ESCAPE PLAYERO

   -Te dije que era muy goloso…

 

   Mujer, si tu marido es un asiduo parrandero de fin de semana y te sale con que se va a pescar para la playa, ten cuidado, entre sol,  mar, caña y bikinis (como les gusta a los carajos pasearse en ellos, se siente caliente cuando los miran), porque eso siempre termina en meriendas de negros. Alguien termina tragando, siempre, mucha leche. Y a veces no sólo por la boca. Efraín no perdía ninguna oportunidad para llenarse la suya de ricos sabores, le encantaba la carne dura, caliente y saladita, y la comía con un hambre feroz. El negro Fermín era a quien más buscaba desde que un día lo vio meando en la fábrica. Ya en ese instante, aún tragándose los últimos rastros de orina, quedó marcado por aquel tipote, que sonreído, entendía cuánto gustaba su güevo enorme a todos esos carajitos que se rascaban en las fiestas y le restregaban el culito contra la bragueta. Lo mejor que habían descubierto en el mundo, era eso, bajar a pescar a la playa. Efraín pescaba güevos babeantes, aunque el suyo era el preferido, y él pescaba, fuera de una buena mamada, algo que enloquecía a cualquiera (¿a quién no le gusta ver a un socio de trabajo o un amigo subiendo y bajando la boquita sobre su güevote?), sino culitos rojos, chicos y temblorosos. Todos ganaban… Bueno, tal vez no las esposas.

 

Julio César.

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