EL CONSENTIDO

hombre-en-suspensorio

   Era una casa de puertas abiertas…para sus amigotes.

 

   Siempre era igual, después del juego, ganaran o perdieran, Roberto esperaba en casa a sus amigos. Los chicos lo habían pillado olisqueando suspensorios sudados en los vestuarios de la universidad y desde ese momento se convirtió en la puta de todos. Al principio lo molestaban, pero sentirlo mamar con gusto, lamer y besar glandes, recorrer con su lengua rojiza y húmeda esas bolas mientras el tolete hace sombra en su bonito, joven y limpio rostro, así como la forma en que chupaba y gemía mientras se tragaba toda la leche de esos güevos ardientes y duros, que se ponían así sólo por y para él, habían terminado tomándole cariño. El joven los espera, ansioso; el culo le titila de expectación, sabiendo que dos o tres buenos toletes se le meterán hondo, calmándolo, saciando sus ardores con semen, y su boca se seca esperando también por todos esos jugos de machos. Nadie lo decía, en el grupo, porque fuera de ellos la gente se extrañaba que alguien siempre estuviera presto a copiar las tareas para Roberto, o llevarlo y traerlo de clases, o hacerle regalitos. Lo atribuían a que era un chico amable; no podían saber que era por sus dulces atenciones… Pero para eso era el colegio, para probarlo todo, ¿o no?

 

Julio César.

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