LOS ÁNGELES DE SADDIE

1

   Sabía que al meterle la lengua ya lo tenía cogido…

 

   El pequeño lugar fuera de atestado era umbrío, tanto por los focos tenues como por la carga de humo que no sabe si es cigarrillo, marihuana o vapor de fiestas; era de techo muy alto, tal vez para dar lugar a que cupieran las jaulas donde gente envuelta en sombras y ese humo se contorsionaba. Ricardo Tirado, después del leve desconcierto inicial, sospecho de que se trataba: un bar gay. Tal vez se lo indicó el tipo alto vestido de ejecutivo con la mano metida dentro de la bragueta de otro carajo, con pinta de camionero rudo y muy masculino, que gemía bajito bajo la caricia. ¡Coño! Era lógico que ese putico culo lleno de leche le diera semejante dirección para un encuentro de trabajo. No se podía confiar en él cuando tenía la oportunidad de darse una de sus escapadas. Sí, debía ser un bar gay, se dijo mientras cruzaba la pequeña y atestada pista (¡cuántos mariquitos habían en esa ciudad!, pensó con leve desconcierto), mientras los jóvenes, atractivos y transpirados cuerpos se frotaban de él, sobándolo, tocándolo. Dio un leve respingo de sorpresa cuando una mano fue, decidida, a su bragueta, apretando con calidez, de una manera firme y agradable. De haber sido una mujer, se dice el hombre, se le habría puesto de piedra.

 

   Se detiene al fin, sintiéndose todo magullado y manoseado, frente a la barra. Y allí mira a los carajitos de buenas pintas, cuerpos esbeltos y esculturales, de cinturas estrechas, muslos llenos y firmes, espaldas anchas y tórax marcados, bailoteando con minúsculas tanguitas, casi restregando sus bojotes en las caras de los clientes. El más cercano a él, da media vuelta, contorsionándose, y Ricardo constata que esos bikinis son hilitos dentales que bajan entre las firmes nalgas redonditas de piel algo amarillenta y saludable. El chico, con pinta de seductor acostumbrado a enloquecer puticas y loquitas, se va agachando, sus glúteos se abren y es posible ver la fina, sedosa y hermosa tirita de tela amoratada que cubre su raja lampiña, que medio permite ver su sonrosado culito, y que más abajo se abre en saco, atrapando esas bolas grandes. Ricardo no es gay, ni le atrae nada de eso, pero mientras toma una cerveza, fría como si de un restorán de chinos se tratara, traga algo de saliva ante ese muchacho altanero.

 

   Desviando el rostro, no desea ver al tipo cincuentón a su lado, de bigote algo cano, de traje y corbata respetable pero baratón, y con pinta de profesor de liceo público que acerca su rostro anhelante a esas nalgas, siendo tentado por el bello joven que lo enloquecerá dejándolo tocar sólo un poco, para burlarse, para que le suelte propinas, para que se le caliente el güevo o el culo sabiendo que no podrá tenerlo. Igual pasaba con las putas a las que visitaba de vez en cuando, se dice el hombre con una sonrisa. Así que se concentra en el cantinero, un joven de mirar rudo, casi despectivo, enfundado en una camisetita que parece una segunda piel en su cuerpo musculoso, joven y duro, de piel negra clara. Repara, sin mayor interés, en el bulto del muchacho, que supone en reposo pero enorme bajo la tela del pantalón azul de tela suave y extremadamente ajustada.

 

   -Disculpa, amigo, estoy buscando a dos personas. –llama su atención sobre el ruido, pedir la cerveza fue fácil, llegó y alzo una mano, hablar era distinto.- Es un abogado y una dama que…

 

   -¿Héctor Somoza? –lo interrumpe, sin inflexiones en la voz, dando un leve cabezazo a la izquierda.- Por allá atiende…

 

   Intrigado, Ricardo va a preguntar algo cuando oye unos jadeos nada orgullosos ya, sino de cachorrito caliente que goza mucho de las caricias de su amo. Vuelve la mirada. El adulto contemporáneo, con sus manotas de nudillos velludos, acariciaba esas nalgas expertamente, tan hábilmente como la mano que se mete por la parte superior de la prendita, dentro de la pantaletica, alzándola y apartándola un poco descubriendo el rojizo y lampiño culo. En ese momento el muchacho quiso apartarse, no iba a dejar que uno de esos viejos sucios y mamagüevo lo tocara, pero el hombre fue más rápido y con decisión enterró la cara entre las jóvenes nalgas, quemándose las flacas mejillas con ese calor de pieles. Su lengua, larga, cubierta de saliva y chascosa, chocó del culito, metiéndose un poco, lamiéndolo, azotándolo. Y el joven gimió, sintiéndose sin fuerzas. Esa boca cerrada sobre su culo, que besaba, lamía y chupaba, le roba las fuerzas y cae de rodillas sobre la barra. El otro sonríe, sabía cómo domar a esos cachorritos altaneros, algunos de sus alumnos más rebeldes lo habían comprobado en clases, piensa mientras lo azota un poco, metiéndole esa lengua caliente y ávida hasta las entrañas, como preámbulo de todo lo que pensaba meterle después.

 

   -Ahhh… Ahhh… Sí…

 

   -Para, Tico, no estás aquí para dejarte mamar el culo, muévelo bailando. –le gruñe el cantinero, algo incómodo cuando varias personas se vuelven a mirar al atlético y guapo muchacho, de rodillas sobre a barra, muy abierto de culo, siendo penetrado por la lengua del viejo.

 

   -Hummmm… hummm… -era todo lo que podía exclamar el chico, subiendo y bajando su culo sobre esa boca golosa, y casi grita de enojo, enrojecido de cara, cuando el hombre retira su boca, pero enfilando un largo dedo hacia el orificio ensalivado y rojo, metiéndoselo. Y allí se hunde como cuchillo caliente en mantequilla suave. Y mientras el dedo se hunde, el chico gime largamente, tensando su hermoso cuerpo, arqueando la espalda, apretando con sus entrañas ese dedote invasor.

 

   -¡Tico! –repite el cantinero.

 

   -Déjame en paz, güevón, este dedo… -y grita cuando un segundo dedo se clava en sus entrañas, al fondo, quedándose allí, moviéndose luego un poco en su interior, saliendo y entrando, saliendo casi todo y clavándose de golpe. Y a cada cogida de esos dedos, el muchacho gemía estremeciéndose todo, cayendo sobre sus manos también, totalmente vencido. El cantinero, mortificado por tan poco profesionalismo, y Ricardo, que sonríe indiferente, saben que el chico va a terminar siendo cogido toda la noche por el viejo.

 

   -¿Te diviertes, Tirado? –oye una voz femenina a sus espaldas, una que es suave, distante. Sin embargo el hombre percibe en ella el acero y la madera, algo que le inquieta. Si la tapa de un ataúd, del suyo por ejemplo, fuera arrastrada por un sepultado vivo en el paroxismo de su horror, sería ese sonido bajo el que escucharía.

 

   -Débora. –se vuelve con un leve gesto, aún más indiferente al muchacho que gime que sí, que se los meta todos, hablando de tres dedos clavados en su culito dilatado y hambriento, y a sus gritos de gozo contenido, así como al viejo que le saca los dedos, y tomando otro objeto lo penetra, metiendo y sacándole el pico de una botellita de cerveza, cogiéndolo con ella.- No te vi al entrar. Ni a Somoza.

 

   -Él está… atendiendo unos asuntos por allá. –comenta, fría, ladeando levemente la cabeza.

 

   Y Ricardo siente un escalofrío de inquietud ante esta mujer delgada, tanto que alarma. Sus pómulos y hombros parecen huesudos. Nunca la ha visto desnuda, y aunque como buen hétero sueña con ver a todas las mujeres del mundo sin ropas, intuye que no sería grato con esta. Su cabello corto, lacio, de varios colores de fuego, caen sobre sus ojos, que miran pacientes, muertos, adivinándolo (sabe que ella sabe lo que piensa, y eso lo encabrona). Su boca muy negra por la labial, así como sus parpados, le dan un aire gótico. Pero lo que más le disgusta es el pendiente en forma de bola en su lóbulo derecho de donde parte una cadenita fina, de oro de ley, que termina en el otro extremo de un pequeño adorno en forma de candado que parece sellar la comisura izquierda de la mujer. Ese adorno atraviesa ambos labios.

 

   -Extraño lugar para reunirnos. Saddie… -comienza.

 

   -No te dijo nada. –termina ella por él, sonriendo.- Es lógico, nada sabe. O no lo sabía hasta hace unos dos minutos.

 

   -¿Qué ocurre, Débora? Se suponía que salía de vacaciones y…

 

   -necesito que investiguen algo para mí. –lo corta.

 

   En el leve silencio que se establece entre ambos se oyen los “hummm” de placer del joven en la barra, quien yace con sus pies sobre el piso, erguido, con la tanguita levemente apartada de su culo, el cual es penetrado por el grueso aunque corto güevo del hombre en medio de un coro de mirones calientes. El chico gime, se retuerce, jadea y pide más, caliente, sin pudor, mientras lame los dedos que el hábil hombre introduce en su boca gritona, totalmente sometido al macho superior, y eso que él solo bailaba allí para pagarse sus estudios, y jamás había considerado dejarse tocar. Ahora no sólo ocurría, ese güevo caliente le entra, quemándolo, rozándolo, llenándolo de unas ganas violentas de retorcerse, de subir y bajar su culo ansioso sobre él, sino que el sujeto lo llamaba su perrita caliente y él respondía que sí, que era una perrita bien puta.

 

   -¿Una investigación para ti? Siempre eres intermediaria, agente de otros. ¿Qué ocurre?

 

   -Hace… -comienza ella, fría, mirándolo a los ojos, desviándolos sólo un segundo para mirar su reloj en la muñeca derecha, regresándolos nuevamente a su rostro (y Ricardo se estremece, una barracuda debía tener esa mirada.- …unos tres minutos un joven fue asesinado en Maracay. Quiero que encuentren a su asesino y me lo entreguen.

 

   -¿Qué? Pero si llevamos hablando…

 

   -Cuatro minutos. –confirma ella, leve, sin tonos.- Quiero a su asesino. Quiero que lo encuentren y lo traigan ante mí… -repite.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

Una respuesta to “LOS ÁNGELES DE SADDIE”

  1. denisse Says:

    lo mejor de estas novelas: el negro estupendo de la foto…papacito!

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