LUIS BRITTO GARCÍA Y EL INTELECTO POBRE

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   -Uno se siente como desnudo…

 

   La caída de los países comunistas, donde había comunismo y no una tiranía sanguinaria y hereditaria como Cuba o Vietnam, se debió en buena medida a la poca capacidad de sus pensadores. Es que no piensan, son gente que rumia desencantos, fracasos y, lamentablemente para extensas zonas geográficas del mundo, graves complejos de inferioridad, que no necesariamente tienen que ver con el tamaño de atributos sexuales aunque seguramente también lo teman. Y sé por qué lo digo. De muchacho fui socialista, cómo no serlo si leí LA AMANTE DEL PRESIDENTE, un retrato horroroso de lo que eran los adecos bajo la jefatura de Carlos Andrés Pérez, y en mi mente de muchacho lo asocié al SISTEMA. Era la época cuando se seguía la transmisión de las olimpiadas por televisión y observábamos los desfiles de la delegación soviética y de sus satélites (un país satélite es uno sujeto, dependiente, no libre, como Bolivia en Sudamérica). Los canales de televisión preparaban emocionales resúmenes sobre la actuación de cada país, al menos en Venezuela, y presentaban especiales, y yo aplaudía a los soviéticos, ligando siempre que vencieran al malvado primo del Norte. Veía los desfiles del Primero de Mayo en Moscú, a ese ejército imponente, soberbio, marchando bajo la égida del ejército del pueblo y la justa guerra del proletariado, con emoción. Siendo muchacho, eso calentó mi cabeza.

 

   De manera natural uno detestaba, y detesta, a Estados Unidos. Antes creí que era por eso, por asociarla a la loba insaciable que caía sobre otros países devorándolos. Ahora, de viejo, entiendo que es un sentimiento oscuro de envidia, me parece tan injusto que esa gente viva en un sistema que les medio funciona mientras el resto del continente da un pasito para adelante y dos para atrás. Y eso porque soy americano, si Caracas fuera una capital en Europa, odiaría a los alemanes, a los suecos o a esos pueblos donde los muchachos se suicidan de aburrimiento. Pero, continúo, era socialista hasta que leí LAS VENAS ABIERTAS DE AMERICA LATINA. El intelectual que lo redactó cometió un error garrafal, en mi opinión, en su planteamiento. Denunciando el saqueo al que hemos sido sometidos por Norteamérica lo que retrató fue nuestra incompetencia para construir repúblicas libres y sanas, incluso para ponernos de acuerdo y actuar con algo de sentido común (no diré como en la película Escuela de Vagabundo: para, sí es posible, actuar con algo de inteligencia). Fuera de las zonas asoladas por la salvaje intervención cubana con sus guerras exportadas, no son frecuentes los países intervenidos por el Imperio directamente, a menos en Venezuela la única vez que se acercó una flota norteamericana fue para impedir que “el suelo patrio” fuera tomada por ingleses y alemanes, a quiénes les pedimos plata, no les pagamos y luego los culpamos de ser imperialistas (mañas viejas).

 

   El libro era escapista, lanzaba culpas y responsabilidades lejos de los protagonistas, de él mismo, me parece. La desgracia de estos países no es tan difícil de enumerar. Clases dirigentes, políticos, militares, hombres de negocio y parte del intelectualismo, no miran su tierra como su patria, sino como un negocio, una minita que deben explotar inmisericorde mientras halla tiempo, sin crear en el proceso puentes, carreteras, fábricas o viviendas. Se hace, para sacar la plata necesitan un edificio bancario, pero muy poco y muy tarde. Del otro lado encontramos a un pueblo desorientado, que una y otra vez apoya a políticos que sabe o sospecha incompetentes o ladrones, cuando no dementes. Los elige, grita de jubilo y luego de desencanto cuando nota toda la verdad, las mentiras, la traición, momentos cuando son azuzaos por otra parte de la intelectualidad que grita que son unos malditos a los que hay que derribar porque son piezas del Imperio, que ellos, el pueblo no tienen responsabilidad en todo ese desastre. Digamos que hace treinta años tal pensamiento cómplice, complaciente y facilista podía tener algún asidero, pero ¿y ahora? América Latina se debate nuevamente entre los mismos problemas que padecía a mediados del siglo diecinueve y todo el siglo veinte; el tutelaje de mandatarios autoritarios, militaristas y algo Idi Amin en su actuar caprichoso y peligroso. ¿O no se notaba la demencia de Hugo Chávez, la actitud servil y entreguista de Evo Morales o el salvaje oportunismo e incompetencia para nada que no sea autoritarismo y corrupción de Daniel Ortega? ¿Cómo puede irle a esos países? Pero no importa, dentro de unos años, diez o veinte, aparecerán los intelectuales de izquierda explicando que es no fue culpa de venezolanos, bolivianos o nicaragüenses, no, fue… del Imperio. Y nos sentiremos mejor.

 

   Jamás he sentido respeto por esta gente, es demasiado evidente que no son capaces de encarar el momento. No pueden. Se saben inferiores y mediocres. Sí pruebas hicieran falta, aquí tenemos el colosal fracaso de un sistema montado en el aire, el chavismo. Se quiso luchar por ‘los pobres’, ahora más pobres y con pocas posibilidades de mejorar después de desaparecer de las arcas nacionales casi ochocientos mil millones de dólares y dejar más endeudada a la única empresa que genera divisas, PDVSA; no te digo, robaron y endeudaron, ¡qué revolucionario! El fracaso era predecible, porque Chávez quería repetir aquí el modelo cubano, todo el poder para él, con derecho a decir quién vive y cómo, por lo que se persiguió toda voz disidente, toda forma de producción independiente, y aún el acceso a medicinas y alimentos bajo la idea de aparentar un Estado dueño de todo y a unos ciudadanos que deben someterse para recibir un poquito de algo. Era un modelo fracasado, Cuba lleva casi cincuenta años sosteniéndose sobre la sangre de su gente, explotada como nunca, pero aún así se intentó en Venezuela. ¿Cómo pudo cometerse semejante disparate? Chávez, afiebrado, oyó las viejas doctrinas de una clase intelectual imbécil, que lo vio débil de mente y le metió el gusanillo de convertirlo en Tza Tza Mutema, el salvador de la patria grande, mientras lucraban parasitariamente.

 

   Luis Brito García, es uno de los escritores más radicales, ofensivos y beligerantes de todos los intelectuales de la revolución chavista. Sabemos que es un intelectual porque él así lo asegura. Es de los que insulta bajo su tonito de hombre sabio, de quién sabe lo que hace y entiende lo qué ocurre; bien, el año pasado, cuando el ejercito colombiano rescató a la señora Ingrid Betancourt, joya de la corona en manos de la narco guerrilla colombiana, FARC, Brito García dijo, sin titubeos, sin vacilaciones, desnudando su alma de una manera patética, casi lastimosa, que dicho rescate, demasiado perfecto, no pudo ser obra del ejecito colombiano. ¡Jamás! Palabras más o menos, dijo que eso era imposible, que ningún ejército latinoamericano podía hacer algo tan bueno, tan perfecto, que eso debió ser obra de la CIA o los israelitas. Yo lo escuchaba y no podía creerlo. Entiendo los complejos de muchas personas, trabajo con público, pero era la primera vez que observaba una confesión de parte tan lamentable.

 

   Para Luis Brito García, nadie en Latinoamérica puede hacer nada bien porque no está en nosotros hacerlo. Sólo se puede hacer chambonadas y tonterías. Eficiencia, cálculo y resultados óptimos es algo reservado únicamente para ‘ellos’, las élites del mundo, no para la gente de este pobre charco que apenas entiende cómo utilizar el fuego y sigue deslumbrado ante la bombilla eléctrica. Y este ser patético es un ideólogo, una voz autorizada, alguien que traza políticas y objetivos. Con razón nos va como nos va. O tal vez el imperio sí lo puso ahí para que lo jodiera todo. La CIA es tan perfecta, ¿verdad don Luís?

 

Julio César.

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