ESTOS DESGRACIADOS… (4)

MACHO HOT

   Ardientes y sucios secretos de machos…

……

   -Esto ya va a estar listo. –sonríe pomposo, Larry Marcano, acentuando su bien parecido rostro.

   Está contento, a la parrillada en la piscina de su casa, para despedir esa tarde del domingo, había asistido mucha gente. No todos los que deberían pero sí buena parte de ella. Algunos nadan y toman algo, otros hablan y ríen. Él viste con informalidad, pantalón y franela manga larga, sabe que así se ve delgado, musculoso, alto y llamativo. Sabe que Sandra, su mujer, lo mira con inquietud cada vez que una de las otras mujeres, algo tomadas, se le acercaba a decirle algo. Y esos celos le alegraban. Qué bien se sentía.

   Y justo en ese momento vibra su celular en el bolsillo del pantalón (no el de atrás, él hace chistes sobre eso). Sonriendo todavía de algunas bromas de quienes lo aprecian, desean un poco y envidian mucho, mira el identificador. Su sonrisa se congela, ahora es una mueca mientras le indica a un amigo que vigile la parrilla.

   -¿Ocurre algo, catire? –le pregunta Santana, jefe de su mujer (es pediatra), un carajo que no le agrada.

   Larry sospecha que el sujeto quería algo con Sandra, y peor, que ese tipo lo tenía por un farsante. Un día casi lo oyó decirle a la mujer: “pierdes tu tiempo con ese carajo, no sirve para nada”. De todos los presentes, era al único que en verdad detestaba.

   -No, nada, yo… -se aleja un poco de la gente, la música y el bullicio en general. Su corazón late con miedo, mucho miedo y…

   -¿Qué? –grazna bajito, temeroso.

   -Estoy en la esquina, estacionado. –oye la fría voz masculina, demandante, cruel.

   -Oye, no puedo dejar la reunión, Sandra y yo…

   -Que vengas, maldita sea. Y… -se hace un silencio que obliga a Larry a cerrar los ojos, más inquieto.- …ponte la pantaletica amarilla. Sabes cuál. Te espero. –demanda y cuelga. Él bota aire, jadeando, atormentado…

   -No puedo… -todavía se resiste.

   -Ven acá, maldito sucio, o me presentó allá. –amenaza, y eso casi hace gemir a Larry, de puro miedo. ¿Qué podía hacer? Nada. Rendirse. Estaba en las manos de ese desgraciado.

   El hombre joven, con paso lento, cruza la verja. Al final de la calle, bajo la sombra de unas acacias, está la camioneta tipo van, estacionada. Dios, cómo odiaba a ese maldito coño’e su madre, se dice mientras se acerca, vacilante. Un rostro de piel canela, cabello negro muy corto, estilo militar, con un bigotillo y barbita, aparece por la ventana del pasajero, burlón. Cruel.

   -¿Traes la pantaletica puesta? –le pregunta, gozoso, recorriendo el buen cuerpo del catire, quien asiente, tragando saliva, humillado.- Deja esa cara de dolor de cuca, que no tienes; esa pantaleta se la compraste a tu mujer porque era sexy y sucia, ¿no? A mí también me gusta… cuando la usas. Sube, quiero que me la enseñes…

   -¿Aquí? No creo…

   -Qué subas, carajo, o te bajo los pantalones allí afuera. –amenaza algo molesto de tener que hablarle tanto. Larry estaba muy desobediente, pronto debería darle un recordatorio de cuál era su lugar.

   Y mientras regresa a su asiento, Larry, como quien entra a una cueva llena de alacranes por todas partes, sube, sentándose a su lado. Odia al sujeto y esa mirada burlona y sádica que brilla en sus ojos. Con manos lentas y torpes abre su correa, botón y bragueta. No sabe sí imaginó la mirada curiosa de Sandra, su mujer, mientras dejó la reunión y entró a la vivienda a colocarse la prendita, pero eso le asusta. Como le asusta que alguien sepa en qué se ha convertido. Tomando aire sube los faldones de su franela manga larga y baja los pantalones hasta los tobillos, respirando agitado. Sus muslos, lampiños y musculosos, donde provoca meter una mano y acariciarlos, adorándolo, dan paso en sus caderas a una levísima tirita de color amarillo, así como a un pequeño triangulo de tela sobre su pubis, donde medio abulta el bojote, no por excitación sino por lo breve de la tela.

   La mirada del otro brilla, cruel. Si Larry lo odiaba, él despreciaba al catire. Y mucho.

   -Eres un cabrón calienta braguetas… -le gruñe ronco, y Larry sabe lo que viene, aunque no quiere.

   -Debo volver a casa y…

   -Cállate, puta. –le gruñe, y un leve bofetón, más para humillar y dar a entender quien manda, se estrella en el bonito rostro del otro, que enrojece y calla. Sumiso.

   Tal vez lo despreciara, pero cuando el sujeto atrapa con su mano izquierda la nuca de Larry, por su costado derecho, halándolo sobre sí, apoderándose de su boca, goloso, abriéndole los labios y metiendo su lengua caliente, ávida, viciosa, ya está muy excitado. Ese catire le calentaba hasta las cejas. Y Larry gime, con repulsa, sintiendo esa lengua lamiéndolo, esos dientes atrapando la suya y halándola, mientras la otra mano del carajo baja por su costado, acariciándolo, hacia sus nalgas, dos masas redondas, firmes, lampiñas totalmente, donde la pequeña pantaleta cubre muy poco, algo metida entre las nalgas ya. Es un espectáculo hermoso y excitante el del catire en pantaletas. Esa mano soba los glúteos sobre la tenue prenda, con lujuria, con codicia. La mano entra cuando Larry gime, restregándose del otro, con su lengua respondiendo al beso, sintiendo la caliente mano tocándolo… deseándola ahora.

   Era increíble, en un auto estacionado en plena calle, aquellos dos carajos jadean mientras se tragan en tremendo jamón, las lenguas salen, se unen, se lamen, mientras uno de ellos, un catire con los pantalones bajo, usando lo que evidentemente es una pantaleta bikini de mujer, es manoseando sobre ella por el otro, a quien parece encantarle tocarlo así. Y esa mano grande se mete dentro del bikini y los dos se estremecen; recorre la piel turgente, cálida, vital. Los dedos, viciosos ruedan hacia la raja entre las nalgas, más caliente, más lisa, medio cerrada por lo firme de los glúteos. Y la yema llega al botoncito cerrado del culo, tocándolo una y otra ver en frotes circulares, sin metérsele. Y mientras el carajo siente que se corre de gusto con solo hacerle eso, Larry gime putonamente, tenso, deseando que ese dedo le entre de una buena vez. Lo odia, no le gusta eso (se dice) pero arde y desea que el dedo lo coja.

   -¡Coño! –se oye la exclamación de sorpresa que viene de afuera.

   La pareja deja de besarse, y aunque el moreno lo toma con calma, sin retirar sus dedos de esa raja que va al culo, Larry chilla asustado, pálido como la cera. Allí afuera, mirándolo con sádica diversión, estaba Santana, un carajo que lo odiaba… y era el jefe de Sandra, su mujer, en la clínica…

……

   Por una larga carretera, solitaria a esas horas, un pequeño carro gris sale del asfalto y toma por un camino de tierra seca, que se eleva en polvareda. Escapa. Escapa de la guardia nacional que viene siguiéndolos desde un puesto de peaje. El conductor mira, con impasibilidad como la patrulla se mete en su nube de tierra. Sonriendo. Bien, con algo de suerte caería en el cráter que estaba más adelante, un hueco erosivo capar de engullir una pala mecánica con todo y pluma. Era bueno saber de esos trucos, se dice, cuando se traficaba con drogas.

……

   -Hummm… -no pudo evitar Martín que saliera de su boca, no quería pero…

   Sentado, muy abierto de piernas (Valente le subió los pies al mueble abriéndolo más), estaban mamándole el culo. Esa lengua le subía y bajaba por la raja, se detenía en su ojete y lo azotaba con rapidez titilante. Y era tan extraña esa caricia, como estimulante. Pero se estremecía en verdad cuando la boca de Valente se cerraba sobre el huequito, besándoselo, chupándolo, metiéndole literalmente la lengua y cogiéndolo con ella. No podía evitar esos gemiditos… que le apenaban. Esa caricia era tan maricona que no debería disfrutarla, pero… de su güevo mana otro chorro de líquido pre-eyacular, de lo caliente que está.

   Valente sabe que no aguantará mucho, y con un leve gruñido de pesar separa su boca del delicioso y tembloroso culo (con un poco más de trabajo le entraría un vainero), tragándose nuevamente el enorme y rojizo güevo, saladito y dulce de esos jugos que ya escapaban. Lo traga lentamente, centímetro a centímetro, de arriba abajo, dejando la nariz pegada de los recortados pelos púbicos de Martín, y con su garganta sigue mamando y mamando, apretándoselo. Hasta que el joven grita como un poseso, temblando todo, aflojándose, momento que Valente (subiendo un tanto su boca sobre el falo para recibir la rica leche sobre su lengua y paladearla), aprovecha para apoyar la yema de su pulgar de ese culito que se agita, empujando leve, sin entrar, sin frotar, pero ahí. Y Martín se corre y se corre entre temblores convulsos; su mente queda en blanco, su cuerpo gime y goza, le parece que nada es tan rico como eso (hasta él nota su semen increíblemente ardiente al manar), mientras le llena la boca a ese carajo de leche. Y Valente, cerrando los ojos, la paladea; los chorros le pegan en la garganta, pero la saborea y traga, reconociendo como siempre, que no había nada que supiera mejor que el esperma caliente de otro carajo.

   Una vez agotado el chorro, Martín se siente mal. Molesto. Culpable. Valente lo sabe y le deja el güevo, dándole un último mamón, quedando sentado de culo en el suelo. Tembloroso el joven se pone de pie y sube sus ropas como puede. Ahora sólo quiere salir de ahí. Y Valente, sonriente, lo sabe.

   -¿Te gustó? –lo provoca.

   -¡Sucio marica! –es casi un escupitajo, de rabia ante lo que hizo. Valente le sonríe irónico, todavía sentado sobre el piso.

   -¿Sí? ¡Y mira que lo gozaste! –reta, y encara su mirada de odio.- Una cosa debo advertirte, Martín… no me molesta mamártelo de tarde en tarde, siempre estaré a la orden para ordeñarte ese rico güevo… pero si le cuentas alguna cosa a alguien, hablo de ese lunar que tienes cerquita del hueco del culo, y de cómo te lo tape con un güevo. –lo ve palidecer.- Yo no digo nada, si tú no cuentas nada.

   -¡Marica! –le repite, incapaz de pensar en nada más y sale casi a la carrera… olvidando sobre el sofá el boxer que fue a buscar.

   Tanto mejor, se dice Valente, poniéndose de pie, mojada su pelvis de sus propios jugos. Debía hacerse una paja ya o reventaba. Fue cuando sonó el teléfono. Con un bufido lo toma, ¿sería su mamá?

   -¿Aló? –es impersonal.

   -Hola, tío Valente. –escucha una muy joven voz, y el hombre arruga la cara.

   -Hola, Matías… ¿Dime?

   -Oye, suenas como si no te alegra oír de tu sobrino. –suena irónico y desenfadado.- Mira, necesito un favor, ¿puedo pasar por tu casa? Si quieres me puedes chupar el culo como tanto te gusta hacer…

   Vaya, vaya, parece que la afición de Valente Fernández por mamar culos es conocida por muchos, ¿pero a su sobrino? ¿Y qué clase de sobrino es este que se expresa así? Por otro lado, ¿qué será de Larry ahora que fue descubierto por el jefe de su mujer, un tipo que lo desprecia, dándose tremendo jamón con otro hombre mientras le sobaban el culo? ¿Y ese carro que huye con drogas que significa?

CONTINUARÁ…

Julio César.

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