CLASES PARA PERRAS CALIENTES

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   Su maestro le llenaba… la vida.

 

   Obsesionado por mejorar físicamente, y ser más ‘mortal’, Esteban tomó unas clases de artes marciales con un pelón feo, mala gente, desagradable y prepotente, alguien que le gritaba “así, no, maricón, no estás dándole el culo a tu marido”, en plenas clases. Más de una vez Esteban quiso gritar y reclamar, y el entrenador lo notaba, sonriendo con burla ante sus reculadas. Ya el hombre le daba bofetones frente a los otros estudiantes, humillándolo feo. Le daba nalgadas y todo. Esa mañana, tan sólo por no ‘saber’ lanzar un alarido de guerra masculino, el profesor se le fue encima, sorprendiendo a todos, y excitándolos. Esteban gritó, asustado cuando voló por los aires con una llave, cayó en cuatro patas y ese carajo se sacó su güevote.

 

   -Nunca serás un buen guerrero… pero tal vez seas una buena perra para la clase. –le gritó frotándole el rostro con esa tranca caliente y babeante.

 

   Y que Esteban nada hiciera fue permiso suficiente para que terminara mamando güevo del bueno, tragándolo hasta los pelos cuando el otro la empujaba. Quería huir, defenderse ¡pero ese güevo sabía tan rico!; sentir esa mano que lo aferra duro, oírlo llamarlo mariquito mamagüevos, no lo dejaban pensar. Supo que se había metido en un buen peo cuando notó sobre sus hombros el calor de otros toletes erectos, y unas manos que le quitaban el uniforme. Sí, de hombre cabal había pasado a ser la perra caliente de la clase…

 

Julio César.

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