ESTOS DESGRACIADOS… (2)

MACHO HOT

   ¿Te negarías a una mamada si te lo pide?

……

   Pero la sorpresa es esa, encontrarse allí a Martín, recién bañado, agitada todavía su respiración, enrojecida su piel, aseado, con el cabello pegado a su nuca. Envuelto en una toalla. Los dos hombres se miran por un momento. Sin desearlo, Valente lo recorre (¡estaba buenote el güevón ese!); Martín lo mira con la sonrisa despectiva de quien dice: “¿Te gusta lo que ves, sucio maricón?, seguro que quieres mamar, ¿verdad?””, y entra en la vivienda. Sin saludar ni un carajo. ¡Guevón, no estás tan bueno!, pensó molesto Valente, diciéndose que algún día le daría una lección; molestia que le duró hasta que…

   Allí, sobre la verja, casi donde comienza la separación de ésta de la pared que divide las dos viviendas, colgaba el calzoncillo. Valente no tuvo dudas, ni dificultades en deducirlo, era esa pequeña pieza azul eléctrica que vio poco antes. Estaba enrollada sobre sí, colgando. Y Valente era un fetichista. Le gustaba el sexo, mucho, y los hombres; morderlos, pasarles la lengua, poseerlos, era su locura. Pero sí, era fetichista. Y una prenda íntima masculina era algo que lo descontrolaba. Y allí estaba una, a su alcance. Y el deseo de tomarla era poderoso. Quería cerrar su mano sobre ella. Ese desgraciado, ¿cómo dejaba sus vainas…?

   Mejor entraba a su casa, tomaba más café o una cerveza fría ahora que se sentía menos mal, tomaba otra ducha y salía a ver a quien veía y, tal vez, acorralarlo y meterle la lengua hasta la garganta mientras lo maraqueaba contra una pared. Era mejor…

   Fue hacia la verja. Su mano subió y tembló todo él al cerrar sus dedos sobre la prendita, tomándola. Fue cuando oyó la colérica voz de Martín.

   -¡Coño’e la madre!, ¿dónde dejé esos zapatos de goma? –mientras iba saliendo.

  El corazón de Valente, de pie, en bermudas, sin camisa, con el calzoncillo ajeno en las manos, se detuvo en su pecho… La cosa fue tan inesperada y rápida, que no puedo reaccionar. Ese carajo saldría y lo encontraría con su calzoncillo en las manos. ¡Qué torta! Ya imaginaba la famita que ganaría en la cuadra.

   -Ah, carajo, ¿qué hacen aquí? Como que si caminan, ¿eh? –lo oye, seguramente encontrando los dichosos zapatos.

   El vacío de alivio casi le provoca un mareo a Valente Fernández, quien rápidamente entra en la vivienda, cerrando su puerta. Y allí, en la cocina, se detiene a admirar el calzoncillo tipo boxer, de los cortos, de los que llegaban justo bajo las bolas. ¡Las bolas de Martín Serrano!, sonríe mórbido, perverso, al llevarlo a su rostro. Da una buena olfateada. Estaba tibio y húmedo de sudor. Pero también huele acre, a bolas, a macho. “Ahhh…”, deja escapar extasiado. Ese aroma lo marea. Había algo delicioso, se dice olfateando una y otra vez extendiendo la prenda con sus dos manos teniéndola totalmente pegada de la cara, en oler calzoncillos así. Bueno, tal vez mejor era olerlos cuando todavía los tenían puestos. Y lo había hecho. Muchas veces. Sonríe pícaro, eso siempre hacía que se mojaran más. Con un alarido de perro, alegre por fin, muerde la telita, lamiéndola, encontrándola rico.

   Va hasta su cuarto, silbando, cerrando las cortinas, despojándose del bermudas y chino en pelota cae culo en la cama, acostándose sobre los almohadones, arrastrando en su mano el boxer. Cierra los ojos y lo lleva nuevamente a su rostro con una mano mientras la otra baja a su güevo tieso y grueso, enorme, duro, rojizo y lisito de cabeza; lo olfatea llenándose la nariz con el fuerte olor. Lo imagina sudoroso, sexy, guapo, jugando al básquet con los otros, y como en toda fantasía, cae y se dobla un pies. Él lo ayuda cargándolo por los hombros, excitado de su calor, de su sudor, del olor que imagina bien por el boxer que olfatea una y otra vez. Lo imagina allí, llevándolo al cuarto para buscar vendas. Lo imagina amoscado y a él, más fuerte, arrojándolo en la cama. Ahí Martín entendería que algo pasa y lucharía, pero él es más fornido y logra retenerlo, arrojándolo de panza en medio de la cama, bajándole a toda prisa el bermudas y el calzoncillo (que era ese que cae en su cara mientras olfatea como perrito), atrapándole el tolete flácido pegado al colchón, sudado y con gotitas de orina. Ahora lo tenía. De esa boquita saldrían maldiciones y acusaciones, pero lo calla con la fuerza de sus mamadas. Lo tiene allí, tibio, sudoroso, con la tranca en su boca.

   Se imagina teniéndolo de espaldas en la cama, rabioso porque se deja aunque no quiere. Se imagina recorriéndolo con su lengua, lamiéndole los cachetes, oyéndolo gruñir de asco y rechazo, antes de bajar por su cuello salado y transpirado, rico aperitivo que completa al lamerle las axilas (las tiene depiladas, lo notó). Allí lamería y lamería mientras sus manos recorren cada centímetro de ese cuerpo que se resiste. Los pectorales y las tetillas serian apretadas, haladas, la barriga se contraería bajo el paso de su mano. Podría tocarlo, lamerlo, chuparlo por cada centímetro de su cuerpo antes de atrapar goloso el flácido güevo, estimulándolo, lamiéndolo, majándolo dejando los labios pegados del pubis, resollándole ahí, trabajándoselo con la calida lengua y la garganta… hasta estimularlo.

   Lo imagina gimiendo de asco porque su güevo responde, endurece, caliente, grande. Y él majándolo, de arriba abajo, tragándolo todo, con glu glu de vicio, subiendo, dejándolo brillante de saliva, antes de besar dulcemente la roja cabecita, de lamer cada arruguita, de jugar con el ojete de donde mana algo cálido, salobre y dulce a la vez, antes de recorrer el tembloroso güevo de arriba abajo con su lengua, de lamer y ensalivarle las bolas, metiéndoselas en la boda, oyéndolo gemir. Sabe que Martín no quiere, pero que goza. Y le toma las piernas alzándolas, dejando al descubierto las nalgas rojas, la suave y lampiña raja interglútea; y más debajo de los testículos el capullito cerrado que es ese culo, tembloroso, queda expuesto a su gula ávida. Un culo que pide lengua, y lo lame suavemente, titilando sobre el hoyito, sintiendo como Martín Serrano se estremece de lujuria, como se tensa, oye como gime. Su boca caería totalmente sobre el huequito, cubriéndolo, besándolo, lengüeteándolo todo, lamiéndolo, intentando cogerlo con la lengua. Y el culo rojo temblaría, listo para el duro y largo asalto a su virginidad que…

   ¡Riiiiiinggggg! ¡Riiiiiingggggg!

   Desconcertado deja de masturbarse, su güevo erecto, enrome y grueso, surcado de venas, cae sobre su panza; está mareado todavía. Su mano que lo aferraba, subiendo y bajando sobre el rico tolete, estaba caliente. ¡Coño! Alguien llamaba a la puerta. Jadeando, maldiciendo, se pone de pie y grita ya va, cuando llaman con insistencia otra vez. Con mano torpe levanta su bermudas y se lo pone, intentando cubrirse, pero es inútil, el güevo parece un mástil de barco levantando la vela. Va a la sala.

   -¿Sí?

   -Vecino, soy yo. –oye una voz algo ruda. ¡Martín!

   El corazón de Valente vuelve a resonar con fuerza, ¿qué buscaría? ¡El boxer, claro! Tomando aire abre un poco, asomando el rostro, mirándolo. Martín está recién bañado, vistiendo una camisetica que deja al descubierto casi todo su pecho y costados, con las tetillas marrones afuera, muy sensual. Su short no es muy largo y deja al descubierto unas piernas de ciclista, levemente velludas. Los zapatos sin goma, y sin medias, completan el atuendo. Parece molesto, y eso divierte a Valente, quien dice “bueno no tengo nada mejor que hacer”; y abre totalmente la puerta, desconcertándolo.

   Allí en la puerta estaba Martín Serrano, joven y sexy, caliente, un letrero ambulante de sexualidad; del otro estaba Valente Fernández, también apuesto, sensual también, robusto, bien formado, con un güevo erectando bajo su bermudas. Martín mira ese tolete con incomodidad y algo de vergüenza; ¡ese desgraciado marica!, pensó.

   -Disculpe que lo moleste, vecino, pero ¿no ha visto un calzoncillo mío que desapareció de la barda? –pregunta seco, dándole a entender que sabe que lo tiene él.

   -Pues… sí; un perro se metió en mi patio y lo traía en los dientes. –admite, sereno, con una leve sombra de sonrisa en su atractivo y varonil rostro de hombre hecho y derecho.

   ¡Un perro!, pensó divertido Valente. ¡Un perro!, pensó molesto el otro.

   -¿Me lo puede regresar?

   -No faltaba más. –se aparta indicándole que entre, y Martín lo hace después de dudar un momento, fijándose con curiosidad en lo bien arreglado que estaba todo.- Voy por él –anuncia divertido, sabiendo que apuesta alto.

   Confuso, Martín Serrano lo ve abrir la puerta que da a su dormitorio, y enrojece al verlo tomar la prendita de su cama, y amasarla en su puño, viéndola sonriente. ¡Qué cochino!, se dijo. Pero soportó su mirada mientras regresaba.

   -Es la que usabas cuando jugabas, ¿verdad? Huele a macho de acción. –dice, lento, sorpresivo, sin dejar de mirarlo, sonriente al acercarse a prendita al rostro y darle una larga y sonora olfateada.

   -¡Deja eso, maricón! –ladró incapaz de contenerse, Martín, estremeciéndose ante el grotesco espectáculo.- ¿Cómo puedes hacer esa vaina?

   -Oye… oye… cuidadito con el lenguaje, muchachito. –advierte, medio serio, volviendo la mirada nuevamente al boxer, olfateándolo otra vez.- A ti te gusta el físico culturismo, eso lo saben todos, y eso le parece grotesco a muchos. Ver tipotes en tanguitas calientes, untados de aceites y…

   -¡No lo hago por eso! Yo practico a levantar pesas. –se defiende rápido, temeroso como todo heterosexual de que se confundiera lo que hace.

   -Y lo haces porque te gusta. A mí me gusta este olor, y olfatearlo. –explica.- Llegarme a esos vestuarios donde todos se duchan y tomar los calzoncillos y olerlos. Paso horas ricas haciéndolo. A veces debo robarme alguna, sobretodo las más chicas y putonas, imaginando que su dueño la tiene puesta mientras la levo a mi cara. –lo mira fijamente, viéndolo desconcertado.- Tengo un amigo que practica lucha olímpica, y cada vez que compite se excita y se corre todo; descubrí que deja sus suspensorios todo llenos de leche caliente y olorosa. Y a mí me encanta… y este tuyo huele casi tan rico. –y da un paso hacia él, sonriente, con el güevo tieso bajo el short.- ¿Alguna vez alguien te ha abierto el cierre del pantalón y ha olfateado lo rico entre tus piernas?

   -¡No! –está todo rojo.

   -No lo entiendo, ¡un carajote bello como tú! Creí que todos esos tipos que jugaban contigo allá afuera, al terminar se metían entre dos autos y te lo mamaban. ¿No te atrae esa idea? ¿A uno de esos carajos a tus pies, mamándotelo sabroso, con hambre, allá afuera entre dos autos? ¿Te has preguntado que sentirías ante una mamada caliente dada por otro, mirándolo subir y bajar como un becerrito hambriento? –se juega el todo por el todo, y el otro lo mira muy serio, casi furioso.- A mí me encanta mamar, no paro hasta que la leche me baña la cara…

   Valente apuesta alto, ¿le saldrá bien? ¿Quiere olfatearle los calzoncillos mientras los tiene puesto? ¿O planea echarlo en su cama? ¿Qué hará Martín Serrano? Puede marcharse, pero ¿lo hará y dejará pasar la oportunidad, tal vez, de que alguien se lo mame? ¿Qué hombre escapa de tal oportunidad, de sentir una boca becerreándolo hasta sacarle la leche?

CONTINUARÁ…

Julio César.

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