EN EL ASCENSOR

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   Haré lo que diga, señor…

 

   Coño, voy llegando tarde otra vez. La recepción de la firma está vacía, todo el mundo está en su cubículo trabajando, como abeja en panal, cada quien en su mundo. Es frustrante sentirse así. Me miro de pasada al espejo de puerta entera y me agrada lo que veo, un tipo joven, fornido, no muy alto pero atlético, de rostro cuadrado, cabello negro algo alzado en cepillo y una sombra perenne de barba en mi mentón cuadrado. El traje, azul oscuro, me sienta bien. Me veo poderoso y próspero. Voy ascendiendo dentro de la firma, aunque el jefe es un coño’e madre que me la tiene dedicada. Pero guardo silencio, ese cuarentón alto, fibroso, de rostro duro y hosco, de cabello ralo y mirada penetrante y dura, con algo de canas en su mentón que aunque limpio en la mañana ya muestra cañones en la tarde, era tan peligroso como enemigo, como lo parecía.

 

   Iba retrazado, seguro me formaba un peo, pienso inquieto, pero no tanto, llegar tarde era casi una cuestión cultural en Venezuela. Oprimo el botón del último de los ascensores, ya que todos los otros andan como por el piso veinte, cuando noto la señal de dañado, maldita sea, siempre era igual. Pero, para mi sorpresa, las puertas se abren, y lo que encuentro casi me mata de la impresión. Allí estaba el señor Morean, mi jefe, con su serio traje oscuro, camisa azul y corbata vino tinto, masculino y viril, de pie, con el pantalón abierto y un increíblemente largo y grueso güevo rojizo emergiendo, poco, ya que la boca de Jonás, el chico del ascensor se lo tragaba con gemidos de hambre y gusto, como si nunca en su vida hubiera probado una vaina tan sabrosa. El güevo brillaba de saliva y mamadas cuando esos labios rojos lo tragaban y soltaban, apretándolo, logrando que Morean bufara por lo bajo, medio inclinado sobre el muchacho catirito que está de rodillas, acariciándole las nalgas metiendo su manota bajo una telita mínima, amarilla intensa, barata como sintética, y putona que usa como calzoncillo. Impresionado miré como esa mano tocaba, ávida, avarienta, y como parecía que uno de los dedos frotaba y se metía dentro del culito aun cubierto.

 

   -¡Jefe…! -grazné.- ¿Qué haces? –demandé saber lo que ya sabía, sintiendo como mi corazón latía más de prisa, ¡y como mi güevo endurecía por segundos! Vaina que jamás me esperé.

 

   -Jonás deseaba un aumento y lo estamos discutiendo, Gutiérrez, y  debo decir que sabe usar buenos argumentos. –sonrió, sin ninguna pena o incomodidad ese tipo tan… macho, mientras la boca tragaba con gemidos su güevo y su mano tocaba con más descaro esas nalgas y ese culito.- Aún estoy considerando su grado de compromiso para con la firma… debo saber qué es capaz de hacer por nosotros. Acérquese, Gutiérrez, y saque ese güevo que ya lo tiene mojándole el pantalón. –ordenó, como siempre hace, altanero.

 

   Ese maldito maricón ¡qué se creía!, pensé molesto, agitado… mientras bajaba mi cierre y abría los botones de pantalón, ¡acercándome a ellos! Al librar mi verga, dejándola bamboleándose en el aire, casi tan larga y gruesa como la del jefe, boté aire, feliz, excitado al límite.

 

   Algo vanidoso acepté la mirada de aprobación del jefe sobre mi dura barra, mientras la tomaba masajeándola duro, era extraño y rico sentirla apretada así, por la mano de otro tipo, alguien fuerte y viril. Tomándole la nuca a Jonás, el jefe libró su tranca, que parecía una lanza, babeado saliva y jugos, y lo obligó a tragarse la mía. Grité contenido cuando ese carajito bonito abrió su boca golosa y lo tragó, apretándolo, lamiendo y chupándolo con su cálida cavidad. Era una mamada increíble, y con ojos nublados miré al jefe que se abría la camisa, mostrando su tórax fornido, de grandes pectorales cubiertos de pelos ralos, muy bronceado, casi oscuro. Hice lo mismo, y cuando pellizcó mis tetillas, grité otra vez, mientras mi barra estaba en lo más hondo de la garganta del chico del ascensor, que mamando parecía bueno. Yo estaba totalmente loco, fuera de mí, sintiendo mis pezones apretados y mi güevo comido como nunca, soltando ya juguitos de macho.

 

   Obligado a salir del pantalón y la tanguita amarilla, Jonás quedó desnudo a excepción de los zapatos negros brillantes y la casaca roja, así como el tonto gorrito que lo obligaban a llevar.  Teniéndolo en cuatro patas, con nuestros trajes puestos pero las camisas abiertas, le cogí duro esa boca mientras el jefe le enterraba el cobrizo güevo, grueso, como mucho para ese botoncito redondo y liso que había resultado el culito del muchacho, macheteándolo duro. Lo enculaba fuerte, embistiéndolo con tal poder que lo estremecía, haciéndolo gemir de puro placer. Su boca resollaba sobre mi tranca, antes de apretar, mamar y tragarlo todo. Era excitante ver a ese tipote atraparle las redondas nalgas, clavando esos dedos fuertes, embistiéndole el chiquito con su porra enorme, clavándolo todo, hasta los pelos crespos de su pubis.

 

   La locura se desató dentro de ese ascensor, y a pesar del aire frío del acondicionador del clima, sudo un poco con la espalda apoyada contra las puertas cerradas del ascensor, chocando mis piernas con las del jefe, que está frente a mí, y entre los dos, gritando como una puta loca, sin reparos, apoyándose en nuestros muslos donde caía quedando sentado y por mis manos bajo sus rodillas, el catirito Jonás sube y baja sobre nuestros dos güevos tiesos, gruesos y enormes que queman como el infierno. Lo cogíamos a dúo, y el muchacho luego de adaptarse, parecía estarlo gozando increíblemente, pues gemía, sudaba y babeaba abrazado a mi cuello, pegándose de mí, aullando que se moría, que qué vaina tan rica, que no aguantaba más. Su güevo chocaba de mi panza, su tórax contra el mío era rico, y el jefe estaba allí, pegado a su espalda. Los dos de saco, con el chico desnudo a excepción de zapatos, gorra y casaca, que subía y bajaba más, totalmente fuera de sí, transportado a otro mundo de sensaciones y placer cuando su dilatado, y vicioso culito, subía y bajaba apretando nuestros güevos; mientras nosotros agitábamos como podíamos nuestros muslos, cogiéndolo también, para mí era raro y rico sentir ese culo chupando, pero también la barra tiesa del jefe contra el mío. Fue cuando el jefe me miró directo a los ojos.

 

   -Gutiérrez, ¿usted no quería un aumento? Venga esta tarde, al final del día, a mi oficina… y depíleselo antes. –ordenó.

 

   -Si, señor Morean… -gemí casi al borde del desmayo.

 

   -¿Qué haces, Germán…? -me vuelve a la realidad la voz de Sonia, mi mujer, quien me mira en la entrada del cuarto.- Tienes ese bicho como pata de perro envenenado.

 

   -Te esperaba, mi amor. –mentí, teniendo la delicadeza de enrojecer de vergüenza al verme pillado soñando despierto con las ganas que tenía de que el jefe me atendiera…

 

Julio César.

 

NOTA: Pequeña historia de mi otro blog.

6 comentarios to “EN EL ASCENSOR”

  1. juan carlos Says:

    ta weno

  2. Julio César Says:

    Gracias Juan Carlos. Este cuento sí es mío

  3. toni Says:

    quiciera que me atraparan asi en un asensor

  4. Ronald alexander Says:

    Me parece un cuento. Yo si tengo fantasias vacanas q contar hechos de la vida real

  5. ronald Says:

    soy de rol versátil mas pasivo serio y discreto, soy blanco, alto , peso promedio, ojos negros , cabello corto negro, soy higiénico, graduado universitario, vivo con mis padres, mi familia nada sabe, mi edad es 34 años, sitio para un encuentro privado no tengo. para contactarme mi numero de celular 0416-7927794 Maturin Edo monagas , venezuela
    facebook:
    http://facebook.com/ronaldjose.martinezrondon

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