LUCHAS INTERNAS… (4)

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   Era tan creído… pero… ¡tenía motivos!

 

   Cuarenta y cinco minutos después, Irene deja a Lesbia, quien se ve algo agitada, como envejecida, se dice Eric mirándola desde la cancha; y va hacia él. Sam se les acerca también.

 

   -¿Nos vemos entonces esta noche en casa de tus padres? -le sonríe ella, besándolo, sintiéndolo sudado y agitado; en cierta forma, eso era estimulante, lo encontraba sexy, y Eric lo sintió en su lengua cuando lo besó.

 

   -Claro. Lleva tu antídoto contra mordeduras de serpientes. -sonríe. Ella igual.

 

   -A tu madre no le gusta tu broma de llamar a la casona, la Casa de las Serpientes.

 

   -Si supieras lo que ella dice de ti. -bromea Sam. Ella lo mira fría.

 

   -Basta, Sam. Deja tus celos. Eric nunca será para ti. -aunque bromea, la frase tiene tantas connotaciones que Eric y Sam, que entienden un poco más que ella, sienten embarazo. Eric la mira sonriendo apenado.

 

   -¿Y Lesbia? -mira hacia las gradas, donde ya no se encuentra la mujer. Irene bota aire.

 

   -Está mal. Parece que… William la dejó. O por lo menos abandonó la casa. -los impacta. Los dos hombres cruzan una mirada.- Pasó para ver sí alguien sabía algo. ¿Qué les estará pasando?

 

   -Muchos maridos escapan de sus mujeres, es cuestión casi de supervivencia. -dice Néstor Lobo acercándose. Oyó lo que hablaban.

 

   -No todos se casan con mujeres como la tuya, medicucho. -bromea Lucas.

 

   -Ay, ojalá la mía se fuera. -responde él.- Yo creo que de la alegría, me daría un infarto.

 

   -Y quedarías cuadrapléjico y ella tendría que regresar a lavarte el culo en la cama. -ríe Lucas.

 

   -Hummm, ésa me envenenaría para salir de eso. O se buscaría otro marido y tirarían a mi lado.

 

   Y así comienza una de esas interminables conversaciones entre hombres sobre lo malas que son las mujeres en general, las esposas y suegras en particular, y de lo felices que serían sí se fueran todas. Alirio y Renato Mijares se unen también a la charla. Irene bota aire, resignada, hasta que dándole otro beso a Eric se marcha. Renato saca de una cavita unas cervezas y beben, cayendo todos sentados sobre la grama, hablando aún de las mujeres malas. Es un rato ameno al final de un duro día de trabajo. Sam y Eric se despiden, Néstor va hacia su carro, despidiéndose también, y Lucas se queda allí, tomando otra cerveza con Alirio y Renato.

 

   -¿William Bandre, desaparecido? -le comenta Eric a Sam, mientras se alejan.

 

   -Curioso. No lo había notado, pero en verdad lleva días sin aparecer por La Torre. -lo mira fijamente.- Tú sabes que es un agente de Ricardo Gotta, ¿no? -el otro asiente.

 

   -Trata de averiguar en qué andaba. Sería bueno tener algo contra Ricardo, aunque eso parece imposible. Ese carajo tiene más trucos y recursos que un político viejo en campaña. –en ese momento no podía imaginar lo lejos que la vida iba a llevarlos siguiendo la pista de ese tipo.

……

 

   Es casi de noche cuando Eric llega por fin a la casa paterna después de pasar por su apartamento, ducharse y cambiarse de ropa. La propiedad es magnifica, protegida, bien cuidada y hermosa. El joven detiene su carro cerca de la entrada. Nota que el de Irene ya está ahí. Pobre, seguramente estaba aguantando lo mejor que podía a su madre, resistiéndose a atacarla con un tenedor o algo así, se dice sonriente. Va hacia la casona cuando oye unos alegres silbidos. Mira hacia los estacionamientos y se impacta tremendamente. Allí se encuentra Pedro Correa, el joven chofer de su madre, el hijo de un antiguo empleado a quien su padre le daba trabajo casi como una obligación de honor. El carajo lavaba el carro de la mujer.

 

      Es un joven veinteañero, atractivo, de piel algo amarillenta cobriza. Pero lo más impactante en ese momento es que usa únicamente un pequeño short de tela jeans, cortado muy por encima del borde del nacimiento de las nalgas, dejando al descubierto un cuerpo lampiño. La tela se hundía ricamente entre las firmes y jóvenes masas. Pero lo más enloquecedor es una tirita muy delgada, de una tanga licra morada que subía mucho en una de sus caderas. El joven le da el perfil y es posible verle los pectorales, pero también el bulto entre las piernas, que resalta  contra la tela. El paquete se ve desafiante, listo a encenderse, a endurecerse. En alguien de su edad, el tolete estaba siempre listo para una erección. Y para la acción. Al darle la espalda, montándose casi sobre el capote para enjabonarlo, los músculos resaltan bajo la piel. Y el jeans se mete más dentro de las nalgas. Esa visión enloquece a Eric, quien repara en como el güevo le crece abultando contra la tela del pantalón. Siente unos deseos horribles de ir tras el joven, caer de rodillas y enterrar el rostro dentro de la rica raja. Seguro que olería bien, y que estaría tibia y hambrienta de mimos y caricias que él le brindaría gustoso.

 

   Caliente, hace un movimiento como sí realmente fuera a ir hacia él, cuando nota que alguien viene de la parte posterior de la casona. Es Pancho, un joven universitario que a veces hacía trabajos en la propiedad, desde traer café hasta reparar  mobiliario, o restaurarlo, como le gustaba decir a su madre porque sonaba mejor. Pancho es un joven catirón y atractivo, que se ve caliente dentro de su jeans desteñido y su franela negra que hace resaltar su torso. Sus nalgas muerden la tela del pantalón. El joven mira a Pedro, quien parece no haber reparado en él, y mira hacia la casona. Eric se medio oculta mientras tanto, tras unos setos del jardín. Con pasos sigilosos, Pancho va hacia él, que aún enjabona el carro. Eric ve que extiende una mano que hunde con fuerza, con ganas, con deseo de hacerlo, dentro de esas nalgas de macho. Pancho sonríe en forma mórbida, empujando su mano contra ese culito; se nota como la agita, queriendo ganar espacio. Casi todas las falanges de su mano desaparecen entre las tibias nalgas. Pedro se impacta, y se revuelve, dándole un leve manotón y soltándose.

 

   -Pancho, ¿qué coño haces? -pregunta como quien mira a alguien juguetón.

 

   -¿Qué crees tú, maricón? Jurungándote el culo. Lo tienes caliente, cabrón. -sonríe libertino, esa mano vuelve hacia las nalgas, hundiéndose en la tibia raja. Palpando lento pero con maestría.

 

   -¡Deja! -jadea alarmado el otro. Pero esa mano no sólo no sale, como nota Eric, sino que se mueve de arriba abajo, sobando y hurgando más, queriendo entrar toda.

 

   -No te resistas, güevón. Todo el mundo sabe que lo que tú quieres es güevo. Sexo duro y caliente por ese rabo… -dice libidinoso, apretando los dientes, sintiendo la calidez de esa raja contra sus dedos. Es un calor húmedo.

 

   -¡Eso es mentira! Estar cogiéndote a todos esos viejos maricas con real, te tiene loco. -jadea ronco, pero sintiendo un calorcito extraño que sube de su culo, de esa mano firme y joven que hurga y soba su raja. Casi gime, pero se contiene.

 

   -¿De qué hablas? Todos saben que en la fiesta de Dominga te rascaste y estuviste en el cuarto del hermano, oliendo un calzoncillo usado y mordiéndolo. ¡Que vergüenza! Y que arrechera, sí querías güevo por ese culo, ¿por qué no me buscaste a mí que te conozco desde hace años? Yo te lo habría dejado ahíto de esperma; para esos son los amigos, ¿no? -se burla, pero siente como su güevo va endureciéndose contra el jeans.

 

   -¡Es mentira! No es verdad eso que andan diciendo, que yo y que quería mamarle el güevo…

 

   -Te encontraron acostado en su cama, boca abajo, con la cara metida dentro del calzoncillo y meneando el rabo. Lo único que te faltó fue bajarte el pantalón y meterte una vela en el culo diciendo: sí, papito, cógeme… -finge su voz.- ¿Por qué lo niegas? Tú lo que quieres es…

 

   No dice más, pero le da la vuelta a Pedro, casi montándolo otra vez de panza sobre el capote, pegando las caderas de esas nalgotas. Su güevo erecto, caliente, con ganas de culo, se frota contra la raja. Lo maraquea sabroso de adelante atrás. Se queda totalmente pegado a él, y al que los mira le parece una visión fascinante de erotismo gay. Sonriendo, el catirón comienza a frotar su tolete de arriba abajo, como serruchándole el rabo.

 

   Ese macho tras él, sentir el duro tolete que palpita caliente casi entre sus nalgas, hacen que Pedro jadee aunque no quiere. Su culo ahora sube y baja un poquito, casi imperceptible, frotándose contra la dura barra, delatando las ganas que siente y tienes. Pancho sonríe, excitado. Pedro le estaba dando permiso, se rendía. Sus manos caen en la tibia espalda del otro, sobándolo.

 

   -Estás que ardes, Pedrito. Tienes ese culo deseoso de güevo de macho. Y yo te lo voy a llenar todo. -le susurra en la pata de una oreja, casi tendido sobre él, dominándolo.

 

   -No. Yo no hago… eso. -jadea mal.

 

   -Se ve que te mueres porque te enculen. Vas a saber lo que es rico. -dice maraqueándolo de adelante atrás con fuerza, estremeciéndolo con las embestidas. Esa pelvis parece firmemente pegada a esas nalgas. El calor que se genera en ese punto es grande.- Vamos para tu cuarto…

 

   -Pero… pero… -aún intenta resistirse, mirándolo sobre su hombro derecho.

 

   -No digas maricadas. Estás caliente. -y con una mano le da un apretón en una tetilla.- La tienes paradita, lista para que te la muerdan. -luego le atrapa el güevo sobre el short jeans.- Y éste está caliente también. -lo aprieta y Pedro jadea. Eric siente la boca muy seca.- Y éste… -le abre el botón del short, lo hala un poco y mete una mano allí, en la parte de atrás, sonriendo lascivo, mostrando la lengua. Esa mano hurga más abajo.- …tienes el culo caliente y mojado. Quieres güevo, panita. Y yo te lo voy a dar. Te voy a dejar llenito de rica leche. Te voy a poner ese culito como baño de deportistas… todo mojado y empegostado… -lanza una risotada.

 

   Pedro ya no puede más, se vuelve a verlo, excitado más allá del límite del sentido común. Eric puede ver su tolete casi saliendo de la suave tela morada. Una manota de Pancho cae sobre una de sus nalgas y casi lo lleva empujado hacia la habitación que está cerca de los estacionamientos. Eric casi no puede aguantar la palpitante erección, siente como ya le babea un poco el tolete. Es increíble lo que vio. Allí, en pleno patio de sus padres, un carajote maraqueó a otro y le prometió llenarle el culo con güevo y hacerlo chillar de gusto y de placer. Fue tan gráfico que Eric no puede dejar de imaginarse los dos bellos cuerpos, sudados y gimientes, cabalgando uno contra el otro en una danza de sexo caliente y vital. Y ese Pancho tenía cara de ocioso, seguro que conocería las técnicas secretas para hacer sollozar de placer sobre su cama a Pedro. Y la necesidad de verlos, de masturbarse o de entrar y participar, se apoderan con urgencia de él. Mira hacia el camino por donde se fue la parejita y piensa seguirlos, abrir la puerta y entrar, cayendo sobre ellos en la cama.

 

   -Eric, al fin apareces. -oye la fría voz de una mujer. Casi con un gemido de chasco, el joven se vuelve hacia la casona, donde una mujer bajita, de cabellos entrecanos y mirar altivo, lo observa.- Irene lleva casi una hora aquí. -y lo dice como si ya no pudiera aguantarla más.

 

   -Lo siento, madre. El tráfico… -se disculpa con la excusa universal del venezolano para llegar escandalosamente tarde a cualquier acontecimiento: boda o funeral. Cierra firmemente su saco, ocultando la escandalosa y dolorosa erección de su güevo palpitante. Coño, ya no vería sexo caliente y en vivo sino tendría que aguantar un chaparrón familiar. Y su madre salía a recibirlo…

 

   -Pasa. Tu padre quiere hablarte. -dice fría, besándolo en una mejilla y mirándolo como si fuera un tonto que fracasó en algo sencillo. Él entiende, es por la firma. Sabe que sus padres lo quieren, (o eso quiere creer, se dice irónico), y que no desean que fracase, pero lo esperan. Temen que fracase. La mujer recorre el patio con los ojos.- ¿No has visto a Pedro? -su voz es dura. Muy dura. Eric se sobresalta un momento.

 

   -Eh, no; debe estar por ahí… ocupado en algo importante. -dice evasivo. Sí, en llenarse el culo de güevo, piensa con un estremecimiento, eso impide que note la mirada gélida de Norma, quien sigue mirando los patios, molesta. La mujer se ve peligrosa, como si algo muy feo cruzara por su mente, algo relacionado con el tal Pedrito.

 

   -Si… debe estar ocupado. -suena feroz; y eso lo intriga un poco.

……

 

   Dentro de la pequeña sala donde reciben a las amistades, como se sentía él siempre que iba de visita aunque había pasado su niñez, adolescencia y juventud atrapado ahí, Eric e Irene aceptan una copa ofrecida por el fiel Jaime, un viejo servidor de los años más azarosos de la vida de Germán. El hombre está en un sillón, mal encarado. Norma le dirige algunas secas miradas mientras habla con la joven pareja, como pidiéndole calma y que actúe, para variar, con inteligencia, quitando esa cara de quien olfatea un pozo séptico. La mujer le dice  a la pareja que todas sus amigas preguntan cuándo es que se van a casar por fin, que ya ha pasado mucho tiempo y la gente no sabe qué esperan. Es realmente incómodo para Irene y Eric. Germán se pone de pie, como si tampoco él soportara tanta tiradera de puntas, nada sutiles por cierto.

 

   -Eric, quiero hablar contigo un momento. ¿Me acompañas? -Eric se pone de pie aliviado, es mejor enfrentar a su padre que los reclamos de su madre. ¡Y cómo se engañaba el pobre tonto!

 

   -Bien. -le hace una mueca a Irene, quien lo mira en forma… ¿compasiva? Intrigado, sale con su padre. Las dos mujeres se miran.

 

   -¿No le avisaron nada? -interroga Irene a Norma. La mujer toma de su copa.

 

   -No. Germán piensa que es preferible enfrentarlo al hecho en sí. -suena molesta. Odia lo que está a punto de pasar pero no pudo evitarlo. Tenían enemigos, eso estaba claro. Dentro de la firma había gente que conspiraba contra ellos. Bota aire, odia la palabrita conspiración. Odia… Intentando calmarse, mira a la joven.- Irene querida, no quiero meterme en sus vidas… -comienza. La joven hace una mueca de incredulidad, claro que quiere meterse, se dice.- …pero creo que Eric y tú están exagerando con esto de conocerse mejor. Por Dios, duermen juntos, ¿qué más esperan? Deben casase de una vez y estabilizarse. -suena urgida.

 

   -Es que… no quiero presionar a Eric. No quiero que sienta que lo obligo. Estoy esperando que él… -suena evasiva e incómoda. No entiende a la mujer. Sabe que la odia, pero parece transada a lograr ese matrimonio. La mujer, sentada a su lado en el sofá, le palmea una rodilla, en un gesto que intenta sea amable, pero la joven no lo siente así.

 

   -Querida, ese es tu error. -la desconcierta con su agresividad.- Tienes que admitirlo: algo pasa que no terminan de cuajar… -la mira como sí creyera que la falla estaba en ella.- Debes solucionar esto. Llevan cinco años de novios; en ese tiempo una mujer ya hubiera tenido hijos, o podrías haber hecho otra carrera universitaria. En cinco años una mujer dueña de su destino compra una casa, o se muda un par de veces. Viaja y ve mundo… En ese tiempo una mujer puede casarse, divorciarse y encontrar a alguien más. ¡Por Dios, son cinco años! Y créeme, no te estás haciendo más joven cada día, por lo menos no en esta dimensión. Debes pensar en los hijos, en qué edad quieres tener cuando lleguen, y cuál cuando tengan quince, dieciocho o veintiún años. Todas esas cosas hay que pensarlas y tenerlas en cuenta.

 

   -Lo se, Norma, pero… -se ve molesta y confusa.

 

   Dios, como odia a esta mujer impositiva, que la criticaba abiertamente algunas veces, y otras de forma solapada; que se burlaba de ella cuando decía algo que la otra consideraba tonto, que la corregía frene a terceros. Era una mujer imposible y detestable. Imagina lo horrible que debió ser para Eric crecer con una madre así, y se hace el firme propósito de que en cuanto se casen, intentará disminuir al mínimo las visitas a esta casa; pero en esto, la vieja loba tenía razón. También su madre, Mirna, sacaba esas cuentas…

 

   -A mí me preocupa… porque te tengo mucho cariño… -y lo dice sin ruborizarse ni atragantarse con saliva, mostrando algo que intenta que parezca una sonrisa; pero que no lo es.- No me gustaría que al final del cuento, todo terminara y quedaras así, en el aire, después de cinco largos años. -suena tan aterrador que la joven se inquieta más.- La gente va a comenzar a decir que hay algo que falla entre ustedes, y que esa relación no va para ningún lado. -es dura, toma su copa, mirándola.- Y esas son profecías que se cumplen solas.

……

 

   Eric y Germán caminan lentamente por los terrenos posteriores de la mansión, cerca del área de la piscina. La noche es tibia, pero la brisa refrescaba. Germán, seco, le dice que ha recibido queja de varios socios, no dice quienes pero Eric imagina que de Ricardo y Aníbal.

 

   -Papá, cada nueva dirección recibe quejas. La gente se resiste a los cambios, aunque sean para bien. Hay que darle tiempo al tiempo. -se defiende.- Déjame trabajar. -exige.

 

   -Lo mismo dice el Presidente… -suena hosco y Eric lo resiente. Era verdad.

 

   -Yo no estoy loco. -se defiende. Germán bota aire y sigue caminando; siempre evitaba hablar de política, al menos con él, se dice el joven para sus adentro.

 

   -Eric, eres mi hijo y quería que triunfaras en la dirección de la firma, pero no soy sólo yo. Me debo a los socios. Ellos también tienen voz y voto. -se para y lo mira.- Y sí sólo se tratara de los socios menores, podría… pasarlos por alto. Pero se han comunicado con Manuel Caracciolo en Niza, y él no es tan optimista ni tan paciente contigo como yo. No es tu padre y no tiene por qué guardarte consideraciones. -lo deja de una pieza.

 

   -¿Llamaron a los Caracciolo? -ya es posible ver la piscina y notar que alguien la cruza a nado, aunque él no le presta atención.

 

   -Y Manuel envió una respuesta. Deberás compartir las responsabilidades de La Torre con su enviado… -mira hacia la alberca.

 

   -¿Qué? -grazna, mirando las azules aguas.

 

   En ellas se encuentra un hombre casi treintón, de cabellos cobrizos y ojos azulados, fríos, burlones y crueles: Franklin Caracciolo, hijo de Manuel, abogado y enemigo jurado de Eric desde hacía años. Un ser atractivo pero malvado.

 

   -Frank y tú trabajarán juntos. -dice Germán, cansado, odiando hacer eso, pero sin fuerzas.

 

   -¡Debes estar bromeando! No voy a trabajar con Frank. -casi grita, furioso.

 

   -Eric, Eric… me lastimas, flaco. -se burla con su voz recia, el tipo, quien nada hacia ellos y con un impulso poderoso de sus brazos, sale de las azuladas aguas.

 

   Es un hombre enorme, muy alto, musculoso y atractivo. Una cadena algo gruesa, de oro, cruza su cuello recio. Y ese cuerpo tan grande, semilampiño, va cubierto únicamente por una tanguita roja, de suave tela mojada que enmarca su tolete que se nota mucho. Germán hace una leve mueca de desagrado ante eso; hombres en tangas, ¡que horror!

 

   -No digas idioteces, Frank. -ruge Eric. Es tanto su virulento odio por ese carajo, que ni verlo así, semidesnudo y sensual, lo afecta. Se vuelve hacia Germán.- Tú me dejaste a cargo y…

 

   -…Y tú la cagaste. -se burla Frank, halando la parte superior de la tanga, para acomodársela mejor. Por un momento se ven sus dorados pelos púbicos.

 

   Germán desvía el rostro, no entiende a esos carajos que intentan ser tan bonitos como una mujer. Una buena hembra en tanga era una cosa, pero, ¿un tipo? Nunca le han gustado los hombres ‘coquetos’. Dentro de La Torre iba deshaciéndose de tipos con colitas, cabellos teñidos, aretes y cosas así. Claro que a Frank no podía echarlo. Él y su padre, Manuel, tenían casi tanto peso como él dentro de la sociedad. Y los tiempos no estaban como para que mono cargara a su hijo, ni siquiera por un ratico. Eric no sabía de la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Los Caracciolo podían hacerles mucho daño, porque así eran: crueles, vengativos, tenaces e implacables. Eso los hacía enemigos terribles dentro y fuera de los tribunales.

 

   -Basta. Por un tiempo los dos trabajaran juntos. Es mejor que aprendan a llevarse bien desde ahora. -dice dando por terminado el tema y se aleja. Casi escapa a decir verdad. Eric va a seguirlo, pero se detiene volviéndose hacia el otro, que lo mira burlón.

 

   -¿Qué está pasando aquí? -le exige saber a Frank. El otro toma una toalla y se frota el cuerpo, con un gesto indolente de quien sabe que está buenote y es quien domina la escena.

 

   -¿No es obvio? Nos van a  probar. Van a decidir quien es mejor al frente de La Torre. Espero que no te hallas encariñado mucho con la silla de la presidencia; de todas maneras pienso cambiarla. Nunca pondría mi culo donde sentabas el tuyo. -se burla. Eric lo encara.

 

   -No creas que te va a resultar tan fácil sacarme de allí, Franklin…

 

   -No creo que sea muy difícil, Eric… -luego sonríe.- Tómalo con calma, no vine a pelear contigo, sólo a corregir tus errores. Mira, hasta te traje un regalito de Niza. -señala sobre una mesita una caja alargada, como donde se llevaría una botella de licor, pero algo más ancha.- Disfrútalo… -se burla, mirándolo cruel y se aleja.

 

   Eric lo mira con un profundo odio, pero ahora nota el porte felino del gran carajo ese. Esa tanguita era muy chica para un cuerpo tan grande y poderoso. La tela quedaba algo atrapada entre las nalgas, que se bamboleaban desafiantes, como queriendo ver qué mano se atrevería a meterse entre ellas, para sacar la roja y húmeda tela, y tenderla sobre los glúteos.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

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