DÍAS ASÍ EN EL EDIFICIO…

TIPO CALIENTE

   Lo único bueno…

   Sales en la mañana a la carrera porque, de alguna manera, siempre se te hace tarde ahora. Qué flojera. Mientras tomabas el café y escuchabas a la Colomina desgranar cada patraña gubernamental, sorprendiéndote y arrechándote de las maquinaciones torpes del Gobierno, te dices que te sientes mal. No sabe qué tienes, pero estás mal. ¡No irás a trabajar! Tampoco es tan grave, la oficina trabaja con o sin ti. Llama, inventas algo y ya. Pero no lo haces. Y a última hora sales, diciéndote “mejor no invento, no vaya a necesitar ese día después”. Y corres. Bajas la escalera para encontrarte que, por fin, cambiaron el cilindro de la cerradura de la reja del pasillo. Qué bien… pero tu copia no abre. Le das y le das, arrecho, deseando que se parta, y rogando que no. Botas aire. Esperas que alguien pase porque olvidaste la dichosa llave magnética del ascensor, el cual no sabes si funciona. Nadie llega. Eso vive abierto, la gente entra y sale de la residencia como si del boulevard de Sabana Grande se tratara… pero no en ese momento que necesitas de alguien, de quien seas. Subes a la carrera los tres tramos de escaleras, por la maldita llave magnética. Y claro, sudas. Hace calor a toda hora en Caracas. El frío de marzo dio pasó, casi súbitamente, a un calor infernal.

   Bajas en el ascensor, que por un milagro (que vayas a trabajar) funciona; y ves a la conserje trapeando las escaleras… con la reja del pasillo abierta. Pero no hay tiempo para más arrecheras, hay que correr porque vas tarde. El día es largo, tedioso. Nadie fue amable en toda la jornada. Regresas agotado, pegajoso dentro de tu traje por el calor… y el ascensor no funciona. Está apagado. Botas aire. Al menos la reja del pasillo está abierta, debe ser para que el hipotético y temido malandro que cazará a la gente dentro del edificio, entre. Subes. Te cambias. Tomas un café aunque no deberías, seguidamente leche fría para el ardor de estómago, y refresco de uva o colita si no tienes una cerveza. Haces tiempo para que el cuerpo se calme y pida comida. Vas al baño y compruebas que te molestan las plantas de los pies. Te bañas pensando en hacer esto y aquello, incluso ordenar los bauches viejos de pago.

   Claro, después no haces nada; te arrastras hasta el microondas, calientas algo agradeciéndole a la señora Benita que siempre deje algo, y te arrastras más lento todavía hasta el televisor. Ya no harás nada más. Sólo quedarte ahí, sentado, hasta que llaman, como a las ocho de la noche, a la puerta. Molesto ladras, ¿quién es? “Estoy cobrando el condominio”, te contesta la voz que viene a ver sí pagas algo. ¡Ah, esa gente!, el cilindro del pasillo, el ascensor; quieres decirles unas cuentas vainas pero te encuentras con un muchacho de voz fuerte, agradable, de buen cuerpo, casi fornido, con el cabello corto y una sombra de barba, que gana una pequeña comisión si logra cobrarle a alguien, por lo que imaginas que nada gana. Y se ve bien el pavito, por lo que eres menos agresivo a la hora de decirle:”no, nene, ven después…”. Y medio sonríe, eso anima la noche.

Julio César.

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