UNA TARDE EN EL MINISTERIO

   -Ponme aceitito, pana…

 

   El día ha sido largo, hace calor, y tú sabes, no sospechas, ¡lo sabes de cierto!, que tu trabajo es una mierda que no sirve para nada. ¿A quién le interesa realmente que se llenen esas casillas de encuestas que nadie lee jamás? Nadie las revisa, ni las interpreta. Nadie saca conclusiones a partir de ellas para resolver o paliar nada. Sólo joden. Eso les encanta. Pero como te pagan, lo haces. La corbata te ahoga, el traje te quema, el aire acondicionado no sirve. La gente vino como más torpe ese día, casi te sorprende que puedan caminar hacia delante. Les indicas a dónde tiene que ir o por quién preguntar para resolver tal o cual trámite y te miran con ojos extrañados, perdidos, como si les hablaras en ruso, y demasiado rápido para colmo. Debes detenerte, no quieres hacerlo porque es descortés, grosero, ofensivo, pero les dices, “escucha con atención y concéntrate”, y repites todo con ese aire machacón, condescendiente y horrible de quien habla con un retrazado mental o un niño no muy inteligente. Y callan, te miran con el odio que mereces y se van, molestos… para regresar a los cinco minutos diciéndote que el portero les dijo que eso no era así. Y claro, uno calla un ¿y para qué coño me pregunta si va a salir a preguntarle a todo el mundo sin hacer lo que le digo?

 

   Pero te controlas. Eres un empleado público, no estás enchufado con la revolución, estás consiente de que te miran con desconfianza porque te saben opositor, un escuálido en tierra bárbara. No puedes mandar a la gente a lavarse ese culo simplemente. Tomas aire y les dices que el portero es una buena persona, pero que él no está ahí para indicar nada, que si desea resolver su peo (no con esa palabra aunque te quema la lengua) que suba y haga lo que se le dijo, y que si no quiere resolverlo, que se meta en cualquier lado pero que no regrese porque… (y apartas la taza de café y el periódico sobre la mesa) estás muy ocupado. ¿Por qué eso nunca queda bien cuando se dice? Puedes tener mucho trabajo, pero cuando la ocasión reclama la frase, sólo falta que tengas los pies sobre la mesa y te estés rascando las bolas. Y se van. No convencidos todavía. Resentidos. Pero a menos encaminados.

 

   De una manera vaga y lejana puedes sentir que hiciste algo. Tal vez resuelva su problema. Tal vez no, ahí nada funciona, nadie sirve para nada. La parálisis que va minando poco a poco el funcionamiento de la maquinaria pública está muy avanzada, y eso que nunca fue muy buena, pero ahora parece ir oxidándose, deteriorándose más aceleradamente. Ya no servimos. Esta gente no sirve. El Estado, lo que es como conjunto, está pudriéndose al sol, bajo la lluvia y al sereno de la noche. Dios, qué se puede hacer con este Gobierno, este público, esta vida; por suerte por ahí pasa Jairo Requena, el carajo de contabilidad, y te lo imaginas en una playa, en tanguita, untándose aceite, y tú ayudándolo porque no llega a la espalda y bajas bastante esa mano hasta el borde de la prendita rica preguntándote por qué no usa un hilo dental bien clavado entre esas nalgotas que sueñas. Eso te anima un poco, aunque lo tratas con la fría condescendencia de quien lleva muchos años ahí y eres mejor que él, quien aún te sonríe como un tonto sin imaginar lo que quieres hacerle en ese momento.

 

Julio César.

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