíble sobre su güevo erecto. Nalguea, soba, acaricia, mete los dedos en la raja interglútea, nalguea más… hasta que jadea ahogado, sintiéndose morir, corriéndose allí mismo. Ahora está mal, pero oye a Armando cuando le dice a Tony, quien se pone de pie y se viste, que de ahora en adelante se portará bien o será estrella del Internet… y en el celular le muestra a Tony una fotografía, son su cara llorosa y suplicante, y sus nalgas azotadas. Es todo lo que se ve. Que estudiará y trabajará para pagar lo que dañó. Y que debe obedecer siempre a su padre. El chico lloros asiente y sale. Héctor no puede moverse. Armando lo mira burlón.

 

   -De nada.

 

   Al día siguiente, Tony fue a estudiar, pasó en la tarde por la oficina de Armando y consiguió un trabajo de medio tiempo. Se le pincho una llanta y llegó pasada la hora de llegada impuesta por los otros dos, ganándose un regaño de Héctor quien no lo dejó explicarse, sentándose en uno de los sillones.

 

   -Bájate el pantalón y ven aquí. Voy a enseñarte a ser puntual. –lo miró duro; Tony quería discutir, pelear, gritar que era injusto, pero ya medio lloriqueaba al bajarse el pantalón… instante en el cual Héctor obtuvo la más grande, dolorosa y sabrosa erección de toda su vida.

 

Julio César.

Una respuesta to “DISCIPLINA CON AMOR…”

  1. ronald Says:

    soy de rol versátil mas pasivo serio y discreto, soy blanco, alto , peso promedio, ojos negros , cabello corto negro, soy higiénico, graduado universitario, vivo con mis padres, mi familia nada sabe, mi edad es 34 años, sitio para un encuentro privado no tengo. para contactarme mi numero de celular 0416-7927794 Maturin Edo monagas , venezuela
    facebook:
    http://facebook.com/ronaldjose.martinezrondon

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