DE FLEX

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   Sí, le encantaba el yerno, tan fornido dentro de su chico y ajustado suspensorio. Y sabía qué hacer para que se ablandara… de ánimo, ya que le gustaba bien duro de todo lo demás. Sabía que con un tipo así, todo forrado de músculos, velludo y machote, había que admirar su cuerpo, decirle lo bien que se veía y tocarlo todo mientras se le decía que seguro a todas las mujeres se les hacía agua la boca al verlo. Eso les gusta, los excita; y que cuando se acaloran un poco, hay que tocar más y más, hasta que venga el: “Pero ¿qué hace? ¿Qué quiere?”. “Tragármelo todo el… momento”, es la respuesta. ¿Qué pasará?: o se va, callando y medio caliente, o sede y saca todo su ser. El viejo lo sabía.

 

 

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   El suegro sabía que si el yerno aflojaba un poco, sin negarse de plano, la cosa era de urgencia. Había que caer rápido adorándolo, bajarle la prendita lentamente, acariciándolo, luego de tocarlo un poco sobre ella. Seguramente no estará muy… dispuesto todavía, nervioso como está, pensando que todo eso es malo. ¿Solución? Un solo bocado y dejarlo allí, saboreando y masajeando con la lengua caliente y las mejillas. Un poco de aliento pesado en la base también inquieta. No hay uno que no se arme con toda su fuerza y hasta dispare una que otra gota viéndose obligado a ello. Si se va y viene con fuerza sobre el juguete, el bebé no escapa. Menos si el otro se vuelve un pulpo tocando todo, pellizcándolo todo.

 

Julio César.

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