ESTOS DESGRACIADOS

MACHO HOT

   De cada noche de su vida hizo una fiesta, ¿no te animas a vivirla?

……

   ¡Esos malditos coños’e mae! Aunque intentó por todos los medios aferrarse al sueño, Valente terminó abriendo los ojos, para cerrarlos rápidamente. Había olvidado cerrar las cortinas del dormitorio (que algún imbécil había diseñado al lado de la pared que daba a la calle) y la luz fue fatal para su cerebro embotado de tanta caña la noche anterior. Cierra los ojos y deja que esa primera punzada de dolor pase mientras chasquea la lengua. Y demostrando que es un hombre inteligente, piensa en dos cosas al mismo tiempo, en los desgraciados de la cuadra que juegan a algo afuera en la calle y que lo despertaron con su gritería… y en el por qué de ese sabor pastoso en su lengua: vomito. Sí, se había vomitado nada más llegando, pero… una leve sonrisa ablanda su rostro delgado de mandíbula cuadrada, saliente, de carajo terco. Los labios algo resecos (por el alcohol) se distienden un poco: la noche anterior le había dado una buena mamada al culo de alguien… y no se acordaba de a quién fue. ¡Estaba mal! Ya se le olvidaban las vainas cuando tomaba.

   Recuerda que todo mareado, con paso inseguro fue al sanitario, que estaba lejísimos de la mesa donde tomaba, y allí estaba él, en uno de los privados, meando, dándole la espalda; ¿qué hombre mea en un privado?, eso le intrigó y molestó por alguna razón (borrachera) por lo que fue a preguntarle. O reclamarle. No sabe que pasó exactamente, pero recuerda que se encontró de rodillas, bajándole los pantalones, sobando unas nalgas plenas, musculosas y duras de hombre, semi cubiertas por un calzón no bikini pero no muy grande tampoco. No recuerda quién era, pero cree recordar que el tipo se negaba a dejarse desnudar, aunque no se iba. Y sus dedos jugaban con esa carne rica, cálida, sabrosa como sabe todo el que ha manoseado el trasero de otro carajo sobre el calzoncillo; hasta que bajó la suave prenda y mordió una de las ardientes y saladita nalgas.

   Mordió, besó, lamió y oyó gemidos asustados, de alguien que no quería sentir eso, pero que tampoco se negaba. Asustado de que los pillaran o de lo que sentía. No sabe. Sólo recuerda que rudamente le dio un manotón por la espalda, inclinándolo un poco, abriéndole las nalgas y descubriendo una raja rojiza, poco peluda, donde enterró la cara y chupó sobre el huequito. Eso fue mortal para el otro, recuerda sonriendo en su cama, con el güevo amoratado de gusto, erecto ya. Frotó su cara de ese trasero, su lengua lamió, subió y bajó por esa raja degustándolo. Y se centró en ese huequito; su lengua voraz se enrollaba y entraba. Lo oía gemir, lo sentía estremecerse, rindiéndose, casi sentándosele en el rostro. Y él sonrió. Casi ahogado comió ese culo rico, como lo era siempre. Su lengua bajó lamiéndole las bolas, cosa que le dejó lugar para mover un dedo no muy firme hacia el cerrado capullito, y frotarlo, oyéndolo gemir contenido porque fuera del privado se oían voces. Sabiendo que no pueda negársele ya, Valente fue enterrándole lentamente ese dedo aunque el otro gimoteaba bajito que no. Pero se lo metió, lo sintió resistirse, pero lo clavó hondo, mordiéndole una nalga, y lo dejó allí, sintiéndolo caliente, húmedo, sintiendo como esas entrañas se lo apretaban, respondiéndole, cediendo al dedo del otro carajo dentro de él…

   Pero, ¿a quién fue que se lo mamó? No lo recuerda.

   -¡Cuidado, mamagüevo! –oye un vozarrón antes de que algo golpee su pared, alejándose al rebote.

   ¡Esos gran carajos!, pensó Valente molestándose y dejando la cama se acerca a la ventana asomándose. Ocultándose un poco, mira; era un carajo sólido de treinta y seis años, velludo de pecho, pero no exagerado, de pectorales desarrollados y brazos fuertes, de venas visibles. Luchaba a muerte con la grasa, que no se observa en su panza o cintura. Y está desnudo de bola, con el güevo bamboleándose en el aire, duro y algo babeante ante el recuerdo del suculento culo comido la noche anterior.

   Allí estaban unos siete u ochos carajos de la cuadra. San Miguel era una buena zona para vivir, las casas tenían jardines y cercas (y rejas, claro, después de todo estaban en Caracas). Era una urbanización de clase media alta, donde la gente tenía ciertos cánones de conducta. Y muchas eran parejas jóvenes, como jóvenes eran esos tipos allá afuera; muchos de ellos veinteañeros, que jugaban una caimanera de básquet, saltando contra un aro sin red. Todos eran de buen ver, pensaba la parte maricona de Valente, aunque muchos era desagradables como personas. Pero eso… ¿qué coño le importaba? No los quería de amigos, únicamente para enterrarles el güevo por esos culitos vírgenes y apretados. Ese pensamiento le hace sonreír aunque hasta eso le duele. Pero no está tan muerto, tan sólo ver esos cuerpos flexibles, poco velludos, sin camisas, con sus shorts largos muy bajos, dejando ver sus calzoncillos, lo llenan de una agradable corriente de vida. Era una buena vista de muchachos sudorosos, luchando, empujándose unos a otros, y alguien como Valente podía imaginar que se tocaban o sobaban más de la cuenta.

   Suspirando va hacia el baño; pensó en hacerse la paja, pero últimamente le parecía un ociosidad. Sonriendo frente a su espejo, mirándose detenidamente, piensa que es mejor guardar la leche y descargarla luego sobre un bonito y varonil rostro de macho que ni imaginara que un día haría eso, mamarle el güevo a otro sujeto. Su cabello negro, mucho, aunque jamás se aplica tintes ni nada tan solo acondicionador, parece algo levantado en puntas. Su frente cuadrada no muestra mayores arrugas que aquellas de cuando tenía trece años, tal vez algo más acentuadas. Su nariz no es larga, sus labios son llenos. Sus ojos, marrones oscuros a veces, claros a la luz del sol, era chispeantes, pícaros, cálidos… y desgraciados. Valente podía ser un bicho; o como dice su hermana, Nelly, “una perra”.

   Valente piensa en los carajos allá afuera, de salir lo saludarían, y si insistía tal vez jugaría con ellos; pero no lo invitarían de iniciativa propia. Esos tipitos… se metían con él, porque era el solterón de vida disoluta a cuya casa iba mucha gente, sobretodo carajos. Así que… era el marica de la cuadra. Aunque no lo dijeran. Al menos no delante de él. Mientras cepilla sus dientes, se pregunta qué hablarían entre ellos, de él. Y lo más sorprendente de este hombre, era que le importaba un carajo. Cosa que tenía su explicación…

   Duchado, sintiéndose medio humano, entra en su cocina. Necesita, urgentemente, café y un jugo de mandarinas. Con darle a un botón pone en funcionamiento la cafetera, en la nevera, agradeciendo de paso el aire frío, encuentra el jugo hecho especialmente para él por la señora Elena, la mujer que tres veces por semana dejaba esa casa en orden. Bebe un poco, del pote como corresponde, y mira por la ventana que da, coincidencialmente, a la calle. Mira a los carajos disputar una jugada y como Martín Serrano, el vecino de al lado, arrebata un balón, corre y lo encesta, irguiéndose masculino, saludable, joven y hermoso al hacerlo, y más porque uno de los otros intentó halarlo y su bermudas bajó un poco, dejando al descubierto buena parte de un boxer azul eléctrico.

   Valente bebe y lo mira fijamente. Qué guapo era ese tipito. Con sólo verlo sentía que su piel se erizaba, que las pelotas le cosquillaban, tal como cuando contaba trece años e iba a la piscina donde practicaba natación. Martín era… uno de los peores del grupito. Sabiéndose guapo con su rostro delgado, ojos claros y cabello castaño suave y algo largo, era engreído. Y grosero con Valente. Pero allí estaba, brillante de transpiración, hermoso. ¡Qué  mariquera!, se dice auto burlándose. El olor del café lo distrae. Al tomarlo estaría mucho mejor.

……

   Valente pasa la tarde entre la actividad y la flojera. El ratón no lo dejaba levantarse y salir. No se decide entre visitar a su madre o quedarse allí. Sabe que a la mujer le gusta verlo, pero luego comienza con aquello de “pero Valente, ¿cuándo te vas a conseguir tu negrita para casarte? Estás muy solo, mijo”. Pero allí al menos tendría sopa caliente. Al final gana la pereza y se queda viendo futbol, que fuera de emocionante, era grato a la vista. El control remoto, más tarde, lo pasea por cientos de canales. ¡Mierda!, tantos canales y ninguno transmitían un Mister Bikini International, con chicos bellos y musculosos corriendo al lado de una playa en tangas, o una competencia de culturismo. Nada que valiera la pena. Echadote en su cama, se termina el jugo e iba a arrojar el bote, pero se lo piensa mejor, sabe que si lo hace, no lo levantará y mañana vendría la señora Elena; no quiere que la mujer piense que es un cerdo. Pero… no encuentra el pote del baño, y ahora a su mente regresa el recuerdo: fue allí donde vomito anoche. Maldita sea, lo dejó en el patio.

   Con paso cansino sale al patio, deteniéndose por la sorpresa. Una pequeña barda separa dos corrales, el suyo y el vecino, y allí, en la entrada misma de la puerta a la cocina de los vecinos, estaba Martín Serrano sin ropas. Estos tenían unos pipotes llenos de agua para prevenir los últimos racionamientos que habían ocurrido. Valente había pensado conseguir dos pero… le dio flojera. Sólo lo recordaba, entre maldiciones, cuando el agua se iba.

   Pero la sorpresa es esa, encontrarse allí a Martín, recién bañado, agitada todavía su respiración, enrojecida su piel, aseado, con el cabello pegado a su nuca. Envuelto en una toalla. Los dos hombres se miran por un momento. Sin desearlo, Valente lo recorre (¡estaba buenote el güevón ese!); Martín lo mira con la sonrisa despectiva de quien dice: “¿Te gusta lo que ves, sucio maricón?, seguro que quieres mamar, ¿verdad?””, y entra en la vivienda. Sin saludar ni un carajo. ¡Guevón, no estás tan bueno!, pensó molesto Valente, diciéndose que algún día le daría una lección; molestia que le duró hasta que…

   Allí, sobre la verja, casi donde comienza la separación de ésta de la pared que divide las dos viviendas, colgaba el calzoncillo. Valente no tuvo dudas, ni dificultades en deducirlo, era esa pequeña pieza azul eléctrica que vio poco antes. Estaba enrollada sobre sí, colgando. Y Valente era un fetichista. Le gustaba el sexo, mucho, y los hombres; morderlos, pasarles la lengua, poseerlos, era su locura. Pero sí, era fetichista. Y una prenda íntima masculina era algo que lo descontrolaba. Y allí estaba una, a su alcance. Y el deseo de tomarla era poderoso. Quería cerrar su mano sobre ella. Ese desgraciado, ¿cómo dejaba sus vainas…?

   Mejor entraba a su casa, tomaba más café o una cerveza fría ahora que se sentía menos mal, tomaba otra ducha y salía a ver a quien veía y, tal vez, acorralarlo y meterle la lengua hasta la garganta mientras lo maraqueaba contra una pared. Era mejor…

   Fue hacia la verja. Su mano subió y tembló todo él al cerrar sus dedos sobre la prendita, tomándola. Fue cuando oyó la colérica voz de Martín.

   -¡Coño’e la madre!, ¿dónde dejé esos zapatos de goma? –mientras iba saliendo.

  El corazón de Valente, de pie, en bermudas, sin camisa, con el calzoncillo ajeno en las manos, se detuvo en su pecho…

   ¿Lo pillaría ese carajo con su calzoncillo en las manos? ¿Lograría llevársela?  ¿Qué pensaba hacer con la prenda íntima del otro sujeto? Ya lo sabremos cuando todo tome un giro inesperado…

CONTINUARÁ

Julio César.

Anuncios

2 comentarios to “ESTOS DESGRACIADOS”

  1. SERECUNDINO Says:

    EL QUE ESCRIBIO ESTE RELATO ES UN POBRE MARICO DE PLAYA Y NO TIENE BOLAS PARA AFRONTAR SUS DEBILIDADES POR ESO SE PLASE EN MORTIFICAR ALOS QUE SON RESPONSABLES CON SU CUERPO FISICO
    QUESE ACUERDE QUE MARICO NO ES EL QUE DA CULO EL QUEDA CULO Y LE DA RIENADA SUELTA A SUS GUST ES OMO SEXUAL POR LO TANTO MAS HOMBRE QUE MUCHOS QUE SE DICEN SER HOMBRES EL MARICO ES CHIS MOSO ENBUSTERO Y HABLA PAJA
    QUE LEA EL PASQUIN QUE USAN LOS MARICOS QUE LLAMAN SANTA BIBLIA

    • jcqt1213 Says:

      Pero bueno, maricón de mierda, ¿nunca pasaste por una escuela? ¿No sabes que hay libros y relatos que son de Historia y otros de cuentos? ¿O crees que el Hidalgo de la Macha o El Principito en el planeta aquel son reales? No marica gritona, y este es un RELATO DE FICCION (¿entiendes la palabra o necesitas que te la aclare?) para aquellos a quienes les gusta la idea de someter o ser sometidos. ¿Te quedó claro, imbécil? Y deja de meterte con la Biblia, Dios no tene la culpa de que no diferencies tu nariz del culo.

      Un afectuoso abrazo desde Carascas.

      JC

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s


A %d blogueros les gusta esto: