LOS ÁNGELES DE SADDIE… (2)

   Y más grande habría sido mejor.

 

   -¿Qué ocurre, Débora? Se suponía que salía de vacaciones y…

 

   -Necesito que investiguen algo para mí. –lo corta.

 

   En el leve silencio que se establece entre ambos se oyen los “hummm” de placer del joven en la barra, quien yace con sus pies sobre el piso, erguido, con la tanguita levemente apartada de su culo, el cual es penetrado por el grueso aunque corto güevo del hombre en medio de un coro de mirones calientes. El chico gime, se retuerce, jadea y pide más, caliente, sin pudor, mientras lame los dedos que el hábil hombre introduce en su boca gritona, totalmente sometido al macho superior, y eso que él solo bailaba allí para pagarse sus estudios, y jamás había considerado dejarse tocar. Ahora no sólo ocurría, ese güevo caliente le entra, quemándolo, rozándolo, llenándolo de unas ganas violentas de retorcerse, de subir y bajar su culo ansioso sobre él, sino que el sujeto lo llamaba su perrita caliente y él respondía que sí, que era una perrita bien puta.

 

   -¿Una investigación para ti? Siempre eres intermediaria, agente de otros. ¿Qué ocurre?

 

   -Hace… -comienza ella, fría, mirándolo a los ojos, desviándolos sólo un segundo para mirar su reloj en la muñeca derecha, regresándolos nuevamente a su rostro (y Ricardo se estremece, una barracuda debía tener esa mirada).- …unos tres minutos un joven fue asesinado en Maracay. Quiero que encuentren a su asesino y me lo entreguen.

 

   -¿Qué? Pero si llevamos hablando…

 

   -Cuatro minutos. –confirma ella, leve, sin tonos.- Quiero a su asesino. Quiero que lo encuentren y lo traigan ante mí… -repite.

 

   Generalmente el cerebro de Ricardo Tirado se movía a velocidades fantásticas, podía ver el conjunto por abstracto que fuera en instantes, fabricándose un cuadro bastante completo de lo que ocurría. Ahora no. Tal vez se debía a los gritos y gemidos que llegaban escandalosamente de la barra, donde el viejo cincuentón continuaba cabalgando duramente al bailarín, metiéndole y sacándole el grueso güevo amoratado de ganas del rosado, lampiño y aún redondito culo, uno recién abierto; cosa que parecía del total agrado del muchacho, quien sin ningún tapujo ya subía y abajaba sus nalgas de esa pelvis envuelta aún en ropas. Pero ahora el hombre guiaba el rostro del muchacho hacia la bragueta abierta de otro carajo, casi tan adulto como él, de donde emerge una tranca no muy grande. Y el muchacho la cubre con su boca luego de dudar un segundo, tragándola sin dificultad, era joven y podía hacerlo con cierta facilidad, y la verga no era muy grande. Los mirones, allí, en pleno bar, aplauden y ríen, mórbidos y calientes antes el extraño espectáculo de los dos ‘viejos’ cogiéndose al robusto y atractivo muchacho. De forma marginal, Ricardo piensa que el muchacho terminaría desarrollando el gusto por las uvas pasas.

 

   Pero no era eso lo que le distraía, lo que no le permitía replicar con su habitual claridad; son las palabras de la mujer. Elevando el mentón la encara directamente, aunque en esos ojos no encuentra resonancias.

 

   -¿Estás diciéndome que mientras entraba a este bar sabías que una persona, un joven, sería asesinado y no hiciste nada por impedirlo? ¿Dejaste que muriera mientras me buscabas y ahora me pides que encuentre a su asesino? –y mientras lo expone, arrugando la frente, entiende un poco más hasta dónde llegan las profundidades de Débora, la mujer sin apellidos.

 

   -Exacto. –y calla. Ricardo bota aire, disgustado.

 

   -No dirás más, ¿cierto? ¿Cómo sabré…?

 

   -Será sencillo, en cuanto escuches la noticia, a pesar de que se silenciarán los detalles, sabrás que se trata de la persona que busco.

 

   -Dios, no sabes de quién se trata. –queda impactado, deteniéndose en su marcha al rincón donde le dijeron estaba su ‘socio’.

 

   -Su nombre exacto no lo sé, únicamente a quién representaba. –Es enigmática.- Y sabrás que será una lástima. Si se ajusta al perfil era alguien que jamás debió morir, y menos en esas circunstancias.

 

   -Pero eso no te movió a…

 

   -Deja de criticarme, Ricardo Tirado. Somos lo que somos. –lo corta serena, sonriente, y se miran.- Antes de que todo termine, sea como sea que termine, sabrás más de lo que habrías querido nunca. Y no te gustará para nada. –y levanta un brazo, delgado, pálido en su amarillez. Ricardo sigue la dirección.

 

   En un rincón penumbroso, sentado en un mueble de apariencia cómoda, casi dándole la espalda a todos, encuentra a Héctor Somoza, pero no está solo. Frente al hombre, de pie, un carajote de piel negra, vestido de marinero, le permite mamar de su güevo grueso, morcilludo y totalmente erecto. Es obsceno el contraste entre el rostro muy claro de Somoza, con su cabello castaño algo largo y levantado en el centro de su cabeza, fijado cada uno a su lugar por gel, subiendo y bajando sus labios enrojecidos, con hambre y lujuria sobre el negro trozo de carne. De esa boca escapan gruñidos de placer, de lujuria. El marinero sonríe leve, ¡era tan rico sentir su güevo así!, tragado, apretado y mamado por esa boquita caliente, con esa lengua que lo mamaba con ganas. Sus caderas van y vienen, cogiéndole la cara, metiéndole la tranca hasta la garganta. Y Ricardo no entiende, fastidiado, cómo Somoza no se ahogaba y moría de una buena vez.

 

   -Somoza. –gruñe bajito, no quiere quedarse más tiempo en ese lugar.- Débora y… -se vuelve… y la mujer no está. Se desconcierta y la busca. No la vea, sólo hay hombres, guapos unos, otros no, jóvenes y no tanto, danzando unos contra otros, tocándose, sobándose, besándose de forma lamida en la pequeña pista de baile.

 

   -Ahhh… hola socio… -jadea ahogado, con las mejillas y barbilla cubiertos de baba, Héctor Somoza, mientras masturba con mano de hierro el fiero miembro erecto, haciendo gemir más al otro (nada había más rico que la mano de otro carajo pajeándote el güevo, era algo sabido de todos). Y vuelve a tragarlo con un “aggg”, de esfuerzo.

 

   Ricardo lo mira con disgusto, esa boca sube y baja, lentamente, tragando y apretando, la garganta se deformaba cuando cruzaba por ahí, y entendía que sí, que a Somoza le encantaba tener el güevo de otro hombre, de otros hombres, le había conocido a varios, en su garganta, tanto como a veces en su culo totalmente vicioso. Pero, por ahora, Ricardo no se distrae pensando en cosas sin importancia, tenía otras vainas en las cuales cavilar. En Débora, en Saddie… y en alguien bueno que murió en Maracay mientras la perra de Débora hablaba con él.

……

 

   La cálida noche era propicia para el viajecito al centro, se dice don Fulgencio, un cincuentón rudo, alto y fornido, de cierta panza y cejas muy pobladas. Un trabajador dueño de un mercadito de barrio donde todos encontraban algo. Era un sujeto duro de trato, pero decente, el pulpero de la cuadra. Fiaba a quien debía, si los sabía buena paga; exigía su dinero, pero nunca con gritos, escándalos o amenazas; y ayudaba sin decirlo a los que caían en mala hora. Más de una vez había vendido en ‘descuento’ vainas que no la estaban. En síntesis, don Fulgencio era un hombre apreciado, y respetado. Era bueno dando coñazos también. Detiene el autobús y sube, pensando en todo lo que tiene que gastar para pintar las cavas. Y lo mira…

 

   Sonriendo paternal saluda con una mano a Alex, un joven algo alto que no llega a los trece años de edad, hijo del loco Batista, un sujeto algo problemático que bebía mucho y no se preocupaba por sus muchachos. Alex era un flaco mocoso de cabello muy fino y negro que caía algo descuidadamente, algo largo también, de mirar algo ceñudo, y distante. Fulgencio cae a su lado, y el contraste entre su cuerpo recio y el flaco esqueleto del chico, es evidente.

 

   -¿Cómo estás, muchacho? –es jovial.

 

   -Bien. –es la lacónica respuesta de Alex, quien mira por la ventanilla.

 

   Fulgencio guarda silencio, como pensativo, ¿tal vez preguntándose sobre si el muchacho pasa hambre y de allí su flacura? O ¿lo golpeará Batista cuando bebe? Tal vez un: ¿Habrá cenado ya? No, Fulgencio va pendiente del roce de su muslo de la flaca pierna, cuya rodilla, algo cascada por alguna caída, se observa fuera del largo short. Ese roce lo enloquece y con ardor desea bajar su mano y atrapar su rodilla. Este ser despreciable lo mira con disimulo, y se estremece de ganas de atrapar ese cabello con un puño, halándolo, lastimándolo un poco, atrayéndolo sobre sí, abrazándolo al tenerlo entre sus piernas. Sueña con atrapar al niño y manosearlo, en besuquear su rostro inocente, mojándolo todo de saliva, en morder sus labios rojos y virginales, labios donde desea introducir su…

 

   Le duele de lo duro que la tiene imaginando todo eso. Intentando ser casual monta su brazo en el respaldo, pero el chico, tal vez por arisco como es generalmente, se echa un poco hacia adelante. Y Fulgencio tiene una visión de la parte baja de su espalda: una franja rica de piel que deja ver el bóxer negro del muchacho fuera del pantalón. Y eso lo marea.

 

   -Alex, don Fulgencio. –se oye una voz varonil, algo seca, de alguien que subió en la última parada.

 

   Y a los ojos de ese hombre treintón no escapa la tensión, turbación y miedo del hombre mayor al verse tomado por sorpresa soñando, tal vez, con… Pero el viejo se repone rápidamente esbozando una sonrisa falsa, desagradable; y el hombre, ese treintón alto y fornido, atlético, de cabello muy negro y piel algo cobriza oscura, atractivo como el infierno, lo percibe.

 

   -Hola, Mariano, ¿trabajadito? –pregunta Fulgencio.

 

   -Así es. Tengo una cita de negocios. –corrobora, mirando su reloj, ya debían estar reunidos, aunque no le pesa.- Pero ya no llego. –y mira elocuente a Alex.- ¿Y tu papá?

 

   -No lo sé. –le sonríe el niño, y es hermosos en ese momento, y sin embargo a la mirada del hombre más joven no escapa cierta oscuridad. ¿Sabría el chico lo que ocurría con el vejete? Tal vez.- Aquí me quedo. –anunció, poniéndose de pie y cruzando casi entre las piernas de Fulgencio que se estremece; quien de estar a solas tal vez habría elevado una mano sobando su culo.

 

   -Ve a tu casa, Alex. –aconseja el otro.

 

   -Voy por mi hermano. –informa, y baja.

 

   La puerta se cierra y todavía el hombre más joven nota la mirada intensa de Fulgencio en el chico, sus ganas de profanar y ensuciar su juventud; pero el otro hombre repara también en la oscura nube que cubre esos ojos de niños. Y se asusta. Por un momento siente unas ganas locas de atrapar a Fulgencio por la pechera y gritarle que sabe lo que intenta, que lo sabe un enfermo, un dañado, y que si tocaba al niño lo mataba. Pero no podía hacerlo. No sin una razón. Ese hombre joven y atractivo, un profesional medio hecho a sí mismo, se regía por reglas que eran sagradas, y ni todos los horrores que ya había presenciado al lado de su jefa, lo habían hecho cambiar su credo. Si pillaba al viejo en una vaina, lo liquidaba. Antes no, a nadie se le podía condenar por suponer que haría algo malo algún día. Sólo Dios tenía ese derecho, y seguramente no lo ejercía.

……

 

   Sentado a la mesa de Somoza, Ricardo espera intentando no mirar mientras este, entre gruñidos y jadeos, termina de atrapar el largo y grueso güevo negro, que tiembla en su garganta, mientras el marinero grita leve, corriéndose, bañándole las amigadazas, para luego cubrirle la lengua con esa leche cuando este echa algo su cabeza hacia atrás, para saborear esas ricas gotas del juego de hombre. Qué sujeto, piensa el otro. Aún tiene que verlo y oírlo chupar un poco más, limpiando todo el falo de semen.

 

   -Estaba rico, mi negro. –lo mira vicioso, sonriente, sobándose aún las mejillas con el tolete.

 

   -Mamas de lo mejor, catire; ya sabes, cuando quieras… -responde el otro, sonriente como todo el que sabe está bien dotado, guardándolo, saludando con dos dedos llevados a su sien derecha y alejándose. Somoza lo sigue con la mirada.

 

   -Tiene un güevo rico, pero seguro que esas nalgotas esconden un culito más rico todavía. Ahhhh, que ganas tengo de abrírselo.

 

   -Déjate de tonterías, Somoza. –es indolente el otro, quien intenta no censurarlo. Evita juzgar al mundo, ya lo hizo demasiado.- ¿Hablaste con Débora?

 

   -No.

 

   -Quiere que investiguemos un homicidio… uno que ocurría, y lo sabía, mientras entraba a este tugurio.

 

   -¡Vaya…! -abre muchos los ojos, lamiendo aún sus labios enrojecidos.- Esa puta sale con cada vaina, aunque… -y lo medita, preguntándose si es prudente hablar.- Supongo que ella está más interesada en el homicida, ¿verdad?

 

   -Así es… -lo invita a hablar.

 

   -Creo, mi amigo Tirado, que Débora y Saddie tienen un interés común en esto: desean encontrar al Ángel de la Muerte…

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

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