LUCHAS INTERNAS

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Las cosas que pasaban en ese taller…

 

1

 

   La guerra que se desató entre los Roche y los Caracciolo, que casi destruye La Torre, y por poco no tumbó al Gobierno mismo, alcanzó su punto culminante, el principio del final, una tarde en que Eric Roche espiaba desde su ventana en el piso quince, como hacía todas las tardes, a una belleza ruda y primitiva que se duchaba desnuda, ignorante de la existencia del apasionado mirón, quien no perdía nunca un detalle de tan curioso ritual.

 

   El joven abogado, sentado tras su escritorio revisa, ceñudo, unos papeles. Los números, las cifras, los reales se empeñaban en no cuadrar. Que vaina, se dice mirando un balance mensual; los socios no iban a estar nada contentos. Y para colmo citaban a una junta de última hora de la que él nada sabía. Seguro que no era para felicitarlo por la manera en que dirigía la firma, últimamente nadie lo apreciaba mucho. Botando aire, arroja la carpeta con disgusto. Ojalá ese día ya hubiera terminado, piensa cansado y estresado. De forma casual mira su reloj y, lanzando una maldición, se pone de pie rápidamente. Va hacia la ventana y aparta, con cierto disimulo, algunas persianas. Se siente avergonzado y excitado de hacer eso cada tarde. Pero no puede evitarlo.

 

   En la parte posterior del callejón se encuentra un pequeño, sucio y ruinoso taller mecánico. Allí estaba su joven amor, su musculoso y atractivo mecánico preferido. Todas las tardes era el último en irse; y al estar a solas, tomaba una larga ducha en una destartalada regadera que estaba bajo un techito, pero a la que era posible mirar desde la ventana de Eric.

 

   Allí estaba el joven, alto y fuerte, muy masculino. Vestía una sucia franela y un jeans viejo, ajustadísimo. El joven, nota Eric, se quita la franela. Es tetón y lampiño. Arroja los zapatos por ahí y se quita el pantalón. Un suspiro escapa de los labios del hombre, quien mira fascinado al joven. El tipo usa una mínima tanguita azul, de tela suave, que cae hacia abajo sosteniendo el bojote. Parece un buen paquete, piensa el otro, con los vellos de la nuca erizados.

 

   Eric lo sigue con la mirada mientras el muchacho va de aquí para allá, buscando y acomodando cosas, como toallas y ropa limpia. El bojote salta y se mueve llamativo de un lado a otro. El abogado se siente mareado, de buenas ganas caería sobre el sucio suelo del taller para atrapar con su boca ese paquete dentro de la pequeña prenda. El hombre sabe para sus adentro que sería algo rico, excitante. Que su boca se llenaría de saliva y de gusto, palpando ese manduco que crecería grande y caliente dentro de su boca, la cual ahora siente seca.

 

   El joven finalmente se quita la tanga. A pesar de la distancia desde donde lo espía, (y hay que reconocer que el hombre parece tener buena vista), el abogado repara en el tolete pálido que se ve largo y grueso, emergiendo de una maraña de pelos oscuros y rizados. El chico va hacia la ducha y las nalgas se ven claras con la franja del bronceado. Eric toma aire, imaginando al atractivo joven acostado sobre una toalla en la blanca arena de una playa muy concurrida, asoleándose con un diminuto bikini firmemente ajustado a sus nalgas, algo hundida la tela entre la raja interglútea, rodeado de una corte de mirones, que estarían deseando tocarlo o aplicarle el bronceador. Esas nalgas se ven paraditas y firmes. Seguramente el muy maldito iba mucho a los gimnasios a ponerse buenote, imagina Eric. Y seguro que todos los carajos allí lo mirarían deseando darle una buena mamada a su güevo caliente y duro.

 

   El muchacho abre la regadera y el agua cae sobre su cabeza, mojando sus cabellos, bajando por todo su musculoso cuerpo. Eric lo ve meter los dedos en sus cabellos, tomar un jabón y comenzar a enjabonarse las axilas y el pecho. Sus manos bajan más, hasta entrar en su pelvis. El jabón produce una capa de espuma cubriendo su güevo y bolas. El abogado nota como el tolete comienza a crecer poco a poco, estimulado por las caricias de esas manos. Ve como el joven se recuesta de la enmohecida pared (desde lejos se nota que es un cultivo de microbios), y sigue enjabonándose y acariciándose la  semierecta  tranca, gozándolo. Era casi una masturbación y el hombre que lo espía siente la boca aún más seca.

 

   Ahora ocurre algo que siempre pone a millón a Eric, con unas ganas locas de sacarse el güevo allí mismo y masturbarse, o bajar y caer sobre el muchacho. El joven le da la espalda a la ventana y el agua corre por la nuca y la recia espalda entrando entre sus nalgas, como un pequeño río que va a un cause secreto. Pero no es lo único que entra en tan fascinante lugar; las manos enjabonadas del mecánico entran también. Se diría que para enjabonarse el rabo, pero aquello parecía más bien una deliberada y lenta caricia. ¡Parecía sobarse el culito!

 

   A veces, Eric cree que se engaña, pero otras está seguro de que ese joven en verdad, se soba anhelante el culo, y quien aceptaba así la delicia de semejante caricia, puede aceptar otras cosas, piensa mórbido. Se imagina a su lado, siendo su mano enjabonada la que entra entre las firmes nalgas, acariciando la raja interglútea, para cebarse luego sobre el ojito del ano, al que atendería con diligencia, con ganas. Puede verse a su lado, puede ver el agua que corre por la espalda, su propia mano enjabonada metiéndose entre las apretadas nalgas, acariciando las secretas y tibias interioridades del otro macho.

 

   Su mano se cebaría sobre el titilante culito (ya que en su mente, palpita con ganas), deseoso de ser sobado y acariciado. Puede hasta ver el rostro del joven, húmedo, con el cabello pegado a la frente, con los ojos cerrados y jadeando levemente, en dulce agonía, temblando, mientras su agujero era sobado y acariciado por él, esperando el momento en el cual el índice comenzará a clavarse en su apretado y virgen esfínter.

 

   Volviendo a la realidad, a Eric le parece que el joven echa las nalgas un poco más hacia atrás, abriéndose más de culo. El mecánico parecía inspirado esa tarde. La mano grande entra y sale, enjabonando y acariciando una y otra vez de entre esas nalgas. Puede ver que la mano sube y vuelve a bajar, lenta. ¿Se masturbaría hoy bajo la ducha? De tarde en tarde, de pie bajo el agua, allí, en un taller de techo abierto a la posible vista de todos, el joven se hacía la paja, pensando en alguna oscura, secreta y sucia fantasía. El tolete le crecía como una barra larga y dura. Y tan perdido está Eric contemplando al joven, imaginando lo mucho que le gustaría estar ahí a su lado, enjabonándolo, siendo él quien metiera la mano entre esas nalgas que se adivinaban firmes y musculosas, que no oye pasos fuera de su oficina. La puerta se abre y entra Samuel Mattos, su socio y amigo.

 

   -Al fin se está terminando este día tan mierdoso. -comenta alegre Sam, impactándose al verlo cerca de la ventana, con el saco abierto y una escandalosa erección bajo la suave tela del pantalón.- Coño, ¿otra vez, maricón? Tápate esa vaina, no joda. -finge poner cara de asco.

 

   -¿Es que no sabes que se debe llamar antes de entrar? -replica molesto Eric, cerrándose el saco y alejándose de la ventana, malencarado.

 

   Le molesta haber sido sorprendido así por Sam. Y también el haber sido interrumpido en su miradera; por la sobadera que su joven amor tenía allá abajo, esa tarde habría paja y ya no podría verla. Va a su sillón y toma asiento, indicándole al otro que haga lo mismo.

 

   -Ay, discúlpame. No se en qué estaba pensando que no llamé; no se cómo no se me ocurrió que estarías a punto de hacerte la manuela mirando a un carajo que se lavaba el culo allá abajo. -es burlón. Se sienta frente al otro.

 

   -Si lo dices así, suena como algo malo.

 

   -¿Hasta cuándo vas a seguir con esa paja? Te gusta ese carajo, de hecho te gustan todos los carajos, y sigues negándotelo. Deja de masturbarte viéndolo y haz algo. Baja al taller ese y le dices que tienes un problema con el tubo de escape y  que necesitas una mano experta que te lo arregle. Mientras se lo dices, tócate el güevo y mírale el suyo. Seguro que ése entiende. Después de todo un tipo que se baña desnudo sabiendo que desde aquí pueden verlo, no presagia nada bueno. Un hombre bien criado no haría algo así. Seguro que ése anda buscando guerra. Baja y ofrécele una buena mamada de güevo, quien quita y te sorprenda. -lo dice jovial, como si se tratara de la cosa más simple y posible del mundo.

 

   -Claro, le digo eso y me revienta el culo pero a patadas. -Eric se incomoda un poco, como siempre que habla de ese aspecto de su vida personal con Sam. Aunque sólo con él puede hacerlo. Sólo él lo conoce tanto, aunque no en el sentido bíblico.

 

   -O baja, salúdalo y comienza a hablar de la situación del país. Con lo mal que anda todo, seguro que el tipito lavaculo te suelta algo como que la anda pasando mal, y está mamando. Es cuando tienes que verlo directamente a los ojos y lo sorprendes diciendo algo sutil como: y a mí me encantaría mamártela. -ríe.

 

   -¿Quieres que me maten?

 

   -No estés tan seguro. Tú no eres tan feo. Y una boca caliente y golosa que quiera mamártelo, casi siempre se agradece. No hay nada mejor que una buena mamada en el güevo.

 

   -Lo dices como si ya lo hubieras probado. Dar la mamada, quiero decir. ¿Hay algo que no me hayas contado pero que te mueras por decírmelo ahora? -es irónico.

 

   -No seas mamón. A mí los hombres desnudos, me dan asco. -sonríe en forma encantadora.- Sólo intento ayudarte. Tu vida es una mierda y ya comienza a apestarlo todo.

 

   -Deja mi vida en paz, ¿bien?

 

   -¿Cual vida, Eric? Te escondes en tu oficina, en tu familia y en la zorra de Irene para ocultar lo que sientes y lo que quieres. Te gustan los machos y te atormentas fantaseando y soñando con ellos, pero sin darte el gusto. Siempre he sospechado que te gusta el béisbol para verte rodeado de esos carajos en los baños. Y ahora estás a punto de casarte con Irene, que parece una cuaima con dolor de muelas. Esa sí que te va a hacer la vida de cuadritos.

 

   -Déjala en paz. Mi vida privada la elijo yo. Y tú no tienes nada de qué hablar. Tu matrimonio con Linda no es precisamente el remanso de paz y amor que todo hombre envidia o desea.

 

   En cuanto lo dijo, Eric se arrepintió. Sabía bien que Sam sólo intentaba ayudarlo porque lo apreciaba como a un hermano. Siempre había sido así. Llevaban años de amigos y nada había empañado eso, ni siquiera su interés cada día más creciente, urgente y desesperado por los hombres en el aspecto sexual.

 

   Sam se había casado hace unos cinco años atrás con Linda Santana, su novia de toda la vida; pero no parecía haber manera de que fueran felices. Linda era una mujer maniática, celosa, obsesiva y peleona. Celaba a Sam de todas y todos. Y tenía motivos aparentes para ser tan insegura y obsesiva; Sam era un carajote alto, musculoso, de cabellos claros muy finos y de unos ojos reilones y verdosos. A Eric siempre le intrigó no sentir algo de interés sexual por él; pero sabía de muchas, y de algunos, que sí lo sentían.

 

   Y sin embargo todos los temores de Linda eran infundados, pues aunque atractivo, amable y alegre, Sam era un hombre fiel y devoto a su matrimonio, cosa que sorprendía a mucha gente dentro y fuera de la firma. Eric sabía que Sam sufría por los celos, los escándalos, los reclamos y los ataques nerviosos de Linda. Había intentado que la mujer fuera feliz, pero ella parecía incapaz de serlo. No importaba cuanto se esforzara él en ser amable y atento, para ella siempre había motivos de quejas. Y siempre había sido así.

 

   -Linda está insoportable. -admite Sam con un suspiro.- No sé  con qué nuevo cuento le vinieron y está de un humor tempestuoso. -mira su reloj.- Es hora de ir a la junta.

 

   -No entiendo para qué la han convocado.

 

   -Lo sabes bien. Las cosas no marchan como deberían. Los socios no están contentos. Ni yo tampoco. -dice preocupado.- Y eso que sólo soy un socio minoritario. Estamos perdiendo cuentas y dinero, Eric. -encoge sus recios hombros.

 

   -A papá tampoco le gusta y no pierde ocasión de decírmelo. -replica deprimido.

 

   Siempre se ha sentido vigilado y juzgado por Germán, su padre, y la impresión que tiene es que no sale muy bien librado de esos juicios. Ambos se ponen de pie y van a salir. Eric lanza una fugaz mirada a la ventana. Sam lo nota y sonríe burlón.

 

   -No sigas sufriendo. Baja una tarde de éstas, cuando sepas que está solo. Míralo con ojos de ternero degollado cuando le hables, mirándole el bulto y seguro que terminas tirado en un montón de mantas sucias de grasa, hediondas a orine, entre basura y chatarra, con las piernas en los hombros del carajo ese y bien cogido; o él gritándote: chúpame el culo, chúpame el culo. Ah, se oye tan  romántico… -se burla cruel.

 

   -Anda a joder al coño’e tu madre. -replica levemente molesto Eric.

 

   -¡Vulgar!

 

 

   En la sala de juntas esperaban ya Ricardo Gotta, Aníbal López y varios socios minoritarios. La firma de derecho penal, mercantil y de todo lo que hiciera falta, conocida como La Torre, era un bufete respetado y en buena medida temido dentro del mundo judicial y legal. En el pasado estuvo conformado por abogados duchos en las artes jurídicas dentro y fuera de los tribunales. Eran gente de componendas cuando hacía falta, con defensas o demandas brillantes; tajantes y crueles cuando la ocasión lo ameritaba. Los viejos fundadores, Germán Roche, padre de Eric, y su socio, Manuel Caracciolo, no se distinguieron nunca por su heterodoxia en su manera de actuar. Recurrían al argumento o argucia que hiciera falta para triunfar. Eran los años en que los juicios se ganaban o perdían según la tribu judicial que llevara el caso (generalmente nunca dentro del tribunal), y esos hombres supieron manejar su oficio, pero llevándolo con elegancia y cierta clase.

 

   El bufete representaba a grandes compañías demandadas por empresas menores que se sentían acosadas, espiadas o intervenidas por los grandes. Defendía a artistas, políticos, deportistas, empresarios y hasta miembros del clero (los que representaban a la gente de éxito, la gente del momento de cara a la opinión pública), en casos de divorcios, infidelidades, consumo o tráfico de drogas, lesiones, agresiones personales, casos de violaciones y otros. No había caso pequeño o cliente menor sí el precio era convenido y se podía lograr la gratitud de los poderosos, cosa que garantizaba el poder del grupo.

 

   Años atrás ese esplendor se alcanzó en La Torre representando a importantes grupos políticos, empresariales y a banqueros; en conclusión, alcanzar justicia era prácticamente imposible, a menos que se pagara a precio de oro. Las tribus, esa nociva unión de jueces con bufetes específicos que convenían precios y resultados con sus mercaderes, gobernaban en los tribunales y fiscalías. Muchos llegaron a jueces, aún en lo que se conoció en la antigua república como la Corte Suprema, de la mano de grupos de abogados aliados con toldas políticas, como único mérito, en tiempos en que las personas percibían que estaban en el infierno y que nada peor podría haber. Era algo conocido de todos. Y La Torre contó con su cuota de poder en todo eso.

 

   Pero los tiempos cambiaron. Gente más torpe y corrupta, más inmoral, dominaban la escena política en esos momentos, comprobando aquello de que el infierno sí podía existir. Bufetes como La Torre, aún conservaban parte de su influencia y poder, pero muy disminuidos. Para colmo, los viejos se habían apartado, llegando la hora de gente nueva, idealista y decente como Eric Roche o Sam Mattos. Ninguno de ellos habría aceptado de buenas ganas el defender a alguien enredando un expediente o ensuciando la memoria de un muerto o de su gente, como en el caso defendido por el bufete aliado, que defendió al empresario en Maracay que mató a su mujer y lo hizo ver como un asesinato a manos del hampa; el muy conocido y tristemente celebre caso Loreta.

 

   La forma como se movió, unió y utilizó de forma bestial el poder político, judicial y policial, así como el poder económico para taparearlo todo, nunca habría contado con el apoyo de Eric o Sam. Y esa forma de llevar los asuntos de la firma estaba creándole problemas a algunos de los socios menos quisquillosos a la hora de evaluar la moral o la ética, pero más interesados en el dinero y el poder. A la retirada de Germán Roche (los Caracciolo llevaban años fuera del país), Eric asumió la presidencia de la firma. Y muchos no estaban contentos con ello, ni por la forma en que manejaba sus asuntos, entrometiéndose en ellos.

 

   Representado cada uno a una buena porción de socios, Ricardo Gotta y Aníbal López encontraban difícil trabajar y prosperar con Eric allí. En el país todo era negocio, desde el robo de carros hasta la cedulación de chinos, y todos sentían que tenían derecho a su parte de la botija y no iban a ser los abogados y jueces la excepción. El que un país moderadamente sano no pudiera marchar, prosperar o simplemente subsistir como nación con un poder judicial corrupto donde cada juez y cada sentencia había que comprarla o era torcida por los gritos de un caudillo intolerante y demente, no parecía tener cabida en sus mentes. Por ello Ricardo y Aníbal lo resentían. El joven era un claro estorbo.

 

   Sin embargo, Eric había contado hasta ese momento con la suerte de que ni Ricardo confiaba en Aníbal, ni éste tomaba nada que le enviara el otro, incluyendo café. Ricardo Gotta era un hombre cincuentón, muy atractivo, de cabellos castaños plateado, pulcro. Elegante. De una sonrisa encantadora, que ocultaba una mente peligrosa y totalmente carente de escrúpulos. Quien no lo conociera bien, pensaría que era un descendiente de Los Amos del Valle; pero la realidad, como no se cansaba de recordar Norma de Roche, madre de Eric (a todo quien la quisiera oírla), es que era un recién vestido. Un arrivista, o un rico recién vestido.

 

    Aníbal López era un cuarentón negro, de cabellos muy cortos y ralos, de ojos almendrados con un toque de bovinos. Parecía un hombre amable y tranquilo, buena gente; pero tras su fachada se ocultaba una mente tortuosa y una voluntad intrigante e inquebrantable a la hora de conseguir lo que quería. Llegar a donde llegó no le fue fácil, y contrario a lo que la gente creería, que le costó por ser negro, de verdad el mayor problema a vencer fueron los prejuicios y limitaciones de sus propia familia y amigos en su Caucagua natal, quienes veían como ‘cagar más arriba del culo’ el que quisiera ser abogado. Acostumbrado a vencer resistencias y rencores, se había convertido en un tipo insensible a los demás. Él, y sólo él, era importante.

 

   Entre los dos hombres existía una vieja rivalidad, por no llamarlo un odio visceral y terrible; algo no dicho, pero presente. No se detestaban cordialmente, en verdad se deseaban lo peor y cada uno quería salir del otro, por razones que sólo ellos muy bien sabían. Aníbal lo odiaba con una virulencia que su rostro jamás reflejaba, pero de la cual Ricardo era muy consiente. Pero, por ahora, los dos deseaban lo mismo y eso los unía momentáneamente: sacar a Eric Roche de la presidencia de la firma lo más pronto posible…

 

 

   La política, y buena parte del derecho, no se practicaba únicamente en los entes oficiales o los lugares destinados para ello. Había otras instancias para otras acciones. Con otros matices, podía desarrollarse en lugares solitarios, íntimos y cerrados, tal vez en la oficina de uno de los leguleyos menores de una firma de abogados, como era en el caso de Cecilio Linares. El abogado era un carajo joven y alto, de cara larga, con un bigote y una barba fina, bien cuidados. Un tipo atractivo. Su forma de ser era algo untuosa y melosa hacia los jefes y superiores, lo que muchos llamaban un ‘jalabolas’ o un ‘lameculos’. De ademanes rápidos y nerviosos, intentaba aparentar que era más importante de lo que en verdad era.

 

   Dentro de los grupos en que se había dividido la firma, él estaba en el bando de Ricardo Gotta, quien lo utilizaba para una que otra perrada a la que ningún otro se prestaría. Calculando a futuro hizo un matrimonio más o menos conveniente. Un abogado en ascenso necesitaba una buena esposa, y sí pertenecía a una familia bien vista o con relaciones, mucho mejor. Además, eso lo ayudaba a ocultar algunas cosas de las que nunca hablaría con nadie… Cosas que lo tenían ahora desnudo de la cintura para abajo, llevando aún el  saco y la corbata, sudándole la frente, doblado por la cintura mientras su boca subía y bajaba golosa sobre el duro tolete erecto de José Serrano, un joven vigilante del edificio, quien jadeaba, sentado sobre el escritorio del abogado.

 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

 

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios de la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro…

 

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado, apretado; notando como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la boca al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

 

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas… doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira, intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo… sácale la leche. Como te gusta tragar leche de machos, ¿verdad? Eso es lo que más te gusta… Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero… -dice mórbido, caliente.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

 

NOTA: Ya sospecho un ataque deliberado. Nuevamente padecí un virus en mi disco duro que ha afectado varios archivos; he perdido páginas y páginas de LOS ANGELES DE SADDIE, y una novela llamada RELATOS CONEXOS. Me va a llevar tiempo recuperarlo todo, así que inicio esta, LUCHAS INTERNAS; modestia aparte, me la han celebrado. Este tiempo fuera sirvió para que  revisaran el equipo, pero siempre queda un problema. Lo siento.

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