LUCHAS INTERNAS… (6)

el-vigilante

   Ese vigilante andaba buscándosela… ¿tal vez dentro del pantalón?

……

   En la casona familiar, Norma tampoco puede dormir. Tiene demasiadas cosas en qué pensar. Ella no acepta tan fácilmente, como Germán, el que vengan a sacar a Eric de la presidencia de la firma, porque eso era en suma lo que querían hacer. Ella no luchó toda una vida al lado de Germán, incluso contra presidentes de la República, mafiosos y delincuentes de variada ralea a lo largo de los años, incluyendo al viejo sátrapa de Manuel Caracciolo, para que ahora vinieran a quitarle todo. Desde el corredor mira hacia los jardines; los problemas ahora eran mayores. No las cosas cotidianas. Sí Eric supiera lo que pasó y lo que ella tuvo que hacer meses atrás… Pero en lo que a ella respecta, nunca sabría nada de esa oscura y horrible etapa de su vida. El joven no sabría en todo lo que ella y Germán se vieron mezclados. Cierra los ojos, y como hacen y han hecho cientos de miles de millones de pecadores a lo largo de la historia de la humanidad, piensa: sí tan sólo tuviera otra oportunidad de hacer las cosas de nuevo. Abre los ojos con decisión. No puede dejarse vencer. Lo hecho, hecho estaba. Era imposible recoger la leche derramada. Tampoco la sangre de gente  inocente…

   Ese pensamiento le provoca un muy desagradable estremecimiento. Debe concentrarse en el ahora, en lo inmediato. Y algo qué tiene que resolver y ya, era el matrimonio de Eric. Eso le llena de negras dudas y temores. Es su madre, ella… sabía cosas, pero no quería verlas. Lo mejor era que se casara, que contara con una mujer fuerte, dura y decidida como Irene. No le gustaba para nada esa mujer, y en otras circunstancias, de ser Eric… distinto, habría luchado por una nuera mejor. Pero por ahora, en estos momentos, Irene estaba bien. Era lo que él necesitaba. Un ancla. Estabilidad y respetabilidad, se dice convencida. Con el tiempo vendría la paz de la rutina, el amor del compañerismo y los hijos, y cualquier otra duda, anhelo o deseo, sería acallado y asfixiado hasta morir. Ella quería nietos, y no después de muerta. Ahora. Ese matrimonio debía darse antes de que este año tan infausto terminara, se dice, tomando de la copa de vino que tiene aferrada.

   Lo otro era Frank Caracciolo. Un frío odio le sube del vientre. No podía perdonar la traición de los Caracciolo; y sin embargo, dudaba. No quería lastimar a Frank, por lo menos no de una forma contundente. Y mucho menos a una persona inocente; pero Frank debía ser controlado. No podía dejar que le hiciera daño a Eric o que lo sacara de La Torre. Ella lo conoció de niño. Era caprichoso, voluntarioso y malcriado, pero hermoso, y no quería herirlo; pero Eric, su hijo, estaba primero. Por eso haría lo que tenía que hacer, por disparatado y cruel que pudiera resultar. Al final, muy al final, Frank sufriría horriblemente, eso era algo seguro, pero no podía evitarlo. Y no sabía sí quería evitarlo siquiera.

   Mira hacia la noche, hacia los jardines. Hacia la pieza de Pedro Correa, el chofer. También debía ocuparse de él. Tenía que echarlo, y mientras más pronto, mejor. Pero debía hacerlo con tacto. El joven podría llegar a ser peligroso, se dice oprimiendo los labios con ira. Era una suerte que llegara a trabajar allí después de que Eric se fue de la mansión. Por un momento siente un sobresalto ante esa idea. Lo asociaba a otra circunstancia, a algo que no quería que Eric, o Sam, o cualquiera (la prensa, por ejemplo), llegara a saber. Pero sí, tampoco lo quería cerca de Eric. Y es un pensamiento que le pesa, que le duele. Mira hacia el cielo extrañamente poco iluminado por escasas estrellas, no buscando fe o consuelo, sino espacio. Se siente atrapada, rodeada por enemigos terribles. Pero era una luchadora, había vencido antes y volvería a vencer. Ni Eric, Frank o Pedro eran oponentes para ella.

                                                               ………………..

   Muy temprano en la mañana, Eric revisa unos  papeles en su oficina. Quiere estar listo para los problemas que se le vendrán encima en la junta. El aparato de video repone el programa de una de la periodista mañanera de la televisión, la Colombina. La mujer con su tono seco, duro, agreste, despedaza en trozos chicos, y feos, las argucias del régimen que desgobernaba el país. En esos momentos habla de las imbecilidades que se empeñan en demostrar los diputados del régimen en la mal llamada Comisión de la Verdad. Eric oye fragmentos de lo que dice la mujer, y está de acuerdo con ella; ese gente era patética, sí pensaban montar un show mal actuado, debieron al menos enviar a gente menos rayada.

   En abril de ese año, la crisis política devino en un paro convocado por La Cúpula Empresarial del país, que sorpresivamente fue acatado por una gran cantidad de gente. En una de las jornadas de ese mes de abril memorable se convocó a una gran concentración que cruzaría la ciudad desde el Este hasta el Centro. Más de medio millón de personas se congregaron, pero la marcha no terminó donde debía, en una de las sedes de La Petrolera Nacional, sino que continuó al grito de ‘hacia Miraflores’. Esa gente fue recibida a tiros, desde puentes y azoteas. La Guardia Nacional disparaba contra ellos desde la calle, a la vista de todo el mundo, sin empachos o reparos, a quemarropa, bajo las órdenes del general que la dirigía en esos momentos, Balandrí. Esos hechos, la matanza ordenada bajo el nombre del plan Cábala, de procedencia maracayera, provocaron que el Alto Mando Militar le pidiera la renuncia al Presidente, cosa que éste aceptó, provocando un vacío de poder, del que un grupito pretendió sacar ganancias con un disparatado gobierno que intentó imponerse con decretos ilegales, que cualquier tonto sabría eran impracticables.

   Menos de cuarenta y ocho horas después, por impericia del grupo económico que quiso hacerse con el poder, y por las ambiciones de un general en Maracay que ya traficaba dinero y poder para la compra de casinos y canales de televisión, Buñuel, el Presidente regresó en un atrevido contragolpe; y en ese momento se habló de rectificación, de perdón y tolerancia, pero nadie con dos dedos de frente lo creyó. El régimen quiso aprovechar el momento para destruir de un golpe a toda la oposición, lazando la injuriosa acusación de ‘golpistas’ a todo bicho viviente; lo más sucio que había en el diccionario revolucionario. Ahora la llamada Comisión de la Verdad, intentaba únicamente demostrar que fue la gente que marchaba, la que atentaba contra la paz y el orden, que eran delincuentes que debieron se frenados y que fueron asesinados por su misma gente. El delito no fue matar gente, sino marchar hacia Miraflores. Y los pistoleros debían ser protegidos por la fiscalía y tribunales antes de que alguien se preguntara quién los envió a puentes y azoteas con armas.

   Eric sonríe con ironía al mirar el rictus burlón de la Colombina al comentar la batuqueada que la periodista Ercilla Poletto les dio nada menos que el día anterior, haciendo notar que a la peligrosa mujer la trataron con pinzas, sin interrogarla a fondo y sin atracarla directamente. Esa mujer, no muy agraciada a decir verdad, pero de rostro enérgico e interesante, tenía la horrible costumbre de saber demasiado, y no temía decirlo en el pequeño periódico de corte político económico que dirigía. Llaman a la puerta.

   -Sí, Serena… -autoriza sin ver. Quien entra es el sonriente Sam.

   -Hola, pato, espero que notes que llamo antes de entrar. Así no te sorprendo en algo raro.

   -¿De qué hablas? -Eric que mira a la Colombina y lee un informe al mismo tiempo, no le entiende de momento.

   -No quiero entrar y encontrarte teniendo sexo con alguien aquí… -Eric lo mira con una mueca.

   -Eres tan ingenioso y tan divertido como un grano en las bolas. -dice seco.- ¿Averiguaste algo de William Bandre? -Sam lo mira con ojos brillantes de malicia.

   -Cuando te cuente… te vas a caer de culo. -Eric lo mira malévolo.

   -No creo que sea más sorpresivo y horrible que lo que yo tengo que decirte.

   -Vamos a ver. Sí, William Bandre lleva dos semanas sin aparecer por la firma en forma oficial. Antes de eso, llevaba dos mese sin venir, pero se comunicaba con su asistente. -lo impacta.

   -¿Lleva tres meses fuera? ¿Y cómo no lo sabíamos?

   -Porque es un agente de Ricardo Gotta que ni se reporta ni habla con nosotros. Pero eso no es nada. Bandre es el abogado dentro de la firma que lleva los asuntos del diputado Guzmán Rojas y del general Bittar. -termina teatral. Eric siente un verdadero escalofrío de miedo.

   -¡Coño! -sabe quienes son. Se miran.- ¿Y cómo esa basura entró a la firma?

   -Son clientes de la tribu de Saúl. Y sabes que en negocios, judíos y árabes se unen en este país como en ninguna otra parte del mundo. Un envío de la de Damasco; eran clientes de ellos. -Eric se recuesta de su sillón.

   -¿Los trajo Ricardo o Aníbal?

   -No lo sé, aunque es de presumir que si Bandre llevaba las cuentas, es cosa de Ricardo. -se encoge de hombros.- Sólo sé que ambos tienen juicios pendientes muy graves. Y William los lleva. O los llevaba. No sé ahora. Y si hemos de creer en lo que dicen Las Chicas Súper poderosas, esos dos tipos son unos coños’e madre. -termina álgido.

   Sam se refiere, irreverente, a un grupito de periodistas, todas mujeres, que le hacían la vida de cuadrito al Gobierno todos los días. Eran ellas las periodistas Marsella Salas, Ercilia Poletto, Ibis Pachán y la Colombina; quienes habían sido bautizadas así por otro periodista, Milingo, en clara alusión a las niñas de la comiquita, comparándolas con esas mujeres corajudas, resueltas y valientes, que no temían investigar y alzar la voz para dar a conocer lo que sabían o pensaban, en un país donde políticos, empresarios y militares se cagaban de miedo ante los gritos destemplados, y cada vez más irracionales que venían de Miraflores.

   -Según esas mujeres, uno es un traficante de armas muy peligroso, y el otro ha hecho del contrabando su mundo, desde las afeitadoras de bolsillo hasta las drogas.

   -Y sí esas mujeres lo dicen…

   -…algo de cierto hay. -termina Eric, sintiendo que la cabeza le duele.- ¿Qué dice Lesbia?

   -Nada sabe. O eso dice ella. Parece que él no está en Caracas. -Eric lo mira fijamente.

   -Esto es lo peor que podría pasarnos y en el peor de los momentos. ¿Sabes quién viene hoy, con voz, voto y mierda?: Franklin Caracciolo.

   -¿Qué? -estalla parándose.- ¿Estás loco? No puedes dejarlo. -Eric se molesta.

   -¿Crees que lo llamé yo? No digas maricadas. Fue alguien de la junta. Tal vez Aníbal.

   -Hummm. Más bien parece cosa de Ricardo Gotta. -disiente.

   -Como sea, la jugada es clara. La junta quiere un nuevo presidente. -lo mira intensamente.

   -No te deprimas tan pronto, pato. Algo puede pasar que te salve. Caracas está llena de mal vivientes, tal vez alguien robe y mate a Frank. -Eric sonríe abatido.

   -No intentes alegrarme con pensamientos bonitos. -mira su reloj.- Debe estar por llegar. La junta de hoy será apoteósica. ¿Crees que exijan que me suicide delante de todos?

   -Si te vas a dar un tiro, procura no salpicar. Este saco es nuevo.

……

   La entrada de Frank Caracciolo a La Torre es un evento digno de la revista Hola. Parece un joven príncipe, altivo, elegante e increíblemente guapo. Sonríe con desdén a todos. Algunas chicas lo miran embobadas, claro, no saben lo mierda que es. El abogado camina por esos pasillos como un rey recorriendo su feudo. Cuando llega a una esquina en los pasillos del piso quince, una vieja bedel que coletea ahí, no logra retener a tiempo su trapeador que roza los zapatos del hombre, quien la mira en forma impactada. La mujer casi grita, sabe bien quien es, lleva años allí y conoce a la bestia.

   -Ay, lo siento, doctor Caracciolo, no lo vi venir y… -la calla con un grito.

   -Vieja imbécil, ¿es qué no ves lo que haces? ¿Dónde están tu perro y tu bastón sí es que estás ciega? -algunas personas se detienen y los miran, apenados por la mujer, sintiendo rabia contra ese troglodita, pero incapaces de hacer nada. Todos lo conocen, de trato y maltrato, o por referencias tan horribles que parecen leyendas.

   -Lo siento. Lo siento. -gime la mujer, agitada.

   -¿Por qué coleteas a estas horas? ¿No sabes que es la hora en que llega la gente que sí trabaja y no holgazanea? -la mira casi rojo de la rabia.

   -No puedo llegar antes. Tengo que prepararle desayuno a mis nieticos y enviarlos a la escue…

   -¿Por qué piensas que me interesa tu vida? -la interrumpe.- Si tienes cosas que hacer, levántate más temprano, vieja floja; con razón todavía estás coleteando pisos. Llevas como veinte años en esto. -la reprende. Ella va a hablar, casi llorosa y él levanta una mano callándola.- Ya. No me digas nada. Sólo métete donde no tenga que verte más. -y sigue su camino, muy molesto.

   La anciana jadea como sí hubiera subido corriendo por las escaleras los quince pisos. La gente la mira con aprecio y simpatía, pero si la bestia peluda de Frank le hubiera saltado al cuello para estrangularla, ninguno se hubiera metido. Y no sólo por miedo a perder el trabajo, sino la vida. Frank parecía muy capaz de matar a alguien con sus manos. Era un salvaje.

……

   Eric y Sam se dirigen a la sala de juntas. Concuerdan que lo mejor es no mencionar frente a Frank nada sobre William Bandre o sus clientes. Esa gente preocupaba a Eric. Eran tan sucios y claramente delictivos que no se explica como alguien con un gramo de decencia podía hacer tratos con ellos.

   -Manejan mucha plata. -dice Sam, encogiéndose de hombros, explicándolo todo.

   -Que razón tan pobre. -se molesta.

   -Oye, somos abogados, se supone que trabajamos con gente que necesita ser defendida pues es acusada de algo. No vas a llegar muy lejos sí sólo quieres atender a gente inocente. -Eric mira una puerta por donde entra un silbante José Serrano. Un baño. Y él con la vejiga llena.

   -Te veo en la sala. Me estoy meando.

   -Pero si vienes de tu oficina. -se extraña. Eric bota aire.

   -Sam, esta junta es muy seria para mí. No me siento tranquilo, ¿bien? La vejiga la tengo encogida. -Sam sonríe y va a hacer una broma sobre cogida.- No vayas a decir tonterías, ¿si?

   Sam sigue su camino y Eric entra al pulcro y aséptico lugar. Mira de pasada y nota a José que lee algo con mucho interés en la pared de uno de los privados… y se sobaba el güevo sobre el uniforme en forma maquinal. Le abultaba. Aún a la distancia, Eric lo nota impactado. El hombre disimula y va hacia uno de los orinales y mea, sintiendo que el tolete le hormiguea un poco. José parece reparar en él.

   -Buenos días, doctor Roche. -dice ronco, Eric lo medio mira y ve la larga y escandalosa erección del otro sobre la tela caqui.

   -Buenos días, Serrano, ¿qué leías? -José duda un momento y luego lanza un suspiro.

   -Un poco de arte urbano. Un artista del grafito anda suelto por aquí. Estos baños se lavan de pe a pa cada día, después de todo es un bufete importante, pero estos letreros siempre aparecen aquí y en todos los baños. -señala algo.

   Eric sabe que tiene la junta, que José tiene una erección visible aunque actuara como sí no se diera cuenta, y que lo mejor sería irse. Pero la curiosidad al letrero y saber a dónde podía llegar toda esa rara situación, lo hacen dudar. Se lava las manos y va hacia él, que le sonríe en forma pícara. El tolete abulta en toda su longitud, casi podría decirse que es posible demarcar el nabo de la cabeza hinchada sobre la tela. Eric se asoma al privado. Hay dos letreros simples, vulgares y estimulantes. Uno dice: desahógate, mastúrbate aquí. El otro decía: sí las piedras del camino fueran güevos, ay, yo andaría de culo. Son simplones, pero poderosos. Eric también siente como el güevo se le endurece, como le crece, abultando contra su propio pantalón. José lo nota, sonriéndole de forma abierta.

   -Son raros, ¿verdad? Hacen que a uno se le pongan duros, sabrosito. -dice mórbido, con voz acariciante, sobándose suavemente el güevo sobre el pantalón, mimándolo. Eric siente la boca seca. Ve su mano enfundar el tolete con ganas.

   -Son simples y directos, para estimular una imagen poderosa y sensual. -gruñe ronco, mirándole la mano que soba la barra; seguro que la tenía muy dura y caliente, se dice excitado.

   -La tengo como una piedra… -dice ronco José.- ¿Quiere verlo? -le ofrece con un jadeo.

   Eric duda. Eso era una locura. Siente como su güevo se endurece más y le palpita. Ver los contorno de la verga del otro, lo afecta. Una mano de José, quien sonríe en forma excitada, cae sobre la mano de él, llevándola hacia su tolete. Eric, aterrado, excitado y sorprendido, siente ese güevote bajo su mano. José cierra la mano, obligando a Eric a cerrar la suya y que compruebe la dureza de su instrumento.

   -No, yo no… -jadea Eric asustado, intentando soltarse, pero sintiendo lo caliente de la barra.

   -No, jefecito. Siga… apriétemela. Me duele de las  ganas que tengo… -gimió José.

   Le aprieta la mano, obligando a Eric a apretarlo también. Eric tiene el puño casi cerrado alrededor de esa tranca que aprisiona toda. La siente caliente, dura. La siente palpitar, como agitándose ante su toque. Un calor terrible sube por su mano. Siente como su güevo, y hasta sus tetillas, se tensan. José jadea. Esa mano ahora se abre y se cierra sobre su tranca. Acariciándola. Sobándola. Masturbándola sobre la tela del pantalón.

   José con un gemido agónico, esa mano le produce dulces y desesperantes placeres, suelta a Eric y apoya la nuca sin fuerza en la pared del privado. Eric lo mira, apretándole el tolete. Sigue acariciándolo. Lo siente rico. José abre los ojos y lo mira con ojos nublados, caliente.

   -Es sabrosito, ¿verdad? Nada como la mano de otra persona sobre tu güevo. -y a la voz envolvente y mórbida, une la acción.

   Un brazo de José se cruza con el de Eric y su mano atrapa el güevo del otro sobre la tela suave del traje. Eric chilla agudo. ¡Era tan delicioso! Siente como su tolete se convulsiona, deseando más y más. Esos toques, esas apretadas rudas y viriles sobre su tranca, lo enloquecen. Allí estaban; mirándose a los ojos, cada uno sobando el güevo del otro. Muy cercas, excitados. Con una sonrisa, José abre su cierre y de la bragueta escapa una lanza de carne envuelta en una telita licra, barata, amarilla chillona. Eric la mira con la boca seca. Eso se ve rico y apetitoso. Y es lo que tantas veces había soñado en la soledad de su cama, tener a un macho así, a su alcance, queriendo que le hicieran guarradas. Y José las quería. Se notaba que ese pato quería acción.

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen.

CONTINUARÁ…

Julio César.

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