LUCHAS INTERNAS… (3)

el-chofer

   Su madre sabía que ese chofer traería problemas…

 

   Una hora más tarde, Eric baja en el ascensor directo que va del piso quince a los sombríos  estacionamientos. Se siente cansado y deprimido. Sabe que la reunión con los socios no fue nada comparada con la que tendría con su padre. Germán era un luchador, entregado a la pasión de toda su vida, la ley. Era un hombre decente, pero eso no quería decir que no fuera combativo y que hiciera todo lo que estaba en sus manos para ganar como fuera. Al final, triunfar era su obsesión, casi más que el dinero, el prestigio o las influencias que tanto buscaban ahora Ricardo Gotta y Aníbal López. Su padre, junto a Manuel Caracciolo, fundó La Torre; era su vida, y le costó mucho retirarse: dos infartos y una amenaza de divorcio de Norma, su madre, entre otras cosas. Y lo quería al frente de todo, aunque el joven sabía que no estaba contento con los resultados obtenidos hasta ahora.

 

   El abogado se mira de pasada en el espejo. Sonríe con una mueca. Sam tiene razón, no está tan mal. No es un hombre que pudiera llamarse bello, pero no era tan feo, se dice divertido. A sus veintiocho años, Eric Roche estaba en la plenitud de sus facultades físicas y sexuales; con ganas, con muchas ganas. Era un hombre alto, pero no tanto como Sam. Delgado, pero musculoso, de buenas espaldas. Le gustaba el ejercicio, pero más como un pasatiempo que como una rutina obsesiva a la que se encadenaba para tener ‘un cuerpo bonito’. De piel algo paliducha y cabello muy negro; sus ojos castaños oscuros eran llamativos, le daban un aire de buena gente y de hombre sensible que destacaba; aunque también lo hacía verse algo… suave. Blando.

 

   Recuerda lo que le dijo Sam sobre el joven del taller mecánico. Sabe que tiene buena pinta, siendo sensible e inteligente (dentro de ciertos límites, claro está), culto y de buena presencia, resultaba atractivo para la gente. En especial para las mujeres. Pero hacía muchos años que el joven sabía que por ahí no iban sus intereses. Sí alguien le hubiera preguntado qué le pasó, Eric no habría podido responderle claramente. Hasta los trece años lo emocionaban las mujeres y la idea del sexo con ellas. Atesoraba como algo muy preciado una revistica porno donde una hermosa catira aparecía muy abierta de piernas, agachada, con una pantaletica roja y las grandes tetas al aire. Eso le provocó miles de fantasías y de pajas en su cama y en el baño.

 

   Pero algo cambió; a los catorce comenzó a fijarse en otras cosas. Él culpaba de todo a Ángel Lamas, un condiscípulo grande y atractivo, galanzote entre las chicas, que en los vestuarios del liceo, al cambiarse, se pavoneaba en calzoncillos tipo bikinis de un lado para otro. Una tarde, cuando sólo estaban Eric y él, Lamas comenzó a hablarle de una tipa a la que conoció, de cómo le metió mano y todo eso; y bajo el bikini azul que usaba, se dibujó una tremenda erección. Eric sintió unas ganas horribles de tocársela, de sobarla sobre la tela, de sacar esa tranca de allí y masturbarla, de oír a Lamas jadeando, mientras le ordeñaba el güevote. Y casi podría jurar, aún hoy en día, que Lamas esperaba que se la tocara. Estaba ahí, en tanga, con el güevo erecto, esperando él también. Pero nada pasó.

 

   Sin embargo fue un sentimiento tan fuerte, que entendió que había algo distinto en él. Pero era algo a lo que en veintiocho años no había cedido. Su drama era ser un joven saludable, atractivo y caliente, con un güevo, una boca… y tal vez un culo que buscaban algo más (emociones ‘fuertes y duras’), y no las había tenido. No se atrevía. Había sojuzgado su sexualidad, eso que tanto buscaba y deseaba. Durante años tuvo que resistir el encanto de jóvenes atractivos en las piscinas, en las playas, en fiestas, en el stadium. Nunca cedió a eso que tanto anhelaba y solamente en la soledad de su cama, de noche o de día, se atrevía a soñar con otra forma de sexo, de amor. Claro que ojeaba revistas y veía películas, y como le costó conseguirlas, no porque no las hubiera, sino por la horrible sensación de exponerse a un juicio extraño cada vez que las buscaba. Pero eso no era sexo real, no era piel contra piel. Carne contra carne. Contacto con otro.

 

   Sí, tenía veintiocho años, era un ganador, un triunfador como diría cualquiera de forma ligera y superficial. Pero para sus adentro, Eric se moría. Y no lo entendía. No sabía por qué. Algo le faltaba, y no era simplemente el sexo, el tocar a otro carajo y tirar un rato, porque si a ver vamos, podría haberse ido a otra parte, otra ciudad, otro país, donde nadie supiera quién era y obtenerlo. Pero de alguna manera, el joven sabía que no era eso. Era su vida la que estaba mal. Tenía todo, y lo disfrutaba, le gustaba, pero cuando estaba  solas, cuando ya no había nadie más, ni siquiera Irene, dormida a su lado en la cama, un manto oscuro de soledad, de insatisfacción, de… tristeza por él mismo, lo envolvía. Despertaba, se duchaba cantando, besaba a Irene, desayunaba algo sabroso, conducía su bonito carro, trabajaba y trataba a otros. Estaba la piscina, el club, el gimnasio, el motocross… todo le gustaba. Era bueno, sabía que podía tener lo que quisiera, pero ese hueco extraño, que de noche no lo dejaba dormir, iba creciendo: ¿qué estás haciendo de tu vida, Eric? ¿Qué estas haciendo de tu vida?

 

   Y eso le atormentaba aunque quería espantarlo. Y como muchas otras personas antes que él, o justo en ese momento, entendió que se podía escapar de todo, obviarlo, esconderlo, pero no a uno mismo. Despierto, inquieto, con el corazón palpitándole en forma algo dolorosa y desordenada en esos extraños momentos de infelicidad, imaginaba una galería interminable de noches, de meses y años sintiendo ese pesar. Era cuando cerraba los ojos, y respiraba pesadamente, intentando pensar en cosas alegres, ligeras, pidiéndole a alguna cara amable (Irene, Sam, o el bebé de algún conocido) que lo llevaran hacia el sueño, para escapar, por esa noche, del tedio que iba apoderándose de su corazón.

 

   Vuelve a mirarse al espejo. Para Sam era sencillo aconsejarle que bajara, le mirara el tolete al muchacho y se le insinuara. Él jamás podría hacer eso, aunque lo quisiera mucho; aunque deseara más que nada en el mundo ver ese tolete creciendo frente a él, llenándose de sangre, de calor, de deseo. Era posible que hubiera gente que asumiera esas posiciones sin mayores traumas, pero él no. Le aterraba el que se supiera, el que lo señalaran, se burlaran o lo condenaran. Imagina la cara de sorpresa, decepción, disgusto y tal vez hasta de asco de sus padres, y sentía una angustia terrible. Nada más pensar en la cara que pondría su madre sí supiera cuanto le gustaría revolcarse en una cama con otro carajo, bastaba para que perdiera cualquier erección que tuviera.

 

   El hombre llega a los estacionamientos y ve a José Serrano, uno de los vigilantes de la compañía, recostado de su carro, fumando distraídamente un cigarrillo. Eric se inquieta. Es un joven algo bajito, musculoso, de rostro sonriente y pícaro. Pero lo más llamativo es el uniforme. Ese pantalón caqui se ajustaba a sus muslos como unos guantes. Se veían musculosos, firmes. Su culo se veía apretado contra la tela. Y entre las piernas se formaba un bulto que destacaba mucho, cilíndrico, alargado. Y Eric se preguntó, y no por primera vez, sí sería trapo del pantalón y la camisa, o güevo. Fuera lo que fuera, su mirada quedaba atrapada allí. Había pocas cosas tan excitantes como un carajo enfundado en un pantalón ajustado, que destacara sus carnes, caminando distraídamente por la calle, como inconsciente del tolete que se dibujaba contra la tela o como sus nalgas mordían algo del pantalón. Viriles. Machos.

 

   -Ah, buenas tardes, doctor Roche. -le sonríe José, arrojando el cigarrillo. Eric desvía rápidamente su mirada de aquella entrepierna. ¿Será tolete o trapo?

 

   -Buenas tardes, Serrano. Eso te va a matar, hombre. -señala el cigarro y le hace una seña de que le de uno.

 

   -El mundo se va a acabar pronto, o eso dicen, ¿por qué no gozar todo lo que se pueda? -le sonríe el joven tendiéndole la cajetilla. Eric medita sobre eso, encendiendo el cigarro.

 

   -El mundo se está acabando desde hace mil años y todavía estamos aquí.

 

   -A los que vivían hace mil años se les acabó, ¿o no? -mira el estacionamiento.

 

   Eric lo estudia y lo encuentra muy atractivo. Se estremece un poco pensando que últimamente todos le parecen atractivos y calientes; carajos con quienes tirar en potencia. Tantos años de negarse lo que sentía, lo estaban afectando con mayor frecuencia.

 

   -Al fin se acabó esta tarde. -suspira y bota humo, recordando que eso lo dijo Sam, hace poco.

 

   -Mi tarde no ha sido tan agitada. -sonríe, olvidando convenientemente la sesión de sexo que tuvo con Cecilio.- Uno se siente aburrido aquí solito… La tarde estuvo floja. Y eso ladilla. Siempre son mejores un poco duras, ¿verdad, jefe? -Eric lo mira fijamente. El otro mira a lo lejos, como perdido en sus pensamientos.

 

   -Eso creo. -responde confuso; no entiende para dónde va esa conversación, pero ya lleva tiempo allí hablando maricadas. Siente que algo meloso parte de José y no sabe sí quiere eso.- Debo irme. Hasta mañana. -sonríe con incomodidad y sube al carro, que enciende. Se oye un sonido feo, de algo que raspa.

 

   -Hummm, no se oye bien. Como que tiene problemas con el tubo de escape. Deben revisárselo. -dice mirándolo fijamente, asomado a la ventanilla. Eric lo mira confuso, su mirada traidora baja un momento a la entrepierna y cree notar que el tolete abulta un poco más. Se veía más atractivo, llamativo y apetitoso.

 

   -Gracias. Lo haré. -dice ronco y se aleja, despidiéndose con una mano. Eric lo mira por el espejo. José aún lo sigue con la mirada, con las manos en las caderas, sexy.- Anda, corre, maricón. ¿Qué te asustó tanto? ¿Qué te tocara el culo? Pero sí es lo que querías… -se reprende molesto a sí mismo. No sabe si lo imaginó, pero la conversación con José le pareció… extraña.

 

……

 

   Entrando en el difícil tráfico caraqueño, Eric enfila su carro hacia el Oeste, hacia el stadium Bernabé Salas. De tarde en tarde, Sam y él practican algo de béisbol o sóftbol con unos carajos conocidos a los que ahora se referían como El Grupo. Todos eran como ellos, profesionales, gente que trabajaba duro, que se llenaba de estrés y quería pasarla bien un rato, descargando tensiones y rabias corriendo, golpeando algo y gritando como demente. Siempre y cuando hubiera alguien por ahí, forman una caimanera y jugaban una partida o dos.

 

   La cola de vehículos está pesada. Con un suspiro de resignación el joven supone que se trata de alguna marcha de los opositores al Gobierno que andaban por ahí. ¡Y no sería él quien los criticara! El país vivía un duro momento. Él, con veintiocho años, dudaba que hubiera habido otro igual, con tanto desequilibrio social, político y económico. Un país que había conocido gobiernos malos, corruptos, torpes, o corruptos y torpes, ahora parecía haber llegado al llegadero. Esta gente que desdirigía los destinos de la República eran simple y llanamente unos delincuentes. Malandros que por un error trágico habían llegado al poder para mostrar toda su crapulencia, vicios y excesos; donde más que desvergüenza, o corrupción, todo parecía más un acto de demencia, de insania mental. Un momento histórico como éste sólo podría encontrarse en la Roma de los césares locos tipo Calígula o Nerón, piensa el abogado.

 

   La gente, luciendo una falta de sentido común, y aún de instinto de supervivencia que dejaba loco a cualquiera con dos dedos de frente, se las había ingeniado para tender sobre sí misma una trampa de muerte. La ratonera se cerraba día a día, las consecuencias de los trágicos acontecimientos ocurridos en el mes de abril de ese mismo año aún largaban sombras sobre el destino de todos. Un grupo de venezolanos que salieron a marchar exigiendo cambios de política y conductas en sus dirigentes fueron asesinados a mansalva en las calles cercanas al mismo palacio presidencial, públicamente, y los culpables aún no aparecían. No habían castigados, ni sancionados. La impunidad más feroz, más aterradora, se imponía. El miedo quería enseñorearse en todos. Las instituciones del Estado se usaban para taparear todo crimen, toda investigación seria, y miles de millones de dólares, como de horas de transmisión se utilizaron para crear una versión oficial que contradecía todo lo que ese día había ocurrido. Documentales y ‘películas’ habían sido financiadas, con sangre, y exhibidas en un sinfín de lugares llenos de imbéciles que quería oír y ver lo que deseaban ver y oír.

 

   Muchos pensaban que lo que estaba ocurriendo  era un castigo de Dios contra un pueblo excesivamente necio e irresponsable. Un país que hacía por segunda vez Presidente de la República a un hombre señalado pública y notoriamente de corrupto, de ladrón, y aún así lo aupó; y que después para castigar a los políticos corruptos e inútiles que ellos mismos colocaron allí, voto a voto, hacía presidente a un hombre delirante que les decía que los iba a poner a pasar trabajo, hambre y miseria (como Fidelio hizo en Cuba), no podía correr con mejor suerte de la que corrió. Era imposible escapar de las culpas y responsabilidades personales, por mucho que se intentara.

 

   Fue  una orgía de locura, de irresponsabilidad, de ignorancia y marginalidad de todos los estratos sociales del país. Hubo un desprecio al sentido común, a la lógica; se quiso probar con los golpes de suerte, con el vamos a ver si nos sale bien. Cosas como el trabajo serio y sostenido siempre eran dejadas al lado del camino, la planificación era difícil, pensar siempre lo era, y el trabajo era algo duro al que había que sacarle el cuerpo. Había que probar con los Mesías. Primero el corrupto que aparentemente multiplicaba la plata, luego el viejo estadista al que se le concedían dotes casi divinas, más tarde la reina de belleza universal que lo haría todo bonito y finalmente el militar raspado en el examen de Estado Mayor y que había probado el atajo de llegar al poder con una intentona de golpe militar, traicionando todos sus juramentos. Esos eran los íconos, las estampitas a los que el venezolano rezaba y se jugaba su suerte. Milagrería barata que le estaba saliendo cara.

……

 

   El stadium estaba poco concurrido y las luces ya se encendían aunque el despejad cielo caraqueño estaba encendido de un amarillo viejo, algo hermoso para algunos, deprimentes para otros; mientras tanto Eric, Sam y los conocidos de allí,  practicaban a batear y atrapar. Toda Caracas vivía bajo el estrés de la basura, el hampa, el mal gobierno y la angustia de no saber cómo terminaría todo eso. Pero por un rato podían evadirse con el ejercicio, con el esfuerzo físico, con los gritos y la agradable sensación de competir por ver quién era mejor. Eric tenía un brazo potente, era capaz de batearla más lejos y mejor posicionada que Sam, quien siempre alegaba que lo dejaba ganar para que no se sintiera tan mal con su miserable vida.

 

   Uno de los bateadores con más poder era Lucas Rondón, un negro cuarentón, de rostro liso, cabellos chicharrón cortos, con un bigote no muy ancho. Era alto, de brazos y pectorales fuertes. Uno de los pocos que inquietaba a Eric en las duchas; él, quien a pesar de lo que decía el mal hablado de Sam, no andaba pendiente de cada tipo que entraba en calzoncillos. Pero Lucas era… muy atractivo en su rudeza y virilidad. Albañil de corazón, había levantado una pequeña constructora, a la que ahora llamaban la Compañía. Era un carajote llano y franco, que bebía, comía y pagaba sin tacañerías.

 

   Más flojón para los ejercicios, pero bien dispuesto a la hora de beber, aunque no así para pagar donde mostraba una pichirrez a la que llamaba sentido del ahorro, Néstor Lobo era un treintón de cabellos castaños; médico de profesión, tenía como especialidad la urología, cosa que le ganaba gran cantidad de bromas de los demás sobre la cantidad de carajos desnudos que tenía que ver. Tenía una vena algo cruel y macabra para sus bromas. No había dolor más grande para él, que dar plata para algo, y eso que ganaba muy bien.

 

   Alirio Fuentes era un carajo algo más bajito y fornido, bromista, truculento y algo fastidioso. Con sus ganas de mostrar puntos de vista originales, a veces se empeñaba en discusiones que no llevaban a nada. Fuera de eso era poco lo que el grupo sabía sobre él; si le preguntaban en qué trabajaba, decía que en esto o aquello. Hasta su edad era cuestión de misterio. Aunque no mal parecido, había algo en él que le dificultaba encontrar mujeres, no como a Sam, Lucas o Néstor. ¡Y como era de atacón! Su actitud muchas veces resultaba molesta más bien.

 

   El último de los regulares era Renato Mijares, un joven reilón, alto y bien parecido, de rostro delgado y mirada algo perdida. Había un aire como de muchacho indefenso y buena gente que llamaba la atención de todos, aunque él no parecía explotarlo. Qué hacía, de qué vivía o si tenía novia, era un misterio para todos. Néstor, vulgar y directo como era, pensaba que era marica; pero era algo que a nadie constaba, ni importaba.

 

   Ese era el grupito que generalmente se reunía, jugaba béisbol, sóftbol o fútbol. Bebían cervezas, tomaban caña más picante y hablaban de todo, con descaro, con franqueza, casi con rabia. Tal vez algunos se ofendían o molestaban por lo que otro decía, pero en líneas generales a nadie le importaba. Eran hombres brutales y directos, una concepción que todos tenían más o menos de lo que debían ser. Mientras corren, atrapan y batean, se gritan cosas como: marica; abre los ojos, güevón; miren a la mamita, todas se le caen…

 

   Sentada en las gradas se encuentra Irene Guerra, una mujer alta, de rostro sereno y bonito, nada espectacular, pero hermoso, con el largo cabello negro lustroso atado en una cola, casual, simple. Viéndose bonita. A la mujer le gusta mirar a Eric jugar con sus amigos, claro que ignora qué otros jueguitos preferiría el hombre. Ella lo quería, y en líneas generales todos esos carrizos le caían bien; excepto tal vez Alirio Fuentes, con su aire atacón que no lo dejaba respetar ni a la mujer del hermano. Y Sam. Irene sentía que Sam no la tenía en un buen concepto, pero tal vez eran los celos del hombre que veía a su mejor amigo buscar a alguien más.

 

   Desde la cancha, Eric la mira y la saluda con una sonrisota, y en eso nota como la mujer es abordada por Lesbia, la mujer de William Bandre, otro socio minoritario de la firma, quien, es ahora que cae en cuenta, llevaba tiempo sin aparecer por La Torre. William no era amigo suyo, más bien lo contrario. Pero Irene, en una cena de la firma, había congeniado con la otra mujer, quien era una persona que buscaba amigos en forma algo desesperada. Lesbia siempre parecía que andaba nerviosa o agitada. Y la gente buscaba a Irene por su aire de mujer sensata e inteligente. Ella nota la mirada de Eric y le sonríe. Tras él, Sam le hace una mueca e Irene le muestra la lengua. Por alguna extraña razón, piensa Eric, la mujer no apreciaba a Sam, cosa que era curiosa ya que todo el mundo lo quería. A veces demasiado, más bien.

 

   La mujer llevaba cinco años saliendo con él en plan formal. De hecho desde la boda de Sam. Y ahora estaba pasando el tiempo con celeridad, más bien corriendo, se dice la mujer mirando a Eric (quien retrocede de espaldas y atrapa un batazo de Lucas), y aún no se concretaba la boda. Cuando Eric le telefoneó para que visitaran la mansión de sus padres esa noche, pensó en negarse. Sabía que Norma, la madre de él, no la apreciaba. Bueno, esa mujer no quería a nadie, se dice con disgusto. Ni a Eric, sospechaba ella. Norma era altiva, como una reina, y parecía pensar que su Eric era demasiado bueno para una profesorcita de inglés; y en el pasado se lo había hecho notar de forma indirecta, pero inequívoca.

 

   Sin embargo, con el paso del tiempo, la mujer parecía haber ido aceptando la idea de que Eric tenía que casarse con alguien; de hecho era ella quien más insistía en lo del matrimonio ahora; y parecía haberse convencido de que para eso serviría Irene como cualquier otra. La joven había notado que con el paso del tiempo, Norma se desesperaba. Por alguna razón que sólo ella entendía, parecía decidida a concretar ese matrimonio ya; pero Eric luchaba como bagre en el anzuelo, resistiéndose. Ella misma comenzaba a inquietarse, sin saber a ciencia cierta por qué. Eric la quería, se llevaban bien conviviendo juntos y en la intimidad de la cama. Pero por alguna razón, él no ponía le fecha y hora al casorio.

……

 

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.

 

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.

 

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.

 

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.

 

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.

 

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.

 

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.

 

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?

 

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.

 

   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.

 

   -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.

 

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.

 

   -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.

 

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.

 

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.

 

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.

 

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

……

 

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.

 

   Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

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