DE TU BOQUITA A LA MÍA

   -¿Hummm… comiste cebollas crudas, papi?

 

   Hace poco, torturándome como suele ocurrir cada vez que lo hago, me tocó viajar en el Metro. Esta vez, de pie como siempre, me tocó ir al lado de una joven bonita, era alta, bien contorneadita, de cabellos amarillentos que la hacían llamativa… pero le hedía la boca. Dios, qué horrible era. Parecía que había comido carne cruda y que esta se había descompuesto en su estómago sin ser desalojada. Una bolsa con restos de pollos o bistec no habrían apestado diferente. Era terrible, no me hablaba, pero estaba tan cerca que cuando suspiraba o movía un poco la boca, la oleada me llegaba. Intenté poner mi mejor cara de piedra, pero estoy seguro de que algo se notó. El viaje se me hizo eterno, ni ella bajaba (ni se apartaba), ni yo tampoco.

 

   Es increíblemente alta la cantidad de personas que van por este mundo, hombres y mujeres, jóvenes y no tanto, a quienes les apesta la boca. Tener un sabor amargo ardiendo en tu garganta, o estornudar luego de tomar mucho café, deja notar cierto aroma nada grato, pero los olores a podredumbre son fatales. No se cuántas veces me ha tocado estar en una barra tomándome algo para el calor, a solas, mostrándome sonriente, sereno, agradable, para descubrir a otra persona a mi lado, mirándome invitando a conversar, lanzando un “epa”.  Y es cuando todo se arruina. No hay nada peor que un mal aliento, creo que hasta una nada grata fragancia de axilas palidece frente a ello. Porque pensar en llevar tu cara a ese rostro, sentir como esa bocanada de aire maloliente te cubre, te llena la nariz, sabiendo que esa boca buscará la tuya, que esa lengua irá a tu encuentro (ufff), es demasiado. Semejante problema imposibilita cualquier acercamiento.

 

   Es terrible, en la oficina conozco a gente de diferentes lugares, algunas son increíblemente interesantes y eso abre muchas posibilidades; no es raro lanzar una mirada a un rostro atractivo, al lugar donde termina una falda corta, o apreciar un buen traje, y te imaginas atrapando una colita de caballo obligándola a sentarse sobre el escritorio, o atrapando una corbata y halar para acercarte, imaginándote que te encierras en un privado del baño, con el corazón palpitante y la sangre caliente, por lo peligroso, por lo prohibido, y te das una buena fregada que hace arder las carnes… y es cuando te pega ese olor de repente. Y después, qué difícil es salirse del acercamiento. ¿Imagínate si es a uno a quien le apesta y de pronto en un ascensor te tropiezas con Jake Gyllenhaal, todo sonrisas y encanto y tú con esa boca como una tumba, no por silente sino por maloliente?

 

   Y hay dos cosas que he comprobado de la gente a quien le hiede la boca. La primera es que parecen no saberlo, o lo saben y no les importa. Cosa que no entiendo, ¿quién puede desear llegar dando semejante impresión y que al salir todo el mundo diga ufff, menos mal que se fue, la boca le apestaba a mierda? Lo otro es que tienen la costumbre de hablarte muy de cerca. En mis años de universidad conocí a un tipo así, joven y bien parecido, agradable, que te hablaba casi rodeándote el cuello con un brazo y reteniéndote contra sí… con ese aliento a rayos. Y aunque se veía bien, medio catirito (y parecía interesado, me buscaba mucho), no podía soportarlo. De hecho lo evitaba. Le encantaba contarme vainas sobre sí, tenía la costumbre de sentarse a mi lado, casi pegado. Yo me decía que era una pena, por él, imagino que habría a quienes eso no importaría tanto, pero… lo dudo. Creo, por otros y por uno mismo, que tal condición debe ser combatida. ¿Quién no querría dejar de apestar? Las causas las atribuyen a muchas razones; pero básicamente, la gente común, tiene dos grandes motivos: mala dentadura y problemas estomacales.

 

   Todo el mundo sabe que caries y una dentadura mal aseada, llena de sarro y placa, apesta. Es ese olorcillo a comida descompuesta, algo mortal. Todo el que se halla sacado algo de ese sarro con el hilo dental llevándolo al rostro, sabe de lo que hablo. Es un olor como a descompuesto. Y la suma de todos esos olores, incluida una lengua blanquecina por la placa, te hacen resaltar, pero créeme, no de la forma que más conviene a tus intereses, o como lo deseas. Hoy en día existen toda clase de auxilios para estos menesteres, desde la visita al odontólogo en caso de caries, que es imprescindible (por cierto, no confío en los tratamientos de conductos), hasta los de limpieza diaria. Si se tiene un olor fuerte sin presencia de caries hay que cepillarse bien, usar el hilo dental y enjuagues que no disfracen el olor sino que combaten placa y sarro. El mercado está llenos de ellos.

 

   Muchas personas, por las mañanas, le dedican menos de un minuto al acto de llevar el cepillo lleno de crema a sus dientes y frotar lo que se ve, como quien barre la casa únicamente por donde va a pasar el Presidente. No, hay que abarcarlo todo, dientes y muelas, caras anteriores y posteriores. Fregar la lengua y usar el enjuague (como otro acto de aseo más, como enjabonarse bien axilas, bolas y entre las nalgas; por hábito). Hay una variada gama de productos y marcas para la limpieza bucal, busca la que más te convenga, y jamás, jamás salgas de tu casa sin dedicarle el tiempo que merece. Lo del estómago es parecido, una acumulación de capas no desechadas. ¿Solución? Fácil, una purga ocasional y el mejoramiento de hábitos alimenticios, la ingesta de fibra ayuda.

 

   Normalmente no reparamos en ellos, en la necesidad de evitar estos aromas. Pero un sujeto algo adulto en una barra, por atractivo que se vea, y solvente, si la boca le apesta le costará trabajo ligar a ese personita esbelta, más joven y guapa que tanto le atrae; y puedes jurar que algo (plata) deberá soltar si desea interesar a alguien a pesar de su peste. Y aún estos no merecen soportar el ataque de la halitosis. Por naturaleza la gente joven tiende, a veces, al descuido, pero todo muchacho que comienza a salir del cascaron debe saber que el reloj no se detiene aunque tenga muchos años por delante, un día tendrá más edad y los dientes se pudren, se caen, las bocas se afean. Un rostro liso y suave, bonito de estreno puede terminar como la del perro sin dientes, casi caído el hocico. Un muchacho, por muy atractivo que sea (y la juventud misma es el mayor atractivo), con la boca hedionda, que logre salir de un lugar bien acompañado, puede tener por seguro que ni la cara para un beso le darán, será simplemente un desahogo que se tratará de olvidar. Pero es que… ¿quién carajo no sabe que no se puede considerar siquiera unir las bocas con alguien a quien le apesta? Dicen que no sólo de pan vive el hombre, pero tampoco somos carne de asar al momento.

 

   Repito, una pinta de tipo sereno, de buena charla, de sonrisa fácil… con aliento a brisa fresca (no he mencionado los chiclets sabor a menta, pero no son malos), siempre provoca escalofríos, y hace pensar en tu boca en la mía. Y en futuros encuentros, sin mayores traumas; entonces, tratemos de estar en ese grupo. Eso me recuerda algo que me pasó hace tiempo con una joven que trabajaba en Correspondencia. Siempre me sonreía y hablaba, y en una reunión nos dimos unos besos en un balcón mientras la gente entraba y salía a nuestro alrededor. Para mí fue grato, pasé un buen rato, y nada más. Pero ella comenzó a llamar, a seguirme, a hablar de mí cuando no contesté sus llamadas. La gente me preguntaba, burlándose de mí: pero ¿qué le hiciste? Respondía yo (y cómo evitarlo): es que besó mis labios sin saber que eran de fuego… No, apartando las bromas, fue desagradable. ¿Cómo iba a saberla inestable? Son los peligros de la cacería. Cacería, les recuerdo, que es más fácil cuando no se apesta a porquería de perro fresca y caliente.

 

Julio César.

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