LUCHAS INTERNAS… (7)

PEPITO

   El casi ahijadito tenía su encanto, ¿verdad?

……

   Perdida toda cordura, Eric le libra el güevo de la tanguita. Es un tolete rojo y largo. Caliente como el infierno. Lo toca y los dos jadean, estremeciéndose. El güevo está muy duro. La mano de Eric sube y baja fuerte sobre él, masturbándolo. Nunca imaginó que un día haría eso. Ese güevo se siente palpitante, grande y duro. Y por un momento se imagina venciendo toda resistencia y metiéndoselo en la boca, gozando sus jugos, sus sabores, sus ricuras. Lo imagina llenándole toda la boca con su dureza, bajándole caliente por la ansiosa garganta, rociándolo con su tan deseado néctar, calmando esa extraña sed que había tenido durante años y años, sin saber exactamente a qué se debía.

   José no es un chico malo, sonriendo le abre la bragueta a Eric y libra el tolete de un calzoncillo blanco de algodón. Casi silba. Era grande y grueso, algo más de lo que indica el tamaño del jefe. Su mano cae codiciosa y lo atrapa, sintiendo su dureza. El grosor, más que cilíndrico parece triangular por la gran vena que lo cruza por debajo. Lo siente palpitar. La cabeza brilla, roja. Caliente. Cada uno mira el güevo del otro, sobándolo, masturbándolo con ganas. Y tal vez preguntándose a qué sabría, degustándolo. José jadea, su cabeza rueda un poco y su frente choca de la de Eric, quien se estremece al sentirlo grande y fuerte al lado, respirando con jadeos. Sus alientos están muy cerca. Así, casi frente con frente, mejilla con mejilla. Coño, que caliente estaba la piel de José, se dice Eric. Esa piel tensa esta algo sudada y brillante de grasa facial. Casi parece que van a besarse.

   Los labios de José se arquean, como buscándolo un poco y Eric se pregunta cómo sería besar a otro hombre, sentir su lengua dentro de la boca, sentir su barbilla algo rasposa de barba, ruda, viril; pero en eso, el otro grita contenido. Su güevo se pone más tieso. Se estremece todo él, y del tolete sale una abundante ración de leche tibia. El semen embarra la mano de Eric, quien parecía mirarlo con asco, pero sintiendo la textura pastosa, tibia. La mano de José se agita más sobre su güevo y él siente que va a correrse. José lo mira con ojos brillantes, lujuriosos, cae de rodilla frente a él y hace algo insólito: la punta de su lengua cae sobre el ojete del güevo, quedándose allí, dando leve lengüetazos, saboreando las gotas de jugo pre-eyacular, que encuentra delicioso. Esa caricia insólita hace que Eric grite, echándose contra la pared.  De su güevo mana un chorro de leche, blanca, tibia y espesa que le da a José en la cara y en las mejillas. El joven, como poseído, demostrando que tiene muchas más experiencia en eso de la que admitía, se frota la babeante cabezota de las mejillas y de la barbilla, que quedan cubiertas de semen.

   Con un gemido, Eric se aleja un poco de él. ¿Qué coño hizo? ¿Se estaba volviendo loco? Había tenido sexo con otro carajo en un baño de la firma donde trabajaba. Cualquiera pudo entrar y encontrarlos así. Siente asco y rabia. Ahora José sabía, y lo peor es que era alguien a quien tendría que ver muy seguido. A menos de que lo botara. Lo mira fríamente. Siente rabia y unas ganas locas de golpearlo y echarlo de allí.

   -José… sí le cuentas a alguien… -gruñe ronco, alejándose de él y caminando hacia uno de los lavabos,  aseándose las manos.

   -No se preocupe, jefecito. Las cosas ricas no se cuentan o no se repiten. -sonríe.

   -¡No se repetirá! -es tajante. José va a su lado, aún frotándose la leche, que parece una crema facial. Eric se pregunta sí el otro habría bebido eso alguna vez.

   -Vamos, jefe. Sé como es esto. Ahora se siente mal por lo que pasó. Piensa que fue algo sucio y malo. Pero no es así. Hay cosas que uno quiere, y tiene que darse gusto, ¿no? ¿Qué tiene de malo sí uno quiere… mamarse un güevo y hay uno cerca? Nada. Cuando se le pase el susto y la rabia, sólo va a recordar lo sabroso que fue. Y volverá a querer más. Los hombres siempre queremos más y más sexo. Es tan rico y divertido… -suspira, cerrando los ojos en una mueca libidinosa. Eric se siente peor.

    -Esto no volverá a pasar. ¿Me entiendes? -casi le grita, saliendo a paso vivo, después de medio lavarse el tolete, no quiere heder en plena junta.

   José sonríe satisfecho. Ya sospechaba algo del jefe. Y que bueno, porque el carajo era bonito, para ser hombre claro está. Él tiraba desde los catorce años, comenzó pronto, y sabía cuando una muchacha o un muchacho, querían. Y Eric quería eso. Quién sabe desde cuando. Se lava la cara y piensa que hay carajos que se mueren por morder una buena tranca y pasan toda la vida sin darse el gusto, por miedo. Pero el jefe aprendía rápido. Ojalá se acordara de él cuando se decidiera a mamar güevos y a dar culo.

…..

   Si la junta anterior había sido inamistosa, esta sería francamente hostil, piensa Eric entrando retardado a la sala, donde ya se encuentran todos, incluyendo a Cecilio Linares. Todos lo miran. Frank, sentado como un rey al lado de Aníbal, mira elocuentemente su reloj para indicarle que llega tarde. Eric, pasándose una mano por  los cabellos, se disculpa y va a sentarse junto a Sam. Con esa mano sobó el güevo de José Serrano, piensa distraídamente; mientras Sam, en un susurro le pregunta dónde coño estaba. Él niega con la cabeza en el momento en que Aníbal se pone de pie, mirándolo con expresión afable, pero Eric sabía de su dureza. Es él, cosa que desconcierta a Eric, quien hace la presentación de Franklin, como otro socio del bufete, hijo de Manuel Caracciolo, cofundador de La Torre. Hace un resumen de los títulos, estudios y logros de Frank. No son pocos. Frank toma la palabra y agradece el recibimiento, dice que pondrá todo de su parte para resolver los muchos problemas que hay. Es pedante y desagradable. Sus palabras no caen bien dentro de muchos en la sala. Sam piensa que es un detestable hijo de puta.

   -Los problemas son muchos, pero todos corregibles. -dice Ricardo Gotta, mirando a Eric.- Creo que lo más prudente sería que… contáramos con dos presidentes… -es sumamente irónico.

   -Eso no es procedente, Ricardo. -estalla Sam.- Las complicaciones legales, así como de simple funcionamiento interno serían… -Eric mira a Aníbal y monta una mano en el brazo de Sam.

   -Déjalo así, Sam. Es evidente que ya Aníbal y Ricardo lo han decidido. Ir a una votación de la propuesta sólo sería un trámite ya resuelto entre ellos. -suena dolido. Traicionado. Frank sonríe, notándolo. Aníbal suspira cansino, severo.

   -No lo tomes como algo personal, Eric, sabes que… -comienza. El joven lo mira feamente y el otro se interrumpe, incómodo.

   -Es personal, Aníbal. Sólo espero que sepas lo que haces, y que no tengas que llegar a arrepentirte un día de esto. -bota aire.- Que sea como la junta quiere… -finaliza la cuestión, agrio.

   Frank sonríe y agradece. Mira duramente a Eric; sólo era un cobarde llorón. Ni siquiera intentó luchar. Se dejó vencer. La reunión continúa con una presentación de socios y casos, se le da importancia a aquellos donde hay mayores problemas. Sam se inclina hacia Eric que parece ausente y le susurra que no nombran a William Bandre y que minimizan los casos que lleva. Eric le sisea que calle, no quiere que se trate eso en este momento, y menos delante de Frank. No quiere que vaya a creer que la cosa está peor de lo que parecía. Aunque es posible que esté muchísimo peor, rumia para sí, el abogado.

   El joven debía darse por bien librado al no ser expulsado de la presidencia. En otras circunstancias la copresidencia sería un desastre, una ofensa terrible, pero en los actuales momentos… era casi un escape. La junta no lo descabezó. Pero eso era sólo por encima; todo  había sido doloroso, humillante y horrible. La junta había sentenciado que no servía para dirigir La Torre. Mira con odio a Frank, el cual escucha con atención, mucha a decir verdad, algo que Aníbal le cuenta. Nota que el malparido ese oye con respeto al negro, y que no lo trata con ese aire condescendiente con el cual trataba a todos. Igualmente observa que Ricardo hacía intentos por hablar con él, por llamar su atención sobre algo; pero que Frank, invariablemente, lo desairaba. Sólo oía a Aníbal. Ricardo parecía molesto por eso. La junta termina poco después y todo el mundo habla en grupos. Eric, con mala cara y dolor de cabeza, va hacia la cafetera y se sirve un poco. Frank va a su lado.

   -Lamento que la junta te halla tratado así. Me dolió. -se burla a su lado.

   -Vete a joder al coño. -susurra Eric.

   -Alégrate. Voy a resolver el problema que causaste. -Eric lo mira fijamente.

   -Frank, ¿qué has hecho en tu vida que se pueda decir que fue un éxito personal? Sólo has vivido a la sombra de tu padre. -es incisivo, sabe cuanto odia Frank ser comparado con el viejo.

   -Ya verás lo que soy capaz de lograr, cucaracha inútil, mientras vayas camino a la salida de la firma. -se sirve café.- Por cierto, ¿te gustó mi regalito? Lo vi y me dije… esto es lo de Eric. Seguro que lo hará muy feliz. -Eric siente una rabia fría, pero sonríe neutro.

   -En verdad no lo he visto. Con la desagradable sorpresa de verte anoche, lo olvidé en casa de Irene. -lo ve tensarse.- Pero no te preocupes, le dije que era algo que tú habías traído. -sonríe falsamente, alejándose. Siente el placer de verlo desconcertado por un momento.

…..

   En la California Norte, en medio de un solar a semiconstruir, tiene su negocio Lucas Rondón. Al hombre le ofrecieron el levantamiento de un minicentro empresarial. Sería una edificación más ancha que alta. La construcción debía ser sólida ya que una parte sería utilizada en laboratorios de rayos X, odontología y especialidades médicas variadas. A Lucas no se le ocurrió ni por un momento contravenir las especificaciones, el violar las normas en cuanto a materiales o medidas, o comprar materiales de segunda. Como un hombre hecho por sí mismo, sabía lo peligroso que podía ser para obreros, y más tarde, usuarios del centro si había fallas. Había visto demasiados accidentes por negligencia y rapiña de los contratistas. Jamás le haría eso a alguien como él, a un pobre diablo que estuviera de visita en el momento en que una obra colapsara.

   Ahorraba, claro está, en personal. Nada como esos jóvenes colombianitos a los que se les podía explotar al no contar con papeles o permisos. Era una práctica común, a pesar del sindicato. Y vaya que el sindicato era poderoso en esos momentos. El hombre, recién duchado vistiendo una camiseta y un short bermudas, mira todo. Ya cae la tarde y la gente se va yendo. Él también,  tenía una cita con los socios. Seguramente no les gustaría lo que tenía que decirles, sobre todo a ese tacaño de Néstor Lobo y al protestón de Alirio Fuentes. Con Sam y Eric no habría problemas, tampoco con Renato Mijares. Bota aire, con una mezcla de orgullo y pesar en su interior. ¡Su compañía!, esa era su compañía al fin. Tenía socios, claro, pero era él quien mandaba. Era suyo. Pero había problemas, el mercado de la construcción, siempre crítico por los precios y presupuestos, vivía su peor momento de los últimos años. Nada se hacía. Nada se construía… más bien parecía que las cosas iban para atrás en el país. ¡Cuanto daño podían hacer ignorantes y ladrones! Y sin embargo, Venezuela nunca aprendía…

   Entra en el trailer metálico que le servía de oficina y lugar de descanso en la obra. Se echa sobre un mullido sofá, algo ancho, al que todos llamaban el chinchorro. Era muy cómodo e invitaba a descansar y dormir. El carajo se tiende con las manos bajo la nuca. Sus ojos se cierran un poco, aunque no quiere dormir, y al ir deslizándose hacia el sueño, recuerda el duro camino que ha recorrido desde su Barlovento natal, hasta aquí. Siempre ha trabajado muy duro por tener lo que quiere. Pero el trabajo nunca lo asustó, su padre y su madre fueron personas que trabajaron siempre, y que hasta quisieron que él estudiara. Pero la vida era dura entonces y había que salir a ganarse la arepa, la propia, pero también la de los hermanos menores, y pensar más tarde en el reposo y descanso de los viejos.

   A Lucas le gustaba la buena vida ahora y podía dársela, le gustaba comer bien, vestirse, tener su casa, proteger a su familia, cuidar a sus hijos, darles estudios. Le gustaban sus dos casas, una de ellas en La Floresta, la otra en Higuerote; le gustaban sus dos carros, y pronto Josefa necesitaría otro, al iniciar la universidad. El orgullo lo ahoga por un momento. Sus tres hijos habían heredado su energía, las ganas de seguir, de alcanzar sus metas; no eran gente conformista, ni necios. Sus muchachos sí podían pensar, y hacer una relación directa entre un mal gerente y una mala administración. Josefa, por ejemplo, era furibunda enemiga del régimen, tanto que a él le asustaba a veces, porque veía angustia en sus ojos jóvenes y bonitos. Cada vez que había una marcha o una concentración, ella iba con sus amigas, y a él el corazón y las bolas se le encogían, sobretodo después de La Masacre de El Silencio, ese abril pasado. Pero Josefa era apasionada, y odiaba a los que, según ella, habían entregado el país, sin pelear al viejo y sanguinario dictador antillano, y a los que se llamaban neutrales, gritándoles cobardes; cosa que también él pensaba.

   En Barlovento todos lo llamaban negro pretencioso porque había conseguido cosas y  estaba orgulloso de ello. Lucas nunca entendió que alguien no quisiera trabajar y pretendiera tener cosas, como comida por ejemplo. Que alguien pretendiera o creyera que las cosas le caerían del cielo o de una mata. A su pueblito le faltaba tesón, ganas de luchar y vencer. Los muchachos se pasaban el tiempo pajareando sin trabajar, pisando la delgada línea de lo que podía ser ilegal. Era gente incapaz hasta de sembrar lo que más tarde necesitarían para comer. Y en una tierra próspera, donde si se sembraba una piedra nacían piedritas, nadie la trabajaba. Era mucho más fácil esperar que el vecino cosechara para robarlo. La excusa era siempre la misma, monstruosa e irresponsable: se metió a robar porque tenía hambre. Casi cayendo en el sueño, Lucas hace una mueca ante el desagradable y degradante recuerdo de su gente. Le avergonzaba y molestaba esa actitud. Un hombre tenía que trabajar coño, o si no, ¿cómo podía llamarse hombre? Finalmente su respiración se controla, se dulcifica. Duerme. Hay cierta penumbra y un aire frío en el trailer. La puerta se abre y aparece un joven delgado, de rostro pecoso.

   -Señor… -calla al verlo dormir.

   Es Pepe, hijo de un antiguo amigo del hombre, quien le dio trabajo allí por las noches como vigilante para que se pagara los estudios de día. El joven mira al gigante negro dormir. Lo sabe  cuarentón, pero lo ve musculoso, activo. El pecho del sujeto sube y baja, tetón. Su rostro se ve en paz. Pero lo que llama la atención de Pepe es la pelvis. El bermudas muestra una leve erección. Parecía que el jefe tenía un sueño caliente, se dice divertido y confuso. Nota que el tolete parece grande. El joven lo mira bien, va hacia él, cerrando la puerta. El güevo abulta de una manera escandalosa ahora, casi levantando la tela del bermudas como una tienda de campaña. El joven siente unas ganas locas de tocarlo, de sentirlo en su mano. ¿Sería tan grande y duro como se veía? Tiene la boca seca. Está acostumbrado a los chicos de su edad, de dieciocho a veinte años, en el liceo antes, en el centro universitario ahora. Sabía como eran sus güevos, pero éste parecía distinto. Imprudente, se medio inclina un poco sobre esa pelvis. En esos momentos Lucas abre los ojos y lo mira, casi sentándose con un bramido del susto al encontrarlo tan cerca de sí.

   -Epa, ¿qué pasa? -gruñe, sorprendido en mala forma. Pepe lo mira sumamente avergonzado, rojo de pena.

   -Nada, yo entre y… -vacila.- Estaba dormido y no quise despertarlo.

   -Y te quedaste viéndome el güevo, ¿no? -lo regaña.- Ay, Pepito, ¿qué te pasa? Mira que el compadre es bien arrecho y si se entera que tú andas en vainas raras…

   -No lo estaba viendo. -gime asustado de que su padre, otro carajo enorme como ese, lo supiera.

   -Pero si casi estabas sobre él. -gruñe Lucas, divertido y asombrado por el descubrimiento. Vaya con el Pepe. Lucas era un carajo sólido, grande, y en cierta medida estaba acostumbrado a que otros tipos lo miraran comparándose con él; y sabía que tenía una buena tranca. Y sabía que gustaba. Él, y la tranca…- Ven acá… -dice en tono amistoso, tomándolo por una muñeca y halándolo hacía sí. Pepe gimiendo, cae sobre él en el sofá, sintiendo su cuerpo sólido y poderoso.

   -Señor… -jadea sorprendido, pero caliente. Esos músculos lo enloquecían, así como el calor del otro, la dureza de su cuerpo.

   -Tranquilo, Pepito, quiero que veas mejor mi manduco. -dice ronco, excitadísimo. Se baja el bermudas y queda con un calzoncillo blanco grande, mostrando una barra titánica adentro.

   Pepe la mira excitado también. Lucas sonríe, se baja el calzoncillo y la negra tranca aparece, enorme, nervuda y realmente larga. Pepe la agarra con mano trémula y la aprieta, sintiendo la dureza y el calor. La soba. Al principio suave, luego frenético, sintiendo como palpita y se estimula con su mano. Lucas sonríe, jadeando. Esa mano lo aprieta sabroso, como sabroso es tener al joven medio sentado en su muslo izquierdo. Se miran y sus ojos hablan de pasiones y proposiciones. Pepe parece ardiente, y que desea eso con locura, un macho para él. El otro le sonríe como diciéndole que entiende, que lo sabe caliente y deseoso, y le dará lo suyo con pasión.

   Lucas abre sus gruesos labios, con el bigote de cepillo sobre su labio superior, y atrapa los del joven, que son suaves y tibios. Es un beso trémulo, como el que daría un hombre a una noviecita tímida. Esa boca se abre más y atrapa voraz, exigente, la del otro. Pepe gime, respondiendo con ganas al beso del jefe. Sus lenguas chocan en besos húmedos, lengüeteados y mordelones, mientras su mano derecha sigue aferrando y sobando la tranca. Lucas sonríe, terminando de quitarse el bermudas y el calzoncillo, la camiseta desaparece rápidamente. Está excitado. No es que persiga carajitos o los busque, pero tiene la sangre caliente y el güevo más ardiente aún. Siempre quiere usarlo, sentirlo, y un culito de muchacho nunca estaba de más. Nunca lo despreciaba sí se lo ofrecían, como Pepito ofrecía su oculta joya en esos momentos.

   El muchacho le mira las tetotas, los bíceps, el güevote erecto, la enmarañada mata de pelos púbicos, las dos enormes bolas que cuelgan. Lo soba, lo toca todo, sintiéndose feliz. Algo apenado se para, se desviste, Lucas mira la tanguita negra que usa, con ojos ardientes. Eso lo calienta más. Seguro que muchos lo han visto ya así, en tanga y caliente, y que todos habían deseado darle güevo, darle amor; pero seguro que sólo eran chiquillos como él.

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

CONTINUARÁ…

Julio César.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: