ESTOS DESGRACIADOS… (3)

MACHO HOT

   Sabía que una lengua caliente en el culo abría todas las puertas…

……

   Confuso, Martín Serrano lo ve abrir la puerta que da a su dormitorio, y enrojece al verlo tomar la prendita de su cama, y amasarla en su puño, viéndola sonriente. ¡Qué cochino!, se dijo. Pero soportó su mirada mientras regresaba.

   -Es la que usabas cuando jugabas, ¿verdad? Huele a macho de acción. –dice, lento, sorpresivo, sin dejar de mirarlo, sonriente al acercarse a prendita al rostro y darle una larga y sonora olfateada.

   -¡Deja eso, maricón! –ladró incapaz de contenerse, Martín, estremeciéndose ante el grotesco espectáculo.- ¿Cómo puedes hacer esa vaina?

   -Oye… oye… cuidadito con el lenguaje, muchachito. –advierte, medio serio, volviendo la mirada nuevamente al boxer, olfateándolo otra vez.- A ti te gusta el físico culturismo, eso lo saben todos, y eso le parece grotesco a muchos. Ver tipotes en tanguitas calientes, untados de aceites y…

   -¡No lo hago por eso! Yo practico a levantar pesas. –se defiende rápido, temeroso como todo heterosexual de que se confundiera lo que hace.

   -Y lo haces porque te gusta. A mí me gusta este olor, y olfatearlo. –explica.- Llegarme a esos vestuarios donde todos se duchan y tomar los calzoncillos y olerlos. Paso horas ricas haciéndolo. A veces debo robarme alguna, sobretodo las más chicas y putonas, imaginando que su dueño la tiene puesta mientras la levo a mi cara. –lo mira fijamente, viéndolo desconcertado.- Tengo un amigo que practica lucha olímpica, y cada vez que compite se excita y se corre todo; descubrí que deja sus suspensorios todo llenos de leche caliente y olorosa. Y a mí me encanta… y este tuyo huele casi tan rico. –y da un paso hacia él, sonriente, con el güevo tieso bajo el short.- ¿Alguna vez alguien te ha abierto el cierre del pantalón y ha olfateado lo rico entre tus piernas?

   -¡No! –está todo rojo.

   -No lo entiendo, ¡un carajote bello como tú! Creí que todos esos tipos que jugaban contigo allá afuera, al terminar se metían entre dos autos y te lo mamaban. ¿No te atrae esa idea? ¿A uno de esos carajos a tus pies, mamándotelo sabroso, con hambre, allá afuera entre dos autos? ¿Te has preguntado que sentirías ante una mamada caliente dada por otro, mirándolo subir y bajar como un becerrito hambriento? –se juega el todo por el todo, y el otro lo mira muy serio, casi furioso.- A mí me encanta mamar, no paro hasta que la leche me baña la cara…

   -¡Eres un sucio! –jadeó ronco Martín, sintiéndose desagradablemente fascinado ante ese carajo alto y musculoso, atractivo y viril… que habla de mamar güevos. Que le dice, casi, que le quiere mamar el güevo. Y su güevo…

   -Te repito, así como a ti te gustan tus cosas, a mí las mías. Y me encanta mamar vergas duras y calientes, y oler calzoncillos usados, y beber leche cuando chupo una y el carajo se retuerce y bota semen en cantidades. –aclara, sereno, sabiendo que forza la mano.

   A Martín la garganta se le seca. Qué tipo tan sucio. ¡Qué marica! Pero le inquieta.

   Lo imagina, tan grande y macho, de rodillas, con la boca llena de güevo… y eso le produce unas cosquillas traidoras en sus bolas. Desea irse, pero… el tolete se le abulta un poquito. Anda caliente por la falta de sexo, su mujer lleva días fueras. Y las pajas no eran lo mismo. Y en todo ese tiempo Valente saca sus cuentas, sonriendo leve, seguro de tener puntos a su favor.

   -¿Te vas o te quedas? –le pregunta dando medio paso, bajando la mano, como si tal cosa, atrapando la silueta del tolete bajo las ropas, apretándolo.

   -¡No! –jadea dando un paso atrás, todo rojo.

   -Bueno… -sentencia el otro, mirándolo debatirse consigo mismos.

   Martín quiere irse, eso era sucio, asqueroso, él jamás habría pensando en… pero la misma sorpresa, y lo sucio, le parecía extrañamente excitante. Era un hombre, carajo. Y Valente, perro viejo, lo sabe. Las mujeres lo ignoraban, pero al hombre se le atrapaba apretándole el güevo.

   -Eres un niño tonto. –gruñe Valente como si tal cosa, cayendo de rodillas frente al joven, atrapándola le cintura con sus manotas y atrayéndolo, frotando vigorosamente su cara caliente de ese pubis, de la silueta del tolete que se siente suave pero consistente.

   Frota sus mejillas, su nariz mientras olfatea, sus labios se abren y cierran sobre él, provocándole escalofríos de repulsa al otro, pero también ricos corrientazos eléctricos que lo desconciertan. Bueno, no tanto… ¡quiere que se lo mamen! Desea que alguien, quien fuera, le diera una buena mamada, que le tragara sabroso el güevo hasta sacarle la leche. Así de simple era la mente masculina.

  Valente lo sabe, y mirándolo fijamente, abre su boca y atrapa el tolete, mordisqueándolo, sobándolo de un lado a otro, cerrando sus labios, chupándolo sobre la tela del short. ¡Que asco, Dios mío!, pensaba, estremeciéndose, Martín. Esas manos grandes en sus caderas se cierran con fuerza mientras su tranca abultaba al fin bajo la tela, y esa lengua viciosa, lenta, la recorre sobre las ropas, con la mirada de Valente clavada en la suya en todo momento. Cuánto vicio y placer se leía en ella. Esa boca se cierra sobre la cabeza, mordisqueándola, y los temblores y calambrazos que Martín siente, lo entregan finalmente al otro.

   Soltándolo, las manos de Valente van abriéndole el botón de latón, así como el velcro tipo cerradura mágica de aquella bragueta. El güevo emerge empujando un boxer rojo, corto. Se nota semi parado ya. La golosa boca del otro carajo se hace agua como la de cualquiera ante tan tentadora fruta, y va a la punta, tragándola, lamiéndola sólo allí, succionando sobre el boxer. Y Martín siente que se muere.

   -Eres un marica… -lo acusa, ronco.

   Valente nada responde, tan sólo baja el boxer y el güevo blanco, todavía no tieso, cae. Lo mira sonriente, atrapándolo por la base y manoseándolo. Todavía no estaba a punto, pero él sabía bien como trabajar un güevo para que se pusiera bien duro. Su boca de labios rojos se abre, la enfila sobre el tolete, y con un “hummm” de gusto, se lo traga. Todo. Pegando sus labios del pubis dentro de la bragueta, resollándole ahí. Y Martín contiene un jadeo.

   Esa boca está caliente, mojada, esas mejillas lo aprisionan, esa lengua se le pega, quemándolo, lamiéndolo, y esa garganta chupa sin moverse. Lo atrapa y hala, aprisionándole cada pedacito que responde ardiente, endureciéndose. Cuando esa boca se retira hasta medio güevo, dejándolo ver duro y nervudo ya, brillante de saliva, Martín siente que esa succión lo deja sin fuerzas. Y Valente lo traga otra vez, apretándolo más. Su boca sube y baja lentamente sobre el ahora duro palo, rojo como el fuego, lleno de ganas. Ese güevo gozaba cada halón, lamida y apretada que esa boca viciosa de hombre le daba.

   Mareado, Martín separa las piernas, sintiéndose débil, cerrando los ojos y elevando el rostro tenso. Esa mamada era rica, esa boca golosa parecía ir tragándolo pedazo a pedazo, chupando más cada vez, provocándole ganas de mear, de soltarlo todo. Valente lo mama expertamente, unas veces sólo traga el glande, mamándolo y lengüeteándolo sin sacarlo de sus labios, otras lo tragaba duro hasta la mitad, y otras, lentamente, lo engullía todo. Fue en una de esas mamadas a fondo, donde sus manos terminan de bajarle el short a Martín, quien inconcientemente continúa con los ojos cerrados (todo “hétero” que disfrutaba semejantes mamadas, parecía incapaz de mirar), pero al quedar desnudo de la cintura para abajo, se despabila.

   Y cuando se miran, Martín podría jurar que sonríe, atrapándole duro con la garganta el tolete, masajeándolo como si fuera a arrancárselo, y Martín grita bajito. ¡Qué rico era eso, qué delicioso era esa mamada dada por otro hombre! Se medio mueve, sus piernas se acalambran. Pero si Martín goza, Valente está en la gloria mientras su boca sube y baja, con hambre, sobre el rico güevo que suelta calor, dureza, palpitaciones y juguitos que traga con avidez. Mamar era tan rico que no puede pensar en nada más, como no sea recordar cuando tenía trece años e iba a la piscina del centro comunitario para aprender a nadar y se quedaba lelo mirando a esos hombres grandes, machos y viriles, exhibiéndose unos a otros en tanguitas, con sus bultos resaltando contra la suave tela mojada, y él con esas ganas de mamarlos aunque aún no lo sabía, como había visto a una tipa hacer en una revista de su papá.

   -Ahhh… exclama desfallecido, Martín, y cae, culo pelado, sobre un sillón.

   Valente le abre las piernas, halándolo por la cintura, medio recostándolo mientras le sonríe sacando la lengua y dándole pequeños azotes al ojete del glande, haciéndolo gritar agudo, para luego bajar la viciosa lengua por todo el palo que se estremece, como si degustara un helado. Ya casi lo tenía, piensa el mamador, recordando todavía sus trece años, flaquito, sin muchos músculos, pequeño, pero ávido de machos ya, acorralando al amigo de un hermano en los vestuarios de la piscina, quien casi le corría sospechándole algo, pero atrapándolo al fin bajo las duchas al caer de rodillas y atrapar su güevo también joven que se puso duro a todo mecha, tragándolo, mamándoselo rico, allí donde pudieron ser pillados. Fue su primera mamada, y la hizo a fondo, sintiendo que se moría de puro placer subiendo y bajando su carita aniñada sobre ese tolete caliente y duro, mientras el otro joven gemía contenido, sorprendido todavía de eso, hasta que con un grito de “tómatela todo, mariconcito” le había dejado la boca llena de una leche caliente, algo aguada, y no mucha tampoco. Es no le gustó mucho, aunque después le pareció mejor, y mientras fue mamando güevos y mas güevos, fue gustándole todavía más… como sospecha que terminará gustándole a Martín.

   Ahora, mientras le lame las bolas una a una, chupándolas, al tiempo que le masturba el cálido y babeante güevo con una mano y con la otra le soba de arriba abajo uno de sus muslos duros y firmes, Valente piensa que la vida era rica, y ahora venía lo mejor de todo y la prueba de fuego. Sube y le da otras cuatro o cinco mamadas al güevo, baja la lengua por el falo, lame otra vez las bolas… y bajando más, titila con su lengua en la raja que va al culito joven…

   -Epa… -brama, sobresaltado, Martín, pero ¿qué tramaba ese marica?

……

   -Esto ya va a estar listo. –sonríe pomposo, Larry Marcano, acentuando su bien parecido rostro.

   Está contento, a la parrillada en la piscina de su casa, para despedir esa tarde del domingo, había asistido mucha gente. No todos los que deberían pero sí buena parte de ella. Algunos nadan y toman algo, otros hablan y ríen. Él viste con informalidad, pantalón y franela manga larga, sabe que así se ve delgado, musculoso, alto y llamativo. Sabe que Sandra, su mujer, lo mira con inquietud cada vez que una de las otras mujeres, algo tomadas, se le acercaba a decirle algo. Y esos celos le alegraban. Qué bien se sentía.

   Y justo en ese momento vibra su celular en el bolsillo del pantalón (no el de atrás, él hace chistes sobre eso). Sonriendo todavía de algunas bromas de quienes lo aprecian, desean un poco y envidian mucho, mira el identificador. Su sonrisa se congela, ahora es una mueca mientras le indica a un amigo que vigile la parrilla.

   -¿Ocurre algo, catire? –le pregunta Santana, jefe de su mujer (es pediatra), un carajo que no le agrada.

   Larry sospecha que el sujeto quería algo con Sandra, y peor, que ese tipo lo tenía por un farsante. Un día casi lo oyó decirle a la mujer: “pierdes tu tiempo con ese carajo, no sirve para nada”. De todos los presentes, era al único que en verdad detestaba.

   -No, nada, yo… -se aleja un poco de la gente, la música y el bullicio en general. Su corazón late con miedo, mucho miedo y…

   -¿Qué? –grazna bajito, temeroso.

   -Estoy en la esquina, estacionado. –oye la fría voz masculina, demandante, cruel.

   -Oye, no puedo dejar la reunión, Sandra y yo…

   -Que vengas, maldita sea. Y… -se hace un silencio que obliga a Larry a cerrar los ojos, más inquieto.- …ponte la pantaletica amarilla. Sabes cuál. Te espero. –demanda y cuelga. Él bota aire, jadeando, atormentado…

   Pero bueno, ¿qué es esto? ¿Quién le ordena a este carajo que se ponga una pantaleta y vaya a verlo? ¿Lo hará el tal Larry? ¿Qué piensa hacerle Valente a su vecinito, el machito hétero que ya tiene una lengua lamiéndole el culo? Pronto lo sabremos…

CONTINUARÁ…

Julio César.

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