CONFUSIÓN

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   No era, ¡pero qué verga!

 

   Gritaba ahogado, agónico, gozando en su dulce tortura al subir y bajar su estrecho, sedoso y cálido culo sobre la rígida barra que tanto le palpitaba en las entrañas. Se tensa y la aprieta; sus nalgas suben y bajan sobre esa pelvis, donde se atornilla, se medio mese, se frota con fuerza en medio de gritos. Sudado, agotado de tanto gozo, se vuelve hacia el carajo con quien se besó tan sólo la noche anterior en el pasillo del edificio, en lo oscurito, cuando fue a botar la basura.

 

   -Pero, ¿qué…? Oiga, usted no es el carajo de anoche… -se tensa. De los nervios su culo se cierra apresando sabroso al otro.

 

   -Yo… Lo siento, vecino. Usted vino buscando a mi hermano. Nos parecemos mucho. Pero siga, vecino, apriételo mientras sube y baja, y sáqueme toda la leche… que dentro de quince minutos regresa mi mujer.

 

Julio César.

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