LUCHAS INTERNAS… (5)

macho-en-tanga

   ¿Dónde está lo mío…?

 

   Eric y Germán caminan lentamente por los terrenos posteriores de la mansión, cerca del área de la piscina. La noche es tibia, pero la brisa refrescaba. Germán, seco, le dice que ha recibido queja de varios socios, no dice quienes pero Eric imagina que de Ricardo y Aníbal.

 

   -Papá, cada nueva dirección recibe quejas. La gente se resiste a los cambios, aunque sean para bien. Hay que darle tiempo al tiempo. -se defiende.- Déjame trabajar. -exige.

 

   -Lo mismo dice el Presidente… -suena hosco y Eric lo resiente. Era verdad.

 

   -Yo no estoy loco. -se defiende. Germán bota aire y sigue caminando; siempre evitaba hablar de política, al menos con él, se dice el joven para sus adentro.

 

   -Eric, eres mi hijo y quería que triunfaras en la dirección de la firma, pero no soy sólo yo. Me debo a los socios. Ellos también tienen voz y voto. -se para y lo mira.- Y sí sólo se tratara de los socios menores, podría… pasarlos por alto. Pero se han comunicado con Manuel Caracciolo en Niza, y él no es tan optimista ni tan paciente contigo como yo. No es tu padre y no tiene por qué guardarte consideraciones. -lo deja de una pieza.

 

   -¿Llamaron a los Caracciolo? -ya es posible ver la piscina y notar que alguien la cruza a nado, aunque él no le presta atención.

 

   -Y Manuel envió una respuesta. Deberás compartir las responsabilidades de La Torre con su enviado… -mira hacia la alberca.

 

   -¿Qué? -grazna, mirando las azules aguas.

 

   En ellas se encuentra un hombre casi treintón, de cabellos cobrizos y ojos azulados, fríos, burlones y crueles: Franklin Caracciolo, hijo de Manuel, abogado y enemigo jurado de Eric desde hacía años. Un ser atractivo pero malvado.

 

   -Frank y tú trabajarán juntos. -dice Germán, cansado, odiando hacer eso, pero sin fuerzas.

 

   -¡Debes estar bromeando! No voy a trabajar con Frank. -casi grita, furioso.

 

   -Eric, Eric… me lastimas, flaco. -se burla con su voz recia, el tipo, quien nada hacia ellos y con un impulso poderoso de sus brazos, sale de las azuladas aguas.

 

   Es un hombre enorme, muy alto, musculoso y atractivo. Una cadena algo gruesa, de oro, cruza su cuello recio. Y ese cuerpo tan grande, semilampiño, va cubierto únicamente por una tanguita roja, de suave tela mojada que enmarca su tolete que se nota mucho. Germán hace una leve mueca de desagrado ante eso; hombres en tangas, ¡que horror!

 

   -No digas idioteces, Frank. -ruge Eric. Es tanto su virulento odio por ese carajo, que ni verlo así, semidesnudo y sensual, lo afecta. Se vuelve hacia Germán.- Tú me dejaste a cargo y…

 

   -…Y tú la cagaste. -se burla Frank, halando la parte superior de la tanga, para acomodársela mejor. Por un momento se ven sus dorados pelos púbicos.

 

   Germán desvía el rostro, no entiende a esos carajos que intentan ser tan bonitos como una mujer. Una buena hembra en tanga era una cosa, pero, ¿un tipo? Nunca le han gustado los hombres ‘coquetos’. Dentro de La Torre iba deshaciéndose de tipos con colitas, cabellos teñidos, aretes y cosas así. Claro que a Frank no podía echarlo. Él y su padre, Manuel, tenían casi tanto peso como él dentro de la sociedad. Y los tiempos no estaban como para que mono cargara a su hijo, ni siquiera por un ratico. Eric no sabía de la espada de Damocles que pendía sobre ellos. Los Caracciolo podían hacerles mucho daño, porque así eran: crueles, vengativos, tenaces e implacables. Eso los hacía enemigos terribles dentro y fuera de los tribunales.

 

   -Basta. Por un tiempo los dos trabajaran juntos. Es mejor que aprendan a llevarse bien desde ahora. -dice dando por terminado el tema y se aleja. Casi escapa a decir verdad. Eric va a seguirlo, pero se detiene volviéndose hacia el otro, que lo mira burlón.

 

   -¿Qué está pasando aquí? -le exige saber a Frank. El otro toma una toalla y se frota el cuerpo, con un gesto indolente de quien sabe que está buenote y es quien domina la escena.

 

   -¿No es obvio? Nos van a  probar. Van a decidir quien es mejor al frente de La Torre. Espero que no te hallas encariñado mucho con la silla de la presidencia; de todas maneras pienso cambiarla. Nunca pondría mi culo donde sentabas el tuyo. -se burla. Eric lo encara.

 

   -No creas que te va a resultar tan fácil sacarme de allí, Franklin…

 

   -No creo que sea muy difícil, Eric… -luego sonríe.- Tómalo con calma, no vine a pelear contigo, sólo a corregir tus errores. Mira, hasta te traje un regalito de Niza. -señala sobre una mesita una caja alargada, como donde se llevaría una botella de licor, pero algo más ancha.- Disfrútalo… -se burla, mirándolo cruel y se aleja.

 

   Eric lo mira con un profundo odio, pero ahora nota el porte felino del gran carajo ese. Esa tanguita era muy chica para un cuerpo tan grande y poderoso. La tela quedaba algo atrapada entre las nalgas, que se bamboleaban desafiantes, como queriendo ver qué mano se atrevería a meterse entre ellas, para sacar la roja y húmeda tela, y tenderla sobre los glúteos.

 

   Dios, cómo odiaba a esa rata, se dice Eric, mal. Bota aire y mira hacia la noche. Por allí estaba el cuartico de Pedro, cerca de los estacionamientos, se dice. Pero no, no puede ir. Tiene que volver y encarar a Irene y a su madre con la idea de la boda; a Germán y su decepción por la forma en que dirigía la firma; y a Frank, cruel y terrible. Frank venía a echarlo, en eso no podía engañarse. En forma maquinal, toma el regalo y va hacia la casona, preguntándose qué coño le trajo el gorila ese, de Niza.

                                                               ………………..

 

   La noche avanza de prisa, y en su elegante penthouse, Frank Caracciolo, atractivo en su traje, descorcha una botella de champaña. Está contento. Muy contento. Está en su elemento, a punto de emprender una gran batalla. Usará todos sus recursos en ella, aplastará, engañará y destruirá al que sea para ganar. Así es él. Es lo que más le gusta. Sentir que venció a todos. Quiere algo y va tras eso, sin desviarse, sin distraerse, sin sentir penas o remordimientos, sin escrúpulos. Y hace mucho que quiere el control de La Torre, un lugar de donde casi fue echado hacía años por debilidad de su padre e intrigas de Norma Cabrera de Roche, la vieja loba.

 

   Tiempo atrás hubo una disputa legal entre los Roche y los Caracciolo, quedándose los Roche con una carga accionaria mayor. Por ello el viejo Germán impuso a Eric en la presidencia de la firma, pero ahora sabían que Eric era un imbécil y tenían que recurrir a él. Él demostraría de lo que era capaz, sería el jefe de todo y los dejaría con la boca abierta… antes de terminar con todo. Toma una copa de champaña y la saborea. Tras él se encuentra una muy hermosa catira, que lo mira algo dolida por su falta de caballerosidad.

 

   -¿No vas a servirme una copa, amor? -su voz suena melosa y suave, a propósito.

 

   -No es guarapita, cariño. No la apreciarías. -la mira burlón, cruel. Le gusta ver como ella resentía eso, pero componía una sonrisa rápida como para que él no lo notara. La muy tonta intentaba hacérsele agradable a costa de lo que fuera.

 

   -No digas eso. -suena mimosa, colgándosele de un brazo.- Frank, a veces eres tan odioso que…

 

   -¿Me vas a dejar? -finge sorpresa, abriendo mucho los ojos. Ella se alarma.

 

   -Claro que no, amor. -le sonríe cariñosa.

 

   Frank sabe que es un hombre atractivo, sensual, y su aire canallesco lo hacía irresistible para las mujeres, así había sido desde los trece años. Pero no es tonto, sabe que su posición y dinero también atraía a un enjambre de fulanitas que se ilusionaban con él. Sonríe cruel, sabe que todas soñaban con ser la señora de Frank Caracciolo. A él lo divertían en ese empeño… un rato. Después vendría otra y otra. Toma su copa, mirándola.

 

   -Naty, no entiendo como pagándote tanto para que medio muevas el culo en la cama, compras esos pachulíes. Hueles a puta barata. Y sí algo hay que reconocerte… es que no eres barata. -es cruel. Sirviéndose más champaña, sonríe. Está contento. Mucho. Era hora de celebrar.

 

   -¡Frank! -la alarma. Ella sabía de su grosería y patanería, pero hoy estaba peor que nunca.

 

   Pero lo aguantaba, llevaba ya dos semanas con él, juntos estuvieron en Suiza y él parecía encariñado. Tal vez… ella lograra que él cambiara, que fuera atento. Que se enamorara. Las mujeres siempre creían que el poder del amor podía cambiarlo todo, incluso a ese Monstruo de la Laguna Negra que era Frank precisamente. Las mujeres y sus tonterías sobre el amor…

 

   -Déjate de maricadas, anda… -es rudo, mientras se abre el cierre del pantalón.- …estoy caliente… Si quieres tomar algo, comienza por esto… -es vulgar a propósito. Eso lo complace. Ver el escándalo, la humillación, el resentimiento de otra gente contra él, pero que no hacían nada para enfrentarlo, por temor. O no querían, por codicia.

 

   Profundamente humillada, la mujer duda, pero cede. Quiere seguir junto a él, hasta que se enamore. Frank burlón, casi parece adivinar sus pensamientos. Que la muy tonta siga creyendo en pajaritos preñados. Cierra los ojos y bota aire al sentir las manitas de ella manipulándole el tolete erecto y nervudo, sacándolo del pantalón. Siente la cálida boca de la joven. Es tan rico… Pero sus pensamientos son igual de maravillosos. Hará lo que le de la gana con La Torre. Será el jefe. Germán lo perdería todo, al igual que la vieja loba de Norma. Eric sería echado como un inútil. Y luego… vendría el turno de su padre. También Manuel Caracciolo recibiría lo suyo. Abre los ojos, vidriosos ante el placer que siente, por esa boca que lo mama, preguntándose sí ya Eric habría abierto su regalo. Seguro que lo encontraría interesante. Ríe en forma amenazante… y alarmantemente maligno, piensa Naty arrodillada, y ocupada como estaba.

……

 

   En su apartamento, casi totalmente a oscuras como no sea la recamara principal, la cual está bañada por la iluminación del televisor, Eric, recién duchado y envuelto en una toalla, sale del baño. Mira a Irene que duerme apaciblemente. Al joven siempre le había intrigado el que ella pudiera dormir tan apaciblemente después del sexo. Él se sentía lleno de energías, pero también… incómodo. Una buena ducha siempre lo ponía de ánimos para descansar. La mira y sonríe. Sí, Irene será una buena esposa. Es una mujer que ha demostrado que lo quiere; que lo ha visto en sus días malos, cuando era una mierda de gente, y también en los buenos… y cuando está depre y sólo quiere morir, sin ninguna razón aparente.

 

   Siempre atenta, amistosa, cariñosa, porque lo amaba en verdad. Claro, ella no sabe, o al menos él espera que no sepa, lo otro… Y eso era parte de la carga que a veces lo agobiaba. Irene era increíble, y merecía cosas increíbles, buenas, maravillosas. Necesitaba un amor como esos de los que ella solía hablar, y el joven temía que sintiera por él, donde el tiempo de no verse era tiempo perdido, donde sólo contaban los momentos para encontrarse, hablar, besarse y tocarse. Irene parecía fría y distante, era una mujer sensata e inteligente, pero también era apasionada. Y quería un gran amor para ella, y creía vivirlo con él. Pero cuando dormía, levemente sonreída, ignoraba la carga de pesadumbre y de insatisfacción que embargaba al otro. Porque a Eric le parecía que la vida, su vida, era una gigantesca estafa. Que defraudaba a Irene, pero sobretodo, a él mismo. Y ese convencimiento, lo torturaba. ¿Podía la gente vivir para siempre con dudas y temores, sintiendo por lo bajo que había algo más, algo que tal vez pudo producirte una carga eterna de clímax, de excitación, de calor, de placer, de felicidad y no se buscó por miedo, dejación, pereza…?

 

   El hombre se sienta en la cama con cuidado y mira la televisión. Le gusta oír las últimas noticias del día, aunque fuera poco aconsejable para dormir, como cuando en el futuro viera la noticia, y las imágenes, sobre al general Arcadio Bittar, el mentepollo de Valencia, agrediendo a bastonazos a un grupo de peligrosísimos manifestantes, armados hasta los dientes con pitos y banderas. Lo que le faltó al uniformado fue ordenar que los destruyeran con lanza torpedos. Esa noche se le haría difícil conciliar el sueño; pero el joven era de los que pensaba que siempre era mejor estar preparado para lo que al otro día vendría. Pensar en el día siguiente le provocó acidez. Frank iría mañana a La Torre, y llegaría como los Hunos entrando a Europa, dejando el reguero.

 

   En eso su mirada cae sobre el paquete que le regaló el otro. Lo había olvidado, cosa que no es rara. Es tan extraño que ese perro regale algo, y menos a él. Entre ellos no existían rivalidades de casi hermanos, celos de amigos, discusiones de muchachos que crecieron juntos. Nada de eso. Él odiaba a Frank, y Frank a él. Ese era el equilibrio del mundo y así tenía que ser. Cuando los Caracciolo decidieron irse a Europa, dio una fiesta, porque fue feliz. Ahora la rata de alcantarilla esa había regresado, y con una meta muy clara, sacarlo de la presidencia de la firma. Y para ello contaría con Ricardo Gotta y tal vez hasta con Aníbal López. Con esa gente no iba a poder. No con todos a la vez. Endurece el rostro, pero no les iba a ser fácil librarse de él.

 

   Decidiéndose al fin a ver qué es o no podría dormir esa noche, Eric va hacia la mesita y toma la caja. No es muy pesada… aunque pesa como una botella. ¿Sería un vino envenenado? Sonríe burlón, sentándose nuevamente en la cama. Pega la oreja a la caja y se siente ridículo, no pesa tanto como para ser una bomba. Pero un sobre bomba era liviano, se dice con ironía. Finalmente lo abre y lo primero que encuentra es un trapito como de seda negra que toma, sintiéndolo liviano y suave al tacto. Su sorpresa no tiene límites…

 

   El trapito resulta ser una suave tanga tipo hilo dental, erótica, sensual. El sólo tacto produce un estremecimiento al joven. La extiende ante sí, mira y mide la poca tela. Imagina lo poco que cubriría en alguien como, y se odia por pensarlo, Frank. O en él. Eso le produce una poderosa ola de calor y su boca se seca un poco. Mira la pequeña tira que conforma la parte posterior de la prenda. La imagina perdida, enterrada entre unas firmes nalgas de macho. Unas nalgas sin líneas de bronceado, lampiñas y poderosas. El güevo le abulta poderoso dentro del suave short tipo bermudas que se puso hace poco. Se imagina metiéndose dentro de la prenda. Imagina la presión suave y acariciante que sentiría entre las nalgas al meter la tira. Imagina la poca tela cubriendo únicamente el tolete dado lo escaso de la prenda. El güevo le abultaría halando la tanga hacia abajo. Sus pelos púbicos negros y rizados se verían. Al caminar el bojote se mecería.

 

   Alguien como Frank, grandote, dentro de ella, causaría sensación en una fiesta de modelos masculinos o en la escogencia de candidatos para un concurso como el de los misters. Por un momento puede verlo, húmedo, saliendo de la piscina, con esa basurita chica y erótica, pidiéndole a él, Eric, que lo seque con la toalla. Maldito hijo de perra, hasta en las fantasías eróticas, mandaba. Pero le gustaría…

 

   En la caja hay algo más. Lo saca y abre mucho los ojos. Se trata de una revista cara, de hojas recubiertas con finas láminas de plástico. Hecha para durar y cuidar. Es una revista porno, pero ¡que clase de porno! En la portada hay un hermoso joven catire, vistiendo la gorra y el saco de un marinerito, sin nada más. El joven tiene el bello rostro sudado y elevado en un gesto de que goza lo indecible. Tras él, totalmente desnudo se encuentra un carajo joven, negro y con un güevo enorme, del que se ve una parte, que coge al catire. Los detalles, lo sudores, los gestos, todo es una obra maestra del porno gay. Eric tiene la boca muy seca. El güevo le palpita. Siente estremecimientos que lo recorren como gritándole que lo sobe ya. Con manos temblorosas abre la revista por otras páginas. En una de ellas hay un tipo sentado, con un joven montado sobre él, enculándose. Están casi cara con cara. Y tras el que es cogido hay un tercer carajo, también metiéndole el güevo. El joven que tiene los dos güevos clavados al mismo tiempo, tiene los ojos cerrados y una expresión de que le duele y lo goza como loco. También los otros dos se ven fascinados, en la gloria, al tener al chico que es capaz de soportar dos enormes falos clavados a un tiempo en sus entrañas, aceptando gozoso sus manducos.

 

   Eric jadea, algo escandaloso. Mira mareado y excitado hacia Irene. La mujer duerme apacible. Eric se aferra el güevo con una mano y siente como tiembla. Si lo aprieta un poco más se correrá. Pero tiene que apretarlo al mismo tiempo, para no correrse. Así de caliente está. Sabe que aún queda algo más en la caja, ¡y vaya caja! Mete la mano y saca un trapo largo como una media. La tela es suave y roja brillante. Toca algo que hay dentro y gime. Casi sabe lo que es sin necesidad de verlo. Lo saca y casi grita. Es un enrome güevo de goma, color carne, grueso, largo, nervudo, un poco curvo, cabezón. Eric lo mira horrorizado. El maldito de Frank se lo enviaba para burlarse, para decirle que… sabía que era un sucio maricón. Quién sabe qué estaba tramando. Ya le parecía raro que semejante sapo le regalara nada. Negros pensamientos, donde Frank le gritaba frente a todos, incluyendo a Norma, Germán e Irene que no era más que un maricón, llenan su cabeza por un momento.

 

   Y claro que usaría lo que sabía. Es la clase de cosas que al muy coño’e madre le salían bien. Mira el falo y siente cosquillas en las bolas. Lo toca. Lo palpa. Tiene una extraña consistencia dura, como su propio güevo. La brillante cabeza, con todas sus imperfecciones anatómicas tipo nervaduras y cosas así, se veía excitante. Lentamente lo acerca a su rostro. Abre la boca y frota la cabeza contra sus labios. Lo siente gomoso, consistente y estimulante. Siente como el culo se le estremece y el güevo sufre un violento espasmo. Lo frota. La lengua sale y lo lame. Cierra los ojos, imprudentemente con eso en las manos, mientras a su lado su novia duerme. La boca se abre más y lentamente rodeando la cabeza del dildo, lo besa. Lo chupa. Lame suavemente con la lengua. Así debía hacerse. Así había visto que se hacía en esas películas que lo hacían gemir, masturbarse y casi gritar, deseando estar él en esas escenas.

 

   La boca cubre la cabeza. Es difícil pues el falo de goma es grueso. Una vez oyó a alguien decir que lo mejor para los que les gusta mamar güevos, es comenzar jóvenes, para acostumbrarse al grosor. Casi ríe; es una risa avergonzada, histérica. Excitada. Su boca baja un poco más, siente nauseas por la presión del tolete. Imagina que está frente a chico del taller. Que está sudado, oloroso después de todo un día de trabajo. Y en tanga. Una tanga con una leve mancha de sudor y tal vez de orine. Y de jugos de macho. Se imagina a sí mismo, caliente y excitado, con el hilo dental negro como única vestimenta  cayendo frente a él, lamiéndole la silueta del güevo bajo la tanga. Lo vería crecer, emerger en toda su grandeza de la telita. Se lo imagina como ese dildo. Cabezón. Se imagina besándolo, metiéndoselo en la boca y chupando esa roja tranca. Lo sentiría caliente, agrio y salino.

 

   Mientras piensa en el joven, y su boca sube y baja sobre el dildo, una oleada de saliva escapa de ella, bajando por el falo de goma. Está excitado. Muy excitado. Siente como el güevo le babea. Puede sentir la humedad contra su muslo derecho. Imagina al muchacho jadeando, atrapándole la nuca con una mano joven y fuerte, gritándole que lo mamara bien, que moviera su boca de mamagüevo y que luego lo cogería hasta hacerlo gritar y llorar de gusto.

 

   Irene jadea en la cama y dice algo. Aterrado, Eric se saca el juguete de la boca y casi grita. Se siente culpable e idiota. La mujer sigue durmiendo pero él no puede continuar. Temblando de miedo y excitación por igual, deja el dildo y cae de espaldas en la cama. El güevo le abulta terriblemente poderoso. ¡Tiene que ocultar todas esas cosas! Sería horrible que Irene las encontrara. Podría decirle que fue una idiotez de Frank, pero eso sólo traería más preguntas. No. No podía mostrárselo. Ni dejar que supiera que estaban allí. Lo escondería y mañana tendría que enfrentar la sucia mirada de Frank. ¿Tendría sólo sospechas o sabría algo de cierto? Bien, no lo dejaría saber cuánto lo había afectado. Se toca el güevo y éste casi tiembla. Tendrá que volver al baño y desahogarse. Se sienta y mira la revistica porno. Era una joyita, aunque viniera del perro ese. La página abierta muestra al marinerito catire, con la casaca, con expresión de quien grita, mientras esta sentado sobre la cadera del negro, que lo encula.

……

 

   En la casona familiar, Norma tampoco puede dormir. Tiene demasiadas cosas en qué pensar. Ella no acepta tan fácilmente, como Germán, el que vengan a sacar a Eric de la presidencia de la firma, porque eso era en suma lo que querían hacer. Ella no luchó toda una vida al lado de Germán, incluso contra presidentes de la República, mafiosos y delincuentes de variada ralea a lo largo de los años, incluyendo al viejo sátrapa de Manuel Caracciolo, para que ahora vinieran a quitarle todo. Desde el corredor mira hacia los jardines; los problemas ahora eran mayores. No las cosas cotidianas. Sí Eric supiera lo que pasó y lo que ella tuvo que hacer meses atrás… Pero en lo que a ella respecta, nunca sabría nada de esa oscura y horrible etapa de su vida. El joven no sabría en todo lo que ella y Germán se vieron mezclados. Cierra los ojos, y como hacen y han hecho cientos de miles de millones de pecadores a lo largo de la historia de la humanidad, piensa: sí tan sólo tuviera otra oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Abre los ojos con decisión. No puede dejarse vencer. Lo hecho, hecho estaba. Era imposible recoger la leche derramada. Tampoco la sangre de gente  inocente…

 

   Ese pensamiento le provoca un muy desagradable estremecimiento. Debe concentrarse en el ahora, en lo inmediato. Y algo qué tiene que resolver y ya, era el matrimonio de Eric. Eso le llena de negras dudas y temores. Es su madre, ella… sabía cosas, pero no quería verlas. Lo mejor era que se casara, que contara con una mujer fuerte, dura y decidida como Irene. No le gustaba para nada esa mujer, y en otras circunstancias, de ser Eric… distinto, habría luchado por una nuera mejor. Pero por ahora, en estos momentos, Irene estaba bien. Era lo que él necesitaba. Un ancla. Estabilidad y respetabilidad, se dice convencida. Con el tiempo vendría la paz de la rutina, el amor del compañerismo y los hijos, y cualquier otra duda, anhelo o deseo, sería acallado y asfixiado hasta morir. Ella quería nietos, y no después de muerta. Ahora. Ese matrimonio debía darse antes de que este año tan infausto terminara, se dice, tomando de la copa de vino que tiene aferrada.

 

   Lo otro era Frank Caracciolo. Un frío odio le sube del vientre. No podía perdonar la traición de los Caracciolo; y sin embargo, dudaba. No quería lastimar a Frank, por lo menos no de una forma contundente. Y mucho menos a una persona inocente; pero Frank debía ser controlado. No podía dejar que le hiciera daño a Eric o que lo sacara de La Torre. Ella lo conoció de niño. Era caprichoso, voluntarioso y malcriado, pero hermoso, y no quería herirlo; pero Eric, su hijo, estaba primero. Por eso haría lo que tenía que hacer, por disparatado y cruel que pudiera resultar. Al final, muy al final, Frank sufriría horriblemente, eso era algo seguro, pero no podía evitarlo. Y no sabía sí quería evitarlo siquiera.

 

CONTINUARÁ…

 

Julio César.

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