ESTOS DESGRACIADOS… (5)

MACHO HOT

   -¿Un marinerito caliente para que me atienda? ¡Yuuupiii…!

……

   Una vez agotado el chorro, Martín se siente mal. Molesto. Culpable. Valente lo sabe y le deja el güevo, dándole un último mamón, quedando sentado de culo en el suelo. Tembloroso el joven se pone de pie y sube sus ropas como puede. Ahora sólo quiere salir de ahí. Y Valente, sonriente, lo sabe.

   -¿Te gustó? –lo provoca.

   -¡Sucio marica! –es casi un escupitajo, de rabia ante lo que hizo. Valente le sonríe irónico, todavía sentado sobre el piso.

   -¿Sí? ¡Y mira que lo gozaste! –reta, y encara su mirada de odio.- Una cosa debo advertirte, Martín… no me molesta mamártelo de tarde en tarde, siempre estaré a la orden para ordeñarte ese rico güevo… pero si le cuentas alguna cosa a alguien, hablo de ese lunar que tienes cerquita del hueco del culo, y de cómo te lo tape con un güevo. –lo ve palidecer.- Yo no digo nada, si tú no cuentas nada.

   -¡Marica! –le repite, incapaz de pensar en nada más y sale casi a la carrera… olvidando sobre el sofá el boxer que fue a buscar.

   Tanto mejor, se dice Valente, poniéndose de pie, mojada su pelvis de sus propios jugos. Debía hacerse una paja ya o reventaba. Fue cuando sonó el teléfono. Con un bufido lo toma, ¿sería su mamá?

   -¿Aló? –es impersonal.

   -Hola, tío Valente. –escucha una muy joven voz, y el hombre arruga la cara.

   -Hola, Matías… ¿Dime?

   -Oye, suenas como si no te alegra oír de tu sobrino. –suena irónico y desenfadado.- Mira, necesito un favor, ¿puedo pasar por tu casa? Si quieres me puedes chupar el culo como tanto te gusta hacer…

   -Déjate de vainas, sobrino. No quiero problemas contigo. –conoce bien al pequeño desgraciadito.- ¿Qué quieres? –gruñe tomando asiento.

   -¡Odioso! –finge amaneramiento.- Y ahora no te cuento nada. Te vas a quedar con la duda y sí me meto en un peo tendrás la culpa. –y colgó.

   Mejor, piensa el hombre, colgando también. El muchacho era problemático. Un pequeño degenerado. Lo recordaba a los catorce años, cuando sedujo a varios compañeritos de clases, muchachos que literalmente enloquecieron por él. ¡Sí su hermano supiera! Bota aire, y tomando nuevamente el boxer olvidado por Martins, se dispone a masturbarse para terminar con la calentura que tiene. Pero suena nuevamente el teléfono. ¡Ese mariquito fastidioso!, se dice descolgando. Seco.

   -¿Qué quieres? –ladra.

   -Oye, oye, sin violencia. –escucha la modulada voz de Salvador Gutiérrez, un buen amigo. Eso aligera el humor de Valente, a quien hasta la erección por la mamada dada a Martín, ya se le había bajado por hablar con Matías.

   -Épale, Salvador. Disculpa el tono. Creí que era… -bota aire.- ¿Y esta llamada? Hace días que no hablamos.

   -Pues… esta noche podemos solucionar eso. Tengo que cenar con Nora. –y al decir el nombre de la mujer a quien ama tanto, se tensa.- También va a estar el hermanito, llegó ayer de Apure, y con la novia.

   -Ah, me quieres de aliado por si intentan lavarte el flux entre todos.

   -Sí, panita. Nora se transforma en una verdadera perra cuando está con la familia. Y tú sabes que esa gente no me quiere.

   -Claro, por chavista; tú eres un loco. –ríe Valente, preguntándose aún, con esa moral laxa y acomodaticia de hacedor de imperios que tiene, por qué un hombre decente y buena gente como Salvador, era chavista. O amigo suyo, sí al caso íbamos.- Está bien, cuenta conmigo…

……

   Debajo de aquellas acacias, dentro de la camioneta van, aún con los pantalones en los tobillos y la mano del aquel carajo metida dentro de su… pantaleta amarilla, mientras le sobaba la raja del culo. Larry Marcano, pálido de miedo, mira el rostro de un carajo que lo detesta, quien es también el jefe de su mujer, Gabriel Santana, quien lo mira con franco asombro. Y asco.

   -¡Gabriel…! Yo… yo… -jadea imposibilitado de pensar.

   Únicamente puede imaginar el escándalo; en su patio estaba reunida una buena cantidad de personas invitadas por él a una parrillada. Amigos, conocidos, socios de trabajo, algunos familiares. Y Sandra, su mujer. Y ese carajo lo había pillado dándose un latazo con ese otro tipo, quien todavía le tiene una mano metida entre las nalgas. Casi puede ver a Santana llegando frente a todos, gritando y gesticulando como actor de opera, denunciando sus infamias. Larry siente que el corazón quiere detenérsele dentro del pecho al imaginar el rostro horrorizado de Sandra, el gesto de asco y repudio de los allí reunidos.

   -No puedo creerlo… -susurra Santana, mirando luego al otro carajo.- ¡Tenemos un trato!

   -Bien. Sí pagas, tendrás lo que quieras de esta puta rica. –contesta el otro, y Larry siente que la cabeza va a estallarle. No entiende nada.

   -¿Qué? ¿Qué pasa…? –mira al moreno.- ¿Qué pasa aquí, Wilfredo?

   -Este digno señor requiere de tus servicios, putico. Y pagará por ellos. Y muy bien. Pero quería antes una prueba de la mercancía… -y su mano grande se mueve, con evidencia, bajo la pantaletica.

  -¡No! Déjame. –le grita rompiendo el abrazo forzado que lo mantenía de medio lado. Mira a Santana.- No creas que haré lo que tú…

   -¿Quieres que llame a Sandra y le consulte?

   -¿Y cómo quedarías tú?

   -¿Qué he hecho yo? Nada. ¿Llamo a Sandra para que revise si la falta una pantaleta de su gaveta? –es cruel, sonríe duro, sintiendo mucho asco por ese tipito al que piensa lastimar mucho.- Creo que no, ¿verdad?

   -Ríndete, Larry, sabes que estás metido de un peo de donde sólo se sale con el culo. –sonríe Wilfredo, disfrutando casi tanto como Santana, a quien mira.- Nos vemos a las ocho, Larry estará listo para calentar braguetas…

……

   Era difícil para quien viera a Valente Fernández entrar en aquel restorán, elegante, pulcro, indiscutiblemente viril y atractivamente seductor, cuando cede el paso a una bella mujer, imaginar que era una porquería de gente. O que la noche anterior, borracho, le mamaba el culo de un carajo en un baño, y esa misma tarde se tomó toda la leche de otro. Pero así era. Sonriendo mira a su amigo Salvador Gutiérrez en una mesa, también apuesto y atractivo, de piel más tostada, cabello castaño algo recio, de ojos muy oscuros. Nora, a su lado, está bella, con su cabello muy negro y corto, labios rojos, piel pálida, ojos grandes y expresivos, que en este momento parecían decir “deja el fastidio”, viendo a Salvador que contaba algo. Es una llamativa mujer de éxito.

   Pero quien atrapa la mirada de Valente, es el cuñadito de Salvador, un carajo indiscutiblemente joven, tal vez diecinueve o veinte años, alto, medio fornido de practicar pesas, de cabello negro muy fino, ojos también expresivos, marrones, facciones viriles pero suaves, tal vez por la edad. La novia, a quien sólo dedica una mirada, parece bajita, algo llena y de cabello sin gracia.

   Valente llega y saluda. Salvador parece alegrarse de verlo, más bien se ve aliviado. Nora mira a Valente con un gesto algo desdeñoso. No le agrada. Ella tampoco a él. Cuando lo presentan con el joven, Esteban, cree detectar algo de admiración en el joven, cosa que no era indicativa de nada. Valente tenía una pinta que atraía miradas, tal vez por ese algo de corsario peligroso que lo rodeaba. Incluso ahora, recién duchado y aseado, parecía contar ya con una leve sombra de barba. Sin embargo, a Valente le gusta pensar que sí, que el chico podría estar interesado en que lo rodeara con sus brazos y le metiera la lengua en esa boquita roja.

   La velada transcurre entre cuentos de amistades comunes, pero con jocosos comentarios odiosos. Esteban dice algo sobre el béisbol y hay una pequeña discrepancia. Valente cena y lo mira, intrigado, Salvador le había hablado una vez de él, como de un muchacho gordito, de anteojos y odioso al extremo. Pero era todo un bomboncito rico, uno al que provocaba lamer y dar una mordidita. Sonriendo para sí, con el güevo tieso bajo las ropas, lo oye dirigirse a Salvador con deferencia, como sí le agradara el cuñado. Qué raro, no era nada de lo que Salvador había dicho. Y mira a Nora, pensativa. Lejana. Molesta. ¿Qué se traerían Salvador y ella? Algo grave pasaba entre los dos, se dice animado. Tal vez se divorciaban y su amigo se salvaba de esa perra.

……

   La temprana cena terminó por un dolor de cabeza de Nora. Y una vez en el apartamento de la pareja, en el enorme dormitorio matrimonial, la mujer, en sostén y pantaletica, se pasea de un lado a otro, reclamándole a Salvador su falta de tacto al invitar a un extraño a una cena de familia, le reprocha sus silencios durante la velada, para terminar en lo que realmente le molesta: su falta de iniciativa en el trabajo, el dinero que le enviaba a su madre mientras los hermanos no la ayudaban, y el que no quisiera aceptar un carro que ella le ofrecía, prefiriendo viajar por media Caracas en aquel horno bota gases venenosos tan sólo para molestarla. Mirándolo en boxer, de los holgados, en la cama, ella le ruge que se lo quiso dar porque lo quiere, y porque conduce una porquería.

   -No necesito que me regales nada, Nora. Sé que te va mucho mejor que a mí, no tienes que echármelo en cara. –suelta con rencor.

   Molesta, tal vez porque había dado en el clavo, Nora le aclara que ella sí tiene ambiciones, que quiere más, una casa grande, jardines, piscina. Él calla, resentido, pero mirándole las tetas grandes, los muslos llenos, la pantaletica metida entre sus nalgas redondas, y ese pequeño triangulo de tela que llevaba a su sexo. Sabe que ella lo manipula. Le reclama que no sirve para nada, mientras lo excita, para condicionarlo. ¡Y era tan irritante! Cuando ella repite lo de su falta de bolas para pedir un ascenso, él salta de la cama, enrojecido de rostro, con una gran erección bajo el boxer.

   -Déjame en paz, coño. –y sale dando un portazo; todavía la oye gritarle que es un imbécil.

   Cansado de la semana, del día y de su vida, Salvador llega a la salita oscura y se deja caer en el sofá, con ese palo alzando el bermudas como el mástil de un barco. No la soportaba. Sabía que esa discusión llegaría en cuanto supiera que ascendieron a Comisario Jefe al hala bolas de Rondón en lugar de a él, justo ahora que le habían frenado una promoción a ella por una sospecha de embarazo, que resultó falsa. Sabía que ella lo culpaba a él. De todo. Por eso invitó a Valente a la cena, la sabía muy capaz de armarle ese atajaperros en el restorán a pesar de la presencia de su hermano y la novia. Pero ahora todo estallaba. La odiaba… casi tanto como le gusta. Con un jadeo se lleva la mano al tolete sobre el boxer, no para masturbarse aunque habría sido rico, sino para acomodárselo…

   -Verga, cuñado, no te irás a hacer la paja en la sala, ¿verdad? –lo sobresalta la riente voz de Esteban que sale sabe Dios de dónde, mirándole divertido el boxer abultado.

……

   Pensó no asistir, por supuesto. Pero sabía que no podía. Con Wilfredo Laredo no se podía jugar. Recordaba, meses atrás, cuando se negó a atenderlo, un correo que llegó a su nombre a la laptop de Sandra. Asustado lo aceptó para descubrir fotos suyas… nada edificantes. Sabía que era una amenaza. Sandra no se dio cuenta de nada, pero…

   El hotel era para citas. Nadie miraba a nadie. Nadie se fijaba. No había cámaras. Lógico, Gabriel Santana no se arriesgaría a ser pillado así. El hombre, joven y atractivo, con su cabello alzado con gel, y ese traje de etiqueta negro, se veía imponente. Pero por dentro temblaba de miedo, sin saber qué le esperaba. Mira la habitación, la treinta y dos. Llama y oye el apagado ‘adelante’. Entra y encuentra una habitación normal. Hasta bonita. Amplia. Con una gran cama. Sentado en un butacón en una esquina, estaba Santana. Mirándolo con burla y asco. Con odio. Esperando el momento de gozar con su humillación. En otra estaba Wilfredo, como siempre.

   -Adelante, Larry, siéntete en tu cas… -es él quien atiende.

   No ve a nadie más pero oye un chorro de algo en el pequeño cuarto de baño, había alguien allí. Claro. Y espera. La puerta se abre y sale un carajo joven, fornido y ancho de pecho, de piel canela clara y cabello negro, o eso parece bajo la gorra blanca de marinero, la cual completa el atuendo de casaca blanca y pantalón igual. ¡Un marinero! Un marinero ebrio, dado su medio tambaleo y mirada turbia. El joven lo mira, cerrándose aún la bragueta, para después, lenta y elocuentemente, agarrarse el güevo tras la ropa y apretarlo, ofreciéndolo.

   -¿Y este es el mariquito bonito que me lo va a mamar sacándome la leche? –pregunta ebrio, grosero, ramplón.

   Vaya, ¡un marinero! Parece que a Larry le tienen preparado un torpedo directo al culo, ¿qué trama realmente el tal Santana? ¿Por qué Larry se somete a eso? ¿Qué poder tiene Wilfredo sobre él? Y Salvador Gutiérrez, así como el cuñado, ¿qué pintan en esta historia? Cada vez hay más preguntas.

CONTINUARÁ

Julio César.

Una respuesta to “ESTOS DESGRACIADOS… (5)”

  1. Anonimo Says:

    Oye JC. me parece que ese tipo “esteban” es Brent Everett, buscalo en internet y en http://www.Dudevu.com ese tipo me excita xD

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