A 50 AÑOS DE LA ERA ESPACIAL

LAIKA

   ¿Vieron o recuerdan esa hermosa película protagonizada por (quién más) Jake Gyllenhaal, Cielo de Octubre, y la fascinación que un chico de un pueblo minero sintió al mirar al cielo y ver una diminuta lucecita cruzar el espacio, el Spútnik? Eso le bastó a un muchacho en la vida real, Homer Hickam, para decidir su destino: no se quedaría bajo la tierra en una mina, miraría e iría hacia las estrellas.

   Bien, ya han pasado más de cincuenta años desde esos días. El bib bib bib del Spútnik fue escuchado, con reverente referencia a través de todo el mundo, transmitiendo desde el espacio. Era un sonido desconcertante y que presagiaba mayores maravillas. Una era terminaba, ya nada sería igual desde ese momento, tanto en lo político alrededor del mundo, como en lo científico y tecnológico, ni en los límites de las posibilidades humanas en su propio destino y futuro.

   La Unión Soviética había lanzado ese primer satélite artificial, otra luna alrededor de la Tierra, el 4 de octubre de 1957. Debió ser increíble mirarlo elevarse ese día, escapando de la gravedad terrestre, fuera de la atmosfera y quedando en órbita, girando alrededor de todos. Sólo puedo pensar en lo que yo sentiría: alegría, euforia, gritaría y tal vez un poco de llanto ante el éxito. Debió ser algo casi mágico. El hombre lo había logrado, la gravedad ya no era una prisión, ya no estábamos presos en la Tierra, podíamos mirar el espacio con nuestros propios ojos y soñar con “la última frontera”.

   Lo que ocurrió luego no fue tan noble o edificante, a ese prodigio siguió el temor del hombre por el hombre y de sus capacidades, eran tiempos de miedo, de Guerra Fría, Estados Unidos y la Unión Soviética se vigilaban mutuamente, desconfiando de todo lo que hacían, temiendo la destrucción, cada una con el dedo en el botón que borraría a su enemiga del mundo sí se atrevía a dar el primer paso. Y en el medio de la paranoia, todos los demás.

   Eso obligó a que un terreno abandonado en Cabo Cañaveral, en la Florida, fuera puesto en condiciones óptimas, para que Thomas O’Malley, ingeniero aeronáutico dirigiera las pruebas del misil Atlas, que finalmente colocaría astronautas norteamericanos en órbita. A finales de enero de 1958, en respuesta al Spútnik, los americanos pudieron felicitarse por el éxito del Explorer 1, puesto a girar alrededor del planeta con una versión del Júpiter C, del alemán Braun. Pero los soviéticos volvieron a darles donde era, en el orgullo, lanzando al espacio, y estabilizándola, al Spútnik 2, mucho más grande… y habitada. La perra Laika fue la precursora de los vuelos espaciales tripulados.

   De esta perrita, a la cual no puedo nombrar sin sentir emoción, se escribió mucho. Incluso nuestro Aquiles Nazoa, en uno de sus poemas de los sesenta, le dedicó una bonita oda: A la valiente perrita Laika.

   Pero sí, hace más de cincuenta años los hombres dieron el gran paso, nos elevamos muy por encima de nuestras limitaciones y pudimos ver, con nuestros ojos (bueno, no yo), la bastedad, inmensidad y grandiosidad del Universo. O al menos un pedazo de él. Creo que ya lo conté, recuerdo lo dicho por mi señor padre cuando, siendo un muchacho, trabajaba en el campo de una Venezuela rural y muy atrasada, con mi abuelo; mi abuela lavaba ropas en una batea, con una radio de pilas encendida escuchando sus radio novelas y de pronto dieron el extra: El hombre había llegado a la Luna. Me cuenta que él sintió escalofrío, y como hombre de una época más simple, miró al cielo excitado, sin poder imaginar en toda su extensión tanta maravilla.

Julio César.

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