LUCHAS INTERNAS… (8)

EL HOMBRE DE LA CONSTRUCCION

   El chico entró, lo encontró y enloqueció…

……

   El joven se quita la breve tela. Su güevo erecto, blanco rojo, da un salto. Lucas nuevamente lo atrapa y lo hala hacia sí. Caen acostados sobre el sofá. Sus cuerpos se frotan uno contra el otro en medio de respiraciones tensas, de jadeos ahogados, del frotar piel contra piel. Pepe siente ese cuerpo caliente bajo el suyo, frotándose contra el de él. Siente el güevo como una barra de acero frotándose contra el suyo, haciéndolo desear tocarlo y ordeñarlo. Las manotas de Lucas caen en su espalda, acariciándolo rudo, sus manos son callosas y raspan un poco. Sus bocas hambrientas se unen una y otra vez, en besos chupados. La lengua del joven es atrapada por la del otro, que usa su lengua y labios para chupársela  halándola. Las enormes manos negras caen sobre las nalgas paraditas, acariciándolas, amasándolas. Los dedos se hunden en la rosada y trémula carne. Pepe gime ante la rica caricia, ante esa fuerza y ese deseo de macho. Su boca jadeante es atrapada por la del otro, que lo besa y bebe su saliva con avidez. Están güevo contra güevo, produciendo un calor infernal.

   Las manos negras aprietan las nalgas con ganas. Una de ellas recorre los contornos de la raja interglútea, Pepe casi chilla, pero Lucas  vuelve a besarlo, no quiere que grite. Aún puede haber gente por ahí. Esa mano entra en la raja tibia y lampiña. El rudo albañil siente un estremecimiento cálido, el güevo le palpita tanto que cree que se correrá. Sus jugos pre-eyaculares se mezclan con los del muchacho. Esa mano se queda allí, en la raja, gozando su calor y la firmeza de las nalgas. Esa mano se abre, el pulgar y el índice se extienden justo encima del pequeño culo, que parece un botoncito rojo. La otra mano cae ahí y las yemas de los dedos se frotan sobre el culito; sin penetrarlo, sólo frotándose con fuerza, en forma circular sobre el capullito.

   Pepe casi solloza, su cuerpo se agita, frotándose con furia contra el del otro. Sus bocas se unen una y otra vez. La yema de los dedos índice y medio se frotan de forma circular y empujando hacia abajo sobre el culito. Pepe siente que no aguanta más. Su culo palpita, se agita, se calienta. Siente como si un agua tibia le bajara, mojándoselo. Esos dedos parecen saberlo y apiadarse del deseo frenético del muchacho. El dedo medio se frota y empuja contra el culito, abriéndolo, metiéndose la falange caliente dentro de la rica hendidura del joven.

   Pepe gime más, jadeando. Lucas lo mira fascinado y excitado, ¡que caliente está ese muchacho! Siente que todo el cuerpo del joven vibra y emana cantidades alarmantes de calor. El dedo se entierra, entra hondo hurgando, palpando el apretado culito que se cierra violento sobre él, halándolo, chupándolo. Pepe eleva el pecho y el rostro, como buscando aire. Su culo se abre y cierra violentamente sobre el largo y grueso dedo negro que sale y entra, lento, dulce, torturador. Ese dedo lo penetra, lo coge con deleite.

   Si alguien mirara en esos momentos por la ventana del trailer, habría visto a un joven muy pálido, desnudo, sudado y gimiente, estremeciéndose y frotándose contra alguien que está debajo de él. Habría visto las piernas musculosas de un carajo negro, debajo del chico, muy abierto. Habría visto una enorme tranca que se levantaba entre las piernas del joven, habría visto el güevo blanquirrojo del joven aplastado a un lado del güevo negro, mientras sus nalgas muy abiertas eran aferradas por las manos negras. Habría visto el culito expuesto, tembloroso y titilante y un dedo que salía todo, dejándolo abierto un momento, un pequeño túnel rojo que se cerraba, para luego volver a penetrarlo, empujando el culito hacia abajo. Abría oído los jadeos roncos de Lucas y los gemidos agónicos del joven que era cogido por ese dedo.

   El dedo entra y sale, cogiéndolo con ganas. Lucas jadea, y cuando Pepe se alza otra vez, su boca atrapa una de sus sonrosadas tetillas, lamiéndola, chupándola como un becerro. Esa tetilla crece más, palpita y se calienta. Pepe siente que se muere de gusto. Lucas lo mira fijamente, sus manos caen en los hombros de él, empujándolo por su cuerpo. Pepe sabe lo que quiere de él, y lo hará. Su rostro baja por ese cuerpo poderoso, mordisquea y lame una tetilla mientras baja. Su rostro queda frente al titánico tolete. Lo mira fascinado. La roja lengua emerge de sus labios y le da unos leves lengüetazos en la base, allí donde se empalma de las enormes bolas.

   Lucas chilla ante la rica caricia. Siente como las bolas se le encogen. Esa lengua recorre la gran vena, sintiendo el güevo palpitante, caliente, que se estremece. Lo encuentra suave, caliente y rico. Su boca cae sobre la hinchada cabezota lisa, brillante de líquido pre-eyacular. Lo encuentra sabroso, agridulce. Lo traga con una buena cantidad de saliva. Su boca rodea como puede la enorme cabeza, chupándola. Lo mama y comienza a bajar, pero jadea y se ahoga. ¡Es muy grande!

   Lucas se siente fascinado. Esa boquita sube y baja hasta medio tolete, no puede más. Pero lamía con ganas. Con una mano lo aferra masturbándolo, mientras le pega una buena mamada. Lo chupa, su lengua y su saliva, que corren por el tronco, lo estimulan más. Pepe gime, degustándolo, ese güevo sabe distinto a otros que ha mamado antes. La boca sube y baja, mamando y chupando el güevo del otro que jadea y le dice que sí, que siga mamando, que lo mame bien, que le saque toda la leche. Ahora el hombre sube y baja un poco sus caderas, su güevo va y viene contra esa boca ávida. Pepe siente que se ahoga cuando el tolete entra, atragantándolo por momentos. Siente que no puede respirar con la tranca clavada en la  garganta, pero su lengua aún se las ingenia para moverse y lamer más.

   -Oh, bebé, no aguanto más… -jadea Lucas caliente, bajando una mano y sobándole los cabellos al muchacho.

   Tiembla y se estremece todo, mientras su güevo escupe una abundante ración de esperma que el joven se traga como puede, pero es mucha y el semen corre por sus labios y barbilla. Lo traga con ganas, lamiendo aún la babeante cabeza. Lo encuentra agrio, como un rico yogur, que al bajarle por la garganta lo llena de más ganas de sexo. Se miran agitados.

   -Cógeme… -le pide como avergonzado.

   -No hay nada que quisiera más, Pepito, que tu culito estrecho; pero tengo una reunión de negocios. Tal vez más tarde… -le sonríe.

   No puede faltar a la reunión con los socios, pero le pesa un poco notar la mirada dolida de frustración del muchacho. Lo había mamado bien y merecía una recompensa. Lo tendería en el sofá y le mamaría también el güevo, y tal vez le lamiera también el culito. Debía tenerlo rico y una probadita nunca estaba de más…

                                                                ………………..

   Frank Caracciolo mira con ojos críticos la amplia, soleada y hermosa oficina que Aníbal López le ofrece. El hombre le hace una relación de todos los casos pendientes. También él calla lo de William Bandre; no le dirá nada hasta que sepa lo que está pasando. Frank parece no oírlo, mira los cuadros, las alfombras, los equipos de sonido y video, y no parece estar muy impresionado. Aníbal lo nota y calla, quitándose los lentes que usa para leer las tarjetas en su mano. Espera a que el otro le preste atención. Frank parece notar su silencio censurador, y cayendo sobre el sillón, le sonríe en forma algo ampulosa.

   -Está bien, te estoy oyendo. Pero debo decirte que esta oficina no me gusta. Voy a hacer muchos cambios aquí.

   -Lo imagino. -es frío. Frank lo mira fijamente.

   -¿Qué te pareció lo junta?

   -Desagradable, como era de esperar. Pero no tan mala. Al menos la sangre no llegó al río.

   -Eric parecía muy molesto contigo. -sonríe ampliamente. Aníbal hace una leve mueca.

   -Diría más bien… herido.

   -Siempre fue un imbécil sentimental. Tal vez pensó que eras su amigo y que lo que hiciste fue una traición. -casi ríe. Aníbal no. ¿Qué piensa?, es difícil saberlo. Su rostro es granítico.- ¿Averiguaste sobre lo otro? -parece muy ansioso. Aníbal asiente, pero duda. Finalmente habla.

   -Sí. A Eric Roche le atraen los hombres y mucho. -Frank se pone de pie y grita salvaje.

   -¡Lo sabía! ¡Lo sabía! ¡Es un maricón! -se ve feliz.- Pero, ¿estás completamente seguro?

   -Se hizo una comprobación de campo.

   -Eres maligno y peligroso. -ríe en forma cruel.- Lo vamos a exponer ante todos. Ya quiero verle la cara cuando le grite maricón delante de todo el mundo. Ya quiero verle la cara al viejo Germán y a la vieja puta de Norma. -es soez. Aníbal bota aire muy suavemente. Censurador.

   -Te recomiendo que te muevas con cuidado. No manejas aún la firma. Sí cometes un error… sí te excedes y todos consideran que puedes llegar a ser un problema, te sacaran de aquí. No sólo los Roche, sino hasta tu padre. -le advierte. Frank se altera. No quiere esperar, quiere herir ya.

   -A mí nadie me dice cómo actuar.

   -Haz lo que quieras. -suena amenazante. Frank lo mira inquieto.

   -Está bien. Esperaré hasta tener algo que mostrar. Pero Eric tiene que irse de aquí. Eso de ser príncipe partícipe no me gusta. Quiero ser yo quien controle la firma.

   -Hay otro asunto del que quiero hablarte un momento… -dice frío, leyendo algo en una tarjeta.- Se trata de tu asistente. Hay un joven al que… -lo interrumpe.

   -Ah, no. Nada de un asistente. No quiero a un carajo molestándome por aquí. Búscame una nena toda llena de curvas, bonchona, reilona y putona. No importa que no sepa nada de nada.

   -Necesitas un asistente. -es frío.- Y este joven es uno de los recomendados de Germán. Ya sabes que le gusta ayudar a los hijos de los antiguos empleados, igual que a tu padre. La vieja puta de Norma, lo pidió como un favor especial. -lo dice mirándolo con elocuencia. Frank sonríe tenso, acusando el golpe por lo dicho a la mujer.

   -Está bien. Está bien, lamento haberla llamado así. Pero ya sabes como es esa mujer… -se incómoda.

   -Creo que por ahora sería apropiado llevarte bien con ellos. -es frío.- El joven es un mecanógrafo experto, sabe de contabilidad y de archi… -lo interrumpe.

   -Si. Está bien, es todo un oficinista. Pero yo no lo quiero conmigo. ¿Por qué no lo envías con Eric? Tal vez él y ese carajo… encontrarían intereses comunes de culos. -es grosero y ofensivo como un niño malcriado.- No me gusta que me impongan nada, Aníbal… -lo mira fríamente.- Ni siquiera a un asistente…

   -A muchos, no nos gustan muchas cosas, Frank. -responde exactamente igual.

   Frank nada replica. Aníbal parece creer que el asunto está zanjado, pero él no. Odia sentir que lo obligan a algo, que le imponen las cosas. Y más viniendo de los Roche. Ya llegará la hora de ajustarle las cuentas a Norma. Mira a Aníbal rencoroso; y a él, se dice; aunque no todavía. Su naturaleza salvaje y voluntariosa tenía que imponerse siempre; siempre fue así y no quería cambiar. Ni creía que cambiara nunca; lo que probaba que el hombre proponía y Dios disponía…

……

     Eric no puede quitarse de la cabeza la idea de que La Torre se estaba metiendo en problemas muy delicados. La compañía siempre había bordeado el límite de lo poco elegante en cuestión de clientes y causas, eso podía entenderlo, pero siempre cuidando el buen nombre de la firma y los socios. Los casos, aunque discutibles, podían ser tratados. Estos clientes, Guzmán Rojas y el general Bittar, eran harina de otro costal. Eran gente… claramente maleante. No existía un término menos malos para gente como ellos. Por eso aprovechó la hora del mediodía para ir a la casona Roche. Tenía que hablar con su padre de ellos. Su carro entra en esos momentos a los estacionamientos. Distraídamente nota que no está el carro de su madre. Mejor. Lo que tiene que hablar con su padre era delicado, mientras menos gente oyera, mejor.  Sobretodo su madre.

   Recordar a su madre, y su carro, lo hizo pensar en Pedro Correa y en su amante homosexual. Sonríe algo picado por la curiosidad, ¿qué habrían terminado haciendo? Seguro que Pancho lo cabalgó toda la noche sobre la cama. Pedro parecía más que dispuesto a entregarle el culo. Mira hacia la pieza del joven y nota un movimiento, como si alguien estuviera allí, revisando algo en un cajón. ¿Quién podría ser? ¿Se habría metido alguien a la propiedad? Podría ser Pancho, pero, ¿sin Pedro allí? El abogado es un hombre de decisiones rápidas. Se dirige hacia la pieza. Oye una radio con poco volumen y a alguien que se mueve. Toma el picaporte y abre bruscamente. Frente a él se encuentra Pedro, desnudo, con una toalla en el hombro, con la que se frota y seca el áspero cabello. Eric se impacta y Pedro igual. El joven baja la toalla y se cubre las bolas con ella, no cubriéndose las caderas, sino el frente, como si lo hiciera con una mano, moviendo la boca sin palabras. Salía de la ducha.

   -Doctor Roche, ¿qué pasa? -pregunta alarmado el joven.

    Eric va a disculparse cuando mira a las espaldas del otro. Hay un escaparate (¡un escaparate en esta época!), con un espejo de cuerpo entero en la puerta. Allí se refleja la musculosa espalda de Pedro, así como sus nalgas firmes, paraditas y musculosas, con la franja más clara del bronceado en su piel canela clara. Esas nalgas atraen la mirada del abogado.

   -Disculpa, Pedro. Oí ruidos y como vi que no estaba el carro de mamá… no pensé que fueras tú, sino que alguien había entrado a la propiedad. -responde ronco sintiéndose idiota.

   No quiere, pero su mirada cae una y otra vez sobre esas nalgas; imagina lo tibia que debe estar la raja, y lo aún más caliente que debía estar ese culito fresco y recién lavado. Eric sintió como su güevo hormigueaba bajo el traje, palpitándole, pidiéndole ese culo.

   -Ah, eso. Lo que pasa es… -se ve tenso y luego ríe.- Un momento, ¿sí? -se inclina un poco y toma algo de la cama.

    Es un calzoncillo tipo tanga, de una tela anaranjada. Se ve suave. Erótica. El joven mete sus piernas en ella y la sube, cubriéndose el tolete que abulta con descuido. Eric siente la boca más seca. El chofer tiene un cuerpo delgado pero esbelto, con unos buenos pectorales de pezones desafiantes, propios para ser atrapados por una boca ávida. Su abdomen era plano. Y la tanguita resaltaba sobre su cuerpo bronceado. A Eric le encantaba ver carajos adultos, grandes, viriles y machos, así, enfundados en pequeños bikinis que ocultaban y ofrecían deliciosos y secretos placeres al paladar.

   -¿Pasó algo con mamá? -pregunta ronco, intentando no mirar el pequeño bikini.

   -Si. Me despidió. -suspira desalentado. Eric lo mira asombrado.

   -¿Mamá te botó? ¿Por qué? -el joven duda mucho. Mira a Eric y parece medir lo que dirá.

   -Digamos que a su mamá no le agradaban… mis amistades. -dice evasivo. Eric arruga la frente, irónico.

   -No irás a decirme que te encontró en la cama siendo enculado por Pancho, ¿verdad? -lo desconcierta.

   -¿Cómo sa…? Es decir, yo no… -se turba. Eric sonríe en forma divertida.

   -Los vi ayer cuando… te daba masaje en el culo. -dice con voz agresiva y alegre; no puede evitar sentirse algo caliente. Pedro sonríe leve.

   -Bien. Ahí lo tiene.

   -¿Y te botó por eso? Creo que a nadie pueden botarlo por… -duda.

   -No me botó. Me dijo: renuncia o le digo a Germán. Y yo realmente prefiero irme a sentir que don Germán se siente… defraudado de mí. Prometió  que me ayudaría a encontrar algo fuera de aquí. -Eric asiente. Así era Norma, no daba chances ni canales de escape.

   -Lo siento. Espero que te vaya bien. -dice como despidiéndose. Pedro lo mira de arriba abajo, como descubriendo que es un carajo guapo.

   -Espere, doctor Roche, ¿no va a preguntarme como me fue ayer con Pancho? -pregunta ronco, sonriendo como desafiante. Eric nota como el tolete se mueve un poco dentro de la tanga. Debería irse. Eso era muy  peligroso. El espejo muestra las nalgas paraditas  semicubiertas por la tanga, y se ven acariciables.

   -¿Fue bueno? -pregunta ronco, deteniéndose en medio de la pequeña pieza.

   -Hummm, fue rico. -dice mórbido, con ojos nublados, el tolete abultándole poco a poco.- Siempre pensé que eso podría ser sucio, o doloroso… pero fue muy delicioso. Sentí que cada parte de mi gritaba y pedía más. Pancho me cabalgó durante casi toda la noche. No se cansaba el muy caballo.

   -Parece que tienes un culo muy hambriento, amigo… -traga saliva, ronco, sorprendido él mismo de decirlo.

   -Y caliente. Eso dijo Pancho. ¿Sabe como comenzó todo? -dice mirándolo a los ojos.

   -¿Te pidió el culo?

   -Es un cerdo, quería que lo trabajara un poco antes así… -le sonríe con ojos brillantes.

   El joven cae de rodillas frente a Eric, mirándolo con ojos húmedos de lujuria y deseo. Sus manos caen en las caderas del abogado, el cual se siente excitadísimo, sintiéndose agarrado por ese joven y atractivo carajo en tanga, cuyo tolete intenta escapar. Con un gemido de deseo, la boca de Pedro cae sobre su pantalón, atrapándole la cabeza al güevo bajo la tela. Eric casi grita, esa boca es cálida, y mordisquea y chupa sabroso, produciéndole cosquillas y placer sobre la dura barra. Esa boca lame la tela, la muerde, chupa la figura dura y palpitante. Una mancha de saliva se dibuja en la prenda de vestir.

   Pedro se revuelve con ansiedad. Su boca atrapa ese güevo una y otra vez. Su mano lo atrapa, apretándolo fuerte. Eric siente que se muere. No puede pensar. Todo le da vueltas, está en la casa de sus padres dejando que otro carajo lo sobe. Con manos febriles, Pedro le abre la correa y el pantalón, bajándolo. El calzoncillo blanco, no tan chico, deja ver la enorme figura que levanta la tela. Esa boca cae hambrienta, mamándola y chupándola. Las manos de Pedro le atrapan las nalgas mientras su boca desesperada sigue mamándolo sobre la telita.

   -Hummm, si chúpala. Anda. Chúpala. Cómetela. -jadea ronco Eric, mirándolo casi mareado.- Trágatela, mamagüevo…

   -Te voy a sacar la leche, papito. -le sonríe Pedro con un aire totalmente putón, caliente.

   Las manos de Pedro le bajan el calzoncillo y el güevote, largo, grueso, rojiblanco y erecto sale disparado, golpeándolo en el rostro. El tolete está muy rígido y caliente. Pedro jadea excitado y lo atrapa con una mano trémula, masturbándolo, sintiendo su dureza, su tamaño. Eric casi se desmaya, siete como las piernas le tiemblan. Esa mano sube y baja, cubriendo y despejando la roja cabezota. Pedro la mira fascinado. Su boca va hacia ella, saca la lengua y le da lentas y profundas lamidas, como quien saborea una chupeta. Eso provoca oleadas de placer que recorren a Eric de arriba abajo, haciéndolo jadear.

   -Trágatela, güevón. Quiero ver como te la comes. Trágatela toda… -jadea ronco.

   Pedro, a sus pies, arrodillado y sometido, le sonríe con placer, con deseo. Su boca se abre y rodea la roja cabeza, cubriéndola, mamándola, chupándola larga y ruidosamente. Eric grita ahogado. Lo mira como asustado, pero es deseo. Esa boca baja sobre la rígida y nervuda tranca. Mamándola centímetro a centímetro. De la boca caliente y húmeda de Pedro sólo escapan ahogados ‘hummm’ de placer. Pedro nota como ese güevo, que se traga casi todo, sintiendo como le baja por la garganta, ahogándolo, crece más y palpita con un calor horrible. Percibe como el dulce néctar del macho le baja por la lengua, haciéndolo gemir y desear más. Quiere más. Quiere que ese güevo le de gusto. Todo él responde a la rica tranca. Su cuerpo se tensa, caliente. Su güevo y su culo palpitan, mientras su boca va y viene, mamándolo con fuerza, manando saliva.

   Eric jadea agónico, mirando a ese hombre joven que lo mama con ganas. Ve que le gusta, que le gusta mucho. Y el tolete responde. Su güevo está más caliente que nunca. Ya había sido mamado antes (chicas), pero nunca así. Lo siente como si fuera la primera vez que lo chuparan. Ver al joven subir y bajar sobre su güevo, lo excita mucho. Se miran. La mano de Eric baja y atrapa la nuca del chofer, está sudado. Le acaricia la mejilla y siente la sombra de la barba del otro. ¡Otro hombre le estaba mamando el güevo! Cerrando los ojos, Pedro sube y baja con ganas sobre el tolete. Su cuerpo va y viene. Suda a mares. El chico atrapa el tolete; lo lame con la lengua, de punta a base y nota como se estremece. El joven mira las bolas y las lame con furia. Atrapa una dentro de su boca cálida, como quien come uvas. Desde allí mira a Eric, con el otro testículo en su mejilla y el tolete cayéndole sobre el rostro. Lo atrapa y se da golpecitos con él sobre los labios y las mejillas.

   -Tienes un güevo rico.

   -Eres un gran maricón.

   Nuevamente se lo mete en la boca. Cerrando los ojos, Pedro recuerda todas las veces que iba al gimnasio que estaba cerca de su casa y miraba a los físicoculturistas. Echones, tetones, culones. Todos en sus tanguitas. Cuantas veces quiso caer así, mamándolos, comiéndose sus güevos, mientras ellos lo rodeaban. Todos muy viriles y grandes, todos con sus güevos erectos frotándolos contra él. Esa fantasía hace que su boca se llene más de saliva, que rueda sobre la dura tranca. Imagina a tres, cuatro o cinco carajos, todos con las trancas duras, calientes, dándole en la cara, esperando que los mame. Los imagina a uno y otro dándose sobos de tetas o dándose latazos, todos excitados mientras él los mamaba.

   Una mano de Eric baja por la espalda del otro. Siente la piel recia, musculosa, viril. Está sudada y caliente. Siente esa piel deliciosa al tacto, la piel ardiente de otro macho. Palpa cada músculo de esa espalda. Era un carajo, un carajo al que podía tocar, sobar, sentir… y que le estaba dando una buena mamada a su güevo. Oye como Pedro se ahoga, con la boca llena de saliva y tolete, que le baja por la ardiente garganta, mientras le hala y soba las bolas. Eric se inclina sobre él, atrapándole la nuca entre las caderas y el abdomen, le mira la espalda fascinado.

   La mano del abogado baja por el centro de la espalda, acariciando, palpándolo. Esa mano baja más y cae sobre la tanga, sobando con fuerza, con ganas, esas nalgas cubiertas. Pedro gime, putón, sintiendo rico la caricia. La mano palpa esas firmes carnes, cálidas. Siente la depresión de la raja. La mano se mete ahí, con furia. Hunde la telita y Eric juraría que el culito se estremecía. La mano soba la raja interglútea, y hunde más y más la tela, queriendo metérsela por el culo. La mano se mete dentro de la tanga, y Eric jadea, siente que esa piel quema. La mano baja por la raja, sus dedos frotan la hendidura  lampiña. Vaya, Pedro se rasuraba el culo, piensa caliente. Sus dedos llegan al ojito del culo, lo frota debajo de la telita. El agujerito tiembla y palpita, como una virgen temerosa y deseosa del asalto del bárbaro con su manduco erecto. Eric tiene la boca seca, cuántas noches soñó con hacer esto… El dedo medio se hunde dentro del culo, con suavidad, con ganas, con deseo. El dedo entra y Pedro chilla sacándose el güevo de la boca, sus  labios, mejillas y barbilla chorrean saliva y sudor. Está excitadísimo.

   El joven casi tiene que sostenerse de las piernas de Eric, como para no caer, mientras la mano en sus nalgas sigue agitándose, con lentitud pero con fuerza. El dedo de Eric entra hondo, palpándolo, sintiendo el culito que quema y se cierra palpitante sobre él. El dedo entra y sale, cogiéndolo. Pedro jadea y eleva el rostro. Eric se calienta más al verlo tan lujurioso, tan cachondo, tan deseoso de que otro macho le ponga preparo. El culito ahora sube y baja como buscando ese dedo.

   -¿Quieres… cogerme? -le pregunta con un jadeo Pedro, con rostro contraído de deseo y ansiedad. Le soba el güevote.- Entiérramelo todo en el culo…

……

     Frank, en cuanto conoció a Nicolás Medina, lo odió. Cosa que no era rara, le desagradaba casi todo el mundo. La gente era tan torpe, tan poca cosa para alguien como él. Y este insignificante tipo le era impuesto por gente a la que despreciaba, semejante aval era suficiente para desear destruirlo. Pero fuera de eso, no le agradó, había algo en él que se le hizo… desagradable.

   Nicolás era un joven entrando en los veinte, no podía tener más de veintitrés, se dice Frank, quien siempre ha considerado a la gente (a los hombres, claro), menores de treinta, unos idiotas sin cerebros. Las mujeres eran otra cosa. Mientras más jóvenes, más apretados tenían el culito. El joven era alto, no tanto como él, delgado, del tipo esbelto. El cabello era castaño y parecía muy fino. Pronto sería pelón, se dijo con sombría satisfacción el abogado. Los ojos eran castaños amarillento. De rostro franco, buena gente y atractivo.

   Pero esa boca algo torcida, y esos ojos que lo miraban en forma despectiva, lo molestaron. Frank sintió rabia dentro de sí, al parecer al señorito Medina él, Franklin Caracciolo,  no le caía bien. Y aunque Frank era un cerdo, un ser detestable y despreciable, nunca parecía entender por qué había gente a la que no le agradaba. Le pasó con Eric casi desde que se conocieron hace una pila de años. También con Sam. Sam siempre lo… despreció, se dice con rabia. Y ahora este mequetrefe lo miraba como si fuera alguien inferior. Nota que lleva un traje algo grande, como si fuera prestado. ¡Un pobre muerto de hambre!

   -Muchas gracias por esta oportunidad, doctor Caracciolo. Haré todo lo posible para… -recita precipitadamente el joven, en forma cortés.

   -No me vengas con tonterías. Sabes muy bien que estás aquí porque no encontraban donde ponerte y la vieja Norma quiere que te den algo. Odio a los recomendados. Generalmente no sirven para nada. -nota con placer como el joven palidecía para luego enrojecer, sorprendido ante su ataque.- Pero sí eres el pobre imbécil que sospecho que eres, nada te salvará. Saldrás de aquí como corcho de limonada.

   -Intentaré… intentaré hacerlo bien, doctor. -dice ronco, ofuscado. Un maldito, iba a trabajar para un maldito coño’e madre. Tenía que ser, dada su mala suerte, se dice el joven.

   -Hay algo que quiero que atiendas ya por mí. En el pasillo hay una vieja que trabaja coleteando. Deja todo eso peor de lo que estaba antes de trapear. Esta mañana me ensució los zapatos con su mopa. Vieja inútil, no entiendo como la tienen aún aquí. Esos viejos siempre son un problema. Se caen, se parten un hueso y hay que cuidarlos. Y con el tiempo se toman confianzas, como si fueran que se yo… gente a la que se aprecia. -bota aire molesto.- Quiero que vayas a Personal y que me la boten. Que le inventen algo y la despidan sencillo, y que cuando se vaya le digan que es un recuerdo mío y que no me olvide. -lo dice como quien ordena una cena, ojeando unas carpetas. Nicolás se queda estático. No puede creer lo que oyó. Frank levanta la mirada.- ¿Quieres que te lo pase por escrito? -es brutal.

   -No, señor; pero, ¿botarla por eso? Si es vieja y pasa coleto no creo que lo haga por excéntrica. Debe necesitar el trabajo y sí es mayor no le será fácil encontrar algo más y… -balbucea. Frank lo mira con la boca abierta, incrédulo. Ferozmente incrédulo. No estaba acostumbrado a que nadie intentara razonarle algo en contra de sus deseos. Le grita.

   -¿Acaso te pedí tu opinión o tu consejo? Te dije que fueras a encargarte de que la echen. No quiero oír nada de lo que tengas que decir, imbécil. -es violentamente grosero.- Haz lo que te digo y no intentes pensar por ti mismo.

   -Pero, doctor… -Nicolás tiembla de temor, de perder el trabajo antes de comenzar y de temor a ese carajo violento. Frank, casi sin darse cuenta de lo que hace toma un cenicero y se lo arroja, pelándolo por poco.

   -¡Que la corran! -le grita feamente. Nicolás está en shock, no puede pensar y asiente, casi saliendo a la carrera.- Idiota… -lo llama. Confuso, Nicolás lo mira.- Recoge ese cenicero. Por Dios, ¿acaso vives en una pocilga? No me gusta el desorden.

   Horriblemente humillado, Nicolás se agacha y lo levanta. Frank sonríe leve, le agradó ese gesto de sumisión. Otro espíritu que aplasta. Y le gustó. Ese muchachito se veía muy altanero. Y se había atrevido a refutarle algo. Poca gente se atrevía a tanto. Ya no volvería a hacerlo. Nota que el joven no lo mira mientras coloca el cenicero en su sitio, con la cara muy roja, se disculpa y sale. Frank arruga la cara; no parecía sumiso todavía.

CONTINUARÁ…

Julio César.

2 comentarios to “LUCHAS INTERNAS… (8)”

  1. Jonás Says:

    Me enganché con la novela y no encuentro las continuaciones, qué pasó? Murió el autor o se desanimó de seguir posteando? Por favor, quisiera saber qué más le ocurre a Eric y a toda su manga de amigos depravados.

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