LUCHAS INTERNAS… (2)

tiene-algo-que-gusta

   Antes le gustaba una vaina, ahora otra…

 

   El güevo emerge de la bragueta abierta, largo y grueso, blanco rojizo, surcado de venas. La boca de Cecilio sube y baja con fuerza, haciendo ruiditos de succión y chupadas, dejándolo brillante de saliva. Mamaba con unas ganas que los enloquecía más y más. La boca rodeada por la barba y el bigote sube casi hasta la roja e hinchada cabezota, que besa largamente, dejando los labios, entreabiertos, pegados de ella, jadeante, humedeciéndola más, lamiéndola, dándole pequeños y lujuriosos lengüetazos; para luego volver a tragárselo todo, clavándoselo hasta la garganta, atrapándolo allí, mientras su lengua lamía como podía, jadeando casi asfixiado, pero gozando como nunca, ¡una tranca de macho siempre lo hacía vivir!

 

   Ese güevo caliente parece quemar más, palpitando con furia  dentro de su ansiosa y húmeda boca, y a cada palpitada parece soltar un jugo agridulce que el abogado traga con  voracidad. Cerrando los ojos, Cecilio se empala por la boca, apretando el rico instrumento con su garganta, con sus mejillas y lengua. Recuerda todos los güevos que ha mamado durante años, una debilidad contra la que luchó un tiempo; pero contra la que perdió una tarde, en medio de dos compañeros de estudios de la universidad, con tres cervezas encima. En ese momento cedió al fin, tragando una buena dosis de leche toda esa tarde. Los dos carajos no querían perder una oportunidad así y lo pusieron a becerrear bastante tiempo; pasando de uno al otro…

 

   José, sentado, jadeando ante el placer que siente, mira el cabello negro de la nuca del otro, cuya cabeza sube y baja con ganas, mamándolo más, atrapándole los testículos que cuelgan fuera de la bragueta y dándole ricos tirones y masajes. El vigilante siente que el güevo es chupado, atrapado, apretado; notando como lo hala sabroso. Esa boca le da con fuerzas, queriendo sacarle todo. Una manota de José, excitado, le atrapa la nuca obligándolo a mamar con más velocidad. Quiere verlo atragantado, quiere empujarlo contra su monstruosamente erecto güevo, verlo tragar con dificultad pero con ganas. Cecilio se oye más y más ahogado. José ríe bajo, siente más deseo, más placer. Lentamente sus caderas suben y bajan un poco sobre el escritorio, metiéndole el enorme tronco en la boca al otro. ¡Cogiéndolo por esa boca!

 

   -Está rico, ¿verdad? Lo mama con ganas… doctorcito. -se burla ronco el vigilante. El otro no puede responder, sólo lo mira, intenso, ardiente, sometido al rey güevo.- Anda, trágatelo… sácale la leche. Como te gusta tragar leche de machos, ¿verdad? Eso es lo que más te gusta… Mamar es sabroso, ¿ah? Yo también quiero… -dice mórbido, caliente.

 

   Baja de la mesa y para al carajo que lo mira jadeante, buscando como de besarlo, lo enloquece sentir la lengua de otro tipo en su boca; pero su barbilla ensalivada hace que José dude, obligándolo a darle la espalda apoyándolo de manos contra el escritorio. Se agacha tras ese hombre al que obliga a subirse el saco y la camisa. Encuentra muy erótico tener a ese tipo así, caliente, queriendo mamar y queriendo que le den por el culo (a Cecilio le encantabas que le dieran duro por ese chiquito), vistiendo su saco, su camisa y corbata de abogado y jefe suyo en la firma. Ya debía tener el culo caliente. Muy caliente y dilatado, esperando el ansiado asalto a su frutica secreta. El joven mira esas nalgotas plenas, de quien se ejercita, con una línea chica de bronceado. Las amasa. Sus dedos palpan y soban la piel cálida y firme. Se agacha tras él y su boca cae sobre una de ellas, mordiéndola, saboreándola. Muerde de una a otra. Su lengua las recorre. Están saladitas, tibias y temblorosas de pasión.

 

   Cecilio gime algo escandaloso, grita como un poseso cuando le hacen cosas así, eso era parte de su encanto según los que lo habían enculado antes. A los carajos les gustaba coger a un tipo alto y gritón como él, que jadeaba y chillaba por más; que gritaba que sí, que lo cogieran duro, que lo cabalgarán, que le rompieran el culo. Era un buen gritón y eso excitaba a sus machos. Esa lengua tibia en su raja, lo excita.

 

   Esa lengua cae en la raja interglútea, saboreando, lamiendo en forma ostentosa, evidente, con las ganas de quien disfruta un rico platillo al paladar. Esa tibia y babosa lengua arranca más gemidos del otro. A José le gusta eso, verlo así, caliente, queriendo más y más. Sometido a él. La punta de su rojiza lengua aletea sobre el sonrosado culito lampiño, que titila y se estremece ante las caricias del macho. Se ve pequeño, arrugado y deseoso de ser consolado y mimado. Esa lengua lame con ganas, dejando regueros de saliva. Cecilio cierra los ojos y casi se desmaya sobre el escritorio. Todo su cuerpo vibra queriendo más de eso. Sus caderas se agitan, van y vienen contra esa boca caliente que lo atormenta. Su  culito sube y baja agitado sobre esa lengua voraz. Quiere que se lo coman ya. Que le devoren su joyita caliente. El culo le echa candela. Está mojado, hecho una sopa.

 

   -Cógeme, papi. Cógeme. Métemelo todo en el culo. Anda… cógeme… -jadea mal.

 

   -Como te gusta que te cojan, ¿verdad? -un dedo de José se frota contra el ojito, mientras lo mama con ganas. El dedo frota y frota produciendo unas cosquillas tan ricas y desesperantes que el otro grita incapaz de aguantar más la dulce tortura.

 

   José sonríe cruel. ¡Que caliente y puto era ese carajo! Se pone de pie, colocándose tras él, con el güevo tieso como una barra de acero, frotándose caliente contra esas nalgas. La dureza, calor y palpitaciones del pene hacen que Cecilio, al sentirlo tras él, casi grite, echando más el ansioso culo hacia atrás. José se posiciona tras él, abriéndole más las nalgas con las manos, la roja e hinchada cabezota de su güevo se frota contra la chica entrada. Entra lentamente, muy lentamente. Se va clavando centímetro a centímetro, abriéndolo.

 

   Cecilio grita mirando hacia atrás, desesperado. Le duele. Lo desgarra, pero lo quiere adentro. Todo su cuerpo se estremece de deseo esperándolo. El güevote entra más y más, clavándose en sus ardientes entrañas. Entra todo y José se queda allí, teniendo el güevo totalmente encapsulado en ese culito. Siente como los músculos del hueco le aprietan y aprisionan el tolete, chupándolo. Cecilio grita, jadeando, sintiendo como el güevo palpita, creciéndole más dentro del chiquito. El tolete sufre espasmos, creciendo y soltando líquidos de lujuria.

 

   José monta sus manotas en las calientes caderas del otro, saca el tolete y vuelve a clavarlo. Lo coge con ritmo, con ganas. El güevo sale y entra victorioso, mientras Cecilio jadea, sintiendo como lo taladra rico. La tranca lo penetra, lo coge. Lo nutre. José lo goza y aprieta los dientes. Goza cabalgando a ese tipo sudado, al que arroja sobre el escritorio que cruje, empujándolo por la brillante espalda, subiéndole más la ropa. Le gusta verlo sometido, jadeando por más. Por más güevo. ¡Y Cecilio siempre quería güevo!

 

   Los cuerpos se mueven acompasadamente, en un vals de sexo y lujuria. Cecilio aprieta los dientes y cierra los ojos, sudando sobre el escritorio, mientras su culo va contra ese güevote que lo taladra. Las manos caliente de José se clavan en sus caderas y las pellizca. Se tiende sobre él. Cecilio gime al sentir el peso del hombre sobre sí, aplastándolo contra el mesón. Una mano de José se mete dentro de la ropa del otro y le atrapa una tetilla. Está erecta y dura. Caliente. La soba. La pellizca casi con dureza. Cecilio casi ríe y grita, gozando una bola. José se endereza y mira como el culo del otro va y viene sobre su güevote; ve como el huequito, porque parece chico, se abre tragándolo con ganas. Cecilio lo mueve de adelante atrás, de arriba abajo, casi en forma circular. Sabe bien como mover el culo sobre un güevo, reconoce José. Y cuando más caliente está, oye unas voces que se acercan fuera de la oficina del abogado.

 

   -Lo mejor sería suspender la junta. Tú no la convocaste. –oye que dice Sam.

 

   -¿Y qué crean que les tengo miedo? Claro que les tengo, pero no quiero que se sepa. -dice Eric.

 

   José se impacta y se queda quieto, con el güevo clavado en ese culito ardiente y hambriento. Cecilio, loco de lujuria, mueve el culo de arriba abajo sobre su pelvis, enculándose él mismo, jadeando bajito. La mano de José cae con furia sobre su boca. Callándolo. Sería horrible que los descubrieran así, no tanto por las apariencias, ya que Cecilio tenía mucho más que perder que él; sino porque no era prudente que Eric Roche lo descubriera enculando a otro carajo. Había… planes para él, planes que podrían estropearse sí Eric supiera que él no era un novato en ciertos asuntos. Podría preguntarse cosas que Cecilio, por ejemplo, no se había preguntado, caliente como estaba siempre por su güevo. Los oye alejarse de ahí.

 

   Mientras piensa en lo que tiene que hacer más tarde, y en Eric (a quien alguien tenía en la mira y de mala forma), José sigue cogiendo al carajo al que le cubre la boca aún. Ahora lo hace porque lo excita. Le mete dos dedos en la cálida boca y Cecilio, con una ansiedad admirable, los lame y lengüetea. Cerrando los ojos, jadeando y moviendo el culo, Cecilio recuerda los días en que iba a la playa y se quedaba mirando a los carajotes grandes en tanguitas. Como le gustaban esas nalgotas musculosas de machos viriles semicubiertas con una suave telita a la que provocaba pasarle la mano. Y los bultos, como se los acomodaban esos carajos para lucirlos…

 

   José sonríe, pensando en lo que tiene que hacer en el futuro inmediato, y en el dinero que puede ganar; todo gracias a Eric roche. Siente como su güevo se tensa horriblemente, tanto que Cecilio abre los ojos y boca al sentir ese tizón en el culo, que luego se estremece y vomita una cantidad grande de leche caliente dentro de ese hueco que palpita y chupa cada gota del cálido néctar. José jadea, bombeando más y más en un culo que suena plo plo al estar lleno de semen pegajoso. Cecilio se para bruscamente, sintiendo como su propio cuerpo se estremece y José lo abraza por la cintura, teniéndole el tolete aún clavado en el culito. El güevo de Cecilio se vacía con una larga corrida sobre su escritorio.

……

 

   La junta no comenzaba nada bien, se dijo Eric al notar que había concordancia entre Aníbal y Ricardo Gotta. Tradicionalmente esos dos se enfrentaban por el control de una buena parte de la firma, pero ahora parecían trabajar hermanados. Ricardo, quien miró con mala cara a Cecilio al llegar tarde y agitado, comenzó su diatriba contra Eric, intentando parecer tranquilo.

 

   -Nos pareció oportuno a Aníbal y a mí, convocar a esta reunión, Eric. Todos aquí, minoritarios o no, tenemos intereses creados en la firma. Y nos parece que tu bendita costumbre de vetar proyectos y clientes, sin tomar en cuanta la opinión de los socios o abogados que traen a esa gente, se vuelve francamente irritante. Nos estás coartando, no tenemos libertad de acción y estamos perdiendo mucho dinero. -es tajante.

 

   -Y cancha. Hoy hay clientes que van con otros. Gente que tradicionalmente estuvo con nosotros, aquí. -acota Aníbal, suave. Eric lo mira molesto.

 

   -El derecho a veto es un privilegio de la presidencia. Siempre lo ha sido. En tiempos de mi padre nadie discutió…

 

   -Discúlpame la sinceridad, mi estimado Eric, pero tú no eres Germán Roche. -suena burlón y menospreciador.- Tu padre no limitaría el área de influencia de La Torre, ni de los socios.

 

   -Lo siento, Ricardo, pero ahora soy yo quien está al frente y quien toma las decisiones. Mi padre está retirado. -es seco. Se siente molesto. Sam se ve preocupado y mira a Aníbal.

 

   -Es que ese es el centro de la cuestión. El problema… es tu liderazgo. -sonríe Ricardo. Eric lo mira impactado.

 

   -¿Estás cuestionando mi cargo o mi derecho a estar aquí? Después de los Caracciolo, la mayoría accionaria de la firma pertenece a mi familia. Sí tú y el resto de los socios presentes quieren disputarme… -se acalora.

 

   -Nadie está negando tú derecho a estar aquí, Eric. -es frío Aníbal.- Pero ésta es una sociedad comercial. Somos abogados, pero también hombres de negocios. Y sí no ganamos dinero, lo estamos perdiendo. Y tú, nos estás haciendo perder mucho. -Ricardo se inclina sobre el mesón, enfatizando su posición con unos leves golpes de nudillos al mesón.

 

   -También influencias.

 

   -¿Y qué se supone que vamos a hacer? Mi posición es clara. Lo ha sido desde el principio. Actúo según creo, es lo mejor. -se altera.

 

   -Es cierto. El problema viene desde el inicio de tu gestión. -Ricardo es falsamente suave, se ve que disfruta eso.- No puedes culparnos si deseamos… remover el escollo en el que te has convertido. -Eric se impacta. Igual Sam.

 

   -¿Estás amenazándome, Ricardo? No tienes el poder dentro de la firma para… -Aníbal lo interrumpe.

 

   -Modera tu tono, Eric Roche. Somos socios y colegas, no servidores de un niño rico. -eso impresiona a Eric.- Tu padre ya está en conocimiento del disgusto de la junta. Él… ha entendido nuestra posición.

 

   -¿Germán? -gruñe Sam, sorprendido.- ¿Lo consultaron?

 

   -¿Fueron con mi padre antes de hablar conmigo? –Eric se levanta de la silla furioso.

 

   Al joven le costaba enfrentar a su padre. Siempre había sido un hombre justo y recto, pero feroz e implacable dentro de los negocios y los tribunales. El joven sentía que su padre no lo veía como un digno sucesor; que Germán creía que le faltaba garra y maldad para dirigir los negocios. Ahora ellos, los socios, le iban con la queja, saltándolo a él, como sí fuera un niño tan necio y estúpido que no debía dársele la oportunidad de joder aún más las cosas. La rabia lo domina.

 

   -No nos dejaste otro camino. -dice Ricardo, sonriente; como la hiena que es, piensa Sam.

 

   -Mi padre no se dejará convencer por… -le cuesta hablar. Conoce a Germán. Es duro. Es cruel. Combativo. Él no se dejaría acorralar por los socios. Ni por Ricardo. Ni por Aníbal.

 

   -Tenemos su promesa de que hablará contigo lo antes posible. -lo impacta Aníbal.- Propongo suspender esta junta hasta mañana, para que tengas tiempo de hablar con él. -Eric parece que va a lanzar un juramento, cuando Sam se adelanta poniéndose de pie y cerrando su saco.

 

   -Creo que es lo mejor. Señores… -con una leve inclinación de cabeza, toma a Eric por un brazo y casi lo saca a rastras de allí.

 

   Ricardo cruza una mirada divertida con Aníbal, pero éste no le corresponde. Sólo piensa en lo maravilloso que será el día en que saque a Ricardo de allí, como hoy hacían con Eric. Por su lado, Ricardo imaginaba algo parecido. Y como todos en este mundo, ninguno de los dos imaginaba lo que el futuro traería.

……

 

   Por el pasillo van los dos hombres. Eric tiembla de rabia. Sam se ve pensativo, serio.

 

   -¿Por qué acordaste con ellos? No voy a soportar que me hagan esto, Sam. Es…

 

   -Un golpe de estado. Te quieren tumbar y tú se los pones facilito, pato. -comenta con amarga ironía el otro.- Como están tan de moda los golpes, te dan uno… -su cerebro trabaja a millón.

 

   -No pueden tratarme como a un niño caprichoso, al que le van con quejas al papá para que le hale las orejas y lo obligue a hacer lo que no quiere. No voy a dejar que Aníbal y Ricardo me amenacen ni que me controlen. -grita.

 

   -¿Y qué ibas a hacer? ¿Caerte a coñazos con los dos? Aníbal y Ricardo, cada uno por su lado, asustan, juntos son de terror. Seguro que uno sabe artes secretas y mortales de ninja y el otro magia negra de la que hace aparecer demonios y cosas así. Y es obvio que han llegado a un acuerdo entre ellos. Y que han hecho participe a tu padre de eso. Sí el viejo Germán convino en reprenderte… algo muy poderoso deben estar usando contra él. -suena preocupado.

 

   -No me interesa. Iré contra todos esos coños’e madre… –ruge, molesto, decidido. Sam le atrapa un hombro y con cierta rudeza lo empuja contra la pared, como queriendo meterle sentido común a fuerza de golpes en la cabeza. Lo señala con un dedo y lo apuñala con él en el pecho.

 

   -No te comportes como el niño caprichoso que supones que todos creen que eres. Averigua primero qué está pasando y qué terreno estás pisando. Cálmate… -le sonríe en forma encantadora.- ¿Por qué no vamos esta tarde a dar unos cuentos batazos? El ejercicio físico tal vez te haga pensar un poco más en frío. Aunque para mí, tú como que no piensas mucho… -baja la voz.- Como no sea en güevos y tipos lavándose el culo.

 

   -Déjate de maricadas. -suena algo molesto.

 

   -¿No te sientes extraño utilizando esa palabrita para insultar a otros hombres? -ríe Sam.

 

   Eric, mortificado va a decirle algo, pero Serena Salgado, su asistente, se le acerca a paso vivo. Le anuncia que su padre, don Germán, lo citó esa noche en su casa. Que no falte, pues se trata de algo muy importante.

 

   Eric y Sam cruzan una mirada incómoda. Sam no envidia para nada esa velada. Serena mira a Eric, el mensaje no le gustó. Tal vez esa información tenga algún valor para el Capo, siempre le pedía que mantuviera muy bien vigilado al joven. No estaba de más ganarse una platica así, piensa sin demostrar nada. La mujer no siente ningún empacho en espiar a su jefe y salir luego corriendo a contar todo lo que hace; era parte de las luchas que se escenificaban dentro de La Torre.

……

 

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.

 

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito’. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo… suave. Blando.

 

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.

 

   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.

 

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca… y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras’), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.

 

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

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